Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

―No, amor. Sí, sabíamos que Cassandra estaba ahí, pero no sabíamos qué le hacían con exactitud, o porque estaba ahí encerrada.

Ni siquiera sabía que tenía el elemento fuego hasta que me lo dijiste ― quise reprocharle que él me había dicho que sí sabía la razón del encierro de Cassie, no me dejó hablar―.

Si me hubieras dejado hablar hace rato, te lo hubiera dicho.

Recuerda que cada dinastía tiene su nivel en Quetzal, y la Señora Terra no puede intervenir en los experimentos que se hacen en los sectores de las dinastías.

Chasqueé la lengua―. Perdón por abofetearte. Me enfadé bastante.

―Tranquila ― me empujó un poco con el hombro―. Desde que la salvaste todo ha cambiado. Ve, ahora estamos en el templo de la Diosa fingiendo hacer nuestros votos matrimoniales.

Me quedé callada. Quise discutir con él sobre el encierro de Cassie. Él sabía, lo confirmó en el yate. ¿Por qué ahora me decía que no lo sabía? Sacudí ese pensamiento de mi mente. Debía de confiar en él, quizá yo escuché lo que deseaba en el barco.

Las escaleras parecían interminables. Cassie terminó al final del grupo, molesta. Eiden intentó hablar con ella por alguna razón; juraba que mi hermano la odiaba. Cassie lo alejó de un empujón, y el único que dejó estar a su lado fue William, para que la ayudara a subir.

Einar me jaló un poco. Quería ir con Cassie y ayudarla a subir. Daba igual, William ya la apoyaba. Jugueteé con los dedos de Einar en nuestro agarre. ¿Qué más hacía? Eran quinientas escaleras. Quise usar mi elemento para mover el mármol y subir con un desliz rápido.

(…)

Llegamos entre quejas de todos por el recorrido.

El mármol nos envolvió, y las puertas doradas con pasajes de antiguas historias nos recibieron.

Quise quedarme parada y apreciar los detalles, pero todo en mí me decía que no debía entrar al templo.

Ignoré la intuición y empujé la puerta metálica.

No hubo ningún ruido. Solo quería sentarme un momento, pero no había sillas dentro del templo. Mierda.

Los cinco entramos. El lugar estaba vacío, ni siquiera nuestros pasos se oían.

Solo había visitado el templo dos veces: a mis quince años para recibir la bendición de la Diosa, y el año pasado, cuando inicié mis estudios.

Pero esas veces sí hubo ruido, eco de mis respiros y rezos.

Incluso estaban los profetas de la diosa. Hoy no hubo ningún suspiro.

La estancia estaba sin vida y olía a humedad.

Lo único que nos acompañaba eran las columnas de oro que sostenían la estructura del templo.

Comencé a sentirme incómoda; faltaban los artefactos antiguos y los murales al fresco ya no estaban.

La historia de los Primeros Guerreros había sido borrada. ¿Qué?

—Algo no está bien —mustió Einar.

—Es como si... —completé— estuvieran reescribiendo la historia.

Nos miramos preocupados, pero mi hermano nos empujó y se puso frente a nosotros de brazos cruzados, miró todo con aburrimiento.

Un golpe de viento nos azotó la espalda y un ruido seco nos hizo voltear.

William estaba arrodillado en el suelo, trataba de despertar a Cassie.

Fui a ayudarlo y tuve un escalofrío. ¿Qué sucedía? ¿Y los profetas? ¿Los murales?

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Solo se cayó —gimió Will—. Está muy enferma.

—Quizá es el líquido negro que vomitó hace rato —susurré para mí misma—. O el Fuego Verde.

—No, desde ayer en la mañana está así —respondió apurado.

Lo ayudé a levantar a Cassie, que ya estaba inconsciente y con la piel casi transparente. Mierda, debíamos regresar al yate. Eiden se interpuso, tomó a Cassie en brazos y la cargó. Verla tan desprotegida me hizo replantear si realmente debíamos estar ahí. Debimos ir directo a Lotán.

Mi hermano me miró con odio.

—Me quiero ir de aquí, hay que buscar a la Diosa para irnos —se quejó—. Después vemos qué tiene Cassandra.

Quise abofetearlo, pero me contuve. Tenía razón.

Cassie soportó subir las escaleras, lo que ya fue mucho esfuerzo para su salud.

Hellena nos advirtió antes de partir que Cassie estaba débil, pero no pensé que estaba por desfallecer de nuevo.

Suspiré y caminé al centro del palacio. Me arrodillé sobre una pierna, puse mi mano en puño sobre el pecho y miré hacia el techo.

Comencé mi plegaria. Einar y William se unieron a mí; el único que permaneció de pie fue Eiden.

El rezo salió al unísono de todos:

¡Oh, Em! Toda poderosa.

Diosa de los Elementos.

Creadora del Universo.

Que el Fuego ilumine nuestra mañana.

La Tierra crezca nuestros campos.

El Agua prospere en tiempos de hambruna.

Y el Viento, limpie nuestra alma.

¡Oh, Em! Diosa de lo bueno y de lo bello.

Protectora de los desafortunados.

Y creadora de los elementos.

Venga a nosotros tu gracia

y tu perdón.

Tu protección y tu amor.

Purifica nuestra alma de pecados

Y libéranos de la oscuridad.

Amén.

De la espuma marina nacieron tus hijos del agua.

De las cenizas se crearon tus hijos de fuego.

De las semillas de los árboles brotaron tus hijos de tierra.

De las corrientes de aire del mundo se formaron tus hijos de viento.

Unidos aquí, rezamos por ti.

Diosa poderosa, creadora de nuestro mundo.

Baja y bendícenos con tu sabiduría.

Amén.

Nada sucedió al principio, pero conforme pasaron los segundos, sentí que mi piel se resecaba.

Quizá solo era una alucinación, porque deseaba largarme para ayudar a Cassie.

O tal vez era el nervio de estar en el templo de la Diosa Em fingiendo una ceremonia y no una danza sobre una profecía que nos dictaba qué hacer de manera ambigua.

—Levántense —una voz llena de eco nos crispó la piel.

Fui la primera en ponerme de pie. Vi a mi hermano, y sus ojos azules comenzaron a opacarse.

El templo tenía solo dos puertas: la principal y la prohibida.

Según la historia, ahí era donde la Diosa Em resguardaba su conocimiento, su cuerpo etéreo, la luz de la esperanza y los oráculos prohibidos.

La puerta jamás se había abierto, y ese día, las bisagras sonaron.

Comencé a hiperventilar. No, no podía haberse abierto. Seguro era algún profeta, pero la voz era femenina, y las mujeres no portaban el fuego, solo Cassie podía usarlo. ¿Qué sucedía? ¿Era la Diosa? ¿La vería? Me desmayé.

(…)

Desperté en una cama, junto con Cassie. Sentí la calidez que mi amiga emanaba; su fuego seguía presente y eso me calmó un poco, aunque aún no procesaba que estuviera en una habitación que desconocía.

Se suponía que estaba en el templo de la Diosa Em, no ahí.

Quizá William y Eiden nos sacaron del templo y nos llevaron al yate. Pero ese lugar tampoco era el yate.

Escuché voces lejanas, me removí entre las dulces sábanas y miré a Cassie.

Ella seguía dormida, le tomé el pulso y estaba regular.

Me levanté. Había una pequeña ventana hasta arriba, junto al techo; la luz seguía potente, seguro el sol estaba en su punto máximo.

La cabeza me dolía un poco. Tal vez me pegué cuando me desmayé.

La habitación era extraña, conocía los detalles, eran los mismos usados en los primeros templos de las Dinastías.

Las columnas doradas, los murales contando la historia de la Diosa y los Primeros Guerreros.

Pero ahora, los murales estaban desapareciendo.

Sentí que estaba perdiendo la claridad de la vista.

Me tallé los ojos, las imágenes cambiaban y luego desaparecían.

Escuché pasos. Una mujer entró. Mi cerebro intentó reconocerla, pero a la vez, no podía.

—Oh, ya has despertado. Ven.

Su voz fue amable, casi catártica. Vestía una túnica blanca que resaltaba su piel morena. La consideré bellísima. Su imagen cambiaba, justo como los murales; era como si su apariencia no estuviera definida en un solo plano dimensional.

La mujer se dio media vuelta sin esperar que la siguiera, aun así, lo hice. En el otro cuarto estaban William y Eiden, tomando té. Einar estaba desaparecido. Dejé salir mi elemento por un momento para buscarlo, pero la mujer me cortó al verme.

—No te preocupes por tu prometido, él está en la sala principal. Él no es parte de la Primera Profecía, así que no tiene por qué escuchar lo que les diré —dijo la mujer, se sentó frente a los muchachos. Me señaló una silla a su lado; acepté el gesto dudosa.

Eiden me lanzó una mirada casi de queja, como si quisiera decir que todo esto era una alucinación causada por el té. William, en cambio, parecía catatónico, inmóvil, casi sin respirar. Dejé de mirarlo y me concentré en los murales que se esfumaban ante mis ojos.

Me detuve en la escena de la última guerra, cuando la Diosa castigó a la mujer fuego. Entonces comprendí quién era la mujer frente a mí. Esa piel morena, esos rizos que brillaban sin necesidad de sol, esa voz tan armoniosa y ese aroma dulce y cítrico…

—Eres la Diosa Em —pronuncié con asombro―. Existes.

Ella me sonrió y terminó de servirme el té—. Claro, he esperado muchos milenios para verlos. Es un honor.

—El honor es nuestro —apresuró William con voz seca—. Le agradecemos por todo.

La Diosa soltó una pequeña carcajada—. Lo sé, William. Tienen un camino largo por delante. Sé que están aquí por respuestas. Se las daré. Pero debemos esperar a Cassandra.

—Está enferma —mustié—. Necesita medicamento.

—Ya le he dado. Estará bien en unos minutos más.

Su cuerpo no está acostumbrado al mundo.

Todos esos años encerrada por el miedo de su padre, nunca permitió que se adaptara a las enfermedades de la humanidad —se lamentó—.

Yo le dije que no la encerrara. El fuego no se puede controlar. Debe vivir libre.

―Sí.

Seguía conmocionada. Mi mente solo captaba lo que la Diosa me decía, no lo que sucedía a nuestro alrededor. ¿Qué? No, debía concentrarme. Podía entenderlo, debía hacerlo. La divinidad estaba frente a nosotros, la creadora de nuestro mundo nos servía té. ¿Por qué no podía sentirme en calma?