Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

cassandra

El fuego crecía encima de mí. Pequeñas chispas surcaban mi vista, una pequeña fiesta que me distraía de mi realidad encerrada.

Estaba aburrida. Siempre lo estaba. ¿Qué más podía hacer? Me habían encerrado desde que tenía siete años, y en un par de días, se cumplirían once años atascada en esta cárcel de cristal. Un año más en mi cubículo, un año más siendo tratada como un espécimen sin nombre.

Suspiré.

Ya había hecho mis ejercicios físicos del día.

Me habían tomado mi muestra semanal de sangre y había hecho mis tareas escolares.

Tal vez podía practicar con mi elemento, pero si lo hacía, Rocco podría llegar y me inyectaría el suero para desactivarlo por un par de horas.

Odiaba que hiciera eso. Tenía meses enojado conmigo.

Yo también estaba furiosa con él. Había confiado y…

, ya no importaba. El daño estaba hecho. Jamás sería libre.

Dejé de crear la llama. No tenía sentido luchar.

Lo había hecho desde que mi padre me encerró en esta cárcel, pero desistí cuando la Doctora Aneka se fue de mi lado.

Según Rocco, había sido desterrada por atentar contra el Estado, pero eso era una estupidez.

La Doctora Aneka me había criado desde que fui encerrada de niña en este lugar.

La conocía, hasta que ya no lo hice. A veces imaginaba que su traición había sido porque intentó salvarme.

Sacarme de aquí y llevarme al bosque de Arnerr a ver las estrellas.

A veces imaginaba que sí había logrado salvarme.

Pero nunca nadie vino a rescatarme. Nunca había un príncipe que me rescatara de mi torre.

Quise llorar, encerrarme en el baño y fingir que me bañaba solo para poder desahogar la pena que me apagaba el corazón.

Me enderecé del catre, la energía me picó la nuca, vi a mi padre pasar al otro lado del vidrio.

Lo seguí con la mirada hasta que le dieron acceso a la cárcel.

Rocco lo seguía por atrás. Hacía tiempo que no veía a mi padre, tenía meses sin venir a verme.

La última vez que me visitó, discutimos. Su ausencia fue mi castigo.

Brand Flur entró a mi cubículo. El líder de la Dinastía Fuego, gobernante del Continente Vulkan, el Señor Ignis.

Lo detestaba. Él fue quien me encerró porque yo era la única mujer fuego que existía en el mundo.

Si tan solo no hubiera perdido el control de niña, si tan solo no me hubiera desesperado al no encontrar a mi madre, si tan solo mi padre me hubiera dicho que ocultara mi elemento y jamás dijera nada.

Dejé caer los hombros. No podía cambiar mi historia.

Todo ya estaba escrito, y por eso yo estaba ahí encadenada con grilletes invisibles.

Dejé que ambos hombres se acercaran a mí. Me levanté de la cama para estar a su nivel, hice la reverencia que dictaban los protocolos.

―Cassandra.

―Padre.

Escuché la puerta cerrarse. Ni siquiera podía pensar en escapar. Mi padre estaba frente a mí, imponiendo poder. Poniendo otra pared que me restringía.

― ¿Cómo has estado? Me han dicho que tu salud es estable y has avanzado en tus estudios.

―Me encuentro bien ― respondí plena―. Mis estudios igual, pronto me dejarán escoger algún curso universitario, si usted lo permite.

―Claro que lo haré. Me interesa que sigas aprendiendo y que te prepares para cuando salgas de aquí.

Me quedé callada por un momento, mis ojos picaban, ¿qué? ―. ¿De qué habla, padre?

―Te tengo un trato, hija, y espero que lo tomes.

El tono autoritario de la voz del Señor Ignis me quiso hacer gritar y hacer que lava los sepultara, mantuve la postura. Podría ser una muñeca encerrada en una caja de cartón, pero seguía siendo una Dama, bueno, era una Princesa sin título, porque para el mundo, yo estaba muerta.

― ¿De qué habla?  ― pregunté confundida de nuevo. Mi padre nunca hablaba de sacarme de Quetzal. Nunca, ni siquiera me ofrecía opciones o tratos, solo órdenes.

―Hemos encontrado, bueno, el señor Magt ha encontrado― señaló al doctor―.

Una manera de neutralizar el fuego para siempre.

El trato es que te cases con el señor Magt.

Se te dará una identidad nueva ― comencé a tener dolor de cabeza.

No. No deseaba casarme con Rocco, ya no―.

Una vida nueva, sin que estés encerrada.

Podrás volver al mundo. Sin elemento. Como una Blanca.

Al fin tendrás la libertad que tanto deseas.

―No ― respondí de inmediato―. ¡No pienso casarme con ese imbécil! ¡Y no pienso quedarme sin elemento! ¡Soy una mujer fuego, no una Blanca! ¡No puedo convertirme en humana!

El fuego nos rodeó en una llamarada galopante. Rocco hizo afán de acercarse a mí con una jeringa en mano, mi padre lo detuvo con una mirada. El calor nos sofocó a los tres. No podía dejar que el precio de mi libertad fuera convertirme en Blanca, no, no podía.

―Era de esperarse esta reacción, señor Magt. Se lo dije, Cassandra aún es inestable.

―Por eso mismo, Señor. No debemos preguntarle.

―No. Mi hija debe decidir. La encerré para protegerla, si ella no desea salir, respetaré su decisión. Cassandra entiende lo que haría su poder en el mundo.

Quise retroceder, pero la cama me lo impedía.

Sentí el calor en mis hombros, traté de calmarme, si mi cabello se hacía amarillo, sería imposible sosegar mi enojo.

Respiré varías veces, e hice el conteo de números en un susurro, Aneka me lo enseñó para controlar mi elemento.

Para contenerme y no dejar ver que mi fuego era un peligro para los demás.

La llamarada se esfumó, pero mi cabello seguía encendido en lava. Joder.

―No me quiero casar, padre ― dije con brasa―. Esa es mi decisión. Prefiero quedarme encerrada. No quiero ser una Blanca.

―Siempre has querido salir de aquí ― mi padre me encapsuló en una orden que no podía rechazar―. Piénsalo, mañana vendré y espero una respuesta definitiva. Esto es lo único que puedo ofrecerte, lo sabes.

Quise reaccionar, no pude―. De acuerdo.

―Señor Magt, déjenos solos por un momento.

Rocco hizo una reverencia y salió del encierro, pero la puerta se mantuvo abierta.

Añoré la pequeña ventisca que llegaba desde el exterior.

El olor era diferente, más fresco. Apreté la tela de mi sudadera.

¿Debía de aceptar? Al fin sería libre, pero…

, no. No lo sería. Solo me llevarían a otra caja con cadenas y Rocco sería el carcelero con las llaves.

―Padre… ― comencé a hablar con voz baja―. Yo no…

El Señor Ignis me calló con la mano―. Piénsalo, sabes que es lo mejor. La profecía no debe de cumplirse.

―Ya lo sé.

―Acepta el trato. Al fin podrás salir de aquí.

―No quiero ― chisté de inmediato―. Ya le dije, prefiero quedarme encerrada y mantener mi elemento. No quiero perder mi fuego.

―Me duele esto, hija. Quiero que vivas libre en el mundo, no aquí encerrada, la única manera es que cedas tu elemento. Sabes que tenemos años buscando una solución. Esta es la única que hay. Vendré en unos días, espero que aceptes.

No le respondí, no pude. El hombre asintió con la cabeza, y me dio la espalda. Lo vi salir por la puerta. Rocco entró, me quedé fija en el científico. Sus ojos me amenazaban con ventiscas invisibles sobre el destino.

―Debes aceptar, quieras o no, Cassandra ―me susurró―. Es la única manera en la que te puedo sacar de aquí.

―Ya no quiero salir ― dije firme―. Prefiero estar en este lugar que a tu lado.

―Te recuerdo que alguna vez fuiste mía.

Me enojé de nuevo, mantuve mi elemento dentro de mí, y empujé a Rocco. Mi padre me llamó la atención desde la puerta con una pequeña llamarada, pero no le hice caso. Yo ya no tenía que obedecer a nadie. Era una Dama. Podía hacer lo que quisiera. Además, Rocco era un idiota.

―Te odio.

Rocco sonrió con galanteo, como si de esa manera volvería a caer ante sus tóxicos encantos.

Después de que me traicionara, solo para poder aprovecharse de mi ingenuidad y tratar de manipularme, lo detesté.

Me enamoró para poder experimentar con mi fuego y me di cuenta de la mentira demasiado tarde.

Mi fuego estaba cambiando y todo era su culpa.

―Vete de aquí― susurré ―. No te quiero ver.

Rocco hizo afán de acariciarme la mejilla, pero lo quité con un manotazo.

Él rió sin gracia y se fue a la salida, a la puerta metálica prohibida para mí, pero tan libre para los hombres de poder.

Me senté en la cama de nuevo. ¿Qué podía hacer?

¿Llorar por mi encierro? No. Debía de mantenerme fuerte.

Claro que quería ser libre, claro que era una propuesta tentadora.

Claro que una parte de mí deseaba aceptar para poder largarme.

Pero no aceptaría perder mi elemento. El fuego era mi vida, mi poder, mi alma.

No podía renunciar a eso. No podía convertirme en Blanca.

(…)

―Tienes que quedarte aquí, hija, ya te lo he dicho. No puedes salir.

― ¿Por qué, padre? Me he portado bien. Ya no usaré mi elemento, se lo prometo. No me deje aquí.

El Señor Ignis confortó a su hija por un momento al tomarla del hombro, pero se alejó de ella.

Cerró la puerta y la observó a través del cristal que la protegía.

Era lo mejor, aunque estuviera desafiando a la Diosa Em.

Su hija no podía estar en el mundo y causar caos, si el Parlamento o las otras Dinastías se enteraban de su existencia, la ejecutarían de inmediato.

Las mujeres fuego no existen por una razón: su poder.

Era un sacrificio que estaba dispuesto a hacer.

Su hija debía ser encapsulada y debía de encontrar una manera de controlar su elemento.

El suero solo duraba un par de horas, y solo se usaba en prisioneros de guerra, ella no lo era, era solo una niña.

Le dolía tener que utilizarlo en su hija, en su primogénita, en la primera heredera mujer de la Dinastía Fuego. Ignoró el llanto de su hija y se fue.

Se encaminó a la bodega de seguridad, donde guardaban las cuatro Dinastías, los secretos del mundo. Tenía esa rutina desde que dejó a su hija en la celda de cristal: la visitaba y después iba a leer la Primera Profecía. De la cual su hija era parte.

Vio el papel en su estante y leyó las palabras de la inconclusa profecía:

Cuatro elementos se reunirán

Al mundo destruirán o salvarán

El agua al fuego revivirá