CAPÍTULO 6 #4
Mi padre se recargó en la mesa, exasperado―. Brand está loco. Es un extremista, y nadie le dice nada por el poder que tiene. Él es quien rige las cuatro Dinastías, lo saben. No podemos tener a la heredera de Vulkan aquí.
― ¿Podemos hacer algo? ―pregunté―. Debe haber algo que podamos hacer.
―Sí ―la voz de Cassie nos exaltó a todos, estaba de pie en el umbral de la puerta, nos veía como una Señora―. Declararle la guerra, revelar al mundo lo que me hizo.
― ¿Declararle la guerra a la Dinastía más poderosa del mundo? ―atacó el Señor Aqua―. Es una locura hacer eso.
Cassie entró por completo a la oficina. Estaba nerviosa, pero a la vez mantenía la compostura.
Remangó su sudadera, aún portaba la ropa de su encierro.
Mostró su brazo, no había nada. Se cubrió con una ligera capa de fuego; cuando se extinguió, reveló varias cicatrices, todas en diferentes ángulos.
Vi los pequeños puntos de sutura en la coyuntura de su brazo, la vena saltaba, y la piel estaba morada.
De hecho, toda su piel estaba manchada en diversos colores.
Volvió a cubrir su piel con fuego y todas las imperfecciones desaparecieron.
―Todo mi cuerpo está así ―dijo―. No me gusta cómo se ve, por eso lo cubro. Sé que lo que le pido es demasiado. Pero soy una mujer fuego, jamás debí ser encerrada.
Mi padre se acercó a Cassie, ella le mantuvo la mirada con poder
―. ¿Cómo logras eso?
― ¿Ocultar mis heridas? Siempre me han ocultado, supongo que yo también quise hacerlo.
―Enséñanos ―intervino Hellena―. Eso que haces con tu elemento, jamás lo he visto. Debe ser alguna particularidad porque eres mujer.
Cassie volteó a verme, me pidió permiso. Me encogí de hombros, era ella quien debía decidir eso, no yo. Aunque comprendía que, en su encierro, siempre tenía que pedir permiso para todo lo que hacía. Era costumbre.
Todo su cuerpo se cubrió de fuego. Las prendas que portaba no se quemaron cuando las llamas desaparecieron.
Cassie se remangó la otra manga de su sudadera, y parte de su pantalón.
Las cicatrices estaban ahí, la irregularidad en su piel me hizo querer llorar.
Los diferentes colores, las cicatrices, reconocí algunos moretones, eran de inyecciones.
¿Cuántas veces experimentaron en ella por qué no entendían su elemento?
Ella era una Princesa, nunca debieron tratarla de esa manera.
Cassie se dio media vuelta, levantó la parte trasera de su playera y nos enseñó la espalda. Tenía moretones dibujados en cada vértebra que se marcaba en su piel. Médula espinal. Así le iban a quitar su elemento. ¿Ahí se concentraban sus elementos? No. El poder venía de nuestra sangre. Pero…
El fuego volvió a rodear a Cassie. Al voltearse era la misma chica, pálida, pero con vida. Sin ninguna imperfección. Solo la imagen de una princesa olvidada en una torre.
Mis padres y yo soltamos una nota de sorpresa.
Su estado anémico era el de un prisionero de guerra torturado.
No, todo esto estaba mal. Debí ir por ella en el primer momento que lo mencionó aquel extraño en el bar.
Mi padre se interpuso, levantó el brazo, pensó qué hacer.
Aunque ya había formulado un plan entero.
La guerra era la última respuesta en mi lista, y aun así, era la única opción.
―Tenemos que ir a Lotán ―habló con autoridad―.
Aquí no podemos declarar una guerra, ni mucho menos alzar la voz y decir lo que te hicieron.
Necesitamos pruebas. Esto es un asunto delicado.
Debemos ser pragmáticos. Te vamos a ayudar, si tú nos ayudas a nosotros.
Creo que entiendes bien lo que eso significa.
Cassie hizo una pequeña reverencia ―. Sí, lo sé, Señor Aqua. Conozco mi lugar. Soy heredera de Vulkan, aunque no tenga el título, prometo ser siempre su aliada. Mi palabra es mi honor. Es lo único que tengo para ofrecer de momento.
Me puse a un lado de mi amiga antes de que mi padre hablara―. Entonces tenemos que ir con la Diosa Em. Ella podrá ayudarnos.
―Nadie ha visto a la Diosa en milenios, hija. ¿Por qué crees que querrá hablar con un par de Damas?
Mostré mi frase de la Profecía: “Uno en la Tierra se hundirá.” Cassie hizo lo mismo.
―Porque en cuanto los cuatro tocamos el papiro, esto se marcó en nuestros brazos. Así que sí, ella nos hablará. O alguno de sus profetas. Alguien debe guiarnos. Podemos usar a la Primera Profecía como excusa.
Mi padre volteó a ver a mi madre, la bruma escaló hasta sus brazos. Mi madre omitió ese dato de la Profecía.
―Son los elegidos ―mustió mi padre―. Jamás pensé que este día llegaría. Tu madre me dijo que eran parte de una Profecía, pero no de la Profecía. La Primera Profecía.
Se calló por un momento, volteó a ver a mi madre.
― ¿Dónde están Eiden y el otro muchacho? Debemos irnos de aquí, ya.
―Se fueron en la madrugada ― admití con pena―. No sé a dónde se largaron.
― ¿Por qué no me dijiste nada? ― reprochó mi madre―. Sabía que Eiden se largaría. Maldita sea.
―No te preocupes ― el Señor Aqua sacó su teléfono―. Los vamos a encontrar. Debemos irnos. Aunque esta no era la manera en la que deseaba que mi heredero me conociera.