CAPÍTULO 11 #2
Quise replicar. Cassie se separó de mí y fue a su plancha de hielo.
La ayudé a subir, luego hice lo mismo. El agua me tambaleó un poco.
Eiden se acercó, y dejó a Cassie frente a nosotros.
Comencé a sentir el frío del bloque. Sabía que mi amigo podía controlar la temperatura de su hielo, pero si quería el cristal no tendría sensación térmica.
Vi a Cassie, su piel estaba seca, y vapor saltaba de su piel en un espiral.
Solo podía suponer que usó su fuego para quitarse el agua de encima.
Ella era mujer fuego, tenía sentido que usara su elemento para secarse, ¿no?
No importaba, aún seguía anonadado de saber que una mujer fuego existía, pero, sobre todo, ser parte de una profecía.
Aquella que hablaba de la destrucción de nuestro mundo, debemos detenerla, salvar a todos.
Debía de haber alguna manera de hacerlo. Debíamos…
― ¿Por qué no hablas tú primero, Cassandra? ―expresó Eiden. Le puse atención―. Ya que ni Will y yo te conocemos.
Cassie se mantuvo impasible y habló fija en Eiden―. Soy la primogénita del Señor Ignis, heredera de la Dinastía Fuego.
― ¿Qué más? Eso ya lo sabemos. ¿Por qué estabas encarcelada? Eres una princesa, ¿no?
Ella frunció el ceño―. Mi padre me encerró por once años porque tuvo miedo de mi elemento.
El día que Chloe me liberó, mi padre me dijo que la única manera de liberarme era eliminar mi elemento para siempre y casarme con Rocco Magt ―su voz se hizo dura, Eiden bajó su guardia.
Cassie suspiró con pena, como si no quisiera continuar con su hechizo de tristeza―.
El fuego no muere, solo revive. Soy Cassandra Flur, soy la única mujer fuego del mundo, y, sobre todo, soy la Princesa Fénix, aquella que los Salvajes creen detendrá la destrucción del mundo ―detuvo su habla, expectante de nuestra reacción ―.
¿Eso querías escuchar? Por eso fui encerrada.
Las olas nos movieron con una sinfonía. Eiden no apartó su vista de Cassie y ella solo se aferraba a su bloque de hielo.
―Sí, ¿podrás detener la destrucción?
―Claro que no. Yo no soy ninguna diosa. La profecía es una maldición.
―Al menos no soy el único que lo piensa.
― ¡Oigan! ―intervine―. La Diosa Em nos escogió por una razón, no pueden decir eso.
Cassie rodó los ojos, la bruma creció a su alrededor―. Me encerraron por ese oráculo, Will. Iba a perder mi elemento, mi vida, todo. Ni siquiera entiendo cómo funciona el mundo. Es una maldición para mí.
Quise replicarle, pero Eiden se comió la palabra riendo―. Joder, Will, ya cállate. Déjala decir lo que quiere. Estuvo encerrada once años, claro que va a pensar así.
―Pero…
―Eiden tiene razón ―Cassie levantó su mano y la cubrió con fuego―.
Me encerraron por mi poder, por las historias, por miedo.
No puedo ignorarlo. Esta es la primera vez desde niña que puedo ver la luna, que puedo vivir sin presiones.
Si puedo ignorar la Primera Profecía por un momento, lo haré. Justo eso quiero hacer en este momento.
―Supongo que tienes razón…
Cassie apagó su fuego y tocó el agua con sus dedos.
El silencio nos abordó con picor. Quise seguir la discusión sobre el oráculo, pero sabía que no tenía caso hacerlo, la ventisca se había llevado la conversación a otra isla.
Eiden se acercó un poco a Cassie y volvió a hablarle con su elemento.
Suspiré. Que ellos hablaran. Yo me eché a la cama de hielo a ver las estrellas.
Supongo que no le podría enseñar a Cassie a nadar.
Espero que no se convierta en un problema después.
Si se desencadenaba la guerra, ella debía de saber nadar por si teníamos que escapar de algún ataque.
(…)
Nos regañaron en la mañana. Pensé que sería por ir al océano en la noche, pero no.
Cassie fue aprendida por su madre, Eiden por su mamá, y yo por mi Nana.
¿La razón? Usar los anillos de los Primeros Guerreros.
La única que se salvó de la reprimida fue Chloe, ya que ella no lo usó de manera voluntaria.
El único que se quejó por eso fue Eiden.
Al menos la Dama Chloe ya había despertado.
Cassie se defendió, dio sus razones, su madre la comprendió, aunque parecía que a la señora no le importara mucho que su hija usara el anillo.
Casi parecía que deseaba que lo portara.
Quizá porque era mujer fuego, o porque nadie sobrevivía al uso del metal por más de veinticuatro horas.
Yo no sabía. Yo era un plebeyo. Ni siquiera sabía cómo confirmar lo que mi Nana me decía sobre mi madre Rosa Vind.
Todo podía ser mentira, o verdadero. Dentro de mí sabía que era verdad, pero otra parte se negaba.
Y ni siquiera sabía la razón del miedo ventoso en mi corazón.
― ¡William!
Me enderecé al escuchar mi nombre. Chloe me veía con los brazos cruzados, me zarandeé.
― ¿Qué?
― ¿Estás poniendo atención?
―Claro que no ―intervino Eiden―. ¿Acaso no ves que está pensando? Eso es una rareza, nunca lo hace.
Me volteé hacia él y lo golpeé en el brazo―. Cállate.
Chloe suspiró molesta, e ignoró el altercado―.
Lo que estaba diciendo, salimos en dos horas.
Iremos primero a la isla de Em, después a Lotán.
Mi padre se fue hace unos días de aquí para hacer los preparativos de la guerra.
Habrá una gala, a la cual nosotros tendremos que asistir, y ahí declararemos nuestra inconformidad ante los actos del Señor Ignis.
Chloe siguió con su cuento, pero yo seguí en mi mente.
¿Por qué debíamos declarar la guerra a Vulkan?
Yo no tenía ningún poder político. Entendía el lado de Cassie, ella había sido encerrada, y aún se estaba adaptando al mundo exterior.
Ella era mujer fuego, la única en el mundo.
Incluso podía ver los estragos de su existencia en esa isla.
Todos la respetaban con cierto temor, y parecían querer adorarla como a la Diosa Em.
Quizá yo también quería ponerla sobre un altar, o sentarla en el trono de fuego en Vulkan.
Suspiré.
Los adultos se habían ido hace tiempo. Según sus palabras, fueron a organizar el barco para zarpar a la Isla de Em.
Estaba nervioso, siempre quise ir al templo de la Diosa, pero solo los pertenecientes a las Dinastías y Casas Élite podían subir las quinientas escaleras hasta el templo.
Plebeyos como yo solo podían dejar sus tributos en el primer escalón.
Pero ahora, yo podía ir hasta el templo, ¿no? Era un príncipe sin reconocer.
―Entonces ―Cassie se puso de pie―, ¿tu padre entrará en guerra solo con mi palabra? No hay registro de mi existencia en Quetzal, Henning está registrado como fallecido. Eso no es suficiente para declarar una guerra.
―No, tienes razón ―mustió―. Por eso mismo me puse en contacto con mi prometido. Él fue en busca de unos documentos que demuestran la tortura de Henning. En cuanto llegue a la isla, le diré sobre tu existencia y partiremos al templo de la Diosa Em.
― ¿Tu tonto prometido va a venir? ―se quejó Eiden―. Joder, otro estúpido Príncipe. Genial.
―Tú también eres un estúpido Príncipe ―chistó Chloe―. No te quejes.
Eiden se levantó de la cama y encaró a su hermana. Cassie se alejó de los gemelos. Pensé que se sentaría a mi lado, pero se recargó en la pared.
―Claro que lo haré. A la luz del público, solo soy un chico corriente ―empujó a su hermana con un dedo―.
Y cuando me pongo mi máscara, soy el Ladrón del Hielo.
Así que sí, hermanita, me quejaré todo lo que quiera, porque yo no soy un Príncipe, soy solo un ladrón.
Además, ¿por qué mierda le vas a decir sobre Cassandra?
Ella es la que debe decidir si quiere que alguien más sepa de su existencia, no tú.
Chloe abofeteó a Eiden. Dio media vuelta y salió de la habitación. Cassie hizo contacto visual conmigo por un momento. La vi debatirse por un par de segundos, hasta que Eiden y ella se vieron, entonces también salió del cuarto con una pequeña flama en la punta del cabello.
― ¿Qué le dijiste a Cassie?
― ¿De qué hablas? ―mi amigo me dio la espalda y se sobó la mejilla―. Yo no le dije nada.
―Sí que lo hiciste. Ayer, cuando estábamos en el mar. Ustedes dos discutieron con sus elementos e hicieron un trato. Ella no me quiere decir qué fue, de hecho, me está evadiendo.
Eiden se dio media vuelta, me vio con los labios contraídos. Su mejilla estaba rosada. Me levanté, estaba molesto. Sabía qué había hecho mi amigo, y eso me hacía querer rodearme entre ventiscas llenas de cristales rotos.
―Ya sé que le dijiste que se alejara de mí ―expresé con desdén―. No sé qué le darás a cambio de esto. Joder. Es mi amiga. ¿Qué mierda te importa si pasamos tiempo juntos? Entiéndela, estuvo encerrada casi toda su vida.
―Porque te gusta. Y ni siquiera llevamos más de una semana y media de conocerla. Para mí, Cassandra está loca. Nunca sé qué dirá, o qué hará. ¡Joder! Ni siquiera sé qué emoción expresa. Su cara siempre está seria. Parece una muñeca de porcelana poseída.
― ¿Por qué no la comprendes? Su padre la encerró por once años. Creo que ella merece un amigo.
―Sí, pero tú no.
― ¿Por qué mierda no?
Eiden iba a replicar, pero se quedó callado. Suspiró. Ya sabía la respuesta, y no la quería aceptar. Mi amigo se rascó la cabeza.
―Tú sabes por qué.
―Fue solo una vez, Eiden. Quedamos que iba a quedarse en eso.
―Ya sé.
Quise golpearlo. Nos habíamos acostado una vez, y solo porque ambos estábamos borrachos. Desde entonces, Eiden se hizo obsesivo conmigo. Él seguía coqueteando con chicas y chicos, pero en cuanto yo comenzaba a cortejar a alguien, él se imponía como una montaña. Lo golpeé en el pecho.
―Ya déjalo enterrado. Tú has tenido amantes, déjame tener los míos.
― ¡No! Eres mi amigo, no quiero compartir.
Rodé los ojos y salí de la habitación. No quería seguir discutiendo eso. Ya había pasado un año de eso.