CAPÍTULO 10
cassandra
Aneka irradiaba paz, y eso me calmaba. La había extrañado.
Aneka siempre fue la única que me entendía.
Me cuidó de niña, me dio aliento cuando desesperaba, me enseñó a querer mi fuego en vez de repudiarlo.
Era mujer fuego, siempre lo sería. No podía huir de quien era.
Al menos, ya no era la única que pertenecía a la Primera Profecía, pero eso no me calmaba.
Caminamos hacia el muelle, donde un pequeño barco acababa de llegar.
Me planté en la arena y miré el agua. Las pequeñas olas quisieron comerme.
No sabía nadar. Si caía, entraría en pánico.
Toda mi vida encerrada no me permitió aprender.
¿Para qué? Solo era una niña en una caja de cristal.
Aneka subió a la madera, volteó para que la siguiera, pero le confesé a través de mi elemento mi pequeño miedo.
En el yate no tuve problema, ahí estaba segura, sabía que nunca caería.
Pero sobre esos tablones podridos…, ¿y si se rompían? , ¿y si me resbalaba?
―De acuerdo, espera aquí.
Aneka llegó con los tripulantes del barco. Yo me giré hacia el centro de la isla. Desde ahí, aún alcanzaba a ver la mesa en la que estaban Will y Eiden. Will acababa de levantarse y se alejaba de su amigo.
Me había contado cómo conoció a Eiden mientras se robaba un par de huevos en una tienda de conveniencia. Desde entonces eran amigos. Desde niños. Añoré tener algo así. Lo más cercano fue Aneka, pero más que amiga, siempre fue como una madre.
Algún día tendría amigos, lo sabía. Will era el primero. ¿O Chloe? No lo sabía. Ahora era libre. Libre de vivir, de explorar, de tener experiencias. Aunque estaba varada en una isla llena de Salvajes y exiliados que murmuraban que yo era un milagro de la Diosa Em. ¿Qué milagro es estar encerrada?
Eiden aventó su manzana y también se puso de pie. Volví al muelle. Y ahí estaba. De pie.
Mi verdadera madre. La que creía muerta por once años.
Marie Flur.
La cabeza comenzó a golpearme. Mi fuego quiso expandirse y quemar toda la isla.
Me desmayé.
(…)
Desperté y todo mi cuerpo me ardía, como si mi fuego me hubiera consumido por completo y me hubiera convertido en carbón.
No estaba en el cuarto que compartía con Will y Eiden.
Estaba en la enfermería. Me giré un poco, a mi lado, Chloe seguía inconsciente.
¿Por qué no despertaba? Quise orar por ella, pero sabía que no iba a servir.
Podía usar un hechizo de la Lengua Antigua, pero no quería perder la conciencia de nuevo por varios días, o que mi fuego cambiara y todos se dieran cuenta.
La puerta se abrió, mi madre entró. Mi verdadera madre.
Marie. Henning entró tras de ella, dejé de respirar por un momento.
Mi tío estaba más delgado y pálido. No sentí su elemento.
No, no era posible. No, no. ¿En él probaron cómo desactivar un elemento?
¿Eso fue lo que descubrió Rocco? ¿Por eso mi padre estaba feliz?
Usaron a mi tío como sujeto de prueba para crear ceniza. Para hacerme humana.
Me levanté de la cama algo mareada, y los abracé a ambos.
Lloré. Mi madre estaba con vida: no murió en el incendio, logró escapar, logró sobrevivir, no la maté.
Era inocente. Caímos al piso, ambas llorábamos por el recuerdo y por el tiempo.
Me aferré a ella, necesitaba a mi mamá en ese momento.
Necesitaba saber su verdad. Aspiré su olor, y fui llevada a mi infancia, mientras corría por la dinastía o jugaba con ella.
Henning nos consoló un poco sin decir nada.
Mi madre se separó de mí y me limpió las lágrimas de la cara. Quise volver a caer entre sus brazos.
―Hija mía, tu tío me ha dicho lo que hizo tu padre. Pensé que no habías sobrevivido al incendio. Todo este tiempo…
―Soy mujer fuego ―reí sin gracia―. El fuego no me hace nada, lo sabe.
―Lo sé, hija.
Mi madre me abrazó de nuevo. Era extraño tenerla a mi lado.
Viva. Por años la consideré muerta. Mi padre me lo recordaba en cada visita, culpándome de la muerte de su amada.
Me estremecí mientras aceptaba el cariño materno que tanto me faltó por años.
Al fin podía enterrar ese sentimiento de resentimiento ante mi pasado.
No herí a mi madre, ella estaba ahí, olía a fresa, y me abrazaba como si fuera a ser encerrada de nuevo.
Mi fuego me hizo querer explotar hacia el sol, la felicidad me llevaba a una hoguera.
No quería separarme de mi madre, quería quedarme bajo sus brazos para siempre.
Quizá ahora podría tener una familia, solo debía irme de la isla con ella.
Pero…, la Primera Profecía no me lo permitiría.
No, ignoré el oráculo. Preferí oír el corazón de Marie subir montañas, y que su calor me envolviera en una manta dulce. Mi lloriqueo no calmaba, y yo no quería dejar de sentir. Yo no era culpable de su muerte, mis manos estaban limpias.
Marie me volvió a separar. Me acarició toda la cara, yo solo soltaba risitas con lágrimas―. Tranquila, aquí estoy. No volveré a irme, lo prometo.
Asentí con la cabeza, porque no fui capaz de hablar.
Mi nariz estaba congestionada, y solo quise ir con Henning y abrazarlo también.
Tenía tanto tiempo sin verlo. Marie me hizo levantar, ambas vimos a Henning inspeccionar a Chloe.
La Doctora Aneka entró al recinto. Me tomó por el hombro.
No, aún quería seguir abrazada de mi madre. Temblé un poco.
―Qué bueno que has despertado ―quise volver a llorar, Aneka me limpió una lágrima―. Necesitamos tu ayuda con Chloe.
Henning entregó un libro antiguo de cuero a Aneka.
Conocía esa pasta dura y corroída por los años.
Mi tío me lo infiltraba por un par de horas a mi celda en mi cumpleaños y me dejaba hojearlo.
Era el único libro prohibido que no me permitían leer.
Lo transcribí por completo, me tomó tres años hacerlo.
Por ese libro conocía la lengua de los muertos.
La Lengua Antigua. Y también podía recitar la mayoría de los conjuros.
Aneka me volteó a ver. Negué con la cabeza. Tuve frío.
―Eres la única que conoce la lengua ―me tendió el ejemplar―.
Esto es lo único que puede traer a Chloe de regreso.
Hay algo en su cuerpo que no la deja despertar.
Ella está luchando contra el patógeno, pero no sabemos qué es.
Ya no pueden quedarse más tiempo aquí. Deben de ir al templo de la Diosa Em, lo sabes.
―No, quiero hablar con mi madre.
―Lo sé, puedes hacerlo después de curar a Chloe.
Vi a Marie. Ella aún lloraba, pero asintió con la cabeza.
Dudé, limpié mis lágrimas y tomé el libro.
Lo hojeé, sabía cuál encantamiento debía usar.
El problema era mi fuego verde, si lo veían, Aneka sabría de inmediato que algo cambió en mí.
Me detuve en la página de curación. Hasta ese momento, solo había usado tres veces los conjuros.
Henning era el único que sabía que podía hacer hechizos, pero jamás me pidió que los utilizara.
Siempre pensé que me dejó aprender la magia para que yo huyera sola, pero cuando lo intenté… , ya no importaba, no logré huir nunca.
Le entregué el libro a Aneka. Sentí mi fuego recorrer mi cuerpo, el cosquilleo en la nuca.
Recité las palabras. Vi el fuego de mis manos, las llamas rojas soltaron chispas azules, quise detenerme, pero ya estaba a mitad del conjuro.
Todos me veían y todos pedían que usara la magia.
¿Cómo negarme? No sabía cómo hacerlo. Vi los símbolos volar frente a mí con fuego helado.
Al terminar, empujé la magia hacia Chloe, el fuego la rodeó, las chispas azules le devolvieron el color a su piel.
Tuve un escalofrío por toda la espalda. Vi mi fuego hacerse naranja de nuevo, suspiré aliviada y me abracé a mí misma. El encantamiento había funcionado.
Todos se concentraron en Chloe, incluso mi madre, y tuve un poco de celo. ¿Por qué les interesaba que Chloe despertara? No importaba, mi corazón se calentaba de felicidad al saber que mi madre vivía.
Suspiré. No sucedió nada después de las chispas, un minuto después, Chloe comenzó a tener espasmos, y líquido negro comenzó a brotar de su boca y nariz.
Aneka la puso de costado y la hizo vomitar.
Chloe despertó, comenzó a expulsar todo el líquido negro que la enfermaba.
Parecía que lo que brotaba de ella era carroña acuosa.
¿Eh? ¿Acaso Rocco la inyectó con éter en la vecindad?
No, su elemento se había apagado por un momento, no tenía sentido.
Los ojos me picaron por las lágrimas secas, y el dolor de cabeza regresó. ¿Qué sucedía?
Dejé de escuchar, el conjuro había funcionado, pero algo estaba mal, y no sabía qué era.
Alguien me tomó por un brazo, y me sacó de la enfermería.
Fue la madre de Chloe. Vi la puerta cerrada frente a mí.
Quise entrar, ayudar, tenía conocimientos básicos de medicina.
Podía hacer algo. Retrocedí, no, ya había hecho todo lo que podía, me di media vuelta y fui a mi habitación, no sabía qué podía hacer, debía obedecer, e irme de ahí.
Quizá podría pensar mejor en mi choza. Procesar incluso que mi madre estaba con vida.
Al entrar a mi cuarto, vi a Eiden agonizar en el suelo de la misma manera que su hermana.
¿Qué? Will estaba ahí, sostenía a su amigo sin saber qué hacer.
Lo vi lleno de pánico, me rogó con la mirada llorosa que lo ayudara.
Me arrodillé a un lado de los chicos, recargamos a Eiden en la pared.
Me dio un poco de asco tocar el vómito, pero me abstuve de decir algo.
Solo me tragué la queja. ¿Qué estaba sucediendo?
Primero llega mi madre muerta, y ahora los gemelos parecían pudrirse con éter.
Suspiré. Debía comportarme como una Dama. Debía encerrar todo mi sentir en una caja.