CAPÍTULO 12
eiden
Desperté en la madrugada.
Me revolqué en las sábanas por unos minutos, hasta que me harté.
La estática del océano me desesperó más, porque el agua me llamaba para que me sumergiera y olvidara mi conversación con Will.
Pero no podía dejar de pensar en cuánto me excitaba Cassandra.
Desde el primer momento que la vi, el miedo me atrapó y después creció un coral de atracción dentro de mi pecho.
La odiaba, porque el celo se mezclaba con el deseo.
La quería lejos de Will, pero la quería tener a mi lado para besarla.
¿Qué me haría si lo hacía? ¿Me quemaría?
Quizá sus labios me llenarían de fuego, y deseaba saborear las llamas.
Volví a moverme, la última vez que había sentido ese deseo fue con una Dama de la Casa Topacio. Ella era agua, y ambos explotamos entre las corrientes de agua. Una lucha en la que ambos queríamos ser el rey del océano.
Ah, qué pena que no recordaba su nombre, solo recordaba el collar con la piedra topacio que me pegaba en la frente mientras luchábamos en la cama.
Quizá si la veía de nuevo recordaría el nombre, pero no me podía involucrar con otra Casa Elite.
Ahora mismo debía preocuparme porque estaba por ser señalado como heredero de la Dinastía Aqua.
Iban a nombrarme príncipe. No, no podía permitirlo.
Toda mi vida cambiaría, bueno, ya cambió.
Quizá podía huir, pero tenía un trato con Cassandra, y otro con Will. Aunque con mi amigo no habíamos estrechado las manos…, no. Lo volteé a ver.
Will dormía en su cama, su trasero estaba al aire, ese era el mejor trasero del mundo, quise darle una nalgada, sacudí la cabeza, ya no debía pensar así de mi amigo. Quizá solo tenía un enamoramiento platónico. Debía dejar ir ese sentimiento.
Bufé, lo mejor sería nadar un momento para despejarme, debía dejar de pensar en Will, o en la chica Topacio, o en Cassandra.
Pero, sobre todo, debía dejar de pensar en el título nobiliario que se me sería impuesto al encallar en Lotán.
Ya sentía el peso de la corona en mi cabeza y ni siquiera había sido nombrado heredero aún.
Claro que mi madre me lo dijo cuándo me regañó por usar el anillo del primer guerrero, ¿pero a mí qué me importaba?
Era un pedazo de metal que me había llevado a alucinar una pesadilla.
Eso era todo. No vi a los primeros guerreros, y no salvé a Cassandra de ahogarse.
Y tampoco sentí la necesidad aguda de protegerla en todo momento.
Eso nunca sucedió. No.
Salí de mi camarote y fui a la popa. Perseguiría algún pescado o quizá solo me colgaría del yate y me dejaría llevar.
¿Qué más hacía? ¿Procesar que Will jamás me volvería a querer como aquella noche de borrachera donde nos tocamos?
No. No haría eso. Éramos amigos, debía recordarlo, amigos, no amantes. Solo amigos.
Mejores amigos.
Chisté.
Solo fue el furor de la noche, la excitación que me hizo sentir que podíamos crear una tormenta sobre los cuatro continentes.
Sí, eso fue todo. Vi las letras en mi brazo, quizá el tonto oráculo tenía la culpa de mi sentir.
O solo quería una explicación de por qué deseaba a Will, como deseaba a Cassandra, y a ella ni siquiera la he besado.
Me detuve al ver la luz. El fulgor me rodeó junto al tizne salado del agua.
Había un poco de brillo en la popa, sentí el calor del fuego al acercarme, vi a Cassandra, ella bailaba con flamas que seguían su ritmo silencioso.
El fuego creció hacia el cielo y luego, en una llamarada, se apagó.
Ella siguió con sus movimientos místicos, la luna la acompañaba con un ligero roce lumínico.
Sentí picor en mi estómago, no me gustó que mi agua se picara al verla moverse como una princesa en un escenario. Cassandra soltó otro fogonazo.
Me escondí tras un mueble para protegerme.
Quería seguir viendo las llamas, asomé la cabeza, dos alas crecieron en la espalda de ella.
El fogón me pegó en la cara, luego se diseminó en el aire.
La vi caer al suelo, la vehemencia desapareció.
Cassandra estaba sentada sobre sus rodillas, veía al cielo en una plegaria, se enderezó un poco.
―Sé que estás ahí, Eiden. Siento tu elemento.
Su voz me crispó, salí de mi escondite, ¿cómo supo que la estaba espiando? Me acerqué a ella.
― ¿Qué haces aquí? ―le pregunté―. Es de madrugada y todos están dormidos.
―Tú tampoco estás dormido.
Rodé los ojos―. ¿Qué fue eso que hiciste con tu fuego? Las alas.
―Estoy practicando― se levantó del suelo con un suspiro, y me volteó a ver, sus ojos me hechizaron, quise besarla―. Creo que es obvio.
―Contigo nada es obvio― expresé con enojo―. Ni siquiera sé qué emociones expresas. El único que sabe hacer eso es Will.
―Eso te molesta, ¿cierto?
Cassandra me dio una pequeña sonrisa. Quise tomarla del cuello y besarla, besarla hasta que me quemara y me convirtiera en ceniza.
El agua me mandaba a que apagara la fogata frente a mí.
Ella me estaba provocando. Igual que cuando Aneka abordó el yate.
Quería que perdiera el control, o quizá solo eran conjeturas mías, pero algo me hacía, y me exasperaba no saber qué era lo que me contaminaba.
―Sabes que estoy celoso, ¿cuál es tu punto? ―di un paso hacia ella, Cassandra no se movió, eso me enojó más―. Will es mi amigo. No tuyo.
― ¿Y qué? Tenemos un trato.
―Lo sé. Cumple tu palabra y yo cumplo la mía.
―No he hecho nada. Pero…, ¿tú si quieres hacer algo? ― su voz me cruzó con una melodía por todo mi cuerpo, no supe qué quería decirme―. ¿O solo es tu agua queriendo apagarme?
―No sé de qué hablas.
Mi mentira no la complació. Se encogió de hombros y se alejó de mí.
Volvió a su danzón en silencio, ignoró que la veía.
La vi crear sus figuras calientes, quise apagar su fuego para que me prestara atención de nuevo, quería que se centrará en mí.
Quería que me siguiera retando, que su fuego me rodeara y el miedo me hiciera pedir súplica.
No.
¿Por qué pensaba eso? Me abstuve de hacerlo, no quería que me quemara.
En cambio, decidí jugar con ella y su fuego.
Traje agua del océano, y comencé a rodearla con las gotas.
Cassandra me volteó a ver, estaba seria, pero noté el brillo de diversión en sus ojos.
Bailé con ella, con el ritmo del océano rodeándonos.
El fuego y el agua se mantuvieron juntos, sin tocarse, ambos revoloteaban.
Nuestros elementos se convirtieron en una discoteca de moléculas explosivas.
Las llamas evaporaban el líquido, y este mismo volvía a caer para sazonar las llamaradas.
El sonido de la quemazón de ambos elementos me causó paz, como si estuviera en un sauna.
Nos movimos junto a nuestros elementos, danzamos sin tocarnos.
Estaba fijo en los ojos oscuros de Cassandra, ella me sonrió, y una parte recóndita de mí me exigió que recordara ese gesto para toda la eternidad.
Nos movimos como si estuviéramos en un salón gigantesco, rodeados de aristócratas que nos juzgaban.
Dimos media vuelta, mi agua me rodeó en burbujas, y ella se envolvió en una ligera capa de fuego, que se convirtió en alas en su espalda, ahí entendí su apodo de Fénix.
Las plumas nos protegieron por un momento en nuestro baile, el calor me hacía sudar, pero el brillo en la piel de la Princesa frente a mí fue un regalo que jamás creí poder poseer.
Jadeé. ¿Por qué bailaba con ella? ¿Por qué no decíamos nada?
¿Por qué ese momento se sintió íntimo? ¿Por qué me picó toda la piel?
No. No debía pensar en nada. Mi agua se evaporó al contacto de las alas.
Seguimos con el movimiento, ahora fue rápido.
Dimos volteretas entre su fuego, seguí sus pasos, ella me siguió a mí.
Su sonrisa seguía fija, y quizá yo también le sonreí.
Dejé de moverme, igual que ella. Ambos vimos las plumas caer en ceniza.
Nos quedamos en silencio por un momento mientras veíamos el polvo convertirse en sal.
Nuestro respirar fue acelerado, tuve el deseo de arrodillarme ante ella y pedirle que me matara.
Levanté mi mano, quise acariciarle la mejilla, pero me quedé suspendido entre la oscuridad de sus ojos. No la toqué.
― ¿Por qué no te agrado? ― Cassandra me preguntó después de un minuto―. También me gustaría ser tu amiga.
Me tensé por un momento. La miré, ella estaba fija en mí, esperaba una respuesta, un mensaje claro del celo que le tenía. Pero no había ninguna explicación de las aguas violentas en mi pecho. Bajé mi mano.
Suspiré.
―Por Will. Ya lo sabes.
Cassandra negó con la cabeza―. No, te doy miedo ―se burló―. No te voy a hacer nada. Somos parte de la Primera Profecía. Sea mujer fuego o no, sigo siendo solo una chica. Una chica que quiere vivir.
Abrí y cerré la boca, me quedé sin argumentos. Ella sabía que le temía y, aun así, se mofaba de mí.
―Eres la única mujer fuego que ha existido en milenios. Claro que me das miedo. Además, eres una princesa o dama. No eres una chica cualquiera. Ninguno de nosotros lo es.
Cassandra se encogió de hombros, soltó una risita―. Solo es fuego, es lo mismo si un hombre lo tuviera.
― ¿Entonces por qué tu padre te encerró?
Cassandra ocultó su sonrisa y volvió a su porte cerrado.
Desvió la mirada, se concentró en el océano infinito.
Se cruzó de brazos, pero ahí seguía, frente a mí sin decir nada.
No me gustó que se cerrará a mí. Quise besarla y tener sexo con ella en la popa.
Sacudí la cabeza, después podría hacer eso, si es que ella quería.
―Por cobarde ―su voz fue dura, me volteó a ver―. Prefirió ocultarme que enfrentar la realidad―el rencor me congeló―. ¿Tú qué harás, Eiden? ¿Vas a enfrentar la Profecía o te vas a esconder?
―Tenemos un trato, Cassandra. Mi palabra es mi honor. Yo coopero, y tú te alejas.
―No me digas así ―mustió, y cambió de tema―. Dime de cualquier manera, pero no así.
―Es tu nombre.