CAPÍTULO 9
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Will me empujó. Terminó la discusión, así, de golpe. Eso nunca pasaba. Siempre que peleábamos mediante nuestro elemento tardábamos horas, horas en las que ninguno de los dos quería ceder. ¿Por qué terminaba nuestra pelea? ¡No!
Will se restregó las manos en la cara, desesperado, el viento le alborotó el cabello y parecía que estaba a punto de crear un tifón solo para irse volando de ahí.
Ahora sabía que tenía padres. Su madre era la hija menor de la Señora Ventus, la heredera del trono.
Eso significaba que él también era heredero.
¿Y yo? ¿También lo era? Sí, portaba agua, no como Chloe.
Pero…, no. Yo nunca me convertiría en un estúpido príncipe. Yo era un ladrón. Eso era todo.
Y, sin embargo, ahí estábamos. Todos pertenecemos a un linaje directo de las Dinastías. Lo odiaba. Lo odiaba tanto. ¿Por qué? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué no pudimos tener una vida normal? ¡¿Por qué?! ¡Yo no quiero ser un heredero!
Desde que zarpamos, mi madre no ha dejado de intentar que hable con mi padre.
He peleado con el Señor Aqua en cada ocasión que se presenta.
Ni siquiera quiero verlo, me revienta que mi familia se haya separado solo porque los gemelos con elemento no podían nacer.
¡Una estupidez! Esa ley se abolió mucho antes de que yo naciera.
Aunque mi madre trató de explicarme que, si nos hubieran mantenido juntos, a mí o a Chloe nos habrían ejecutado al nacer, no me bastaba.
Aunque la ley ya no existiera, igual iba a pasar.
Porque éramos hijos del próximo Señor Aqua.
En ese caso si nos mataban. ¡Nada tenía sentido!
¡Esa tonta ley ya no existía! ¡¿Qué importaba si éramos hijos del Señor Aqua? !
Así que, ¿cuál fue la decisión? Separarnos. ¡Qué genial idea! ¡Separar una familia por miedo! ¡Estúpidos! ¡Pude haber tenido una familia normal, una familia unida, pero no! El miedo los venció. El miedo me robó todo.
―Basta ―se quejó Will―. Ya no quiero hablar de esto.
― ¿Y yo sí? Esto es una locura. Hace cuatro días estábamos planeando entrar a Quetzal, y ahora resulta que somos parte de una tonta Profecía que la Diosa hizo hace milenios. Y estoy bastante seguro de que es una farsa.
― ¿Cómo va a ser una farsa si se nos marcó en nuestros brazos? ―gritó mi amigo―. Ya sé que eres ateo, pero por una vez, solo acepta lo que sucede.
― ¡No quiero!
Will se quedó callado, suspiró como si de verdad estuviera cansado de mí.
― ¿Sabes qué? Vete a la mierda, iré con Cassie.
Empezó a alejarse, y eso solo me ardió más. ¡¿Por qué se largaba?! ¡Yo era su único amigo!
― ¡Claro! Abandona a tu amigo y vete con esa loca de fuego. Quizá al fin puedas darte a una mujer.
Will se detuvo en seco. Se volteó. Sus mejillas estaban rojas. Caminó a zancones hacia mí y me golpeó.
Caí al suelo. Intenté defenderme, pero no me dejó moverme.
Me golpeó directo con el puño cerrado en la cara.
Me aprisionó bajo su elemento, y el aire comenzó a apretarme el pecho.
El sabor de la sangre me quemó la garganta.
Tosí. No podía respirar, y Will no se detenía.
Cada golpe era más fuerte, más violento, más desesperado. El aire me estaba sofocando.
Y quizá me lo merecía. Quizá por no ser comprensivo, por no saber callarme, por querer entender todo con lógica cuando nada tenía sentido. Porque en este punto, nada tenía sentido. Nada lo era.
Sentí el calor rozarme la piel, luego el peso de Will sobre mí desapareció. Respiré. Me incorporé un poco y empecé a escupir. El líquido rojo manchó el piso blanco del yate, y por un momento las formas difusas me parecieron dibujos de mi vida. ¿Qué carajos...?
Traté de enfocar la vista. Will estaba acorralado entre llamas danzantes.
Cassandra estaba en medio de los dos. El fuego desapareció.
Él se levantó, la miró con molestia, pero no dijo nada.
Solo se fue. Ella me miró. No había nada en su expresión.
Nada. Era difícil saber qué pensaba o qué demonios sentía.
Era como un maniquí con vida. Una parte de mí quiso ahogarla, solo para que dejara de mirarme así.
Me levanté del suelo, escupí más sangre, y volví a verla. Me limpié la boca con el brazo.
―Me arruinaron mi comida ―se quejó―. ¿Por qué?
― ¿No es obvio?
―No.
Me sostuvo la mirada por unos segundos. Luego giró hacia el horizonte.
Frunció el ceño, confundida. Su cabello se alzó en pequeños caracoles con el viento.
¿Eh? Seguí su mirada. Un barco. Uno pequeño.
Se acercaba. Nadie debía saber a dónde íbamos, mucho menos quiénes estábamos en este yate.
Se suponía que el Señor Aqua había sido cuidadoso al sacarnos de Farren.
El corazón empezó a golpearme el pecho. Estuve por usar mi elemento. Podría hundirlos. Pero ella me detuvo.
―Ve por tu padre ―me ordenó.
Quise replicarle.
―Los Salvajes nos encontraron.
― ¿De qué mierda hablas? Puedo hundir ese barco si quiero. ¿Por qué mierda voy a ir por el estúpido Señor Aqua? Primero detienes mi pelea con Will, y ahora me das órdenes, no haré eso.
Ella sonrió, apenas por un segundo. Volvió a mirar la lancha.
Caminó hacia la popa como si esperara la llegada de los Salvajes.
La seguí. La tomé del brazo para que me mirara, pero seguía impasible.
Quise que ella me peleara. Que me gritara.
Su piel estaba caliente. No la entendía, y una parte de mí deseaba con toda la rabia del mundo, poder comprenderla.
―Detén el yate, entonces ―susurró―, si tan poderoso eres.
Levanté el brazo hacia el agua. Poco me importaba si ese maldito barco se estrellaba con el yate de mi padre. Cerré el puño. Toda el agua me obedeció, congelé el metal que nos movía. Escuché a los motores luchar contra la presión. Las aspas gimieron. El yate se detuvo con un pequeño zarandeo.
La lancha chocó con nosotros. Volteamos. Armas. Nos apuntaban, y Cassandra sonreía.
―Aneka ―su voz estaba llena de felicidad. No entendía qué carajos estaba pasando―. Pensé que nunca te volvería a ver.
La única mujer en el bote bajó su arma. También parecía feliz.
Sus ojos estaban rojos. La solté. Quise interponerme, no dejar que nadie entrara al yate.
Estaba confundido. Escuché pasos detrás de mí.
Me giré. Mis padres estaban ahí. Ninguno dijo nada.
Solo observaron la escena. El Señor Aqua les indicó a sus guardias que bajaran las pistolas.
Quise aventarme al mar.
La mujer subió al bote y abrazó a Cassandra. Ambas lloraron.
Will llegó con su Nana minutos después de que el yate se detuviera.
Todos los demás miraban la escena igual de confundidos que yo.
Se suponía que Cassandra había estado encerrada la mayor parte de su vida.
¿Cómo demonios conocía a una Salvaje? Lo único que se me ocurrió fue que Aneka hubiera trabajado en la base Quetzal.
Se separaron. Aneka tomó a Cassandra como si fuera su hija. El gesto me revolvió el estómago. Era como ver a una madre reencontrándose con su hija después de años. El problema era que la verdadera madre de Cassandra estaba muerta. Aunque ya empezaba a dudar de todos los muertos que me rodeaban.
Los padres de Will vivían. Bueno, su madre.
Y mi padre, ese que supuestamente estaba muerto en alguna maldita fosa, también vivía.
Ahora entendía por qué mi madre dijo que nos había abandonado y muerto en un accidente automovilístico.
¿Para qué? Para que no lo buscara. Ugh. Maldita sea, le funcionó.
―Mi padre me dijo que te desterraron ―murmuró Cassandra con voz rota―. Nunca me dijo la razón. Solo Rocco me dio una excusa, pero nunca le creí.
Aneka le limpió las lágrimas, le sonrió―.
Quise liberarte. Me descubrieron. Me iban a matar, así que hui.
Pero desde que me fui, he buscado cómo sacarte de ahí.
Todos los Salvajes saben de la Princesa Fénix.
Cuando supe que lograste escapar, tuve que encontrarte.
Tenía que verte con mis propios ojos. Tenía que asegurarme de que estuvieras bien.
―Chloe Foster. Ella me salvó.
―Lo sé. Henning me lo dijo.
― ¿Está con vida? Pensé que había muerto.
Aneka negó con la cabeza―. No. Bueno, no estoy segura. La última vez que escuché de él fue hace un par de días.
Mi padre se metió en la conversación―. ¿Conocen a Henning Rok? — Aneka asintió ―. Mi hija lo vio por última vez en la base Quetzal. Le quitaron su elemento.
Nadie se inmutó. Ni Aneka. Ni Cassandra. Como si ya supieran. Aunque en realidad todos conocíamos esa historia. El Señor Ignis quiso quitarle el elemento a su hija para que la Profecía no se cumpliera. Will y yo ya lo habíamos hablado. Aunque se lo quitaran, la Profecía iba a cumplirse.
Yo todavía no creía en la Diosa, pero las letras marcadas en mi brazo me decían otra cosa. Quise arrancarme ese pedazo de piel con una cuchilla. Quise intentarlo para ver si la tinta también se había marcado en mi sangre.
― ¿Dónde está su hija? ―preguntó Aneka―. Debo hablar con la Dama Chloe.
― ¿Cómo sabemos que no nos atacarán?
―Confío en ella ―intervino Cassandra―. Aneka puede ayudarnos. Si lo que dice es cierto sobre los Salvajes, entonces están de nuestro lado.
Mi padre lo pensó. Yo di un paso atrás. No sabía qué hacer. ¿Intervenir? ¿Gritar? No. Me quedé quieto.
―Bien ―dijo él al final―. Sígame.
Aneka hizo una reverencia. Dejó a sus hombres en la lancha.
Todos fueron a ver a Chloe. Yo también. No iba a quedarme en la popa viendo a los Salvajes.
Mi instinto me pedía golpearles la cara a cada uno por osar verme.
Tardé en llegar. Quise hablar con Will. Me ignoró.
Le insistí. Nada. No quería hablar conmigo.