Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Chloe

El olor a cloro me cubría en una fina capa de polvo.

Deseaba poder tomar la mano de Einar, de calmar mi nerviosismo, pero debía de presentarme como la Dama que era.

Todos estábamos de pie en la oficina de la Señora Terra.

Parecía una reunión casi informal, pero no lo era, era el hilo que cosería mi futuro.

―Nadie quiere trabajar con los prisioneros, ¿estás segura?

―Sí, cien por ciento segura.

El Señor Aqua y la Señora Terra se vieron por un momento, no usaron palabras, hablaron con sus elementos, la tierra y el agua chocaron entre ellos como si el universo mismo los analizara.

Las palabras invisibles caminaban entre ambos señores, la comunicación era etérea entre los guijarros y las gotas.

Cuando terminaron me voltearon a ver. La Señora me tendió su mano, acepté el gesto.

―Bienvenida al equipo.

Su padre se volteó con Einar.  Por un instante, creí que lo amenazaría, pero en lugar de eso, solo lo tomó por el hombro con gratitud. Claro, ¿por qué amenazar a un príncipe? Bueno, era su prometido.

―Cuídala bien, Einar. Ella es campeona de la Tierra, te destruirá si le haces daño.

―Yo la amo, Señor ― Einar testificó con fuerza.

―Eso espero― el Señor Aqua se volteó con la Señora Terra―. ¿Nos vamos, Jordín? Creo que los muchachos tienen que hablar.

―Claro, Aquiles.

Ambos vimos a nuestros padres retirarse de la oficina, la chispa de poder se difuminó en cuanto se cerró la puerta.

Dejé a mi corazón hablar. Ya no debía preocuparme por estudiar, o por mi reputación, ahora solo me encargaría de trabajar con los Salvajes, y listo.

No más responsabilidades extra, hasta que me casara y me convirtiera en la Dama de Einar.

Esperamos unos minutos en silencio, con solo nuestras respiraciones como testigo, luego nos abrazamos.

Al fin conseguí un puesto de científica en la base Quetzal.

Desde que me quitaron el título de Princesa, soñé con esto.

Esto era lo que más deseaba, poder seguir ayudando, aunque ya no tuviera el poder político que antes cargaba. Era la única opción que me quedaba.

Estar en Quetzal me daba la libertad que necesitaba.

No podía arruinarlo. Tenía que esforzarme.

Esta era mi nueva oportunidad de vivir. Un nuevo comienzo.

Todas esas noches en vela estudiando, practicando con mi elemento, entendiendo las fórmulas y las propiedades, habían valido la pena.

Construí mi propia montaña para llegar a este momento.

No iba a permitir que un pequeño error derrumbara todo mi trabajo.

Nos separamos. Nos besamos. Celebramos con un balanceo casi rítmico, suave, como si estuviéramos bailando bajo el agua.

Íbamos a trabajar en el mismo lugar, nos veríamos todos los días.

Sería como casarnos, pero sin ceremonia.

Bueno, ya estábamos comprometidos desde hace unos meses.

Solo era cuestión de esperar un poco más, ir al templo de la Diosa Em, dar nuestros votos y después casarnos frente a las cuatro Dinastías.

Sería una celebración que duraría semanas. Todos querían ver nuestra boda.

—Te dije que mi madre no se negaría ante mi hermosa prometida —Einar me tomó de las manos, tocó el anillo de compromiso que llevaba puesto—. Serás la mejor científica de todo Quetzal.

—Te amo —le dije con una sonrisa.

—¿Lista para celebrar?

Lo estaba. Mantuve mi felicidad intacta. Era tiempo de festejar. Mi nuevo empleo. Mi nueva vida. Mi nuevo comienzo.

(…)

Alcohol. Mi bebida favorita, mi eterno enemigo.

Me balanceé hasta la barra, y pedí otro vaso de Rekila.

La música era un murmullo, lo único que quería era seguir bebiendo para olvidar todo.

Al menos ahí, la gente no me molestaba con mi puesto político.

Ahí solo era una persona común, una Blanca sin elemento que no era codiciada por ninguna Casa Elite para casarla con algún idiota, ugh.

Cuando el mesero me entregó el vaso, lo tragué de inmediato.

Parpadeé un par de veces, traté de adaptar mi vista. Todo estaba borroso. Reí.

Me recargué más en la barra, otro vaso se deslizó hasta quedar frente a mí, sentí la corriente de viento en la piel, tuve un escalofrío.

Volteé por donde vino el cristal, un hombre veía hacia la pista de baile, su cara era confusa casi como si tuviera un velo mágico que lo protegía. No entendí. Parpadeé de un ojo.

―La Princesa Aqua consiguió un trabajo en la base Quetzal ― dijo el hombre y bebió de una botella de vodka―. Sé dé tu trabajo secreto sobre los derechos de los Salvajes ― hizo una pausa―. Así que, si los quieres salvar, primero tendrás que desencadenar a la Princesa Fénix.

― ¿Qué? ¿Quién es usted?

El hombre bebió de nuevo, me volteó a ver, su imagen seguía difusa, logré ver sus ojos verdes, y su sonrisa torcida―. Un amigo―silencio―. Chloe, debes liberarla primero.

― ¿Quién es ella? ―pregunté confundida. Sentí que el fuego me derretía el cerebro.

―Ya te lo he dicho, la Princesa Fénix.

El hombre se retiró de la barra, lo vi desaparecer entre la gente que bailaba.

Me quedé con un sentimiento de extrañeza y con deseo de vomitar.

Las luces del bar comenzaron a cegarme, y la música volvió a achicharrarme los oídos.

No. ¿Qué? Aquel hombre conocía mis intenciones con los Salvajes.

Quería liberarlos del estigma y darles una segunda oportunidad.

Eran humanos, y tenían derechos. Todos los tenían, ¿por qué los elementos debían de tener más privilegios?

Negué con la cabeza, estaba demasiado borracha como para procesar la conversación.

No, ¿qué? Lo que me congestionó fueron las últimas palabras. La Princesa Fénix. Las mujeres fuego no existen, jamás lo han hecho. La única que alguna vez vivió, fue la Primera Guerrera.

Desde entonces, no ha nacido otra mujer que controle el fuego, eso era imposible. ¿De qué mierda hablaba aquel hombre? Mujer fuego, mujer fuego, mujer fuego. Princesa fénix. ¿Quién?

Bebí del vaso gratis que me concedió el extraño y volví con Einar a la pista de baile.

(…)

La resaca me hizo sentir como si fuera un pedazo de piedra roto, logré mantenerme serena durante todo el recorrido en el área de trabajo, pero cada que dejaban de verme, bebía agua o bostezaba.

Mi jefe, el Doctor Rocco, me explicó con precisión cada detalle que debía incluir en los reportes.

Nombre, edad, crimen, razón de estar en la base Quetzal…

Suspiré, sabía que los usaban para experimentos, medicamentos, o drogas.

No era ético. No los consideraban gente civilizada.

Solo tubos de ensayos para precisar reacciones químicas de algún patógeno nuevo.

Apreté con fuerza la tabla de información, me darían cinco Salvajes.

Si lograba mantener el rango de datos por un mes, después me asignarían más prisioneros.

Aunque no entendía que debía de mantener.

Una vez que un Salvaje entraba a la base, no salía, esos eran los rumores.

Pero sabía que eran hechos. Todo prisionero estaba destinado a morir.

Me limpié el sudor de las manos, solo debía de durar un mes en el puesto, esperaba lograrlo, nadie lo hacía.

Todos renunciaron siempre a la primera semana, ¿por qué?

Nadie sabía. Solo culpaban a los Salvajes de ser erráticos, pero estaba segura de que tenía que ver con las torturas al hacer los experimentos.

Había aceptado el peor trabajo en la base Quetzal, con tal de poder estar cerca de los Salvajes. Tenía un plan para ayudarlos, pero eso era secreto, nadie lo sabía, ni siquiera Einar. Porque bueno…

Los Salvajes eran…, el apodo lo decía todo.

Eran humanos que no se regían por el orden de las Dinastías.

Cada Continente tenía sus grupos en las periferias.

Ellos no toleraban a los Elementos. La mayoría habían sido exiliados por algún crimen, o por cuenta propia.

Sabía que, algunos huían para protegerse.

Que eran perseguidos, amenazados, y humillados.

Los Elementos abusaban de su poder, y los Jueces, siempre apoyaban a los suyos.

A los Elementos. No a los Blancos. No a los humanos.

Además, había mucha gente inocente en esos grupos, que preferían huir cuando los culpaban de algún crimen, y no podían defenderse. Yo quería ayudar a ese grupo de gente.

Las paredes grises me gritaban que me alejara, que renunciara y nunca volviera.

Que me fuera a Lotán a convertirme en una Dama inútil que solo sabe sonreír y ser apacigüe.

El silencio del pasillo se me clavaba en la piel, suspiré, esto había escogido, esta era mi nueva vida.

Mi nuevo título. Ya no era una Princesa, ya no era una Dama.

Solo era Chloe Foster. La próxima científica, y la próxima esposa de Einar Snavs. Eso era yo.

Me volví a secar las manos, y me adentré en la primera celda, vi el tablero de información.

Este Salvaje, portaba el fuego. Su celda era de cristal reforzado, que hacía imposible que el fuego se manifestara fuera del encierro.

Tomé la única silla que había de mi lado, y me senté.

El hombre me vio desde su sucio catre, odié la precariedad en que los tenían, parecían perros maltratados.

El fuego me dedicó una sonrisa burlona y dejó de verme para juguetear con un par de llamas en su mano.

Lo conocía. ¿Cómo no hacerlo? Fui una princesa y ahora era una Dama.

Mi puesto político me ligaba a todos los jefes militares importantes de los cuatro continentes.

Tenía que saber el nombre de todas las personas de poder por si en el futuro me convertía en Señora, pero ya no, ahora solo era una Dama. Una Dama inútil. Ugh. Traté de sonreír.

― ¿Me podría decir su nombre para corroborar datos?

El hombre se levantó de la cama y caminó hasta quedar frente al cristal, me observó como si fuera un diamante sin pulir. Como si deseara quemarme. Todos deseaban usarme para avanzar en la política. Era un peón, ya no era una reina.