El vuelo del cernícalo Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA
95%

Capítulo 21UNA TORMENTA INESPERADA

UNA TORMENTA INESPERADA

Desesperado, le echó un último vistazo al cielo antes de tocar la puerta de la vivienda de Diana.

Las luces se habían desvanecido, volatilizado, al tiempo que continuas ráfagas de viento inestable comenzaban a azotar el Valle.

No era un incendio lo que se avecinaba, sino una gran tormenta, y se maldijo por no haber sabido interpretar bien las señales.

El condenado viento siempre había estado allí: en las continuas llamadas a la casa, en la maldita palmera que no lo dejaba dormir por las noches y en las últimas palabras de Lala.

Sí, ella se lo había dicho, le había susurrado la palabra viento antes de morir, y él pensó que deliraba.

¡Joder! Aparecía y desaparecía del Valle cuando se le antojaba.

Por eso, por las noches y tras ser despertado por una palma, bajaba a la cocina, salía a la finca y el muy cabrón dejaba de soplar, porque en realidad no existía.

No era real. Era una especie de aviso, de alucinación, que esa criatura debía provocarle para que prestara más atención.

Sin embargo, no había sabido leer entre líneas.

Y, ahora, todo le importaba un bledo. Lo único que le preocupaba era que de un momento a otro Diana le abriera la puerta.

Contaba los segundos del reloj mientras rezaba para que se encontrara bien, pero cuando apareció en el umbral, bajo la luz tenue del pasillo, la cual parpadeaba chillando para no ser engullida por la oscuridad, su corazón volvió a parársele.

Diana se presentó con los cabellos revueltos y cubriéndole media cara.

Había llorado. De hecho, continuaba gimoteando, aunque supuso que las lágrimas se le habían secado porque ya no humedecían su rostro.

Pronto se percató de su vestido roto. Uno de los tirantes le colgaba hasta medio brazo, dejándole uno de los pechos al descubierto, y tenía los botones arrancados a tirones.

Ella se lanzó sobre él de forma inesperada.

Yeray la acogió con ternura, le apartó los mechones de la cara y se los colocó detrás de la oreja.

Fue entonces cuando apreció el morado en un ojo.

Contuvo un alarido cargado de frustración, y sujetándola entre sus brazos cerró la puerta de una patada.

Corrió hacia el sofá y la acomodó allí mientras se sentaba en el borde.

—Tenías razón sobre que algo malo sucedería —logró decir entre sollozos.

Yeray examinó cada rincón de la estancia buscando a Idaira, pero no estaba allí. Y no lo comprendía. Debería estar auxiliando a su madre, a menos que no se encontrara en la casa en el momento de la agresión.

—¿Quién te ha hecho esto? ¿Dónde está Idaira? —le preguntó confuso.

—No lo vi venir —comenzó a contarle a la vez que trataba de incorporarse—. Cuando le he abierto la puerta, no imaginaba que sería él. Pensé que serías tú, que habías venido a recogernos.

—¿Quién? —le dijo, visiblemente nervioso.

—Enrique.

Abrió los ojos de par en par y se retiró de ella, desconcertado.

—¿Tu ex? ¿Y qué está haciendo en el Valle? Me dijiste que se había ido a Tenerife.

Ella se encogió de hombros, sin saber muy bien por dónde empezar:

—No lo sabía con seguridad —le respondió conforme trataba de contener los sollozos—, pero se ha presentado aquí.

Estaba borracho... Me ha dicho que estaba harto de que lo desplumara y de que tuviera que pasarme una pensión por una hija que no es de él...

Adoptó a Idaira cuando cumplió los dos años y...

—Está bien. No pienses en eso ahora —la interrumpió—. Necesitas hielo en ese ojo para que no se inflame más. Y puede que tenga que llevarte a urgencias para que te valore un médico. ¿Has llamado a la policía?

—No. Te he llamado a ti.

Yeray se levantó y con los brazos en jarra caminó de un lado a otro para intentar ordenar sus ideas: primero, el hielo; luego, el 112. Ya se encargarían ellos de activar a los agentes y de enviar una ambulancia. No era así como tenía previsto pasar la noche; no una noche endemoniada como esa.

—Voy a la cocina a por el hielo —le comunicó con voz serena mientras enfilaba sus pasos hacia allí—. Después, llamaremos a la policía.

—¡No!... Estoy bien. De verdad que lo estoy.

—Con las manos temblorosas, se apartó unas lágrimas que ya no existían y estiró un brazo para rogarle que volviera al sillón—.

No puedes hacerlo. Por favor, no lo hagas...

Idaira ha llegado antes y... ha cogido la escopeta de caza de mi padre. Se ha ido tras él.

Palideció. Su color de piel no era muy claro, pero en ese momento creyó que se había mimetizado con la pared. Incluso tuvo que detener una arcada que ya le asomaba por la garganta, y pensó que en cualquier momento se abriría una grieta en el suelo y se lo tragaría.

—¡¡¿Quééé?!!

—Tenemos que ir a por ella. Puede cometer una locura.

—Hablaba apresurada, escupiendo cada pensamiento que se le venía a la mente—.

Se ha llevado mi coche y entiendo que se ha ido a La Calera.

Imagino que Enrique está quedándose en un apartamento en la zona.

Cuando veníamos a visitar a mis padres, siempre se quedaba en el mismo piso.

No quería alojarse aquí con mi familia. —Se llevó una de las manos a la boca y lanzó un fuerte resoplido que se estrelló contra sus dedos.

—¡Tiene diecisiete años! ¿Cómo coño sabe conducir?

—Sabe desde que tenía dieciséis. Ya sabes lo importante que es sacarse el carné aquí a los dieciocho —se excusó Diana—. Vivimos donde vivimos.

—¡Joder! ¡Me cago en la leche!

—No hace falta que digas tantas palabrotas, ya te he entendido. Ni tampoco que llames a la policía. Podrían detenerla... Conduce sin carné y lleva un arma.

Yeray trató de calmarse y cogió una bocanada de aire que retuvo unos segundos hasta que ideó un plan.

—Vamos, te dejaré en mi casa. Es mejor que no estés aquí por si ese malnacido decide aparecer. Martín cuidará de ti y yo iré a por nuestra hija.

—Ni de coña. Voy contigo.

No quiso pelearse con ella. La situación de por sí era lo bastante grave como para iniciar una discusión absurda que no los llevaría a ningún lado, así que accedió de mala gana.

Se introdujeron en la furgoneta cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer y Yeray miró el reloj con preocupación. Eran las once de la noche.

—¿La has llamado? —le preguntó, con un nudo en la garganta.

—Por supuesto que sí. Un montón de veces antes de contactar contigo. Pensé que si me contestaba, conseguiría detenerla.

Escuchó el sonido del móvil. Al mirar de reojo hacia el hueco que quedaba entre la caja de cambios y el salpicadero, comprobó que era el teléfono fijo de su casa, así que presumió que era Martín quien estaba al otro lado. Lo cogió y, sin detener el vehículo, le respondió:

—¿Todo bien por ahí? —Disimuló su nerviosismo como pudo, fingiendo una sonrisa que creyó que percibiría aunque no la viera.

—Sí, ¿y ustedes?

—Nada grave —se apresuró a responder—. Diana se ha cortado y tengo que llevarla al centro de salud. ¿Puedes encargarte de Olivia?

Hubo un silencio que Yeray no supo cómo interpretar. El viejo siempre fue astuto, así que pensó que había adivinado que ocurría algo más. Después, escuchó un sentido suspiro y unas cuantas maldiciones por lo bajo.

—Por lo visto, llevan diciéndolo todo el día —soltó al fin—.

Ese jodido huracán ha cambiado el rumbo.

No va a rozarnos, va a tragarnos enteros.

Nos equivocamos. No era un incendio. Y ahora no paro de darle vueltas a la cabeza y ya entiendo por qué esa noche las plataneras fueron arrancadas de cuajo...

El viento, hijo, el viento. Lo destrozará todo.

Observó cómo al parabrisas viejo de la furgoneta le costaba cada vez más apartar el agua del cristal y tuvo miedo de no ver bien el asfalto. El maldito huracán no había llegado y ya descargaba con furia los primeros aguaceros importantes.

—No te preocupes por eso ahora. Las hemos reforzado, ¿recuerdas? Quédate en casa con Airam y Olivia.

—Debes tener cuidado y regresar lo más pronto posible. El centro de salud está en la calle La Alameda, así que no tienes por qué acercarte al mar. Se esperan olas de más de diez metros de altura.

«Las barcas», pensó. Ni los amarres las contendrían ante la fuerza del mar, y recordó la mañana en la que habían aparecido en la arena por arte de magia, cuidadosamente apiladas aunque con algunos desperfectos.

Varias continuaban en talleres especializados en la reparación de barcos pesqueros; otras ya se habían hecho a la mar y probablemente no sobrevivirían a una tormenta semejante.

Desde luego, había sido otro mensaje, aunque ignoraba si del hombre pájaro o de la mismísima Providencia.

—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Diana en cuanto colgó.

—Nos quedan unas horas para que se nos eche encima un huracán.

—¡Dios mío! ¿Y cómo no se han dado cuenta? ¿Cómo no nos han avisado antes?

Apretó la mandíbula y luego la obsequió con una mueca que reflejaba su desconcierto.

—Los desastres naturales en el planeta siguen cogiéndonos por sorpresa. Tenemos que encontrar a Idaira rápido.

No pudo pisar el acelerador tanto como quería. La visibilidad era reducida debido a la intensa lluvia y el viento ya afectaba a la estabilidad del vehículo. Consiguieron llegar a la rotonda de Las Orijamas y allí aminoró la marcha, pues apenas distinguía las líneas blancas de la carretera.

De pronto, divisaron una figura que corría por el arcén contrario.

Estaba empapada de arriba abajo. Apenas podían atisbar su rostro, aunque llevaba unos vaqueros que debían pesarle como dos bolsas de cemento y aun así se esforzaba en seguir avanzando, con un brazo colocado a la altura de los ojos y obligando a sus piernas a continuar pese al viento.

Entonces, a Yeray le dio un vuelco el corazón.

—Esto ya lo he vivido.

—¿Cómo dices? —le dijo extrañada.