CAPÍTULO 6 #2
Nadie durmió en lo que quedaba de la noche.
De hecho, la única que logró descansar fue Cassie, ya que ella sabía que era parte de la Primera Profecía.
¿Pero nosotros? No. Nosotros tres no teníamos en mente el oráculo hasta esa noche, es más, ni siquiera nos conocíamos antes de aquella noche.
Bueno, solo William y Eiden, ¿pero Cassie y yo?
No, y no contaba mis encuentros de niñas.
Todo era una plancha de cuarzo llena de gusanos.
Chillé. El cuarzo no podía llenarse de gusanos.
Escuché a mi madre llamarle a mi padre. No entendí lo que decían, pero sí escuché el tono de urgencia que implementó.
Aquiles debía de estar en esa casa, ya. Necesitaríamos ayuda del Señor Aqua.
Bueno, ya no había razón para ocultarle a mi padre mis trabajos secretos para ayudar a los Salvajes.
El problema es que no sabría cómo explicar que me mandaron a liberar a Cassie.
La vi dormir, la envidiaba, yo también deseaba descansar, cabeceé un poco, pero siempre terminaba despertando con el corazón a punto de explotar por los gritos de las protestas que ya no existían.
La adrenalina en mi cuerpo me exigía salir, crear grandes murallas para protegerme del enemigo, ocultar mi alma y gritar que había logrado salvar a la Princesa Fénix.
¿Qué sucedería con el mundo cuando la existencia de Cassie se revelará? ¿Habría caos? ¿Había alianzas políticas? ¿La plebe la alabaría como una diosa? No sabía. Quizá la rechazarían por ser mujer fuego, por ser una anomalía elemental. Di media vuelta en la cama.
El polvo se arremolinaba en mi mano y quería convertirse en algo grande y magnífico, pero ni yo sabía qué hacer.
Era parte de la Primera Profecía, del primer vistazo al futuro que la Diosa recitó cuando creó al mundo.
Todo sucedió por el destino, porque la Diosa Em así lo decidió hace miles de años.
Cada paso, cada palabra, cada orden. Todo.
Vi las letras en mi piel, picaban. Quise llorar. Esto no era posible. Solo quería darles una segunda oportunidad a los Salvajes, y ellos mismos me dijeron que debía liberar a Cassie primero. Eso hice, y ahora, ¿qué? ¿Debía terminar la Primera Profecía? ¿Qué sabían los Salvajes?
¿Por qué nosotros? ¿Por qué no otros? Solo soy una chiquilla que apenas tenía diecinueve años. Aún no terminaba la estúpida universidad. Quizá nunca podría graduarme de mi carrera. Si una guerra comenzaba, no habría futuro al cual indagar.
Me puse de pie y rondé por la habitación de huéspedes, ¿qué hacía?
Mi mente no dejaba de conectar todo con la Primera Profecía, y ahora yo también debía hacer algo sobre el destino del mundo.
No, ya no importaba, si la Diosa nos escogió, fue por algo, no podía negarme.
Nadie podía. Debíamos cumplir con nuestro deber.
Ese era el destino. Me sequé el sudor de las manos.
Uno en la tierra se hundirá.
Uno en la tierra se hundirá.
Uno en la tierra se hundirá.
¿Quién? ¿Eiden? ¿William? ¿Cassie? ¿Yo?
Mi parte hablaba de muerte, ¿no? Alguien debía de morir.
O quizá el mundo debía de morir. No sabía.
Me senté en el ventanal. Debía de sacar a Cassie del continente, no quedarme pasiva sin hacer nada.
Ni siquiera sé por qué debía sacarla de Farren.
Quizá porque el Señor Ignis estaba aquí y no quería que la encerrara de nuevo.
¿Ya se habrían dado cuenta de que no estaba?
¿Habrían ido a la guarida de mi hermano y su amigo?
Cabeceé un poco, y antes del amanecer vi a mi hermano y a William irse.
Quise ir tras ellos, agarrarlos por las orejas y encerrarlos en la casa.
Me abstuve de hacerlo, Eiden era el Ladrón del Hielo, sabía cuidarse.
Mi padre me lo dijo cuándo exigí la verdad.
Mis padres sabían de los trabajos delictivos de su hijo, y nunca lo reprendieron.
¿Por qué? ¿Por qué era un alma libre como dijo mi madre?
Era una tontería, a mí me exigían perfección, y a él lo dejaban ser un pan rugoso.
Incluso sabían que ocultaba su elemento para no ser llevado a la Academia de Entrenamiento.
No entendía por completo sus acciones, pero tampoco lo conocía, solo sabía los datos que mi padre me proporcionó.
Además, en la noche cuando lo vi en la bodega, perdí el control de mi plan de escape.
Pero ahora sabía que todo fue un plan de la Diosa.
Cassie me exigió salir del túnel, y al salir, ahí estaba mi hermano. Robando. ¿Cuál era la posibilidad de encontrarnos en el mismo lugar? Peor, en Quetzal, en una bodega llena de secretos. Recé por un momento, quería que la Diosa me diera respuestas, pero hubo silencio. Siempre lo había.
Vi el sol salir, ni siquiera el hambre me movió.
Cassie despertó a las ocho de la mañana, vio el techo, casi como si no comprendiera dónde estaba.
Al levantarse, me vio con una pequeña sonrisa.
El escape fue real, y bastante sencillo.
Pero si todo estaba conectado, y ese era el plan de la Diosa Em, entonces debía seguirlo.
Quizá podríamos ir al templo de Em, y rezar por un consejo, o una guía.
Quizá eso era lo más sensato. El problema sería llegar sin ser vistos.
Quizá ahí, la diosa si respondería nuestras plegarias.
Cassie se fue al baño de la habitación, yo ya no podía quedarme ahí, salí al pasillo, me asomé a la habitación de mi hermano, aún no regresaba de su paseo nocturno. Debí detenerlos, no, negué con la cabeza. Ya no tenía autoridad para comandar a nadie.
Bajé a la primera planta. Mi madre estaba en el comedor, con papeles y papiros esparcidos en la mesa.
Se veía agotada, como si toda la madrugada hubiera analizado las palabras de la Profecía.
Sabía que mis padres eran expertos en las Profecías de la Diosa Em.
Además, mi madre era doctora de elementos.
Esa era su especialidad. Quizá ella tenía una respuesta a todo lo que había sucedido la noche anterior.
Me acerqué mientras me rascaba el brazo con la profecía. Mi madre me vio con una sonrisa ladina.
― ¿Cómo dormiste?
―No pude dormir, madre.
―Ni yo.
Me posicioné a su lado. Las dos estrofas estaban ahí, plasmadas con su letra.
Seguía cuestionando todo el plan de la Diosa Em.
Si ella sabía que Cassie era el fuego, entonces, ¿por qué dejó al Señor Ignis encerrar a su hija?
Aunque nunca nadie había visto a la Diosa desde las Primeras Guerras.
La historia decía que la Diosa solo salía en ocasiones especiales.
¿Acaso se le presentó al Señor Ignis? ¿Por eso encerró a su hija? ¿Fue orden de la Diosa?
― ¿Qué crees que signifique la Profecía? ―le pregunté.
Hellena negó con la cabeza―. No lo sé. Desde que la Diosa otorgó la Profecía, estuvo incompleta. La otra estrofa habla sobre el Éter, se ha especulado de un quinto elemento, pero la verdad es que son hipótesis. Nunca se ha conocido a alguien que pueda controlar el éter.
―Eso mismo decían de las mujeres fuego, y Cassie…
―Lo sé ―me interrumpió―, Cassandra Flur está con vida, y porta el elemento Fuego.
―La única manera en la que el Señor Ignis pudo saber que Cassie era el fuego de la Profecía, es que él haya ido con la Diosa. Quizá nosotros tenemos que ir. Rezarle.
―Es probable ―atizó mi madre―. Habrá que esperar a tu padre, él es el único que los puede sacar de Arnerr sin ser vistos. En especial, Cassandra, la estarán buscando en todo el Continente. Es peligroso que vayan afuera. Incluso tú, es posible que sospechen de ti.
― ¿Por? Fui cuidadosa.
―Eso no importa. Recién empezaste a trabajar en Quetzal, ¿no? Todos saben que eres una Dama que adora ayudar a los menos afortunados. En especial a los Salvajes y los Blancos.
Sentí frío, había dejado mi celular en mi departamento por seguridad. Einar seguro estaba preocupado por mí, o estaría en una búsqueda exhaustiva entre los detenidos de las protestas. Usando el poder de su madre para encontrarme.
―Madre, necesito salir ―hablé con rapidez―. Mi prometido…, él, yo…
―Tu padre ya se encargó ―dijo con calma―. Hace una hora hablé con él. Aquiles calmó a Einar y a su madre. Les dijo que estuviste en las protestas y te sacó de los detenidos y te envió a una casa de seguridad. No te preocupes, nada de esto saldrá en las noticias.
Me desparramé en una silla, comencé a respirar con irregularidad, aunque mi padre haya arreglado mi desastre, aún debía llamar a Einar.
Decirle que estaba bien, y sin ningún rasguño.
Aunque estaba segura de que trataría de encontrar la casa de seguridad.
Pero esa casa no existía, yo estaba en el hogar de mi madre.
Mi madre muerta, la que murió en el parto, la que cremaron en una ceremonia privada. Mi madre…
Me limpié el sudor de las manos. Debía calmarme.
Comencé a sentir las vibraciones del suelo, eso me distrajo. Cassie bajaba las escaleras con duda. Mi madre y yo la volteamos a ver. Ella apareció, veía los detalles de la casa con una nota de curiosidad, nos sonrió por un segundo y se dirigió al patio. Le seguimos el camino.
Se detuvo en la puerta del jardín, indecisa de salir.
Me puse a un lado de ella, la alenté a ir tras el sol.
Eso era lo que necesitaban los elementos fuego.
El sol. Lo decía el rezo de cada elemento.
De las cenizas nacieron los hijos del fuego, recité en mi mente.
Cassie se bañó de los rayos solares. Era verano, el calor era agotador, pero para ella era diferente.
Su piel comenzó a delatar un brillo desesperado.
Todos esos años estuvo encerrada con una estrella artificial que la mantuvo con vida.
Pero eso no era suficiente para su fuego, ahora tenía la energía del verdadero sol, de la verdadera estrella que alimentará por completo su elemento.
Mi madre se puso a mi lado, me tomó el hombro y ambas vimos a Cassie retomar su vitalidad.