Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Comencé a ver dónde estaba. En mis manos un ramo de flores. Incliné un poco mi cabeza hacia abajo: un vestido de novia. Quise vomitar. No, no. Esto no era posible. El ruido se hizo presente, pude ver más allá de mis manos. La escena me hizo helarme, mi fuego no reaccionó y quise llorar.

Rocco estaba de pie frente a mí, con un traje blanco.

Veía al sacerdote con prisa. Quise voltear a ver el templo, no podía moverme, comencé a desesperarme, no podía hacer nada, ni siquiera gritar.

El sacerdote tampoco emitía ruido, solo dibujaba con fuego los símbolos de la Lengua Antigua.

Intenté leerlos, pero me era confuso, casi como si me hubieran arrebatado mi conocimiento de la cabeza. Estaba hueca.

Los símbolos desaparecieron, Rocco sonrió e hizo afán de acercarse. Esta vez sí pude gritar. Mi fuego respondió, y me permití explotar como una estrella fugaz. Nunca me casaría con Rocco, ni aunque eso salvara a la humanidad. Lo detestaba. Me había usado y me cantó una melodía llena de mentiras.

Las llamas se hicieron verdes por un momento, no me importó. El calor tóxico comenzó a quemar todo el templo donde era prisionera. Rocco seguía de pie frente a mí, su figura comenzó a derretirse en cera. Nada era real, solo era una pesadilla que me sacaba ampollas en la piel.

Dejé caer el ramo de flores. Al fin pude moverme, tomé la falda del vestido y comencé a correr.

Dejé que la llamarada se extendiera con mi huida, que quemara cada retraso de mi terror pasado.

Al salir por la puerta, el escenario cambió, y mi vestimenta también.

La liberación de la prenda me hizo sentir como un pájaro sobrevolando un volcán.

Yo no merecía ser un adorno, no, yo sería la lava que destruiría todo lo que me oprimía.

En mi mano tenía una espada ondulada cubierta con sangre.

Portaba ropa militar desgastada que también estaba cubierta de plasma.

El olor me envolvió en un cañón lleno de pólvora.

Frente a mí había otro templo. Chloe salió de este.

Vi el cambio en ella. Su vestido de novia se convirtió en un traje de trabajo, con una bata blanca encima.

Todo lo demás era oscuridad. No había almas, solo nosotras y una pesadilla similar. Ambas nos vimos, luego volteamos hacia la izquierda. Otras dos capillas. Cada una corrió a una iglesia. ¿Qué sucedía? ¿Qué estaba viviendo?

En cuanto entré por la puerta, vi a Will encadenado al suelo, con dos personas a un par de metros de él.

Los adultos no tenían cara. Will lloraba mientras jalaba sus cadenas para acercarse a las figuras humanoides.

Corrí hacia él. Me ignoró, él solo quería llegar con las figuras que tenía enfrente.

Debía ayudarlo, lo sabía, pero no sabía qué debía hacer.

Cubrí mi mano en una fina capa de llamas, lo abofeteé.

Volteó a verme. Luego vio a los adultos.

Me alejé. Will tardó unos segundos en entender qué sucedía.

Se quedó quieto mientras analizaba el lugar, y con su aliento despidió una ráfaga de aire, tumbó a los humanoides, estos se rompieron en pedazos, como maniquíes de cristal.

Me alejé más de él, mientras él rompía sus cadenas con ráfagas de aire.

Cuando se liberó, me tendió la mano. La acepté.

Ambos corrimos a la entrada. Al salir, vi las prendas del chico; en su mano había un rifle de asalto, y vestía algo parecido a mí.

Quise comprender, pero preferí no hacerlo.

Estaba segura de que lo que estábamos viviendo tenía que ver con los anillos de los Primeros Guerreros.

Además, mi corazón acuchillaba todo mi cuerpo con adrenalina. El pensamiento no era parte de esta alucinación. Solo debíamos sobrevivir.

Fuimos a la otra iglesia. Chloe estaba a un par de metros de su hermano, quien estaba en una pelea contra su padre, el Señor Aqua. Tuve frío. Todo estaba cubierto con cristal helado. Parecía que la batalla había convertido la capilla en una catedral.

―Tenemos que ayudarlo ―sugirió Will―. No le ganará.

―No ―corté, vaho nos rodeó―, tiene que luchar contra su mayor miedo.

Will me tomó por el brazo, lo volteé a ver―.  ¿Cuál fue el tuyo?

―Que me obliguen a casarme con Rocco.

Eiden nos separó con un golpe. Fue aventado por su padre.

El Señor Aqua no tenía cara, pero despedía el deseo de destruir a su hijo.

O quizá eso era lo que Eiden creía. El chico se retorció en el suelo, mientras trataba de levantarse.

No había sangre, ni heridas, pero el ego sí estaba destruido.

El Señor Aqua flotaba en medio de la catedral, su aura era poderosa, y hacía que cualquier mortal se arrodillara con tan solo verlo. Yo quise hacerlo.

Eiden se puso de pie, la escarcha lo recubrió.

Vi mi espada, la cubrí con fuego, le grité y se la aventé.

Eiden la atrapó, una sonrisa picosa salió de sus labios, empuñó la espada de fuego como si fuera un trofeo.

Vi cómo había desencadenado al animal rabioso que vivía dentro de él.

Sentí un cosquilleo en la nuca. Me gustó ver eso. Demasiado.

Eiden creó hielo en forma de rampa hasta su padre. Comenzó a correr por el cristal, llegó al punto máximo, brincó y trató de apuñalar al Señor Aqua.

Chloe llegó a mi lado, me tomó del brazo y me alejó del hielo y de la pelea. Ella estaba cubierta de tierra. Vi la desesperación caer como diamantes de sus ojos. Uh, pobre.

― ¿Dónde estamos?

―Dentro de los anillos ―subí mi mano en la cual portaba la argolla―. Cada uno tiene que enfrentar su miedo. O al menos eso creo.

―Eso explica por qué Einar me rechazó en la iglesia ―Chloe dejó de verme. Había pánico picoso en su mirada―. Y también por qué me despidieron y por qué los Salvajes me culpaban por no ayudarlos.

Hice una mueca sin comprender. Los miedos de Chloe eran distintos.

Dejé de verla y vi el hielo. El cristal azul se cubrió de color naranja.

Busqué a Eiden con la mirada, no lo encontré.

La iglesia desapareció entre gotas, todo se volvió negro, entonces empezamos a caer. El vacío en el estómago me acuchilló.

Grité, Chloe también. Ambas tratamos de sujetarnos de nuestras extremidades, hasta que dejamos de respirar.

Sentí un golpe de aire, dejé de pensar por un momento, luego sentí el suelo frío.

Comencé a respirar con agitación. Tosí. A Chloe le sucedió lo mismo.

La falta de aire en mis pulmones me mareó, y por un momento sentí que mi alma se esfumaba junto al humo de mi fuego apagado.

Vi por un momento a mi alrededor, no había nada, solo un eco oscuro que nos acosaba.

Veía, pero no había nada. No había luz, ni existencia.

Solo había soledad. Solo nosotros en el vacío.

Nos pusimos de pie sujetándonos entre nosotras, vimos a Eiden y a Will caer con un golpe seco.

Los dos chicos tardaron más en recuperarse que nosotras.

Nos quedamos fijas en ellos, como si fueran cucarachas en su último respirar.

Bueno, así parecían cuando un científico las pisaba afuera de mi encierro. Jamás pude ver una de cerca.

Eiden se levantó con un tambaleo, aún portaba mi espada, y vestía las mismas prendas militares que Will. Los dos chicos nos voltearon a ver, y cuando Chloe y yo nos dispusimos a encontrarnos con ellos, el suelo se dividió y picos rojos salieron de la nada. No hubo ruido. No hubo nada. Solo ataques.

―Ay, no, ya estoy harta ―mustió Chloe―. Una mierda y nos separan. ¡Vamos a terminar esto juntos!

La rubia golpeó el piso negro. La grieta se cubrió con tierra, y se creó un puente entre el agujero y los picos.

Will y Eiden corrieron junto a nosotras.

En cuanto los cuatro nos tocamos, el aire se convirtió en ácido, y cuatro paredes de hielo nos encerraron.

La rapidez del suceso me dejó confusa, y mi fuego no supo responder.

Quise gritar, levanté mis dos brazos y despedí una llamarada de fuego. El cristal gélido no cedió.

Bajé los brazos, no quería estar encerrada, no podía volver a ser una muñeca encarcelada, mi respiración quiso descomponerse. Eiden me tomó del brazo, me regresó mi espada, sus ojos estaban igual de helados que las paredes, eso me regresó a la realidad.

―Gracias.