Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

william

Desperté agitado.

Todo estaba oscuro, quizá seguíamos atrapados en ese lugar.

No, parpadeé varias veces, estaba en la choza en la isla y ya era de noche. Los grillos cantaban afuera. Aspiré el aire salado, ya estaba en mi mundo.

Me levanté de mi litera, la cabeza me retumbó con el eco del viento.

Vi hacia los otros catres, Eiden estaba ahí, dormía.

Quizá él aún estaba en ese espacio extraño que nos atormentó con pesadillas sobre el destino y los primeros guerreros.

Ugh, ¿de verdad vimos a los guerreros? ¿Vivimos todo eso?

Quizá sí, quizá la Diosa Em nos envió a ese lugar para que enfrentáramos nuestros miedos y supiéramos que deseaba hablarnos.

Debíamos ir a su templo, buscar su guía, eso debíamos de hacer, no estar en esa isla.

Vi el baño, la luz se escurría por debajo de la puerta entre serpientes invisibles, se abrió.

Cassie y yo nos vimos. La llama en su mano se apagó.

Bajé de la litera, quería hablar con ella sobre lo que vimos dentro de los anillos, o lo que sea que vivimos, ni siquiera tenía sentido o lógica.

¿Había sido magia? No, solo los profetas de la Diosa podían hacer uso de los hechizos, pero Cassie también era capaz, ¿había sido ella?

Me tenté los dedos en busca de las argollas. No estaban.

― ¿Nos quitaron los anillos? ―pregunté.

Cassie asintió con la cabeza, y se metió a su cama. La seguí. Ambos nos sentamos a un lado del otro. Una pequeña llama floreó enfrente de nosotros con forma de mariposa.

― ¿Sabes dónde están? ―cuestioné―. Joder, vimos a los Primeros Guerreros, ¿verdad? ¿Acaso fue magia? ¿Fuiste tú?

―No, no sé dónde están. Mi madre no quiso decirme dónde los guardan ―suspiró―. Y sí, vimos a los Guerreros, y no, no fui yo. Tampoco entiendo qué sucedió.

Iba a preguntar algo más, pero procesé sus palabras―. Espera, ¿tu madre? Dijiste que estaba muerta.

―Eso es lo que yo pensaba, está con vida. Creo que todos nuestros padres están con vida.

―Oh.

―Sí. Yo tampoco lo comprendo por completo. Es posible que solo sea un plan de la Diosa.

― ¿Eso crees?

Se encogió de hombros, la mariposa dio una voltereta, la luz nos daba pequeñas sombras, y yo vi a Cassie más hermosa plegada de colores naranjas en su piel.

― ¿Qué más sí no? Ella creó las profecías, y los anillos están ligados a los Primeros Guerreros. Puede que todo esté conectado.

Nos quedamos en silencio. Los insectos nocturnos nos acompañaron con sus cantos.

Apreté la orilla de la colcha, empecé a unir lazos.

Los cuatro éramos huérfanos de un padre o de los dos, pero ahora, todos teníamos a nuestros progenitores con vida, menos yo.

Aún no sabía si mi padre seguía en este plano físico.

Lo que me daba esperanza era saber que sí tenía madre, y era una Princesa de Dinastía, que estaba casada con la líder de la Casa Rubí.

Lo que también me convertía en príncipe.

También era heredero. Heredero de Vindas.

No estaba seguro si yo podría gobernar una dinastía, peor, un Continente entero.

Bueno, primero la Señora Ventus debía reconocerme como su nieto, y Rosa debía de conocerme.

Algún día iría con mi madre, le diría que era su hijo, y la abrazaría.

Aunque no tenía idea de cómo podría acercarme a ella sin ser alejado como un plebeyo.

Volteé a ver a Cassie, ella estaba fija en su insecto de fuego.

Jugaba con el fuego y lo movía con su dedo.

El tiempo que llevábamos en la isla, los dos nos hicimos cercanos, la consideré una amiga, aunque también haya intentado ligarle.

No sabía si ella lo notó, aunque, desde el beso que nos dimos en la mañana, porque estaba perdiendo el control de su elemento, me quedé patidifuso.

Intenté besarla, me arrepentí, luego ella me tomó de la cara y terminó el acto.

Sabía que una relación no podía proliferar entre ambos.

Si de verdad era un príncipe, entonces Cassie también lo era.

Ella portaba el fuego, sería la primera mujer en gobernar Vulkan.

Ambos seríamos herederos, y el amor entre los próximos Señores estaba prohibido.

Ella volteó a verme con una pequeña sonrisa.

― ¿Vamos al mar? ―preguntó en un susurro―. Prometiste que me enseñarías a nadar. Todos están dormidos, y quiero relajarme un poco después de todo lo que vimos en los anillos.

Asentí con la cabeza, me levanté de la cama, le tendí la mano, ella aceptó. Su piel era cálida, bueno, siempre lo era.

―Vamos.

Cassie me sonrió y se puso de pie. En cuanto íbamos a caminar, la pequeña mariposa se apagó con una brisa de agua. Los dos volteamos a ver a Eiden. Mi amigo restregaba la cara con la mano y soltaba quejas secas.

―Apaguen la estúpida luz y dejen dormir.

―Vamos a ir a la playa, ¿vienes? ―Eiden abrió los ojos en cuanto dije eso, se levantó espabilado y salió por la puerta.

―Eso fue raro.

―Está celoso ―soltó Cassie con pereza―. Y no le caigo bien.

―Lo sé ―mustié―, solo ignóralo, no sabe compartir. Ahora somos amigos, y estamos conectados con la Primera Profecía.

―Sí, tienes razón.

Salimos de la habitación, seguimos los pasos toscos de Eiden.

La noche nos sucumbió a la extrañeza de su oscuridad, no había nadie despierto, el único sonido que nos rodeaba era el de los grillos y el de las olas chocar contra la arena.

Aspiré el aroma de la naturaleza, el dulzor de las plantas y de la leña quemada en las antorchas apagadas. La luna fue nuestro único mapa.

Hacía un poco de aire helado, pero el tacto de Cassie me mantenía tibio. Ella se quedó fija en la luna por un momento. La hice caminar.

Eiden ya había llegado a la orilla y se estaba quitando la ropa. Lo alcanzamos al pie de las olas. Mi amigo se quedó en ropa interior, nos volteó a ver, su cansancio se reflejaba en las olas. Quizá todos estábamos igual.

― ¿Qué esperan? ¿Van a entrar o no?

Dicho eso, Eiden se adentró a las oscuras aguas, sentí que el éter se lo tragó.

Pero sabía que mi amigo jamás se ahogaría, el agua era su alma.

Solté a Cassie y también me desvestí, aventé mi ropa a un lado de la de Eiden.

Ella se quedó de pie, fija en las pequeñas olas.

Tomó la falda de su vestido con fuerza y dudó, pero se lo quitó.

Dejé de verla, y vi a Eiden. Él no quitó la vista del cuerpo desnudo de la chica.

Me tragué mi celo y di un par de pasos hacia el océano.

Dejé que el agua me cubriera hasta la cintura, luego le tendí el brazo a Cassie.

Traté de no ver su sostén, aunque los tres estuviéramos en ropa interior, estaba un poco avergonzado.

Ella estuvo encerrada toda su vida, y ahora dos chicos que había conocido hacía un par de días la veían casi sin ropa.

Claro que Cassie tendrá cierto pudor por la escena, y podía notarlo en sus mejillas rosadas.

El agua estaba helada. Cassie dudó, pero en cuanto me tomó la mano, el frío desapareció.

Me dio un escalofrío. Se aferró a mi brazo y se puso tras de mí.

Eiden nos esperaba a un par de metros, estaba sumergido hasta el cuello.

Nos veía como un tiburón. ¿Ahí habría esos animales?

No estaba seguro, no sabía dónde quedaba la isla donde estábamos.

Había demasiado secretismo en la ubicación.

―Tranquila, solo mueve los pies si no sientes firme ―le sugerí―, es como flotar.

―La única vez que floté fue contigo en la vecindad.

― ¿Jamás has volado con tu fuego?

Negó con la cabeza―. No había mucho espacio en mi encierro.

Eiden se acercó un poco a nosotros, Cassie detuvo su respirar por un momento, el agua ya le llegaba al pecho.

―Ya pueden soltarse ―murmuró molesto―. Nadie se va a ahogar.

Iba a contestarle, pero Cassie tomó la palabra―. No sé nadar, Will prometió enseñarme.

El tono de voz de Cassie fue eléctrico. Eiden notó el enojo en su voz, se puso frente a nosotros.

Pero la vista de mi amigo estaba conectada con la de ella, ambos empezaron a discutir con sus elementos.

Pequeñas llamas se entrelazaron con las gotas de Eiden, vapor nos rodeó en un manto acuífero.

Traté de entender lo que decían, pero solo sentía los celos de mi amigo y la frustración de Cassie.

Las partículas peleaban por la dominancia.

Peleaban, eso era seguro. Vi la luna por un momento, en busca de ayuda, pero, ¿qué me daría el satélite?

¿Qué esto era una estúpida batalla de celos?

La discusión no duró mucho. Cassie suspiró y se soltó de mí, se alejó un poco, y después le tendió su mano a Eiden, y él aceptó el gesto. ¿Qué acababa de suceder?

―Tienes trato ― dijo mi amigo―. Cassandra.

Cassie sonrió un poco al escuchar el tono déspota que usó Eiden en su nombre―. Perfecto, Eiden.

Ambos se separaron. Cassie volvió a tomar mi brazo, pero esta vez no hubo cariño, no hubo nada.

Ninguno de los dos dijo algo sobre su trato.

¿Por qué lo harían? Aunque conocía a mi amigo, era probable que le pidiera a Cassie que se alejara de mí.

O quizá que se mantuviera en una amistad.

Me lamenté, después hablaría con ella. Pero también entendía nuestras nuevas posiciones políticas, si es que éramos reconocidos con nuestros títulos en un futuro.

Suspiré. Eiden no debía meterse en mis relaciones, éramos amigos y eso era todo.

El agua y el fuego seguían en su batalla de miradas. Casi parecían un halcón y una foca.

―Voy a olvidar lo que acaba de suceder ―mentí―. Solo hay que relajarnos, ¿de acuerdo?

―Me parece bien ―dijo Eiden. Se elevó, hasta que quedó acostado sobre el agua, y debajo de él apareció una cama de hielo. Dos más surgieron a mi lado―. Hay que ponernos cómodos.