Epílogo
La mañana del tres de septiembre, el silencio fue el protagonista en Valle Gran Rey. Las nubes deshilachadas y errantes se aferraban todavía a los picos quebrados de La Gomera, descendiendo como jirones de humo hacia los bancales empapados. El aire olía a tierra mojada, a salitre y a hojas rotas.
Las palmeras, aún sacudidas, inclinaban sus copas como penitentes exhaustos, y el agua, que antes caía con furia, ahora resbalaba lenta por las laderas, dibujando nuevos caminos entre los riscos y las huertas.
El mar, que había golpeado las costas como un animal enfurecido, escupía espuma sucia sobre la arena mientras las barcas de los pescadores crujían bajo los restos de la tormenta en el muelle.
Y sin embargo, entre el desorden y los lamentos, la vida continuaba.
Sentado en una silla del hospital Nuestra Señora de Guadalupe, en San Sebastián, junto a la cama de su hermano, Yeray trataba de olvidar los recuerdos de aquella noche sin fortuna, los cuales continuaban golpeándolo como la lluvia rabiosa.
El olor a desinfectante de las paredes no tan blancas lo devolvía al momento en el que el disparo resonó en medio de la tormenta y lo nombraban protagonista de otra desgracia.
Tras la muerte de Enrique, habían conseguido llegar al coche y refugiarse en la casa.
No obstante, y al llegar a esta, comprendió la verdadera magnitud de la tormenta: Airam estaba herido, tal y como vaticinó el hombre pájaro, y quizá no había muerto por la rápida intervención de su padre.
Pero también Martín había sufrido el latigazo del monstruo, y tras una rápida intervención quirúrgica, el viejo lucía un yeso en el brazo izquierdo.
Por primera vez en su vida, no hablaba de plataneras ni papayos, sino que la Providencia los había salvado a todos.
Veintisiete muertos, tres desaparecidos y más de ochenta heridos eran las cifras que había dejado Delia tras su paso por La Gomera y cuyos brazos crueles se alargaron hasta las diez de la noche del dos de septiembre.
El municipio más afectado fue el de Valle Gran Rey que jamás olvidaría a Delia.
Puede que no fueran los números a los que el hombre pájaro estaba acostumbrado, pero para los isleños fue una herida profunda y dolorosa que había alcanzado al mismísimo corazón del Garajonay.
Entre los desaparecidos se encontraba Enrique. Jamás lo hallaron. Su cuerpo fue arrastrado por una riada descontrolada, y quizá enterrado entre rocas y juncos. Fue mejor así. No quería pensar en lo que habría ocurrido si hubieran descubierto su cadáver con un boquete en el estómago.
Lamentaba no haber podido localizar a Dulce y advertirla mientras trataban de encontrar a Idaira.
Sobre su casa cayó un poste eléctrico cuando ambos se encontraban en la azotea intentando que el agua de la lluvia no se filtrara por la puerta de acceso a la vivienda.
Los cables del poste se le habían enredado en los dedos de una mano y se los había seccionado.
La mujer fue trasladada en un helicóptero a un hospital de Tenerife en cuanto el tiempo se lo permitió y allí permanecía.
Mejor suerte corrió la familia de Toño. Una palmera se había precipitado contra la fachada de la casa y había abierto un agujero en la pared de las escaleras.
En ese momento, nadie circulaba por ella.
Yeray quiso pensar que el hombre lo había escuchado, pues se había refugiado en una de las habitaciones de los niños con su familia, la más lejana a las escaleras.
La casa de Diana también se vio afectada por una palmera, pero ni madre ni hija se encontraban en ella cuando ocurrió. Quizá todo debió suceder así y el arrebato de Idaira al querer perseguir a su padrastro las había salvado de algo peor.
En cuanto a las plataneras de Martín, muchas aguantaron los embates del viento gracias al doble refuerzo que les había puesto, y otras terminaron ahogadas en la finca.
Sin embargo, esa noche, Martín no se preocupó por la finca sino por su hijo, a quien curó y mantuvo consciente con la ayuda de Olivia hasta que una ambulancia consiguió llegar a la casa.
—Buenos días, dormilón —le dijo al ver que abría los ojos—. ¿Cómo te encuentras?
—M-m-mal.
Yeray esbozó una sonrisa de felicidad que pronto se convirtió en una mueca más amarga. Con la ropa todavía húmeda y la piel marcada por los azotes del viento, entornó los párpados, agradecido, pues su hermano continuaba respirando en esa camilla. Eso le bastaba.
—Siento no haber podido estar ahí. Siento no haberte ayudado.
Con el rostro arrugado por el dolor, Airam le cogió la mano y le susurró:
—Estás a-q-q-quí.
Yeray presionó los labios para contener un ligero hipido, y después de darle un beso en la frente se levantó.
—Voy a por papá. No te vayas de aquí —bromeó.
Se encaminó hacia la sala de espera con los ánimos más optimistas y las manos resguardadas en los bolsillos.
Al elevar la barbilla, encontró a los que ahora reconocía como su familia: Martín en una silla de ruedas y a quien Olivia cuidaba con una sonrisa en la boca, y Diana que abrazaba con fuerza a Idaira, esa hija recién descubierta que parecía haber estado siempre en su destino.
Había en sus miradas cansadas una complicidad nueva, una verdad compartida.
Ya no eran piezas sueltas de distintas vidas, sino un círculo que se sostenía en medio de las ruinas.
Yeray exhaló despacio y apoyó la cabeza contra la pared.
El huracán había arrasado la isla, pero también había destruido sus propias certezas.
Y en ese vacío, algo nuevo había nacido.
Por primera vez en mucho tiempo sintió que pertenecía a un lugar, que la palabra familia no era un recuerdo perdido, sino un presente palpable.
La tormenta había terminado. Pero mientras observaba a Diana y a Martín, mientras sus miradas se cruzaban con un silencio denso, Yeray entendió que la calma también traía consigo un peso.
Fuera, podrían reconstruir techos y caminos.
Dentro de ellos, quedaba la grieta de un secreto que jamás debía salir a la luz: la muerte de Enrique.
Nadie lo nombró. Nadie lo haría. Porque a veces la familia se construye no solo con verdades, sino también con silencios compartidos.
Yeray se acercó a Idaira, quien mantenía la mirada clavada en el suelo y los brazos cruzados.
—Oye... —empezó con suavidad—, ¿podemos hablar un momento?
Ella levantó la cabeza y le mostró una mueca desafiante.
—¿Para qué? —le dijo con un hilo de voz con el que intentaba sonar dura.
—Para intentar... Esto no se me da bien —se excusó Yeray—. No sé, empezar de nuevo. No te pido que confíes en mí todavía, solo que lo intentemos.
Idaira lo estudió un instante mientras se mordía el labio inferior, y luego suspiró.
—Vale, pero solo tienes un intento. Si dices alguna estupidez en el primero, puedes olvidarte de que, en algún día muy lejano, te llame papá —contestó con un atisbo de sonrisa rebelde.
Yeray estiró una de las comisuras de los labios y le pasó un brazo alrededor de los hombros.
—Eso me basta. Es un comienzo.
Ella entrecerró los ojos, bajó el mentón y se humedeció los labios antes de atreverse a mirarlo directamente a la cara.
—Gracias —le susurró.
—¿Por qué? —le contestó Yeray algo confuso.
—Por no haber dejado sola a mi madre e ir a buscarme.
Idaira se acercó un poco más a él y apoyó la cabeza en su hombro. Por primera vez, padre e hija compartieron un silencio que no les resultó incómodo, sino conciliador. Era la promesa no dicha de algo que podría crecer.
Yeray entornó los párpados un instante y asintió varias veces sin que nadie se percatara.
Sí, al fin había encontrado su lugar. Las familias eran imperfectas, escondían secretos y regalaban mentiras piadosas para que ningún miembro sufriera, pero eran reales.
Y mientras los observaba uno a uno en la sala de espera, supo que podrían sostenerse juntos, aunque la vida aún les reservara algunas sombras en los bolsillos.
Cuando regresaron al Valle, algunos de sus habitantes se presentaron en su casa para preocuparse por el estado de su hermano y de su padre, pese a que este pronto comenzó a dar órdenes al pobre de Pedro para adecentar la finca.
Le sorprendió que muchos le dieran las gracias, ya que aquel arrebato que había sufrido el día que se pasó por el bar de Dulce caló en algunos de ellos y la noticia corrió por El Retamal como alma que llevaba al diablo.
Ni en sus más retorcidos pensamientos hubiera imaginado que Miguel había sido uno de ellos y esa tarde del día uno, cuando escuchó la noticia por la radio, cubrió las ventanas con tablones de madera y concentró a su familia en la habitación que consideró más sólida.
Nunca volvió a ver al hombre pájaro, pese a que las noches de tormentas bajaba a la cocina y encendía la luz para buscarlo entre las plataneras.
Era mejor así y deseaba que no regresara jamás.
Quizá se encontrara muy lejos de allí, acosando a los lugareños de otro pueblo inocente para advertirlos de que la oscuridad se acercaba. Y que la desgracia era el peor acechador al que podrían enfrentarse.