CAPÍTULO 6 #3
―Las historias ―habló mi madre en susurro―, siempre decían lo poderosa que era la Guerrera Fuego.
Y cuando la Primera Guerra terminó, la ambición y el descontrol la atacó, por eso la Diosa la condenó.
Pero veo a Cassandra y lo único que veo es una niña que solo quería libertad, y que tiene control de su elemento. No entiendo por qué la encerraron.
―El Señor Ignis le tiene miedo. Por eso quieren eliminar su elemento. Por la Primera Profecía.
―No vamos a permitir eso ―murmuró mi madre―. Si es necesario hacer una guerra, la haremos.
―Pero…
―La Primera Profecía debe cumplirse, lo sabes. Ahora ustedes cuatro están ligados al destino del mundo. No podemos detener lo que la Diosa encomendó.
― ¿Ganaremos? Vulkan es demasiado poderoso. Es un continente militar. Lotán, no.
―Lo sé, pero si así lo quiso la Diosa, así será. No podemos ir en contra del destino.
Quise refutar, pero sabía que no había razón para hacerlo. Me tomé mi brazo marcado. ¿Quién se iba a hundir? ¿Yo?
(…)
Mi padre llegó una hora después. No estaba escoltado, ni siquiera lo seguía su seguridad.
Estaba solo. Lo abracé en cuanto lo vi, necesitaba un poco de cariño, pero Aquiles me reprochó por haber incumplido mi promesa.
No debía acercarme a Eiden, nunca. Traté de explicarle que no busqué a mi hermano, nos encontramos.
Mi madre lo tranquilizó, le dijo que había algo más preocupante que sus dos hijos conociéndose.
Aquiles no se inmutó cuando vio a Cassie en el patio de la casa, meditaba como un profeta.
Cassie llevaba casi toda la mañana en el patio, estaba recobrando la energía solar que le quitaron toda su vida.
Su elemento se lo exigía. Quise sentarme junto a ella al inicio, pero no pude.
Algo me lo impedía, quizá deseaba estar sola en ese momento.
Tampoco la molestamos o anunciamos la llegada del Señor Aqua. No, la dejamos ahí.
Mi padre tomó a Hellena de la mano y a mí del brazo y nos hizo entrar a la oficina de la casa. Parecía exasperado. No, lo estaba. Vapor lo seguía por los pies. Uh, uh.
Mi madre le explicó los sucesos de la madrugada a mi padre.
Aquiles se mantuvo tranquilo, de hecho, estaba más preocupado porque Eiden y yo nos conociéramos, que Cassandra Flur siguiera con vida y fuera una mujer fuego.
Aunque sí le molestó que el Señor Ignis desea deshacerse del elemento de su hija, la primera heredera mujer de la Dinastía Fuego.
Un hito histórico. Aunque también lo era que la Primera Profecía se hubiera marcado en nuestros brazos.
― ¿Qué pensabas hacer con ella cuando la sacaras de Quetzal? ―cuestionó mi padre después de un momento en silencio―. ¿Sabes todo lo que implica que ella exista?
No tenía respuesta. Todo fue apresurado.
La iba a rescatar dentro de una semana, pero Henning me rogó el día anterior que sacará a la Princesa, que debía salvarla.
Por eso aproveché las protestas y fui por ella.
Ni siquiera tenía un plan de contingencia.
La sacaría de Quetzal, la llevaría a mi departamento, le quitaría el rastreador y después la sacaría del Continente Farren. ¿A dónde la llevaría? No estaba segura.
¿Pero ahora? Cassie, Eiden, William y yo éramos parte de la Primera Profecía. Debíamos acatar lo que la Diosa nos dijera. Debíamos buscar su ayuda. Dudé antes de hablar.
―No lo sé. Ahora yo también formo parte de la Profecía, tenemos que ir al templo de la Diosa Em. La Diosa es lo único que me interesa en este momento.
―No cambies el tema, hija. Ayudaremos a Cassandra, pero primero necesito saber por qué hiciste esa imprudencia. Puedes ser ejecutada. Sabes cómo es la ley en Vulkan.
―No estamos en Vulkan.
―Ella es la heredera de Vulkan ―me reprochó con autoridad―. Tú no. Eres una Dama, y estar comprometida con Einar Snavs no te va a salvar si se entera el mundo de lo que hiciste.
Me quedé de pie, miré a mi madre en busca de ayuda.
Hellena le señaló a mi padre con los ojos.
Debía hablar. Eso hice. Expliqué mi intención desde un inicio: ayudar a los Salvajes, como Henning me dijo que debía hacer, cómo comenzaron a extraerle su elemento y cuando por fin lograron su cometido, me rogó que fuera por Cassie, ya que no quería ese mismo futuro para la Princesa.
― ¿Henning Rok? ―preguntó mi padre―. Era Primer General de las fuerzas de Vulkan. Desertó hace dos años, y luego desapareció, se presume que se fue con los Salvajes.
―Mis informes decían que traicionó al estado ―expliqué―. Por eso estaba ahí.
Mi madre tomó la palabra, se veía cansada―.
Eso hace el Señor Ignis. Son rumores, en realidad.
Cuando alguno de sus hombres deserta las fuerzas, desaparecen, se cree que son enviados con los Salvajes, pero la realidad es otra.
Experimentan con ellos, por eso siempre se dan por muertos.
Nunca buscan cuerpo o alguna señal de vida.