Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

―Creo que usted ya sabe cómo me llamo, Princesa Aqua ― dijo con voz grave―. No es necesaria tanta formalidad. Felicidades por el compromiso.

Traté de mantenerme firme, e ignoré el peso del anillo en mi dedo. Repetí la pregunta―. ¿Me podría decir su nombre para corroborar datos?

El hombre resopló antes de hablar―. Henning Rok.

Asentí con la cabeza y volví a ver el tablón de información―. Tiene cincuenta y dos años, ¿cierto?

―Aja.

― ¿Por qué está aquí encerrado, señor Rok?

Henning no respondió de inmediato, quizá me estaba analizando, él ya sabía quién era.

Lo había dicho, me llamó por mi antiguo título, antes de recibir mi elemento.

Era la única hija del Señor Aqua, y estaba comprometida con el hijo de la Señora Terra.

Einar y yo, éramos los futuros herederos de un linaje que unía dos continentes.

Una Dama codiciada entre las Dinastías y las Casas Elite.

Y él, el Príncipe heredero de una de las Dinastías más poderosas a nivel tecnológico.

Apreté con fuerza mi tableta. La ansiedad me picó el pecho al recordar el desespero que sentí cuando dejé de ser heredera.

Algunos intentaron negociar matrimonios con mi padre a cambio de poder, pero él siempre se negó.

Siempre me decía que, si algún día me iba a casar, que fuera por amor.

Esa era su única condición. Amor. Y eso era justo lo que yo tenía con Einar. Era mi única manera de reinar.

—La Princesa Aqua, convertida en una científica. ¿Quién lo diría? —Henning escupió la burla con veneno—. ¿El poder, las riquezas? ¿Dónde dejó todo eso, Princesa?

Me enderecé en la silla. Crucé los brazos y luego las piernas.

No iba a dejarme intimidar. Pero entendía el odio que cargaban sus palabras.

Todos los Salvajes despreciaban a las Dinastías.

Querían democracia, querían algo distinto, y para eso existía el Parlamento.

Pero nunca era suficiente. Nunca lo era.

Por eso debía de ayudarlos, aunque ellos no quisieran tomar mi mano.

La mayoría de los desertores eran humanos, sí. Pero también había Elementos entre ellos. Todos luchaban por lo mismo: igualdad de derechos. O simplemente un refugio donde no fueran atacados por las injusticias de su mundo.

Henning Rok era uno de ellos. Un Elemento. Según el reporte que tenía en mi tableta, fue desterrado por traicionar a su Señor. Algo gravísimo en Vulkan. El castigo por eso era la ejecución. Entendí por qué había decidido unirse a los Salvajes. Quería vivir.

—Están en el Continente Lotán, señor Rok —le dije con calma—. Aquí no los necesito. Dígame, ¿por qué traicionó a su Señor? ¿A su continente?

Rio, y sus carcajadas se clavaron en mi cabeza, quise callarlo con el golpe de un martillo—.

En Vulkan solo quieren guerreros que no piensen.

Borregos que sigan las reglas sin dudar.

Que no cuestionen al gran Señor Ignis —el sarcasmo me escupió en la cara—.

Que nunca lo desafíen. Pensar es casi un delito, Princesa.

Pero eso ya lo sabe, ¿no? Todos en los cuatro continentes lo saben y nadie hace nada.

Nadie se atreve a desafiar al Señor Ignis.

Dejé de verlo, suspiré y me concentré en las cámaras de seguridad.

Traté de cubrir los micrófonos con tierra, no quería que me escucharan hablar sin pudor sobre otra Dinastía que no fuera la mía.

Algo en las palabras de Henning no conectaba del todo con el informe, bueno, con los rumores que conocía.

La ansiedad creció en mi pecho, ahora yo estaba cometiendo un crimen.

Porque recordé lo que había sucedido en el bar la noche anterior.

― ¿Qué ha hecho? ―preguntó Henning atento ante los ojos ocultos en las paredes―. ¿Ha apagado los micrófonos y las cámaras?

―Algo así, señor Rok― respondí con firmeza―.

Yo estoy aquí para ayudarlo. Así que necesito que me diga la verdad, ¿por qué traicionó a Vulkan?

Todos sabemos lo que ha sufrido el continente.

La pérdida de su primera Dama, y la primogénita del Señor Ignis, devastó por completo a su pueblo.

Desde entonces, reforzaron más a su ejército como acto de control.

Usted debe saberlo más que yo, fue el General del Señor Ignis por muchos años, hermano de la antigua Dama Marie. ¿Por qué traicionar a su continente?

―Solo tiene erróneo un dato, Alteza, ―Henning se alejó del cristal y vio hacia las cámaras polvorientas―, y no, la muerte de la primera Dama no fue la razón del levantamiento militar.

― ¿Entonces? ¿Qué dato está mal?

Me volteó a ver, fuego surcó por sus ojos―. La Princesa Fénix.

Sentí que algo se quebró dentro de mi mente. Negué con la cabeza.

―Cassandra Flur ―susurré sin entender―. Ella está muerta.

―Sí.

Volví a sacudir la cabeza―. No, ella murió en el incendio de su Dinastía hace años. Es imposible. Las mujeres fuego no existen. La historia es clara. Solo la Guerrera Fuego tuvo ese don en la antigüedad.

―Claro que existen― Henning se acercó a la pared de concreto de su celda―.

Cualquier Fuego que esté en esta instalación puede sentirla.

Su elemento es poderoso, está vivo, la energía que emana la puedo percibir, y le puedo decir, Alteza, el elemento de la Princesa Fénix está sediento por ser liberado.

Por ella, es que la Dinastía Fuego reforzó su milicia, porque en cualquier momento ella saldrá de aquí, y hará que la Primera Profecía se haga realidad, y destruirá todo a su paso.

¿Quería saber la verdadera razón de mi traición? Ella es mi razón. Traté de salvarla.

― ¿Qué…? ― murmuré confundida. El polvo cayó de mis manos.

Henning ya no habló. Se sentó en su catre, como si esperara que yo creara un orificio y buscara a Cassandra Flur.

No. Ella estaba muerta, la Primera Profecía no podía cumplirse porque estaba incompleta.

El fuego en las mujeres no existía. Iba a hablar de nuevo, pero no lo hice, me puse de pie y salí de la celda. ¿Qué acababa de suceder?

¿Primera profecía? No, ese era el primer oráculo que escribió la Diosa Em, pero su segunda estrofa se perdió con los años, y nadie sabe cuáles son sus palabras exactas. No, no iba a pensar en eso. Fui a la siguiente celda.

(…)

La Primera Profecía.

La Primera Profecía.

La Primera Profecía.