El vuelo del cernícalo Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA #2
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Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA #2

—¡Es Toño! —Detuvo el coche agobiado y se agarró con fuerza al volante mientras intentaba controlar la respiración—.

Estoy en una especie de déjà vu . No sé por qué estoy reviviendo todo esto...

Es como lo de las barcas y el viento. No eran más que señales que carecían de sentido, pero ahora...

—La miró fijamente a la cara, le examinó el ojo morado y lo acarició con ternura—.

Y esto también ha ocurrido ya. Antes, cuando te he visto en la puerta, me he preguntado cómo podía suceder una segunda vez, pero en realidad nunca sucedió una primera.

—Hizo una pausa para comprobar que seguía su discurso y se giró hacia ella, impaciente—.

Estoy hablando del día en el que creí que Enrique había vuelto y te había pegado.

Tú me juraste que no había sido él, que no lo habías visto en meses, sin embargo, me costó creerte.

Un moratón no aparece de la nada... Era otro aviso de lo que sucedería este día.

¡Joder! ¡Joder! —Golpeó el volante con impotencia y se presionó los ojos hasta que su memoria comenzó a armar un puzle inverosímil—.

No solo fue tu ojo. También a Dulce se le hincharon los dedos de forma espontánea, y Airam tenía un golpe en el costado que pensé que se lo había hecho Dailos...

y mi padre... en el codo... ¡Mierda! ¡Airam!

El hombre pájaro habló de los marcados y que nada podíamos hacer por ellos.

¡Mi hermano está en peligro! Y mi padre también.

—No sé si consigo seguirte. Y estás poniéndome nerviosa. —Arrugó la nariz, desconcertada.

—Y antes de morir, Lala, además del viento, mencionó un boquete en la pared.

No se cayó por ver al hombre pájaro. Lo hizo porque creyó ver que un agujero se abría en la pared cuando bajaba las escaleras.

Y cuando yo llegué, ya no estaba el boquete.

Creo que se trataba de una especie de visión futura, como Toño, como tu ojo, ¡como todo!

—Pero el morado de mi ojo no desapareció así porque sí —lo contradijo—. Nada de lo que dices tiene sentido.

Él tragó saliva muy despacio.

—¿Cuánto tardó en desaparecer?

—No lo sé —titubeó—. Puede que ya no estuviera cuando me fui a dormir.

—Pero la marca de mi padre sigue ahí —reflexionó en voz baja—. Quizá porque haya sido la última marca en aparecer, al menos que yo conozca.

Yeray asintió levemente y no tuvo que repetirle lo que pensaba.

Perpleja, ella se tapó la boca con la palma de una mano y negó con la cabeza.

Él miró por el espejo retrovisor hacia la carretera y luego volvió la vista atrás.

Ya apenas distinguía la silueta de Toño.

La lluvia parecía haberlo engullido en un vórtice negruzco donde el hombre quedaría atrapado sin posibilidad de sobrevivir.

Entonces, un primer relámpago iluminó el Valle y a continuación un trueno resonó, trayendo consigo un silencio aterrador que condenó a todos sus habitantes.

—Tenemos que ayudarlo. No podemos dejarlo aquí.

—Pero ¿e Idaira? —Diana entró en pánico—. Has dicho que teníamos poco tiempo.

Puso el coche en marcha y dio media vuelta, ignorando las palabras de Diana. Su conciencia no le permitía dejarlo solo en medio de la carretera sabiendo que las condiciones meteorológicas empeorarían.

—Llama a mi padre y dile que no deje salir de la casa a Airam bajo ningún concepto, por mucho que las plataneras empiecen a volar. Y que tampoco él haga algo estúpido. —Resopló—. Y si tienes el número de Dulce, dile que no suba a la azotea. No puede subir ahí. Sus dedos.

—Lo tengo. —Asintió al tiempo que sujetaba el móvil y se disponía a buscar en la lista de contactos el número fijo de los Darias.

—Después, intenta contactar con Idaira. Sea como sea, tenemos que hablar con ella antes de que las líneas telefónicas se vayan al carajo.

Disminuyó la velocidad en cuanto tuvo a Toño a su alcance y, sin dudarlo, bajó la ventanilla, pese a que las gotas de agua comenzaron a salpicar el interior de manera salvaje.

—Toño, soy yo, Yeray.

—¡Gracias a Dios! —exclamó mientras se secaba la cara con el brazo, también húmedo—. Se me ha averiado el taxi. Tengo que llegar a casa como sea. ¿Puedes llevarme?

—Sube.

El hombre asintió con presteza. Tras abrir una de las puertas traseras, se acomodó en el asiento.

—Voy a dejártelo todo hecho un desastre —le dijo apurado.

—¿Vienes de La Calera?

—Sí, el motor ha empezado a echar humo justo cuando ha comenzado a llover y ya no he encontrado un alma caritativa. Han cerrado el paseo marítimo y algunas calles más. Por favor, tienes que llevarme a casa. Mi mujer y mis hijos están muy asustados.

—Aparte de tu casa, ¿tienes otro lugar donde podrías refugiarte?

—El taxista lo miró con extrañeza—. Mira, sé que ahora lo que menos deseas es una advertencia del loco que siguió a Mateo hasta la loma, pero tu madre me dijo algo más antes de morir.

Si no quieres creerme a mí, créela a ella.

—Toño permanecía callado mientras miraba a Diana buscando una explicación más clara, pero ella bajó el mentón—.

Dijo que se abriría un agujero en la pared de la escalera.

En ese momento no la entendí, pero ahora todo cobra sentido.

—¿Estás tomándome el pelo? ¿Qué sentido? —Se revolvió en el asiento.

—Que tienes que salvar a tu familia.

De repente, uno tras otro, los tres móviles presentes comenzaron a emitir un sonido estridente, una alerta. Diana, quien ya lo tenía en la mano, se atrevió a leerlo.

—Es una alerta roja. Nos recomiendan permanecer en casa ante la llegada del huracán Delia, de categoría uno.

Se prevén vientos que podrían alcanzar los ciento cincuenta kilómetros por hora e inundaciones en las zonas costeras.

Puede haber cortes en el suministro eléctrico debido a la caída de árboles.

—Vuelve a llamarlos a todos. Y tú tienes que escucharme. No dejes que tu familia se acerque a las escaleras.

—No entiendo lo que quieres decirme —le dijo agobiado Toño.

—Tu madre vio un agujero en la pared antes de morir —trató de explicarle de forma atropellada—. Algo va a ocurrir en tu casa, por eso el hombre pájaro estaba allí. Estuvo en todas las casas donde sucedería una desgracia.

Toño enmudeció, y Diana, visiblemente nerviosa, sacudió la cabeza.

—Idaira sigue sin cogerlo. —Los dedos le temblaban y apenas acertaba a pulsar los iconos de la pantalla digital.

—Inténtalo luego. Ahora, llama a Martín.

Por el espejo retrovisor, apreció el rostro temeroso del taxista. Con una de las manos, agarraba con brío un pequeño crucifijo que le colgaba del cuello mientras se afanaba en rezar un padrenuestro en voz baja que trataba de recordar.

—Tu padre está al teléfono —le comunicó Diana con entusiasmo.

Le acercó el móvil a los labios para que así él pudiera mantener la vista fija en la carretera. Tuvo que gritarle para hacerse oír:

—Papá, escúchame bien. No permitas que Airam salga o se acerque a muebles pesados.

—Escuchaba la voz de Martín lejana, ingerida por un viento que cada vez se hacía más notable—.

¿Me oyes? ¡Me he equivocado! ¡Nunca fue Dailos!

—Las frases de Martín llegaban a sus oídos a medias, entrecortadas, y su cerebro no conseguía armarlas para que tuvieran sentido—.

No te oigo bien. ¡Papá! ¡Cuida de Airam!

¡Que no salga! ¡Y pase lo que pase tú tampoco lo hagas!

La llamada se cortó y un gusto acibarado se le aposentó en el paladar.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le preguntó ansiosa Diana.

—No lo sé. Prueba con Dulce, y luego con Idaira, y... —Se calló. Se le estaban acabando las ideas. Ignoraba si su padre había entendido el mensaje o no, si se ocuparía de Airam y de Olivia, pese a que el destino parecía haber sentenciado a su familia entera.

Tuvo la tentación de regresar a casa, de dejar a Toño lo más cerca posible de la suya y luego correr hasta Olivia.

Sin embargo, quedaba Idaira, a quien imaginaba apuntando a su padrastro con la escopeta bajo la intensa tormenta.

Quizá debería rendirse. La adolescente no se lo había puesto fácil desde el principio y sus fuerzas estaban mermando.

Tal vez no debería luchar por ella. Le había prometido a Olivia que estaría a su lado ese día y no había podido mantener esa promesa.

Y ahora solo podía pensar en su pequeña y en su hermano.

Su padre siempre había sabido arreglárselas.

En ese momento, el teléfono de Diana retumbó en el interior del vehículo. No era el timbre de una alerta, sino de una llamada. Era Idaira. Y ella se apresuró a hablar:

—¡¿Mamá?! No sé dónde estoy... Hay una cueva y... —De nuevo, se escuchaba mucho ruido de fondo— llueve mucho. Está muy oscuro.

—¿Has bajado a La Calera? —Yeray percibió la angustia en la voz de Diana.

—No, la cobertura va y... viene. He dejado el coche en el Guro y he caminado hacia la ruta del barranco de Arure.

—¡Dios mío! ¡Tienes que regresar al coche! Un barranco no es seguro ahora. Intenta desandar lo andado. Vamos a buscarte. ¡Aguanta, hija!

Pero Idaira no la escuchó. La telefonía comenzaba a fallar y, pronto, su voz se desvaneció entre los gritos amenazantes de la tormenta.

—Eso no está muy lejos de donde estamos, a unos tres minutos en coche —murmuró Yeray—. Toño, ¿te importa que te dejemos aquí? Creo que estás a un kilómetro de tu casa.

El hombre asintió sin rechistar. Ya había corrido varios kilómetros a la intemperie, así que uno más no le supondría un esfuerzo mayor que el anterior. Podía con ello.

—Estaré bien. Vayan a por Idaira. Y ojalá la encuentren a tiempo.

—Y tú recuerda no ponerte cerca de las escaleras —le repitió convencido antes de que bajara del coche.

Observaron cómo Toño se alejaba del vehículo y Yeray inspiró hondo. Volvió a dar media vuelta mientras se aferraba al volante y presionaba los labios con amargura.

—Y, ahora, ¿qué? —le preguntó Diana histérica.

—Vamos a por nuestra hija.