El vuelo del cernícalo Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA #3
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Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA #3

Martín colgó el teléfono y se maldijo por no haber comprendido bien lo que Yeray había querido decirle.

Deseaba que tanto su hijo como Diana y su nieta se encontraran bien, e intentó recordar el mensaje de Yeray a medida que se dirigía al salón.

Le había dicho algo sobre Airam, Dailos y que no salieran.

De eso estaba totalmente seguro. Sin embargo, por mucho que se estrujara el cerebro, no le encontraba sentido alguno.

Podía descartar de inmediato que quisiera prevenirlo de que Dailos, hecho un mamut, se dirigiera a la casa con intenciones de pegarle a Airam, sobre todo porque era un cobarde.

No se atrevería a salir en una noche como esa.

Sin acercarse demasiado a las ventanas del salón, contempló cómo los rayos coronaban las montañas del Valle, otorgándoles un aspecto espectral.

De pronto, escuchó un golpe seco proveniente de la cocina y el grito de Olivia rasgar las nubes negras que cubrían la noche.

—¡Abuelo! ¡Abuelo, ven! ¡Corre! —Su nieta lo llamaba agobiada y él corrió a su encuentro con el corazón encogido.

Al llegar a la cocina, contempló cómo las bisagras de la puerta trasera de la vivienda habían saltado por los aires y cómo la niña se esforzaba en mantenerla en pie para que no cayera.

Sin pensárselo, se colocó en su lugar y trató de ponerla en posición vertical, aunque el viento se lo impedía.

Al comprobar que le era imposible, la dejó caer con cuidado sobre el pavimento al tiempo que la lluvia arremetía contra él.

—¿Dónde está Airam?

—Toby se ha escapado y ha ido tras él.

Martín palideció. Eso había querido decirle Yeray.

Tendría que haber impedido que Airam saliera.

En ese momento, el cielo se quebró con un trueno tan seco y violento que le pareció que partía su alma en dos.

Desde el umbral, divisó el cuarto de aperos.

La lluvia caía con furia sobre él y esa maldita cortina espesa tamborileaba una canción fúnebre sobre el techo de zinc.

—¡Airam! —gritó desde el umbral mientras el agua le calaba los huesos—. ¡Airam, vuelve, hijo!

Pero Airam no lo escuchaba. Había salido corriendo apenas unos minutos antes, descalzo, con una linterna en la mano y el nombre del perro en los labios. Su cara, redonda y dulce, desfigurada por la angustia, desapareció entre los racimos oscuros de las plataneras.

Martín, después de rogarle a la niña que se quedara en la casa y con los pulmones agotados tras décadas de trabajo en la tierra, agarró otra linterna y salió en su busca, maldiciendo la tormenta, a Airam y al jodido chucho.

El viento aullaba entre las hojas, sacudiendo los plátanos que lloraban porque no deseaban volar, y pronto sus zapatos quedaron enterrados en un laberinto de barro entre sombras temblorosas.

De repente, escuchó un ruido metálico en la distancia, breve y frío, a la vez que un grito ahogado lo acompañaba.

Avanzó con dificultad entre los charcos, resbalando y perdiendo el equilibrio, hasta que oyó un gemido.

Entonces, lo vio.

Airam yacía de lado, bajo una plancha retorcida que lo cubría del torso hacia abajo.

¡El maldito techo de zinc! Se culpó por no haberlo arreglado hacía años.

Con los ojos húmedos, dirigió el haz de luz hacia el rostro de su hijo.

La linterna le reveló la sangre que le corría por la frente y cómo se esforzaba en abrir los ojos.

—Padre... Toby —le dijo, con labios temblorosos.

Martín cayó de rodillas a su lado y apartó la plancha con las fuerzas que ignoraba que aún le quedaban. El cielo lloraba con ellos, sepultándolos bajo unas lágrimas dolorosas.

—Estoy aquí, hijo. Estoy aquí. Tranquilo... Ya te tengo.

A lo lejos, como un eco compasivo, escuchó un ladrido y Martín dibujó una sonrisa amarga.

—¡Olivia! ¡Olivia! —llamó a su nieta histérico—. ¡Llama una ambulancia!

Tras un grito de esfuerzo, Martín cargó como pudo a Airam entre sus brazos, enfocó con la linterna la casa y, aunque sus pasos le pesaban como si sus piernas estuvieran forradas de hierro, se encaminó hacia ella.

Poco a poco. Soltando un alarido cada vez que avanzaba.

No obstante, y a pesar de su empeño, sus piernas cedieron y cayó a plomo con el cuerpo de Airam sobre él.

El barro le salpicó la cara y lo escupió de su boca para dejar escapar un grito de impotencia.

Chilló de rabia.

Y después de dolor, pues el codo izquierdo se le había enterrado en la tierra húmeda y presumió que se lo había partido.

Entonces, discernió a su nieta, que corría a su encuentro alarmada y con el rostro desencajado por el miedo. Y supo que no estaba solo.

—¡Abuelo!

Martín tragó saliva. El dolor seguía ahí, clavado como una espina, pero algo más fuerte se alzó en su interior. La esperanza. Su nieta le daría la energía suficiente para alcanzar la casa.

Olivia se arrodilló frente a su tío y sus manos pequeñas buscaron el hueco para agarrarlo con fuerza.

El viejo se puso en pie y entre los dos comenzaron a arrastrarlo.

Centímetro a centímetro. Martín lo hacía con el brazo bueno e instaba a su nieta a continuar, pese a que el viento azotaba sus cuerpos para detenerlos.

Para sepultarlos en las plataneras y que murieran allí.

Pero el viejo era más terco que una mula y había decidido que nadie moriría en su casa esa noche. La muerte ya vendría a visitarlos otro día, cuando estuvieran preparados para ella.

Así que avanzaron bajo la tormenta. Lentamente. Con dificultad y con la certeza de que no se rendirían.

Yeray y Diana localizaron el vehículo de ella con rapidez en el Guro.

Era el único que tenía la puerta del conductor abierta, y la mujer se preguntó qué impulso habría llevado a su hija a cometer esa estupidez en una noche como esa, aunque ya conocía de sobra la respuesta: Enrique. Tendría que estar por los alrededores.

Inspeccionó el interior del vehículo con disgusto, pues el agua de la lluvia se había acomodado en los asientos y en las alfombrillas.

Al no encontrar nada, más que un paquete abierto de papas fritas, cerró la puerta con brusquedad.

Recordó que tenía un paraguas en el maletero, pero de nada le servía si no contaba con las llaves, y además no soportaría el intenso viento.

Ambos encendieron las linternas de sus móviles y se dirigieron al acceso del barranco.

El cielo sobre el Guro se había convertido en una furia de polvo y relámpagos.

Los alisios, usualmente amables, eran ahora látigos que arrancaban ramas, movían piedras y silbaban entre las laderas con las voces de los antiguos espíritus.

Bajo esa tormenta infernal, Yeray y Diana avanzaban a trompicones por la vereda empapada, iluminados por la luz de los móviles y los fogonazos de los rayos.

—¡Idaira! —gritó Diana a la vez que su voz era tragada por un trueno—. ¿Por qué se metería por aquí?

—Tiene que haber seguido a Enrique —dijo jadeando Yeray—. Por eso ha dejado la puerta abierta. Puede que haya intentado huir hacia el barranco.

—¡¿Y por qué demonios Enrique haría tal cosa?! ¿Es que está loco?

—Idaira tiene una escopeta. ¿No es motivo suficiente? —Dibujó una mueca contrariada—. Pero ¿por qué pararse aquí? ¿Has visto el coche de Enrique en la calle?

—No, pero está muy oscuro y...

Diana quiso calmarse. Estaba calada hasta los huesos y temía que en cualquier momento un desprendimiento les interrumpiera el avance. Caminaron unos minutos que les resultaron eternos. El tiempo apremiaba y no conseguían distinguir a la joven entre charcos de agua y arbustos azotados por el viento.

Otro relámpago resquebrajó el cielo y por un momento el paisaje se convirtió en un grabado repleto de sombras funestas.

Entonces, en la lejanía, advirtieron la silueta diminuta de Idaira.

Estaba agazapada detrás de una roca, en lo que parecía ser la entrada a una cueva.

Llevaba la escopeta en las manos, bien pegada al pecho.

En ningún momento se había deshecho de ella, y Yeray se preguntó por qué.

Diana corrió sin pensárselo, resbalando sobre el barro una y otra vez, y Yeray fue tras ella. La ayudó a recuperar el equilibrio y ambos continuaron el ascenso. El eco de otro trueno se perdió entre las paredes de la cueva como un lamento agónico.

—¡Idaira! Estamos aquí —le gritó de nuevo su madre.

Pero ella no se movió. Miraba la entrada de la cueva aguardando a que un monstruo se abalanzara sobre ella.

—Se ha metido aquí —dijo con profundo rencor—. El muy capullo se ha escondido en esta mierda de cueva.

Diana observó cómo la lluvia dibujaba riachuelos sobre su rostro que se confundían con sus lágrimas. Extendió una mano con suavidad y con voz rota le pidió que soltara el arma:

—Déjalo estar. Ya no tienes que hacer esto, mi amor. Él ya no tiene poder sobre nosotras.

—Pero está aquí —insistió—. Su coche se ha salido de la carretera y lo he perseguido durante kilómetro y medio. Lo tenemos, mamá. Ese cabrón va a pagar por todo lo que nos ha hecho.

Yeray se acercó a la adolescente y con semblante compasivo la ayudó a levantarse con cuidado. Después, la rodeó por detrás para asegurarse de que le entregaba la escopeta al tiempo que le susurraba:

—Vámonos a casa.