Capítulo 20DECISIONES PRECIPITADAS #3
Finalmente, sus ojos no resistieron el cansancio y de madrugada cerró los párpados, estando sentado aún. Lo despertó Olivia sobre las ocho. Tuvo que sacudirlo varias veces por los hombros para que regresara a la realidad.
—Tengo que encender la tele —se excusó la niña.
De reojo, observó que su padre y su hermano lo estudiaban como si él se hubiera convertido en un extraterrestre, abducido por sus propios pensamientos y preparado para presentarse en la casa de sus vecinos y freírles el cerebro.
—No ha venido. El hombre pájaro no se ha presentado —quiso informar a Martín—. Ya no hay tiempo.
—Nos queda un día —le dijo esperanzada la niña.
—No, esta medianoche ya será día dos. —Negó con la cabeza y se levantó de mala gana.
—Deberías descansar un poco —le aconsejó su padre—. Te avisaré si sucede algo.
—Gracias, pero voy a coger la furgoneta y darme una vuelta por los montes. Puede haber un pirómano suelto por ahí o que alguien lance un cigarrillo encendido en alguna cuneta.
Martín le dedicó una de esas muecas tan características en él y que expresaban su desacuerdo más absoluto.
—No estás para conducir. Lo que tenga que pasar, pasará... Nos quedaremos todos juntos —añadió—. Vamos a olvidarnos de las noticias y ver una película que nos guste a todos. Les he dado el día libre a los chicos y también les he dicho que es un buen día para estar con la familia.
A regañadientes, Yeray aceptó. Se quedó medio dormido viendo la película, que no era otra sino ET, una de las preferidas de su hermano y que Olivia estaba encantada de descubrir.
Luego se entretuvieron jugando al parchís, y Airam no desaprovechó la ocasión para desempolvar su Hundir la Flota, aunque para eso tuvieron que organizar dos equipos.
Continuamente, uno tras otro, miraban temerosos por la ventana por si alguna llama naranja aparecía en el horizonte.
Yeray se alegró de que Diana le confirmara que acudiría a la cena con Idaira y pasó parte de la tarde acondicionando el comedor, ya que después de todo lo habían convertido en su cuartel general en los últimos días.
Olivia preparó la mesa con esmero, y hasta Martín se alegró de sacar la vajilla nueva al tiempo que Yeray ayudaba a Airam a cortar la ensalada y a pelar las papas.
Sin embargo, era incapaz de quitarle el ojo de encima al reloj y de consultar el móvil, esperando un mensaje que le dijese que ya habían salido.
Esa noche era extraña, más que las anteriores, pues una calma aparente se había instalado en el Valle, permitiendo que los lugareños se acomodaran tranquilos en sus hogares. Aun así, Yeray no dejaba de pensar en la cuenta atrás y en que sus invitadas no daban señales de vida.
A las ocho y media de la tarde, ni Diana ni Idaira habían aparecido por la casa, así que decidió llamarlas por enésima vez.
A las nueve, todos se sentaron a la mesa.
Después de la cena, Olivia decidió encender la televisión del salón, Airam se fue en busca de los gorros de platino y Martín decidió salir para comprobar el estado de las plataneras.
Yeray no sabía cuántos mensajes le había dejado en el contestador ni cuántos audios le había enviado.
Estuvo tentado de acercarse hasta la casa de Diana y asegurarse de que todo iba bien, pese a que le había prometido a su familia que no los dejaría en un día como ese.
Miró a Olivia y decidió desesperarse un poco más.
Probablemente, Idaira habría llegado tarde a casa y allí habría comenzado la discusión, pero le extrañaba que Diana no lo hubiera avisado con antelación.
No supo cuánto tiempo llevaba contemplando la pantalla del teléfono cuando escuchó a Martín gritar. Agitado, corrió hacia el exterior mientras intentaba localizar a su padre con la mirada. No tuvo que caminar muy lejos. El viejo estaba al lado de uno de los papayos señalando con el índice el cielo.
Se acercó muy despacio a él manteniendo la vista en la dirección que le indicaba.
Airam y Olivia no tardaron en unirse a él, y todos, con las miradas fijas en el manto de estrellas que alumbraba esa noche insólita, repararon en las cinco luces que parecían formar parte de una constelación errática.
Se desplazaban sosegadas, sin romper su posición, sin desdibujar la forma inicial con la que se habían presentado: un romboide con uno de los puntos luminosos señalando su centro.
—¡Las lu-luces han vuelto! —exclamó Airam, tan excitado como nervioso.
—Papá, ¿qué va a pasar ahora? —Olivia se abrazó a él y no quiso soltarlo.
De pronto, el teléfono fijo de la casa sonó y todos se giraron hacia la cocina, temerosos.
—Voy yo —se ofreció Yeray, obligando a la niña a separarse de él.
No tardó en acortar la distancia que lo separaba del aparato, corrió como alma que lleva el diablo, y en cuanto lo tuvo al alcance, lo descolgó. Inspiró dos veces seguidas y tragó saliva antes de preguntar quién era.
—Por favor, Yeray, tienes que venir. —Identificó la voz de Diana de inmediato. Estaba histérica y hablaba de forma atropellada—. Ha ocurrido algo. Por favor, ven.
—¿Qué sucede?
—¡Ven! Te lo suplico, ven.
Colgó el teléfono sin más y en cuestión de segundos regresó hasta donde se encontraba su padre. Estaba agobiado y apenas podía pensar. La cabeza estaba a punto de estallarle, y el corazón le palpitaba tan fuerte que casi no escuchaba lo que Martín le preguntaba.
—Tienes que dejarme las llaves —logró transmitirle—. Ha pasado algo en casa de Diana.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó alterado.
—No lo sé. Pero tengo que ir. —Se llevó las manos a la cara y volvió a observar las luces en el cielo—. ¡Malditas seáis! ¡¿Por qué justo ahora?! ¡¿Por qué?!
Airam comenzó a sollozar y se tapó los oídos con los dedos para impedir que los gritos de Yeray lo asustaran más. Olivia se abrazó de nuevo a él y le suplicó con voz atormentada:
—No, por favor, papá. No te vayas. Me prometiste que no me dejarías. Papá, por favor.
Angustiado, Martín sacó las llaves del bolsillo y se las entregó, agarrando bien su mano. Confiaba en él. Cualquier cosa que estuviera sucediendo, él podría arreglarlo. Después, sujetó a la pequeña y la apartó de su padre.
—Vete, ¡corre!... Yo cuidaré de Olivia.
—¡No, papá! ¡No me dejes!
Yeray no miró hacia atrás. No podía soportar el hecho de que su niña lo llamara desconsolada y él no pudiera confortarla.
Pensó en Claudia y en que probablemente estuviera recriminándole su conducta desde el cielo, si es que estaba allí.
Después, en que había sido ella misma quien lo había prevenido sobre Idaira y en que, tal vez, sí que aprobara su comportamiento.
No podía saberlo.
Arrancó la furgoneta, y al abandonar la propiedad, se percató de que una ventisca repentina sacudía sin piedad las palmeras de El Retamal.
«Viento... —pensó—. El maldito viento».