Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

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Los Salvajes atacaron la base Quetzal. La base de investigaciones más grande de los cuatro continentes, llena de secretos, tecnología prohibida y artilugios valiosos. El corazón oculto de las Dinastías. Y ahora nosotros entraríamos a rajar ese órgano desde adentro para robar. ¡Sí! ¡Al fin!

Las protestas por los derechos de los humanos estallaban como volcanes submarinos en la ciudad de Arnerr.

La energía contaminaba a todos: fuego, agua, tierra y viento chocaban contra las balas, cuchillos y escudos maltrechos.

¿Quién diría que los humanos serían tan violentos?

No, ellos solo quieren que se les trate como iguales, no como basura en una esquina sin valor.

Y eso era justo lo que habíamos planeado.

Will y yo sabíamos que las protestas nos ocultarían.

La base Quetzal era impenetrable. Protegida por guerreros de élite, por elementos listos para matar.

Ahora, toda esa seguridad temblaba bajo los gritos de los manifestantes.

Habíamos pasado meses estudiando los horarios de los trabajadores, de los guardias, incluso los planos arquitectónicos que eran públicos, pero estaba seguro de que lo que veíamos solo era una fachada.

Seguro tenían túneles secretos llenos de tesoros, y yo los iba a encontrar.

Entramos con el cúmulo de personas, golpeamos a un par de oficiales y soldados que resguardaban el recinto.

Los guerreros dispararon, y mataron a algunos humanos, la sangre salpicaba el suelo con sus pecados.

Will desvió con el viento las balas que iban hacia nosotros.

Yo congelé a mis enemigos. El Ladrón del Hielo estaba de regreso.

¡Era tiempo de robar! La adrenalina comenzó a picarme la piel.

La alarma de evacuación sonó, me quemó los oídos, detestaba esos sonidos, lo único que quería era hurtar en silencio, pero nunca era posible.

Siempre había algún gritón que nos delataba.

Llegamos a las escaleras, algunos Salvajes nos seguían.

No, no podían continuar con nosotros, este era mi gran momento.

Aspiré aire, la humedad me rodeó con las ráfagas que lanzaban los guerreros.

Usé el agua enemiga e impedí el camino a los humanos con un bloque de hielo, no podíamos permitir espectadores.

Abrimos las puertas espectrales, nos pusimos nuestras máscaras de ladrones y comenzamos a descender.

Teníamos meses planeando este atraco. El problema era entrar, debíamos contar con docenas de personas que se arriesgaron a ir en contra de los soldados.

Y ese día, los humanos nos permitieron una entrada estelar.

Memoricé los planos públicos, las entradas y salidas, incluso los horarios de todos los guerreros que resguardaban la base Quetzal.

Pero sabíamos que, al ser una instalación de las cuatro Dinastías, habría pasajes ocultos, y no nos equivocamos.

Los secretos nos aguardaban y yo iba a develarlos poco a poco.

Llegamos al último nivel, hubo un estruendo y el piso tembló, chocamos contra la puerta, no se abrió, era falsa.

Will se alejó y comenzó a buscar corrientes de aire en las paredes.

Esto era un pasadizo muerto. Comencé a cubrir el piso con hielo, no quería que ningún tierra nos encontrará.

Todo brincaba, mi corazón, las paredes, el techo, los gritos de los protestantes y de los trabajadores de Quetzal.

Todos querían algo, y en ese momento, yo quería el oro lleno de secretos.

La adrenalina me picaba, la humedad me succionaba, y los gritos me ahorcaban. ¡Al fin habíamos entrado a la instalación! ¡Al fin había robado en todos los edificios de Arnerr! ¡El Ladrón del Hielo iba a conquistar todo el Continente Farren! ¡Yo soy el rey de esta tierra!

― ¡La encontré! ―gritó Will.

Volteé a verlo, chocamos los puños. Me acerqué donde estaba, puse mi mano en la pared señalada, el concreto se cubrió con escarcha y sentí laberintos infinitos entre las grietas.

Nos alejamos un poco. Will movió su puño, desencadenó la ventisca.

El hielo se desmoronó. Vimos un pasillo entre el hormigón.

Era tiempo de encontrar alguna pieza secreta del gobierno, y poder robarles dinero. Era lo que merecíamos.

A la mierda las Dinastías. ¡Todo esto le debe de pertenecer al pueblo! ¡Yo soy el pueblo!

Entramos al agujero, dejé de respirar por un momento, la opresión del pecho me hacía moverme más rápido.

Quería encontrar todo, quería robar cada pedazo de papel y meterlo a mi mochila.

No, debía de concentrarme. Nuestro destino, era la bodega de las Dinastías.

Ahí, los secretos valdrían mucho dinero. Corrimos.

Las luces del pasillo eran intermitentes, no había trabajadores escondidos o guerreros, no había nada, solo el eco de nuestro respirar y el temblor de la batalla arriba nuestro.

Quise detenerme en todas las puertas que encontrábamos, pero sabía que ese no era nuestro destino.

Volvimos a bajar. Las luces se apagaron, todo se hizo rojo por un momento. Seguimos corriendo.

Aquí ya no teníamos plan de escape. Esto no estaba en los planos.

Will me tomó del brazo y giramos por un pasillo, había sombras.

Hice un muro y nos aventamos contra una de las puertas.

Se abrió, por suerte no hubo nadie que nos viera.

Bueno, las máscaras nos ocultaban la identidad.

Corrimos al siguiente portón y aparecimos en otro pasillo.

Ahí sí había guerreros, nos gritaron. Corrimos.

Volví a crear un bloque de hielo para detener sus balas.

―Mierda, no tengo idea a donde tenemos que ir ― quejé, giramos por otro pasillo, todo tembló, nos detuvimos un momento, polvo nos cubrió―. Las protestas están por hacer explotar este lugar. ¿Qué hacemos?

―No vamos a salir de aquí hasta que encontremos la bodega. Planeamos esto por meses ― Will apuró―. Podemos hacerlo.

Asentí con la cabeza. Volvimos a correr.

Todo temblaba, quizá los humanos tenían algún elemento tierra que quería hundir la base hasta hacerla añicos.

O quizá solo querían destruir todo lo que los oprimía.

Ya, no era secreto que en Quetzal se hacían experimentos contra los Salvajes.

Bueno, eran rumores, pero siempre los rumores eran verdad en las Dinastías.

Al igual que la bodega que seguro tenía objetos de valor. Tenía que robar algo.

Volvimos a bajar las escaleras, el rojo de la luz se apagó.

El ruido cesó, y solo nuestro respirar nos acompañó.

Mierda, no detuvimos nuestro paso. No, ya estábamos ahí, debíamos de encontrar los secretos para destruir a las Dinastías.

Ugh. ¡Las odio! ¡Odio al estúpido gobierno!

Malditos opresores de mierda. Por su culpa el abuelo de Will tuvo que largarse.

Nos detuvimos. El aire se hizo seco, no podría usar mi elemento sin humedad.

Mi amigo me dio un golpe en el brazo, caminamos y al girar, dos portones llenos de candados.

No había seguridad, no había nada. Solo las puertas y las prohibiciones.

Saqué una botella de agua de mi mochila, use el líquido contra el metal, lo congelé.

Will danzó a mi lado y lanzó una ventisca.

Las puertas se abrieron con un golpe seco.

La encontramos. Encontramos la bodega con los secretos de las cuatro Dinastías.

Entramos con un grito de júbilo. Al fin robaremos en Quetzal.

¡Al fin tomaríamos lo que nos correspondía!

¡Dinero, gemas, artilugios antiguos! ¡Todo lo vendería!

Con el agua que me quedaba, logré bloquear los portones para que nadie nos molestara. Aunque, no había nadie.

Nos separamos, comencé a hurgar.

Mi respirar seguía estancada, el dolor de cabeza no me permitía pensar.

Me recargué por un momento en el estante.

Debía de ser rápido, en cualquier momento nos encontrarían los soldados o los guerreros.

Seguro había sensores y cámaras en este lugar.

Vi el techo, nada, no había nada. ¿Por qué no había seguridad?

¿Qué había aquí que no querían mantener registro? No, eso era una tontería.

Tosí un poco, empecé a buscar. Nada.

No había nada.

¡Basura!

¡No había dinero, ni joyas, ni nada con valor monetario!

¡¿Qué se supone que iba a vender?!

Ugh, al menos nadie nos había hecho encargos, porque era casi imposible llegar a este lugar. Eso me ahorraba un problema, pero no el picor en mi mano de querer llevarse algo con valor. Necesitaba un trofeo para ponerlo en mi repisa. Necesitaba algo.

Me moví de lugar, papeles. Carpetas. Nada. Información. Quizá solo estábamos en la bodega equivocada y por eso no había seguridad. ¡Sí, debía de ser eso!

― ¿En serio? ―mustié―. ¡Son solo papeles inservibles!

Azoté contra el piso los papiros. ¡Ugh! Juré que encontraríamos algo valioso. ¡Quetzal está lleno de seguridad y pasadizos secretos! ¡Algo deben de ocultar que valga dinero! ¡Pero no! ¡Hay pura basura!

Suspiré. Debía calmarme. Las protestas seguían, pero de todas maneras teníamos que ser rápidos y precavidos.

Quizá las cámaras de seguridad estaban escondidas y por eso no las veía.

Sí, sería eso. Solo esperaba que nuestras máscaras nos ocultaran.

No podíamos permitir que nuestras identidades fueran reveladas.

Teníamos muchos enemigos, en especial porque la semana pasada gané cuatro peleas en el recinto de Darth el Organizador. Aún me dolía un poco el hombro.

Volví a indagar en el cajón que tenía enfrente.

Will merodeaba por la zona lateral, mientras yo revisaba el área principal, y lo único que veía eran papeles, inútiles papeles.

No había más. Ningún artefacto antiguo, ningún arma secreta.

¡Nada! Golpeé el cajón. Ya, podía robar información, pero eso sería más difícil de vender.

Caminé por otra repisa y entonces la vi: una pequeña puerta en el suelo, negra, sin detalles, sin seguridad extra.

La toqué un momento y sonreí. Sabía lo que era.