Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 9 #2
25%

CAPÍTULO 9 #2

Cuando entré a la habitación, mi hermana estaba dormida.

No podían despertarla. Mi madre le tomó el pulso.

Aneka se acercó para revisarla también. Chloe había estado así desde que zarpamos.

Cansada. Drenada. Lo había atribuido al viaje, o a todo lo que habíamos pasado.

Yo también me sentía hecho mierda. Me toqué una herida en la frente y miré a mi madre.

―Los signos vitales de Chloe son normales ―dijo ―. No sé por qué está así. Debería despertar.

― ¿Quizá porque está lejos de la tierra? ―preguntó Cassandra.

Aneka y mi madre se vieron. No tenía sentido. El Señor Aqua se interpuso entre ellas.

―No, Chloe ya ha viajado por mar varias veces y nunca se ha puesto así.

Aneka tomó a Cassandra por el brazo y le susurró algo. Ella negó. Comenzaron a discutir con sus elementos. No vi nada. El aire de Aneka apenas me movió el cabello. De parte de Cassandra no hubo reacción alguna. Se separaron segundos después.

― ¿Qué sucede? ―preguntó mi padre―. ¿Por qué mi hija está así?

Aneka suspiró―. No lo sé, Señor. Lo único que sé es que su hija está en estado comatoso. Aquí no puedo hacer nada. Hay una isla donde tengo aparatos médicos. Deben llevarla para que pueda atenderla. Ahí podré ayudarles. Será mi manera de pagarles por haber rescatado a Cassandra.

―Mi mujer es doctora de elementos ―contraatacó mi padre―. Estoy seguro de que hay algo en el yate que pueda servir.

Mi madre lo calló. Se posicionó a un lado de Aneka. Me costó entender lo que pasaba. El poder lo tenían ellas. La decisión ya estaba tomada.

―Chicos, vayan a su habitación ―dijo él―. Tú también, Cassandra.

Will la tomó a de la mano. Ambos salieron sin chistar. Yo me quedé unos segundos más. Lo reté con la mirada. Mi madre me lanzó otra más filosa. Me fui.

Berreé en el pasillo. ¿Por qué carajos nos sacaban de la habitación?

Ugh. Al entrar al camarote que compartía con Will, lo vi mostrándole los anillos robados de la base Quetzal a Cassandra.

Me hirvió la sangre. Eran nuestros. No tenía por qué enseñarlos a una loca como ella.

Me acerqué, le arrebaté la caja de terciopelo.

―Eso es nuestro ―le solté molesto―. ¿Por qué se lo enseñas?

Will no respondió. Me miró con asco. Seguía encabronado conmigo.

Los golpes me palpitaban, pero no dije nada más.

Guardé la caja en mi mochila, la metí al armario.

Vi a Cassandra. Su presencia me molestaba.

Y a la vez, deseaba tenerla cerca, y quizá besarla.

Me daba miedo. Pero eso no lo iba a decir en voz alta.

Era fuego. Claro que me daba miedo. Las mujeres fuego no existen, y ahora tenía a una a un par de metros.

Will se sentó junto a ella en la cama. Empezaron a hablar entre sus elementos.

Sentí una opresión en el pecho, quise arrancarme el corazón y dárselo de comer a los peces.

Entendía lo que Will le decía a ella, pero no comprendía lo que ella le decía a él.

Se quejaban de mí. Los dejé hablar. Estaba de sobra.

Will me estaba cambiando por una Dama encerrada, y que el mundo entero creía muerta. Ya, yo no era muy buen amigo.

Me quedé de pie por un momento. Volví a ver la mochila.

Saqué la caja. Tomé el anillo azul recubierto de zafiro, la piedra de la Dinastía de Agua.

Me lo puse. Un cosquilleo me subió por la nuca.

Me enderecé. Sentí una presencia. Cassandra.

Me estaba mirando con una leve sonrisa. Luego tomó el anillo del Viento, el del Fuego y el negro.

Fue con Will, le entregó el de Viento y el negro.

Ambos se los pusieron. ¿Por qué no la detuve?

¿Por qué la dejé tomar los metales? ¿Por qué mi cuerpo aún sentía la electricidad del anillo quemarme la piel?

Regresé la vista al anillo verde, esmeralda. El de la Tierra. Lo tomé entre los dedos. Creí que brilló por un momento. Lo metí en el bolsillo del pantalón. Tal vez, si se lo ponía a Chloe, mejoraría. No, eso era una estupidez. ¡Todo esto era una puta estupidez! ¡Maldita sea!

Quise discutir con Will, pero Cassandra siempre se interponía. El yate dio un tirón. Volvimos a movernos. Estaba estresado. No sabía qué hacer. Mi vida cambió en cuanto pisé la base Quetzal. Solo fui porque era el único lugar en Farren que no había robado. ¿Por qué carajos fui tan avaricioso? Ugh.

Suspiré. Fui al baño. Yo solo me curaría los golpes en la cara. Porque de momento, yo estaba solo. Nadie estaba de mi lado.

(…)

Llegamos a la Isla de los Salvajes por la noche.

Al menos dos docenas de personas nos recibieron.

Bajaron a Chloe en una camilla. Mi madre se fue con ella.

Will y Cassandra seguían juntos, y ella fue recibida como una Diosa.

La Nana de Will los seguía. Estaba igual de perdida que yo.

Yo fui el último en bajar, junto al Señor Aqua.

Quise evitarlo, pero el agua me empujaba hacia él.

―Sé que tú detuviste el yate en la tarde ―me dijo, con tono seguro.

Noté un brillo de orgullo en su voz y me dieron ganas de convertirme en medusa―.

Jamás pensé que fueras tan fuerte siendo tan joven.

Y sin entrenamiento previo, estoy asombrado.

Sé que nunca fuiste a la Academia. Aun así, quiero felicitarte por tu maestría elemental.

Quise responder. No pude. Lo miré con desprecio y bajé del bote. No quería hablar con ese hombre. Que, según mi madre, era mi padre. Y sí. Lo era. No lo perdonaba por haberme abandonado. Por separarnos. Por destruir a mi familia. Por fingir su muerte. Por desaparecer. Por todo.

Entendía la razón. El parlamento había sido estricto con los gemelos con elemento. Mi hermana y yo. Gemelos. Con elemento. Quise vomitar.

Empujé a la gente que se arremolinaba alrededor de Cassandra. Quise alejarlos a todos de ella, y llevármela dentro de la selva para que nadie la tocara. No. ¿Por qué haría eso? Ugh.

(…)

Desperté con jaqueca.

El sol me quemaba la cara, la piel me picaba por el sudor, y la comida era una mierda.

Odiaba esa isla. Odiaba a todos ahí. Ya quería largarme.

Traté de hacerlo, pero mi mamá siempre me atrapaba.

Ugh. Hacía calor todo el día. La arena se me pegaba en la piel, y los mosquitos no me dejaban dormir.

Llevábamos una maldita semana encerrados en ese lugar, solo porque Chloe no despertó del coma.

Miré hacia la litera de Will y Cassandra. No estaban. Claro. Nunca estaban. Siempre se largaban sin mí. Quizá yo también debería irme. Y nunca regresar. Solo si pudiera hacerlo sin ser interceptado por mi madre. ¡Mierda! ¡Odio todo! Estúpido Will. Estúpida Cassandra.

Pasaban más tiempo juntos de lo que podía soportar.

Intentaba integrarme, pero siempre me dejaban de lado.

Como un pez feo. A veces los veía practicar con sus elementos.

A veces me metía al mar solo para ignorar que ya me habían reemplazado.

Tal vez eso era lo que Will sentía cuando yo coqueteaba con otros.

Con hombres. Con mujeres. Me iba. Volvía. Repetía el ciclo.

No importaba. Tanto Will y todos en la isla, idolatraban a Cassandra por ser mujer fuego. La veían de lejos. Cuchicheaban que nos salvaría de la destrucción. Que era un milagro de la Diosa. Que era la próxima reina del mundo. Y mil tonterías más.

Qué idiotez. Todos estaban siendo manipulados por la estúpida Primera Profecía.

La que se había marcado en nuestros brazos.

Ahora nosotros cuatro éramos los “salvadores del mundo”.

¡Claro que no! A mí también llegaron a decírmelo en la cara, que era un marcado, que iba a salvarlos, que yo debía proteger a la mujer fuego.

Que era mi deber. No. Mi único deber era quejarme y robar.

¿Por qué carajos tenemos que salvar el mundo?