Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Estaba segura de que la Señora Terra sabía de mi existencia. Ella no era una aliada.

―Debemos irnos ― tragué saliva―. Debemos ir con los demás.

―Lo sé, solo tengo que recuperar un poco el aliento. Me drenó mucho mantener tu fuego elevado.

―También a mí. Pero salimos. Pudimos hacerlo.

Los dos soltamos una risa cansada. Will bufó―. Joder. Por un momento creí que nos iban a matar.

―No lo hicieron, solo hay que irnos.

Me levanté del suelo, Will me siguió sin mucha queja.

Nos asomamos hacia la calle. No había nadie.

Antes de que pudiera dar un paso, un muro empezó a levantarse frente a nosotros.

La oscuridad me volvió a quitar el aire.

Will se colocó a mi lado. Ambos lo vimos formarse, y al final del pasillo, una mota negra empezó a tomar forma.

No necesitaba más. Sabía quién era. Su calor corporal era inconfundible. Rocco.

Su figura humana se moldeó frente a nosotros. Éter. Ahí estaba el quinto elemento. Ya no era una teoría. Era real. Y teníamos que enfrentarlo. ¿Por qué? ¿Por qué no podíamos huir en paz? El éter lo rodeó.

Quise chillar. Parecía moco.

—¿Qué mierda es eso? —Will preguntó con asco.

—Rocco —dije, y el mareo me sacudió el cuerpo―. Nos volvió a encontrar.

La nuca empezó a picarme, la desesperación me caló por dentro. Quería quemarlo todo, incluso a Will. Que ardiera todo. Mi único escape era que todo ardiera para liberarme de las cenizas que me encarcelaban. Solo así encontraría paz.

—¿El científico? ¿No que controlaba el aire?

—Sí — pero no fui yo quien respondió. La voz de Rocco nos retumbó en el pecho —. Así es, niño.

Will me tomó por la muñeca. Retrocedimos. Podríamos usar nuestros elementos y escapar otra vez. Pero, aunque lo hiciéramos, él nos encontraría. Ni siquiera estaba segura como nos estaba acorralando. ¿Será el éter? Rocco era el gato. Yo, el ratón. Si quería salir de esto, tenía que deshacerme de él.

Inspiré hondo. Podía usar la Lengua de los Muertos.

Tal vez un conjuro de los Profetas de la Diosa Em me ayudaría a alejarlo.

Podía hacerlo. Aunque, la última vez que hablé esa lengua, exploté mi sol artificial y me quitaron mi elemento por una semana.

Pero ahora ya no estaba encerrada. Era libre.

Podía hacer lo que yo quisiera. Solo tenía que concentrarme.

Hablar la magia. Y no fallar. Era la única manera de ganar esta pequeña batalla.

Rocco no sabía que yo podía conjurarla. Solo lo sabía mi tío Henning. Y él ya no estaba. Solo vivía en mis recuerdos.

—Cassandra, ven aquí —ordenó. Su figura estaba rodeada por volutas negras que parecían cristalizar el aire—. O mataré a tu nuevo novio.

¿Eh?

Will y yo nos vimos confundidos, pero también urgidos por el peligro.

Él entendió. Sabía qué era esa mucosidad negra. Vio su pasaje de la Profecía. Vio a Rocco. Éter.

Éter.

Will también debía poder controlarlo. Eso decía su parte de la Profecía.

Pero el que lo estaba usando era Rocco. Lo había logrado.

Había controlado el quinto elemento. Por eso quería arrancarme el fuego.

Necesitaba los elementos de los más fuertes, de los guerreros más poderosos. Me necesitaba a mí.

Todo para absorber nuestro poder y crear el éter.

Bueno, esa era mi teoría. No sabía si era cierta. Porque ahora él tenía esa mucosidad negra a su alrededor, pero yo…, yo todavía tenía fuego. Entonces, ¿Cómo lo consiguió? ¿Cómo consiguió ese otro elemento? ¿También experimentó con su propio cuerpo?

Intenté comunicarme con Will usando mi elemento. Hacer volar el fuego para enviarle un mensaje. No pude. Todavía no dominaba eso. Solo lo había logrado con Rocco, con Aneka, y un poco con Chloe. Quizá solo debía usar el gas.

Recibí un cosquilleo en la nuca, pero no supe si era de Will o de mi propio miedo. La pared nos aprisionó con un sofoco. Tosí. Rocco estaba a un par de metros de nosotros. ¿Cuándo llegó tan rápido? Ni siquiera parecía caminar. Su aura se llenó de más moco.

—¡Suéltala!

El grito de Rocco hizo que sus volutas negras nos atacaran, se encajaron en medio de nosotros dos, nos separaron.

Vi los picos, luego vi a Rocco formar más cuchillas.

Quise gritar. Will se interpuso, soltó una ráfaga hacia el monstruo, vi las cuchillas volar entre el aire, todo dejó de tener tiempo.

Los cuchillos apuñalaron en el vientre a Will.

Me quedé estática al ver la sangre, el chico se desplomó, y el aire se esfumó.

El cuerpo de Will comenzó a brotar líquido rojo como si fuera una fuente llena de jugo de fresa.

Escuché los pasos de Rocco acercarse a mí, quise moverme, huir con mi fuego, pero no pude, estaba atascada, y lo único que veía era a Will drenarse de vida.

Rocco me tomó por los brazos, y me empujó a la pared, su mucosidad negra me comenzó a cubrir las extremidades para que no me moviera, recuperé mi mente.

Rocco tenía en su mano una jeringa. ¿Cuándo sacó eso?

― ¿Ya sabes qué es esto, Cassandra? Tu elemento será mío.

Dejé de verlo, para ver a Will. El chico estaba delirando, plasma negra salía de su vientre y boca.

Eso ya no era sangre, se estaba pudriendo como una fruta vieja.

Nada tenía sentido, eso no debía pasar cuando alguien era apuñalado, ni siquiera Rocco debía ser capaz de controlar un elemento que no existía.

Él me tomó por la quijada e hizo que lo volteara a ver.

Quise vomitarle encima. Quería largarme de ahí y llorar entre los brazos de Aneka. Recé a la Diosa por ayuda.

―Un día de libertad, y ya me cambiaste, increíble ―habló con tedio―. Es una pena que vaya a morir. Y tú, te casarás conmigo, como acordé con tu padre. Eres mía, Cassandra. Yo iba a sacarte de Quetzal, yo iba a ser tu salvador.

Me contuve de gritarle, me concentré en el libro de conjuros antiguos grabado en mi mente. Lo estudié por años, podía recitar los hechizos sin tener el libro, solo debía de concentrarme. Quizá el poder hablar la magia, era la única ayuda que me daría la Diosa. Debía escapar de esto yo sola.

Sentí mi fuego en mis extremidades. Debía de distraer a Rocco el tiempo suficiente para relatar el hechizo, y cambiar mi fuego. Porque todo conjuro, tiene un precio a pagar. No importaba, debía de hacerlo, debía escapar lejos del científico. No quería casarme, ni regresar a Quetzal.

― ¿Conoces la Lengua de los Muertos, Rocco? ―pregunté. Él me sonrió con galanteo―. Es mi lenguaje antiguo favorito.

―Claro que la conozco ―mi captor habló con burla―. Solo los profetas de la Diosa pueden hablarlo. Y su magia es inimaginable. De ellos, volví a conseguir el éter.

La pasta negra pasó en medio de nosotros, casi como si Rocco disfrutara hablar sobre lo que se robó. Pero, él dijo volví, ¿cómo que volvió a tener éter? No, eso no importaba. Figuré el conjuro tras él, en espera de que no lo notara. Vi los símbolos formarse, uno a uno. Hasta que terminé el encanto.

― ¿De qué hablas? El éter no existe.

Rocco mantuvo su sonrisa y se acercó más a mí―. Claro que existe. Es mi poder. Si no hubieras escapado, te hubiera contado todo cuando nos casáramos. Pero eres igual de testaruda que tu padre. Los fuego siempre queman lo que no pueden controlar.

Quise llorar, mi garganta ardía por la resequedad, no quise entender lo que dijo―. No pienso casarme contigo.

Su agarre se apretó en mi quijada, solté un quejido por el dolor, eso le gustó―. Sigues siendo una Dama inexperta.

Maldito estúpido. Grité.

Rocco abrió los ojos con sorpresa. Su jeringa cayó al suelo. Se rodeó de chispas rojas y, un segundo después, desapareció. Su éter se fue con él.

Respiré hondo. Me desplomé sobre mis manos y rodillas.

El fuego me cubrió por completo, y vi mis propias llamas, verdes.

Comencé a llorar. No, no podía dejarme llevar, no ahora.

Si perdía el control, esa libertad recién ganada me sería arrebatada.

Aún no podía confiar en nadie para contar lo que me estaba pasando.

Tomé la jeringa y la aventé. Lloré un poco.

Respiré otra vez, conté mis números. Uno, dos, tres…

Las llamas comenzaron a tomar su naranja chillante. Tardé unos segundos en calmarme. Miré hacia la calle. El muro negro ya no estaba, pero tampoco transitaba gente por la acera. La cabeza me retumbó. Esperaba que el hechizo hubiera funcionado.

Giré hacia Will. Estaba cubierto de sangre oscura.

Levanté un poco su playera; necesitaba ver la herida para curarlo, o al menos intentar algo, pero en ese callejón lleno de basura no estaba segura de poder encontrar nada útil para saturar.

Además, era difícil ver bien con todo ese fluido negro que lo cubría.

Traté de limpiar su vientre. Este se movió. Mi corazón descansó. Will respiraba. Estaba vivo. Eso era bueno. No vi ninguna herida visible. Tal vez cayó inconsciente por la sangre y la herida fue casi invisible.

Lo tomé por los hombros, traté de hacerlo reaccionar.

Quise dejar que la desesperación me poseyera.

Podía usar otro conjuro, pero si el fuego volvía a tornarse verde, y alguien me veía, no podría ocultar lo que Rocco le había hecho a mi elemento.

Cada vez que mis llamas se hacían de ese color, se volvían impredecibles.

Era como si tuvieran voluntad propia, como si alguien más viviera dentro de mí. Tuve un escalofrío.

No. Eso no podía ser real.

No tenía opción. No sabía llegar a la casa. Ni siquiera sabía en qué parte de la ciudad de Arnerr estaba. Cerré los ojos y me concentré en el patio de la casa de la madre de Chloe. Hellena. Ella podía curar a Will. Recité el encantamiento.

(…)

Desperté en una cama, con el sonido de las olas.

Vi el techo, la lámpara que colgaba se movía con tenues balanceos.

Parecía que estaba en una danza que la quería ahorcar.

Me dolía el cuerpo. Vi una flama arriba de mí, era naranja.

Suspiré. Eso era bueno. No perdí el control de mi elemento y no me regresaron a Quetzal.