Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

La parte de Cassandra hablaba de dos opciones.

¿Y si lo destruimos? No me gustaba que los Salvajes se nos acercaran para ver la tinta de nuestros brazos, ni que nos espiaran desde lejos.

Tampoco me gustó que Hellena le contara a Aneka y a toda la isla que a nosotros también se nos marcó la Primera Profecía, no solo a Cassandra.

¿Para qué? ¿Para qué nos ayudarán? ¿Ayudarnos a qué? ¿A declarar una guerra contra Vulkan? ¡Una puta idiotez! ¡¿Por qué hay que declarar la guerra?!

Mi estómago gritó. Ugh. Tenía que comer. Salí de la choza y caminé al desayunador que estaba junto a la hoguera cerca del océano. Tomé una tonta manzana y me senté, miserable como un pez sin aletas. Al menos nadie se me acercó para ver la tinta en mi brazo. Sacudí la escarcha que creció a mi fruta.

A unos metros, estaban Will y mi archienemiga.

Ella sonreía y él le tomaba un mechón de cabello, jugueteaba con las puntas.

Dejé de verlos. Si seguía así, notarán mis celos.

Mierda, estaba celoso. Mordí la fruta, intenté distraerme del hecho de que ahora estaba solo.

Entendía por qué Cassandra se iba con Will, y entendía por qué él estaba pegado a ella, pero no quería entenderlos.

Quería largarme. Regresar a Farren y fingir que ninguna Profecía se me había marcado en la piel como una sentencia llena de pecados.

O, que alguno de los dos me prestara atención. Ambas opciones me gustaban.

Fijé la vista en el mar. Las olas revoloteaban en la arena, las corrientes de agua, el flujo de temperatura, los pelícanos en el cielo.

Cada detalle, cada pizca salada, me llamaba a mojarme.

Deseaba sumergirme y no pensar. Ser un pez más.

O incluso un bloque de hielo. Ser un ser sin cerebro. Tuve un escalofrío.

Alguien me quitó la manzana. Iba a protestar, pero vi a Cassandra sentarse a mi lado y comenzar a morder la fruta. Su calor me rodeó como una serpiente marina. Iugh. Will se sentó frente a nosotros. Quise quejarme, pero me quedé callado. Al menos me estaban considerando por un momento.

Will se acomodó con una pequeña sonrisa.

―Después de la hoguera en la noche, iremos a explorar la isla, ¿vienes?

Lo pensé. Había querido investigar el centro de la isla, buscar algo que robar y tenerlo como recuerdo.

Asentí con la cabeza. La única molestia sería Cassandra.

Ya no éramos Will y yo. Ahora éramos tres.

Aunque se supone que éramos cuatro, pero mi hermana seguía en coma.

Ojalá despertara pronto para poder largarnos de esta maldita isla.

―Iré ―dije con calma. Me giré hacia Cassandra y le quité la manzana. No se quejó, solo me sonrió―. Estoy aburrido.

Will se encogió de hombros ―. No eres el único. No hay nada que hacer aquí. Además, todos nos ven como si fuéramos héroes solo por la profecía.

―Sí, es un poco molesto ― concordó Cassandra, puso sus codos en la mesa y recargó su cabeza en sus manos―. Ojalá dejaran de hacerlo.

Nos quedamos en silencio. El único ruido eran mis mordiscos y las olas del mar martillando todo a nuestro alrededor.

Conversaciones dispersas, palabras lejanas sin sentido.

Cassandra me miró de reojo, como si analizara cada peca en mi cara, o como si quisiera evaporarme el elemento.

Me incomodé. Aún no la toleraba. Tal vez porque le tenía miedo y no sabía cómo comportarme cerca de ella.

¿Me quemaría? ¿Me haría explotar? No tenía puta idea.

Era una Dama, y una mujer fuego. ¿Ahora también era heredera de Vulkan?

― ¡Cassie!

Los tres volteamos. Aneka. La mujer que nos interceptó en el yate. Cassandra se levantó y corrió hacia ella como una niña pequeña. No entendí. Se abrazaron y ambas se fueron al puerto. Will y yo las seguimos con la mirada hasta que desaparecieron tras una palmera. Me miró.

―Deja de estar celoso por Cassie. Ella es mi amiga.

Me quedé quieto por un momento. Me descubrió.

Vio mi molestia hacia Cassandra. Me estaba reemplazando.

Will era mi único amigo y me lo estaban quitando.

No, ya me lo habían quitado. No podía permitirlo.

Tenía que hacer algo para recuperarlo. No.

No podía. Tenía que calmarme. Tal vez, si dejaba de comportarme como un idiota, Will olvidaría el tema.

―No estoy celoso ―mentí―. Es solo que pasas mucho tiempo con ella.

―Y tú pasas mucho tiempo sumergido en el mar y no te digo nada ― me respondió con filo―. Además, compréndela. Nunca tuvo a nadie de su edad junto a ella. Siempre estuvo rodeada de adultos, científicos y doctores. Ahora tiene un amigo, y soy yo.

―No. Yo soy tu único amigo.

Rodó los ojos, fastidiado, y se levantó de la mesa―. Antes de la Profecía era así. Ahora, no. Ahora somos cuatro. Quieras o no.

― ¿Estás diciendo que la Profecía es primero? ¿Y luego yo?

―Sí ―dijo tozudo―. Los cuatro debemos cumplir la Profecía. Y si no te parece, entonces confórmate con estar solo.

Se fue. Quise golpearlo. Era insufrible escucharlo. Lo único que hacía cuando no estaba con Cassandra, era hablar de la tonta Profecía y la Diosa Em. Todo el maldito día. Aventé el corazón de mi manzana a la arena y fui al océano a sumergirme. Maldito idiota.