CAPÍTULO 7 #2
Cassie dudó un poco, miró a Chloe, casi esperando que le diera permiso para ir conmigo. Pero la Dama más codiciada estaba ensimismada en su pelea silenciosa con su hermano. Soltó un resoplido y me volvió a mirar.
—¿Me puedes enseñar la ciudad? Quiero conocerla un poco.
Sonreí de lado, aunque al mismo tiempo sentí pena por ella. Estuvo encerrada once años, sin poder salir, y aun así le tenía envidia; era hija del Señor Ignis. Una Dama. Una Dama que todos consideraban muerta. No, una Princesa que no debía vivir.
(…)
Quizá llevarme a Cassie no fue buena idea.
Se detenía a cada esquina a observar los alrededores, los detalles de la ciudad, la mugre de la acera, incluso a las personas de cerca.
Todos se alejaban de ella con asco, ella no entendía las normas sociales y aun así estaba fascinada.
Quise por un momento entregarla a la policía y decir que ella era hija del Señor Ignis. ¿Me creerían? No estaba seguro.
Yo tenía prisa, pero ella no caminaba rápido. Aunque era mejor estar con ella que con los hermanos. Los gemelos ni siquiera se dieron cuenta de que nos fuimos. Su discusión parecía muy familiar.
Probablemente estaban estresados, eran hermanos, gemelos, y nunca se conocieron hasta anoche.
Además, Eiden ahora era príncipe heredero, ¿no?
Él sí portaba el agua, no como Chloe que era tierra.
Lo sabía; Lotán no tenía heredero directo, y ahora al fin tendría uno.
Ya no habría más duda de quién gobernaría después del Señor Aqua.
Ahora Eiden se convertiría en Señor. ¿Y yo? ¿En qué me convertiría?
Trataba de mantener un perfil bajo, pero con Cassie era difícil.
Su piel pálida y su largo cabello negro revoloteaba en el aire, como si cada hebra danzara una melodía silenciosa.
Era como si estuviera recuperando su vitalidad después de tanto tiempo encerrada.
La tomé del brazo y la hice caminar. Entendía su curiosidad, pero mi urgencia era mayor que su fascinación por ver basura en el piso.
Algunos idiotas le lanzaban piropos, ella solo se mostraba molesta, aunque parecía confundida por los gritos de los hombres que la veían pasar.
Nunca tuvo que enfrentarse a los peligros de la calle.
Ni siquiera a la maldad de la gente. Siempre estuvo encerrada, protegida de cualquier mal.
Era una muñeca en una caja de cristal. Quizá así debió quedarse.
Porque incluso yo no era capaz de dejar de verla por demasiado tiempo.
Era demasiado hermosa. Sacudí mi cabeza.
No importaba, no importaba. Solo debía ver a mi Nana y ya.
Después regresaría a la Princesa que me seguía a Vulkan.
O a Chloe. Aún no lo sabía. Quizá debí dejarla con los hermanos.
No, no podía estar solo cuando cuestionara a mi Nana sobre mi familia. Quizá mis padres aún seguían con vida.
Al adentrarnos en mi colonia, algunos vecinos cuchichearon nuestra llegada.
Lo sabía, siempre llegaba con Eiden, nunca con otra persona.
Pero en ese momento llegaba con una hermosa chica.
Una hermosa chica que podría matarme a mí y a todo el mundo.
La Profecía marcada en mi brazo lo decía.
La solté y oculté la tinta con la mano. No quería que pensaran que me tatué.
Aún trataba de entender todos los detalles, ni siquiera entendía cómo se nos marcó en los brazos como un tatuaje. Pero algo sí sabía: si la Profecía la hizo la Diosa Em, entonces debía cumplirse. Debíamos completarla, ella era nuestra divinidad. Ella era la Diosa. No podíamos desobedecerla.
—¿Vives en una vecindad? —la voz de Cassie me desquició, porque era la primera vez que hablaba desde que salimos de la alcantarilla—. He visto fotos, verlo en persona es mejor. Sé nota que la gente vive aquí.
La miré. Ya estábamos fuera de mi puerta, solo faltaba meter la llave y entrar. Encontrar a mi Nana y cuestionarla sobre su vida. Incluso, sobre mis padres muertos. Pero me quedé quieto por un momento, mientras procesaba lo que la mujer fuego acababa de decir.
—¿A qué te refieres con mejor?
Ella se encogió de hombros —. Mi único acceso a la vida eran libros, leí uno sobre las vecindades. Las fotos no eran muy buenas.
La dejé de ver. Se dio media vuelta y admiró los detalles desgastados del edificio como si estuviera en un museo de reliquias antiguas. Cassie era rara, pero de nuevo, la comprendía un poco. Estar encerrada la mayor parte de tu vida, perder los placeres del mundo, solo por el miedo de alguien más.
Pero yo también entendía esa parte. La Primera Profecía hablaba de destrucción, lo mejor era retrasar el desastre, pero si la Diosa deseaba que se cumpliera, la profecía se cumpliría.
Abrí la puerta, toqué a Cassie con la mano, su piel estaba caliente. Ella volteó y se adentró a la casa, vi mi mano confundido por el tacto. La guié hasta mi habitación, moví la cortina que hacía de puerta, y la hice entrar.
—Espérame aquí, ¿de acuerdo?
Ella analizó un poco la habitación, su cara no demostró nada. Me vio de nuevo antes de sentarse en mi cama —. Le vas a preguntar si eres parte de una Dinastía, ¿cierto?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sí eres. Tu calor es igual al de Chloe y Eiden.
—¿Mi calor? —pregunté con extrañeza—. ¿De qué mierda hablas?
Cassie se quedó callada por un segundo —.
Calor corporal —me exasperé sin entender, ella rodó los ojos —.
Las Dinastías y Casa Elite tienen un calor corporal diferente.
Es más intenso, porque descendemos de los Primeros Guerreros.
El tuyo es igual que el de Chloe, Eiden y mío. Eres parte de una Dinastía.
—No, no soy. Mis padres eran humanos, al igual que mi Nana. Yo solo quiero saber si soy un bastardo.
Me vio con asco, era la primera emoción que le veía mostrar, además de la admiración que saltaba en sus ojos al ver la ciudad.
—Acabas de decir que quieres preguntarle eso a tu abuela, ya te dije que sí eres.
—Ya, lo sé. Quizá solo soy un bastardo, algún idiota embarazó a mi madre y ya.
—Aun así, eso te hace parte de una Dinastía.
—No, no me hace parte de nada.
Cassie iba a responder, pero la voz de mi Nana la interrumpió. Me vio seria, parecía una muñeca que alguien había apagado. La ignoré. Mi Nana atravesó la cortina y me abrazó con fuerza. Aspiré su olor, ella estaba bien. No le sucedió nada anoche.
—¡Ay! Mi niño, pensé que te había pasado algo en las protestas de ayer. ¿Estás bien? ¿Dónde dormiste? ¿Con Eiden? No llegaste anoche y...
Mi Nana me inspeccionó toda la cara, luego los brazos, buscó heridas.
Me apretó con cariño al no encontrar ninguna cortada, me relajé un poco.
Al separarse, vio a Cassie detrás de mí.
La miré. Ella se levantó y le tendió la mano, mi Nana se la estrechó, y Cassie sonrió tímida. Parecía feliz. Me desconcertó.
Mi Nana me pellizcó en un costado.
—¿Por qué no me dijiste que estabas con una chica tan preciosa?
¿Eh, hijo? —Su reproche me hizo sonrojar de vergüenza, incluso Cassie dejó su postura dura y se encogió un poco —.
Vengan, vengan. Vamos a la cocina por té, y así me cuentan cómo se conocieron.
Supongo que estabas con ella anoche. ¿No te pasó nada, cariño? ¿Mi niño te cuidó?
Cassie me miró buscando ayuda. No le di nada. Ella volvió con mi Nana.
—Eh, sí. Todo bien, gracias.
Mi Nana salió de la habitación complacida.
Me quedé de pie sin saber qué hacer. Incluso Cassie parecía incómoda, respiró y se compuso como una Dama, luego salió.
Seguía pensando que era extraña, como una araña sin patas.
Algunas de sus acciones no tenían sentido, otras sí por su encierro, pero esa incomodidad no la entendía.
Cassie estaba sentada en la mesita, mi Nana en la estufa tratando de encender el fuego. No había gas.
Recordé, rebusque en mi bolsillo y saqué el dinero que robé en los disturbios. Se lo entregué a mi Nana. Por esto robaba, por ella, para ayudarla.
—Ve a comprar el gas, Nana. Yo me quedo aquí con mi amiga —recalqué lo último—. Te esperamos.
Mi Nana tomó el dinero con pena, asintió y vio a Cassie.
—Ya regreso.
Cassie no dijo nada, solo la vio partir con el tanque en mano. Suspiré, vi la estufa y traté de encenderla. El olor solo penetró mis fosas nasales. Ugh. Maldita sea. Odiaba ser pobre.
Desde que mi abuelo fue desterrado hace unos meses, el dinero escaseó más. Tuve que robar con más frecuencia. Eiden me ayudaba, odiaba hacerlo, pero era la única manera de conseguir sustento.
Intenté conseguir trabajo desde los dieciséis años, pero nadie me daba empleo, y cuando lo hacían, me querían pagar una miseria.
Además, sabían que era el ladrón de la cuadra.
Aunque nunca toqué nada de mi colonia. Jamás supe cómo se enteraron, quizá me reconocían tras mi careta de viento.
Al menos nadie me había señalado a las autoridades.
—¿Pagar gas? —me crispé y volteé a ver a Cassie, ella me veía confundida—. ¿Hay que pagar eso?
—Sí, es capitalismo, debemos pagar por todo. Agua, luz, esas cosas.
—Leí que en Vulkan eso no se pagaba.
Suspiré—. En los otros tres continentes, sí —contesté—. Vulkan vende el gas, y por eso hay que pagarlo.
Cassie se relamió los labios—. Yo puedo darles gas.
—¿De qué hablas?
Ella estaba más incómoda que cuando mi Nana le dijo preciosa, parpadeó varias veces—. Eh, ¿dónde lo almacenan?
Señalé el tanque de gas, mi Nana se había llevado el otro.
Cassie se levantó y se acercó al metal. Miró el tanque, luego a mí, como si pidiera permiso.
Me encogí de hombros, desinteresado. No entendía qué quería hacer.
La chica suspiró, cubrió con su mano el pivote y abrió la válvula.
Pude oler un poco de butano. Cerró la manija y se alejó.
—Ya.
—¿Ya?
Se encogió de hombros—. Soy fuego, necesito gas para crear mi elemento. Así funciona.
—Eso tiene sentido. Creo.
Cassie retomó su postura dura y elevó la vista. Yo también sentí que llegaban Chloe y Eiden, ambos con respiraciones agitadas.