CAPÍTULO 4
Cassandra
El sol artificial en el techo se apagó. Lo único que me mantenía con vida. Lo único que me hacía aferrarme a este plano terrenal.
Esa esfera imitaba la radiación UV que el verdadero sol quemaba en el mundo.
Tuvieron que crearla, porque desfallecía sin la luz.
Era lo que alimentaba mi elemento, por eso no era tan poderosa como debía ser.
Así me lo explicó la Doctora Aneka. Si estuviera en la superficie, mi poder podría revelarse al máximo.
No tendría contradicciones, y podría expresar con completa libertad lo que mi fuego me exigía.
Podría quemar todo, podría explotar, ser la bomba atómica que debía ser.
Ser un caballo galopando por la pradera, y a cada paso estallar en llamas a la naturaleza.
Extrañaba demasiado a la Doctora Aneka. Ugh. Quizá debía aceptar el trato. ¡No! No. No debía. Era mejor estar encerrada aquí, que perder mi elemento. El fuego corría por mis venas, yo era un caballo quemando el pastizal a cada galope, no podía sofocar el poder de mi corazón.
Suspiré, me puse de pie, e hice una llamarada.
Cubrí las cámaras y el vidrio, para estar sola con mis pensamientos, sin ser vigilada.
Siempre hacía eso por una hora. Era cuando descansaba de los doctores, de los científicos, y de Rocco.
Era mi único momento de libertad, aunque en realidad, eso me lo decía para poder mantenerme cuerda.
Porque no tenía libertad, porque después de que mis llamas cayeran en ceniza, seguiría encerrada, atrapada en un mundo de cristal que me oprimía cada día.
Comencé a bailar en silencio. El ritmo que me seguía era el chisporroteo de mis llamas. Nunca había música, solo fuego qué me gritaba qué movimientos hacer. Las flamas me seguían como listones enredados en el aire. Cada figura se formaba con mi pensar, el calor me guiaba y creaba mi compañía.
Extrañé mis clases de ballet. Aunque fuera solo un televisor con videos de baile, añoraba la libertad que me daba la danza.
Me habían quitado ese privilegio desde que Rocco se enojó conmigo.
De hecho, el Doctor estaba a punto de también quitarme mi violín y mis partituras.
¿Qué me iban a dejar? ¿Mi cama? ¿Me quitarían todo con tal de que aceptara el trato de libertad?
Me detuve. Mi respiración me sofocó. Dejé las alas florecer a cada lado de mí.
Me gustaba crear figuras con mi fuego, en especial las alas.
Con eso podía entretenerme horas sin que nadie me castigara o molestara.
Por eso no quería perder mi elemento, porque las pequeñas figuras, o mis alas, me daban esperanza.
Me daba una razón para despertar cada día.
Yo era una mujer fuego, no debía de estar encerrada, ni perder mi fuego.
¡No me importaba la Primera Profecía! ¡Mi fuego debía explorar el mundo fuera de Quetzal! ¡Yo iba a renacer como un fénix!
Sonreí un poco para contener las lágrimas que querían salir.
Aneka me llamaba la Princesa Fénix cada vez que me veía bailar con mis alas.
Me envolví en mis plumas calientes y me dejé caer al suelo.
Dejé de crear llamas. Vi el techo, con la esfera gris apagada, como yo.
Comencé a lloriquear. Quise volver a crear mi calor y ocultar mi sentimiento, porque sabía que Rocco podría usar mi lamento en mi contra. Siempre lo hacía.
Me tumbé al suelo y creé un par de imágenes arriba de mí para distraerme.
Caballos. Una criatura libre y poderosa, que incluso controlada seguía siendo imponente.
Yo deseaba ser un caballo. Cabalgar por la pradera hasta perderme en el monte.
Quise ver un monte, o un caballo. Quise acariciar a un animal, alcé mi mano, pero el fuego solo atravesó mis dedos.
Ya no había razón para luchar. Quizá lo mejor era aceptar que mi fuego debía de morir, para que yo pudiera vivir.
Sabía que mi padre me obligara a tomar la propuesta, no importaba que dijera que me daba opción de quedarme en Quetzal, sabía que eso no era verdad.
Jamás me daban a escoger. Todo era una orden impuesta, y yo solo debía de obedecer.
Por eso fui encerrada, porque no pude obedecer a mi madre, porque no logré ocultar mi elemento y mi Dinastía se quemó por mi culpa.
Mañana tendría que darle una respuesta a mi padre. ¿Pero qué le diría? No quería perder mi fuego, pero tampoco quería seguir encerrada. No había manera de ganar ambas cosas. Solté una plegaria a la Diosa Em para pedir por mi libertad. Sabía que no me iba a contestar, nunca lo hacía.
Un ruido me distrajo. Los caballos se fueron galopando dentro de mi imaginación.
Me levanté del sueño y traté de seguir el sonido.
Me limpié las lágrimas con mi sudadera. Mi cubículo era a prueba de sonido.
Se suponía que no podía escuchar nada del exterior a menos que activaran el micrófono externo.
La oscuridad me envolvió, creé una pequeña flama, no había nadie afuera. Todo estaba apagado.
Pero el pequeño ruido seguía ahí y temblaba bajo mis pies.
Me arrodillé y toqué el suelo. Sentí la vibración, el ruido.
La tierra. Me levanté, crecí mi fuego para ocultar las cámaras, el suelo comenzó a temblar más.
Un agujero se empezó a formar. Quise saltar y morir. Prefería eso a perder mi elemento.
Un humano comenzó a trepar, la vi incorporarse, hasta que el agujero se volvió a convertir en concreto.
Era una chica. Esta volteó a verme. Me alejé un poco de la mujer, mi cerebro estaba procesando la información, a esa mujer ya la conocía, pero cuando era niña, antes del incendio.
Antes de ser encerrada. Cuando aún era una princesa con vida.
― ¿Cassandra?
Su voz, su maldita voz. Negué con la cabeza, y la volteé a ver―. A ti te conozco.
―Sí ―la voz de la mujer era nerviosa, llena de adrenalina, su cabello rubio se tiñó de naranja por el fuego―. Soy Chloe Foster. Soy hija del Señor Aqua. Tú eres Cassandra Flur, hija del Señor Ignis. Eres una mujer fuego. Estás viva.
Lo último lo dijo con un deje de asombro.
No pude culparla, entendía que en el mundo exterior todos pensaran que estaba muerta, pero solo estaba encerrada.
Quise rascarme el brazo, en ese momento vi un par de recuerdos pasar por mi mente.
Chloe, mi única amiga en las Dinastías. Ahora era una mujer, una científica que acababa de emerger del suelo.
¿Qué? ¿Acaso la Diosa Em si respondió al fin a mi rezo? No, imposible, ella…
― ¿Cómo sabes eso? ― pregunté con alarma―. ¿Cómo me encontraste?
―Me dijeron que, si quería ayudar a los Salvajes, debía de salvar primero a la Princesa Fénix y esa eres tú.
Ah.
― ¿Cómo me encontraste? ― repetí.
Chloe pareció debatirse, habló con apuro―. Un prisionero me dijo que podía sentir tu fuego, así que pensé en usar la tierra para encontrarte y lo hice. No tengo mucho tiempo, por favor dime que quieres salir de aquí. Solo di que sí.
Parpadeé varias veces, no entendía qué sucedía. Claro que quería salir de aquí. Pero todo eso estaba siendo demasiado sencillo. Demasiado fácil. No podía ser verdadero. Quizá solo estaba teniendo una pesadilla por el encierro, siempre las tuve, pero…
― ¿Cómo entraste? ¿Cómo…?
―Escucha, Cassandra, sé que tienes preguntas, hay protestas allá afuera y varios Salvajes irrumpieron en el recinto. Así que este es tu momento de escapar. Soy tu amiga, no te quiero hacer daño.
Algo retumbó encima de nosotras. El sol artificial se tambaleó. Eso no sucedía nunca. Regresé la vista a la rubia. El picor comenzó a crecer en mi pecho.
― Promete que nunca apagarás mi fuego.
― ¿Por qué haría eso? ―preguntó con incredulidad, Chloe tenía un poco de polvo en la mejilla―. Que te lo quieran quitar es en contra de tus derechos. Vámonos ya.
Me tendió la mano. Dudé ― ¿Y si nos atrapan? Me regresarán aquí. A ti te encerrarán.
―No lo harán. Las protestas nos ocultarán. Te lo prometo.
Sentí mi fuego querer explotar en mi piel.
Esta era mi oportunidad para escapar. De largarme, de tener una nueva vida.
Para ser libre al fin, para poder comenzar a vivir.
Ser una llamarada del sol que es capaz de incinerar a todos sus enemigos.
No perdería mi elemento, no me casaría con nadie.
Solo sería una chica escondida entre la gente.
La tomé de la mano. El miedo me ahorcó, pero me mantuve firme.
Empezamos a descender. Quise chillar cuando el agujero nos cubrió y un techo se formó.
Dejé de hacer mis llamaradas, e iluminé nuestra salida.
Por fin sería libre. Solo debía pensar en eso, no en las consecuencias.
No. Solo en danzar en una nueva vida. Podía ocultar mi elemento, solo debía huir de la Primera Profecía.
Mi corazón me ahorcó, pero no vi hacia atrás, me quedé fija en el nuevo camino que Chloe creaba. En mi nueva vida.