Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

william

—¡Vamos a morir! —grité. Eiden me calló.

—¡Ya te dije que no, sigue corriendo!

Eso era lo único que hacíamos, correr. Correr para no ser arrestados.

Ambos fuimos a nuestro refugio en la noche, donde guardamos nuestros tesoros, y al llegar, todo estaba destruido.

Los soldados que custodiaban la zona nos vieron y comenzaron a perseguirnos, y ahora, no podía ir con mi Nana y cuestionarla sobre mis padres muertos.

¡Por qué nos correteaban como criminales!

¡Y si éramos criminales! ¡Los soldados tenían todas las pruebas en sus manos!

En la noche, en casa de Eiden, traté de unir lazos en mi mente. Chloe, Cassie y Eiden tenían sangre de Dinastía. ¿Y yo? Yo también debía tener. Por algo mi brazo también se marcó con la Profecía, ¿no? Era la única razón.

Mi amigo trató de persuadirme, que no era necesario salir, pero terminé convenciéndolo.

Además, necesitaba saber si mi Nana estaba bien después de las protestas.

No había visto las noticias, porque viví el momento, pero sabía que al caer la noche se hizo una revuelta violenta donde hubo robos y asaltos.

Nosotros también habíamos planeado participar en los robos, pero no pudimos después de encontrarnos a dos Damas.

Aún procesaba que conocí a Chloe Foster y a una mujer fuego.

Eiden hizo un muro de hielo. Impidió el paso de los soldados.

Pero este se comenzó a derretir, solo ganamos un par de segundos de huida.

Los soldados de ese día eran de fuego, y sabía que era por Cassie.

El Señor Ignis estaba buscando a su hija.

En ese momento deseé tenerla ahí, para poder entregarla.

No quería ser quemado y enviado a la cárcel o ejecutado. Aún quería besarme con alguna mujer.

Tomé a Eiden del brazo y nos adentramos en un callejón.

Abrí la coladera del desagüe con una ventisca de aire.

Mi amigo entró primero, yo lo seguí. Nos encerré con la esperanza de que así perdiéramos a los soldados.

Nos empujamos un poco, y comenzamos a correr entre las aguas negras.

La oscuridad fue suficiente para ocultarnos.

No necesitábamos luz. El aire apestoso me decía por dónde ir, y a Eiden el agua le susurraba que pasillos podíamos tomar.

Eiden sacó su teléfono y prendió la linterna.

La basura se arremolinaba en las paredes del cauce, mis zapatos se llenaron de agua y quise vomitar.

Se sentía como un baño público que tenía meses sin ser limpiado.

Temía pisar un excremento, o alguna rata muerta.

Me mordí la lengua para no expulsar nada.

La oscuridad nos cortaba con incertidumbre.

Quizá debimos quedarnos en casa, y no ir a ningún lado.

No, yo tenía que saber si mi Nana estaba bien.

—Creo que llamaré a mi mamá, esto es una estupidez, te dije que no viniéramos —Eiden habló con tufo—, no quiero estar aquí abajo mucho tiempo.

—Necesito saber que mi Nana está bien, pero concuerdo. Además, la máscara no quita el olor a mierda.

Mi amigo me volteó a ver, su máscara de hielo se deshizo, hice lo mismo con mi careta de viento.

Vi a Eiden teclear en su teléfono, quise reclamarle, pero no lo hice.

No tenía caso hacerlo. Siempre supe que tenía dinero; la ropa, el teléfono, incluso algunos de sus modismos, eran de un niño privilegiado.

Nunca lo cuestioné, siempre esperé a que él mismo me lo dijera.

Nunca sucedió. Supongo que le daba vergüenza ser mi amigo.

Me cubrí la nariz con la mano, ya no importaba, solo debíamos salir de ahí y perder a los soldados. Aunque no sabía qué haría la madre de Eiden para sacarnos de ese lugar.

—No me contesta —Eiden soltó apurado—. Seguro llegó el tonto Señor Aqua a la casa.

—Es tu padre.

—¡No lo es! —gritó caótico y el agua en sus pies escaló hasta sus rodillas—. O sea, sí es. Pero…, no sé. Quizá podemos usar su poder político para que nos libre de esto, ¿no?

Me encogí de hombros—. Bueno, al menos tienes a tus dos padres.

Eiden bufó, se relajó antes de hablar—. Sí, tienes razón.

—Hay que salir de aquí. No quiero terminar apestando a mierda.

—A eso ya hueles siempre.

Le golpeé en el brazo—. Debemos buscar a mi Nana. Por eso salimos.

—Ya, lo sé…

La cloaca retumbó, Eiden se calló, el olor a cloaca se intensificó, el agua en nuestros pies navegó más rápido. Debíamos movernos. Comenzamos a correr entre los charcos de excremento. Traté de evadirlos con mi aire, pero fue difícil. No sabía que era caca y que era basura. ¡Iugh!

Nos volvimos a poner las máscaras. No podíamos dejar ver nuestras identidades.

No quería que mi Nana se enterara de que era un ladrón, peor, que era el Ladrón del Viento, compinche del Ladrón del Hielo.

Los ladrones más famosos del Continente Farren.

Los cuales mi Nana despreciaba, y decía que éramos un par de muchachos sin oficio, que lo único que hacíamos era atormentar a las personas honestas y trabajadoras.

Mi Nana tenía razón.

¡Eso hacíamos! ¡Porque nadie me daba empleo por ser muy joven y no tener experiencia! ¡Maldita sea! ¡Quizá debí decir que tenía elemento y entrar a la Academia! Ugh. No. La gente pobre como yo solo podía aspirar a ser un guerrero desalmado o a trabajar en una maquila para mover la maquinaria.

Topamos con barrotes de hierro, la basura tapaba por debajo, y el agua goteaba para caer a la cloaca. Eiden puso sus manos en el metal, este se congeló, me retiré. Moví un poco mi mano con un golpe, el aire tóxico siguió mi movimiento, el metal helado se rompió.

Eiden atravesó su salida con dificultad, lo seguí. Mi amigo hizo una pasarela con hielo asqueroso. Imité sus pasos.

Brincamos a la siguiente sección, el agua caía, pero ya no había barrotes que nos restringieran. Ambos miramos hacia la alcantarilla sobre nuestras cabezas. Las sombras de las personas nos vigilaban, la alcantarilla volvió a temblar.

—¿Qué mierda sucede? —se quejó Eiden—. Todo esto es una locura. Es culpa de esa Cassandra.

—Claro que lo es. Las mujeres fuego no existen.

—Mierda, debemos pensar en cómo regresar a mi casa o llegar a la vecindad. No podemos dejar que nos atrapen.

―Ya lo sé. Sigamos derecho, busquemos algún callejón para salir por ahí.

Eiden no respondió. Caminamos por un par de minutos.

El chapoteo de nuestras pisadas era lo único que nos acompañaba, al igual que el ocasional temblor.

Pasamos por varias tapas, pero todas me decían que estaban sobre una calle.

Giramos de nuevo. Me quedé fijo en otra alcantarilla, esta sí estaba en un callejón.

Ya no estábamos tan lejos de mi casa, pero aún corríamos peligro de ser atrapados por los soldados que buscaban a Cassie.

La nuca me picó. A mi lado, la pared de ladrillo se abrió como puerta de elevador, y la hermana de Eiden apareció, junto a la mujer de fuego. Ella iluminaba el pasadizo con su mano.

Chloe nos vio con el ceño fruncido, y sus mejillas estaban rosadas. ¿Qué? ¿Cómo nos encontró? Peor, ¿por qué estaba enojada?

—¿¡Qué mierda les sucede a ustedes dos?! —reprimió—. ¡Toda la maldita ciudad busca a los Ladrones del Hielo y del Viento! ¡¿Qué hicieron?! ¡Mamá está furiosa porque se largaron!

Quise achicarme por el poder de sus palabras. Eiden no se inmutó

—. ¡No hicimos nada, tonta! ¡Nos empezaron a perseguir!

El túnel de Chloe se extendió hasta nosotros.

Me alejé de los hermanos, rodeé con cuidado a Cassie, el fuego me daba pavor, además de que ni siquiera entendía por qué una mujer tenía fuego.

Las historias lo hacen remarcable. Las mujeres fuego no pueden existir, la Diosa Em lo había prohibido.

Su poder podía consumir a todo el mundo. Quizá por eso la encerraron.

Eiden se me unió después de gritarle a su hermana.

El túnel se cerró. El camino se iluminó con pequeñas llamas a los costados, el fuego de la mano de Cassie desapareció.

Ella me vio con desprecio, o quizá fue curiosidad.

No lograba entenderla. Bueno, ¿cómo iba a entender a una mujer fuego que no debió haber nacido?

Chloe tomó a su hermano por la camisa, su máscara se esfumó en vapor. Eiden vio a Cassie con molestia. Chloe le hizo verla, ambos empezaron a discutir con su elemento, las partículas de tierra y agua comenzaron a rodear a los gemelos. Parecía una pelea entre generales y ninguno iba a perder.

Chloe empujó a su hermano después de un par de segundos. Cassie lo volteó a ver con sus ojos saltones, sin importarle la pelea a un metro de ellos. Tocó mi careta de viento, sentí el calor que ella emanaba. Deshice mi máscara.

—¿Cómo haces eso? —me preguntó.

Su voz era dura, sin sentimiento, pero a la vez delataba una curiosidad perpetua. Sus ojos negros brillaban con la luz de las llamas. No supe qué contestar.

—Eh, solo lo pienso.

Ella asintió satisfecha. Volteamos a ver a los hermanos.

Eiden empujó a Chloe, ella le dio un manotazo.

Conocía a mi amigo, esa batalla fraternal que tenía con su hermana iba a durar horas.

Siempre que nosotros peleábamos, durábamos horas, diciéndonos estupideces para no perder la batalla.

Estaba seguro de que sucedería lo mismo aquí.

Saber que Eiden tenía hermana también me descoloca, era como si me lanzaran corrientes sin calor.

Todo estaba sucediendo muy rápido, y yo no podía procesarlo.

Debía irme de ahí, ya no me importaba nada.

Quizá podría huir con mi Nana a otro continente y empezar desde cero.

Quizá en Vindas o en Lotán me darían empleo.

Me volteé a Cassie; tenía que buscar a mi Nana, necesitaba respuestas, y no quería ir solo. No, no quería escuchar la verdad solo. Ugh.

—Estoy bastante seguro de que su pelea va a durar mucho. Necesito ir con mi Nana. ¿Vienes conmigo o quieres quedarte aquí a verlos?