CAPÍTULO 8 #3
No recordaba haber llegado a ese barco. Ni siquiera recordaba haber llegado a la casa, o si el conjuro sirvió.
Me levanté de la cama con un mareo, y me tambaleé hasta la ventana.
El mar era un brillo infinito ante mis ojos.
Quise llorar el mismo océano. Esto era mejor que verlo en un par de fotografías o en los videos.
Al fin veía el mar, incluso podía oler su viento salado en la habitación. Mis ojos aguadaron,
Me eché al suelo, comencé con mi duelo. Rocco estuvo a punto de robarme mi elemento, y casi mató a Will.
A alguien que ni siquiera conozco. Solo para conseguir su meta.
Al menos, logré deshacerme de él por un momento.
La Lengua de los Muertos me dejó agotada.
Me marchitó, hasta dejarme seca de vida.
Me recargué contra el vidrio. Estaba templado.
Esperaba que Will estuviera vivo. Estaba segura de que la mamá de Chloe era doctora de elementos.
Lo vi en el despacho cuando enseñé mis cicatrices.
Sabía que debía salir de ahí y buscarlo, pero la infinidad del mar me decía que descansara por un momento, y disfrutara de mi nueva libertad.
Quité mi protección de mi piel. Los colores morados comenzaban a disiparse, pero la blancura de mis heridas viejas seguía ahí.
Tantos experimentos, tanta sangre extraída, y, aun así, la única libertad que me podía dar mi padre era quedarme sin elemento.
Todo por la tonta profecía. Ojalá hubiera nacido sin elemento. O controlando el agua o el viento.
La puerta de la habitación se abrió. Me volteé con pánico. Había olvidado asegurarme que no había sido atrapada por los guerreros fuego. Me relajé cuando vi la melena rubia de Chloe. Ella cerró la puerta y se encaminó hasta mí.
―Qué bueno que despertaste ―soltó aliviada―. Tenías dos días inconsciente. Venía a revisar tus vitales.
― ¿Cómo llegué aquí?
―Eso era lo que queríamos preguntar. William y tú aparecieron en una voluta de fuego en el jardín de mi madre, ambos inconscientes, y William estaba cubierto de una mucosa negra. Y cuando él despertó, dijo que fue apuñalado, pero no tenía heridas. ¿Sabes algo?
Quise decirle mediante mi elemento. Temía decir la verdad en voz alta. Tomé las mangas de mi sudadera, la tela estaba sucia y llena de éter. Quería cambiarme de prendas, darme una ducha. La vi.
―Rocco. Él controla el éter.
― ¿De qué hablas?
―Éter. Lo que dice en la Primera Profecía, es verdad. Ese elemento existe.
―El éter es solo una hipótesis, ese elemento no existe.
―Tampoco las mujeres fuego, y aquí estoy.
Chloe suspiró, se alejó un poco de mí, y también se echó al suelo. Ambas vimos por la ventana. Mi amiga suspiró.
―Estamos de camino al Continente Lotán. Ahí estaremos seguras hasta que figuremos un plan.
Lo mejor sería ir al templo de la Diosa Em, ella podría ayudarnos.
Aún trato de convencer a mis padres de ir al templo.
Toma una ducha. Hay un par de prendas en el armario.
Toma lo que quieras. Después ven a cubierta, para que comas un poco. Seguro estás hambrienta.
―Gracias.
Chloe se quedó fija en el océano, la vi un poco ojerosa―. Estos días han sido un caos. Pero me alegra que te haya podido sacar de Quetzal y Farren.
Abracé mis piernas―. ¿Nadie nos sigue?
―No. Mi padre se aseguró de eso. Tómate tu tiempo para recuperarte. Seguro estás agotada por el uso del viaje de ceniza.
Negué con la cabeza. ¿Le decía la verdad? Yo no podía hacer un viaje de ceniza. Me quedé callada.
Chloe bostezó―. Te veo en cubierta.
Se levantó y salió por la puerta. Me quedé unos minutos más en el suelo. Quería seguir contemplando el océano. Sus olas, y las estrellas que caían en su reflejo.
(…)
En mi cárcel de cristal, siempre portaba lo mismo: ropa deportiva blanca, y una sudadera solo cuando el aire acondicionado era elevado.
Tener opciones me emocionó. Recordaba que de pequeña adoraba los vestidos, quizá porque eso era lo único que me permitían usar, ya que las Dinastías tenían protocolos a seguir.
Solo cuando eras mayor de edad, podías decidir un poco sobre tu vestimenta.
Aunque había excepciones, como Chloe. Podía ver que ella tenía poco interés en los protocolos en su Dinastía, ella solo quería ser una científica, y ayudar a los Salvajes, lo cual, ya no era tan posible.
Ahora estaba atada a una profecía. Todos lo estábamos.
Yo ya no era la única que estaba marcada por el destino.
Me di una ducha. Tardé más de los quince minutos que tenía permitido en Quetzal. Pasarme de tiempo me dio cierto golpe de adrenalina, como si estuviera rompiendo una regla. Lloré en la regadera, ya no había horarios, ni doctores que iban y venían. Solo era yo con mi mente y mi elemento.
Tomé un vestido, era corto, arriba de la rodilla.
Era raro. Mis piernas estaban libres, yo también.
Suspiré. Por primera vez, verme en el espejo no me causó repulsión.
Me gustó lo que vi. Ahora sí parecía la Dama que era.
Jugué con mi reflejo por un momento. Acomodé mi cabello en una trenza que cayó a mis rodillas.
Mi cabello era demasiado largo. Al menos nunca me lo cortaron en mi encierro.
Salí de la habitación con un poco de inseguridad.
Durante once años no pude expresarme como deseaba, ni salir de donde estaba encerrada.
Ahora podía hacerlo, y debía arriesgarme, porque no quería que me quitaran mi derecho de ser libre de nuevo.
Por un momento quise soltar una llama para que explorara primero por mí, pero no.
Debía ser valiente. Debía vivir. Di un paso, luego otro.
La duda crecía en mí, pero también la chispa de la valentía. Tomé las orillas de la falda y comencé a explorar. Traté de encontrar a alguien, pero no sentí ningún elemento. Subí unas escaleras y salí al sol. Los rayos me dieron otra ducha que me revitalizó el alma.
Fui a cubierta como Chloe me dijo. Todos estaban ahí.
El único que me vio llegar fue Eiden, pero solo me ignoró, lo cual agradecí.
Will estaba con su abuela, quizá la cuestionaba sobre su verdadera identidad.
Pero, ya tenían dos días ahí, ¿por qué no preguntarlo antes?
No sabía, esa no era mi vida. Vi el cielo.
Quise adorar cada nube y pájaro que nos acompañaban en nuestro recorrido.
Escribir un soneto para tocarlo en mi violín.
Mi libertad. Al fin, al fin podía convertirme en un caballo y galopar entre las olas.
Chloe apareció a mi lado sin sentirla, me crispé un poco.
―Ven, ya te traerán algo de comer. Seguro estás hambrienta.
Sonreí un poco ―. Sí, lo estoy.