El vuelo del cernícalo Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA #4
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Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA #4

Ella asintió con lágrimas en los ojos y cayó en la cuenta de lo cansada que estaba.

Había consumido sus fuerzas en una carrera imposible y que no la llevaba a ningún sitio.

Todo por venganza. Miró a su madre con una mueca de arrepentimiento y quiso llegar hasta ella.

Necesitaba abrazarla y decirle lo mucho que lo sentía y todo lo que la quería.

—Vamos, mi vida —le susurró Diana con dulzura.

De pronto, de la cueva, surgió una voz grave cargada de rencor:

—¿Diana?

Idaira le arrebató el arma a Yeray, volvió a sujetarla con brío y la giró hacia la entrada.

La sombra de Enrique apareció en el umbral y un relámpago le iluminó el rostro.

Tenía una sonrisa rota y un morado en el pómulo, el cual se había hecho al impactar la cara contra la ventanilla. Sin embargo, no estaba asustado.

—¿Qué vas a hacer con eso?, ¿matarme? —La escopeta subió medio centímetro y soltó una carcajada burlona—. Siempre fuiste una malcriada.

—Vale, acabemos con esto. No queremos que nadie resulte herido —intervino Yeray—. Idaira, dame el arma.

—¿Y tú quién eres? —le recriminó con desdén el hombre.

—Su padre.

—¡No me jodas! ¿El que se largó a Madrid? —Enrique observó a Diana con una lástima fingida y luego volvió a posar la mirada sobre la escopeta—. Cariño, tú no quieres hacerme daño. Cuidé de ti durante muchos años mientras este machango se daba la gran vida en Madrid.

Idaira bajó ligeramente el arma a la vez que respiraba agitada y enseguida volvió a subirla. No podía perder el control. Ese día no. Enrique jamás volvería a dominarla, a pegarle un puñetazo o a arrearle con la hebilla del cinturón. Ese día no. Ese día, ella tenía el arma.

—¡Tú no tienes ni idea de quién soy! Nunca te interesaste en descubrirlo —escupió con ira—.

¿Cuántas veces me dejaste en el cuarto encerrada con llave para que no viera cómo le pegabas a mamá?

¡¿Cuántas?! —Un trueno acompañó los sollozos de Diana, impotente ante los reproches que su hija le lanzaba a su padrastro—.

Y cuando creíste que ya tenía suficiente edad para continuar conmigo, lo hiciste. ¡Yo era una niña! ¡Y te quería!

Enrique se estremeció. El hombre escudriñó en los ojos rabiosos de la joven y dio un paso hacia atrás. Indeciso. Contrariado. Idaira ya no era esa chiquilla que lo había abandonado hacía unos años. Era una mujer herida y llena de odio.

—¡Y ahora has vuelto porque te aburrías!

¡Como si no hubiera sido suficiente! ¡Como si no hubieras dejado una grieta en esta familia que no se cierra nunca!

¡Y duele! —continuó ella, deshecha—. Tenías que tocar en la casa y comportarte como un cobarde de nuevo.

¡Qué pena que no llegara antes! ¡Qué pena que no me diera tiempo de coger la escopeta en cuanto te vi y matarte!

Pero ahora estás aquí como un animal acorralado y vas a pagar por todo lo que nos has hecho.

Idaira sonrió amargamente, convencida de lo que tenía que hacer. Y no dudó.

—¡Idaira, no! —gritó su madre.

El clic seco del gatillo llenó el eco del barranco.

La escopeta se había encasquillado.

La joven miró asustada el arma y Enrique aprovechó para abalanzarse sobre ella y quitársela de las manos.

Yeray se unió a la trifulca y sujetó al hombre por el cuello mientras los gritos de Diana se ahogaban con los imponentes silbidos del viento.

Forcejearon. Y, entonces, un nuevo trueno apagó el sonido de un disparo.

Idaira se echó hacia atrás horrorizada, todavía con el arma en las manos, y al contemplar a los dos hombres en el suelo, la dejó caer en la tierra.

Diana corrió a abrazarla al tiempo que Yeray observaba la sangre en sus manos, oscura bajo la lluvia, resbalando entre sus dedos para precipitarse contra la tierra.

Se incorporó con torpeza, aturdido y se palpó el pecho con urgencia buscando el orificio de la bala.

Sus manos recorrieron la tela empapada, deteniéndose entre los dos pulmones, a la altura del esternón.

Tragó saliva.

Se levantó la camisa con rapidez. Le dolía. Le ardía. Estaba seguro de que la bala lo había atravesado.

Pero no había nada.

Ni sangre. Ni herida.

Inspiró un oxígeno que se le quedó a medio camino.

La sangre... no era suya.

Giró la cabeza lentamente hacia el lugar donde se encontraba Enrique.

Su mirada descendió buscando el agujero en su cuerpo y pronto, descubrió un boquete a la altura del estómago.

Con los dedos índice y corazón se afanó en encontrar un latido en la yugular que lo aliviara y le confirmara que el hombre todavía estaba vivo. Pero no lo halló.

—Tenemos que largarnos de aquí —musitó Yeray.

—¿Y qué vamos a hacer con él? —preguntó Diana asustada—. Tenemos que llamar a una ambulancia.

Yeray se aproximó a ella y la tomó por las muñecas.

—Está muerto. Ya no podemos hacer nada por él. Está muerto.

Atrajo primero a Diana hacia él y luego a Idaira. Las rodeó con los brazos y permitió que ambas lloraran bajo el amparo de su pecho, como un paraguas que resguardaba sus sentimientos, mientras la lluvia liberaba sus penas y le daba un nuevo significado a su vida: un renacer esperanzado.

Tenía que dejar atrás lo que ya no le pertenecía y abrazar la vida que le esperaba.