Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

Chloe me acompañó a una mesa, se sentó frente a mí.

La rubia se veía agotada, quizá los días que estuve inconsciente algo le sucedió.

Aunque no figuraba qué podría ser, el yate era nuevo, y lo único diferente era ver el océano, y oler ese toque salado.

Quise asomarme por la proa y buscar algún pescado o delfín en las profundidades.

Quise preguntarle a Chloe si se encontraba bien.

Me abstuve. Will se acercaba a nosotras, estaba afligido, el viento le arremolinaba el cabello como si tuviera una pequeña tormenta siguiéndolo. Su Nana estaba detrás de él, lloraba.

―Cassie, ¿qué tan segura estás de que pertenezco a una estúpida Dinastía?

―Hijo ―su abuela lo vio con pena. La señora no irradiaba el mismo calor que su nieto―. Te digo la verdad, tus padres eran humanos.

―Muy segura ―hablé―. Tu calor es igual que el de Chloe o Eiden.

― ¿Ves, Nana? ―Will volteó a ver a la mujer―. Es una mujer fuego, ella sabe de eso.

Chloe acunó sus brazos en la mesa y puso su cabeza ahí.

Al parecer, la discusión llevaba todo el día.

Eiden nos veía desde lejos. Impasible a lo que le sucedía a su amigo.

Quise ir con él. Quería ver su agua. Nunca había conocido a uno.

Todos en Quetzal eran viento o tierra. ¿Me enseñaría de lo que era capaz su elemento?

Bueno, notaba cierto toque de odio, o quizá era miedo por mi fuego. No estaba segura.

―William ―habló la señora―. No te estoy mintiendo.

―Nana, solo dime la verdad. Estamos desde ayer con esto. Te juro que no me voy a enojar. Solo quiero saber de donde vengo.

La mujer se calló, suspiró y tomó lugar junto a Chloe. El chico se sentó a un lado suyo, la ventisca desapareció. La señora los vio a ambos, buscaba una resistencia, algo que decorara su mentira, pero yo solo veía un papel roto.

―Sí, perteneces a la Dinastía del Viento ―la señora suspiró―. Tu madre es Rosa Vind.

Will parpadeó desconcertado, repudió la respuesta. Viento nos rodeó de nuevo por un momento.

― ¿Qué? ¿Rosa Vind? Pensé…, no importa.

―Sí, ella es tu madre, hijo.

Will se quedó fijo en la mesa. Sabía quién era Rosa, solo porque en mis estudios me obligaban a saber sobre las Dinastías y sus descendientes.

¿Por qué hacerlo si estaba encerrada? Porque era una Dama, no importaba dónde estuviera.

Que recordara, ella no tenía ningún escándalo, o solo no me lo enseñaron.

― ¿Por qué me abandonó? ―Will preguntó con un ronquido―. ¿Soy bastardo?

La abuela de Will comenzó a negar con la cabeza y a llorar más. Tomó las manos de su nieto y las acercó a su pecho.

―No, ella te quería mucho. Su madre, la Señora Ventus, fue quien te arrebató de las manos de Rosa. Ella se enamoró de un Blanco, y la Señora Ventus, bueno, has visto las noticias.

―Ella odia a los humanos ―Will susurró. Su abuela asintió. Will se alejó―. ¿Cómo terminé con ustedes? No entiendo.

―Te iban a matar ―habló la mujer con dolor, su voz se cortó.

Yo ya no quería oír la conversación, solo quería comer―.

El guardia que se iba a encargar de eso le rogó a tu abuelo que te llevara, no se pudo negar.

Esa misma noche, el guardia nos ayudó a tu abuelo y a mí a salir del Continente Vindas.

Nos dio un poco de dinero y nos quedamos en Farren.

Te criamos como nuestro propio nieto, eres todo lo que tenemos.

Y tu madre, bueno, se casó con Melinda Rubí.

Will se recargó en la silla, suspiró ―. ¿Por qué nunca me buscó?

―No lo sé.

Chloe se enderezó en cuanto un mozo puso comida en la mesa. Eiden se acercó. El mozo se retiró, Chloe tomó un pedazo de patata frita y se levantó.

―Tu habitación es la misma que la mía ―dijo con pereza―. Te veo ahí. Iré a descansar.

No le contesté, solo tomé el plato con carne y papas. En mi encierro, solo en mi cumpleaños me daban patatas, y me dejaban leer cualquier libro prohibido que quisiera. Por eso sabía la Lengua de los Muertos. Por eso podía pronunciar los encantamientos. Mi estómago rugió. Comencé a comer.

―Entonces, mi madre está con vida ―dijo Will, casi en un susurro―. ¿Mi padre?

―Lo último que escuché, fue que la Señora Ventus lo mandó a matar. Pero puede que viva, así como tú.

Will se enderezó, el color de su piel morena se esfumó, se levantó y pasó a un lado de Eiden.

Su amigo lo siguió. La señora me miró por un momento, trató de hacer una sonrisa, pero fue más una mueca.

Comprendía por qué ocultó la verdad, las Dinastías eran despiadadas.

El claro ejemplo era mi propia vida. Mi padre me encerró solo por el miedo a la Profecía, y a que yo destruyera el mundo.

Ni siquiera deseaba destruir nada, solo quería ser libre, y ya lo era.

―Ya me contaron tu historia ―habló la señora―. Cassandra Flur. Me alegra que estés con vida, cariño. Si el fuego nació en ti, entonces el mundo está en tus manos. Yo no sé mucho de Profecías, pero sí sé que, si la Diosa los escogió, es porque sabe que ustedes nos salvarán.

―Yo espero lo mismo.

La Nana de Will me sonrió, se levantó y se fue. Me dejó sola con mi comida, y qué bueno, porque ya no quería escuchar sobre conspiraciones o secretos familiares. Solo quería disfrutar la vista al océano, y mi comida.

Volteé hacia los chicos, ambos discutían con su elemento.

Vi el aire y gotas de agua flotar entre ellos dos.

Will seguía pálido. Deseé sentir el calor, pero lo único que sentía era frescura.

Había extrañado poder energizarme con la estrella que nos iluminaba.

Vi las nubes por un momento, el sol gritaba con sus rayos. Quise tocarlo. Quise ser el sol.