El vuelo del cernícalo Capítulo 20DECISIONES PRECIPITADAS #2
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Capítulo 20DECISIONES PRECIPITADAS #2

—Esperaba que ayer te pasaras por casa, y como hoy tampoco has venido, he pensado que te vendría bien una visita y así agradecerte...

—Hizo una pausa al no encontrar la frase adecuada—.

Bueno, imagino que hablaste con Idaira. No sé lo que le dijiste, pero está más calmada.

Se despide antes de salir e incluso me dice a dónde va.

—Me alegro mucho.

Diana asomó la cabeza y saludó al resto de la familia.

Después, se percató de la existencia de un montón de papeles desparramados sobre la mesa.

Con la frente arrugada, quiso observarlos mejor.

Caminó hacia el centro de la estancia, le dio un beso a la pequeña y distinguió los dibujos de su padre entre una gran cantidad de artículos de periódicos impresos y de fotos de mala calidad.

Reparó en las cruces con las que habían decorado el mapa de La Gomera y con asombro se dirigió a ellos:

—¿Qué está ocurriendo aquí?

—Nada, estamos repasando los hechos. —Yeray se cruzó de brazos e intercambió una mirada de complicidad con su padre.

Ella examinó uno de los dibujos, y cuando finalizó su escrutinio, cogió otro, analizándolo como había hecho con el anterior. A continuación, sujetó uno de los artículos que había sobre el hombre pájaro y arrugó el rostro, desconcertada.

—¿Todavía sigues con esto? —quiso saber.

Yeray soltó una risita nerviosa y posó sus ojos confundidos en Martín, buscando en quién apoyarse.

Sin embargo, su padre desvió la mirada hacia la mesa—.

Pensaba que estabas sufriendo una especie de crisis y que te desahogabas intentando solucionar este misterio...

—Diana estudió a todos los presentes uno a uno, quienes mantenían un silencio que le resultó abrumador—. Pero no es así, ¿verdad?

Yeray se humedeció los labios y chasqueó la lengua mientras ideaba cómo afrontar la conversación sin que ella entrara en pánico. Lanzó un resoplido y decidió ir directamente al grano:

—He intentado explicártelo unas cuantas veces sin que me hayas prestado la atención que necesitaba.

Por eso, después de lo sucedido el otro día en casa, dejé de insistir —le aclaró sin más—.

Entiendo que tienes muchos problemas en la cabeza y que me he comportado de forma egoísta.

Sin embargo, ahora esto es prioritario para mí y para todos ellos.

Diana se sentó en una de las sillas muy despacio, sin apartar la vista de todos los presentes. Asintió varias veces, volvió a coger uno de los dibujos de Mateo y con una sonrisa algo nerviosa le habló de nuevo:

—Vale, explícamelo a mí. Si ellos te han dado un voto de confianza, puedo dártelo yo.

Al principio, Yeray dudó si ponerla al corriente de todos los acontecimientos.

No dudaba de su confianza, sino de su capacidad para asimilar en varios minutos lo que a ellos les había llevado días enteros.

Aun así, y tras contemplar su determinación, decidió que era mejor ponerla en antecedentes, sobre todo porque necesitaba que el día dos se pusiera a salvo junto con Idaira.

No habló solo él. Entre todos le narraron cómo habían llegado a la conclusión de que el dos de septiembre sucedería algo terrible en el Valle.

La piel de Diana mudaba de color cada vez que le contaban un acontecimiento trágico en una de las ciudades donde habían avistado al hombre pájaro, e intentaba respirar un oxígeno que no encontraba tan liberador.

Junto con ellos, repasó las fechas de las visitas de la criatura al pueblo, sobre todo centrándose en el barrio de El Retamal y La Vizcaína, donde contaban con testimonios más cercanos.

Ella volvió a relatarles las últimas conversaciones que había tenido con su padre, en las cuales insistía en que veía a su madre señalar el cielo antes de que aparecieran las luces en la noche.

Hablaron largo y tendido hasta que por fin ella se levantó. Después de observarlos uno a uno, les prometió que no le hablaría a nadie sobre la investigación demente que los Darias estaban llevando a cabo y que intentaría colaborar con ellos como fuera.

—Sabes que todo esto suena a locura —le confesó ella cuando la despedía en la puerta.

—¿Por qué has querido escucharme esta vez? —Yeray no podía evitar sonreír ante la disposición de Diana a ayudarlos.

—No eres el único que se ha comportado de manera egoísta. Estaba tan ensimismada en mis sentimientos que dejé de preocuparme por los de los demás.

Arrepentida, bajó la barbilla y Yeray se la alzó con el dedo índice.

—Ey, todos cometemos errores. —La besó en los labios con una calidez que quiso que se prolongara en el tiempo; un tiempo que ahora no tenían—.

Vente el día uno con Idaira a cenar. Te juro que no se trata de ninguna encerrona y que además estarán Martín y Airam.

Prefiero que estéis a mi lado esa noche.

—¿Y después nos obligarás a que durmamos en tu casa? —le dijo riendo—. No puedo prometértelo, pero lo intentaré. El día uno ya abre el colegio y se me acaban las vacaciones.

Volvió a juntar su boca con la de él, y aunque esta vez sus lenguas quisieron jugar un poco más, ella se retiró y le acarició el mentón con ganas de besarlo de nuevo.

—Tengo que irme a casa.

Yeray contempló cómo sus andares elegantes y sensuales se dirigieron con precisión hacia el coche.

No dejó de mirarla hasta que los árboles de la carretera le impidieron contemplar su cabello castaño al volante.

Después, elevó la vista al cielo y observó que un puñado de estrellas se afanaba en eclipsar la luz de un sol moribundo.

Otro día se apagaba. Otro sin ninguna pista fiable.

El día treinta y uno, todo comenzó como la mañana anterior.

Olivia continuaba pegada a la televisión anotando todo lo que pudiera parecerle importante mientras ellos proseguían con las labores en las plataneras.

Buscaban la manera de salvar la mayor parte de la finca, sin saber muy bien a qué atenerse, ya que, si se prendía una mecha en el monte, ni el agua lanzada desde un hidroavión conseguiría socorrerla.

Apenas llevaban dos horas inmersos en el trabajo cuando Olivia corrió hacia las plataneras para informarlos de que se había producido un pequeño incendio en el municipio de Vallehermoso.

Yeray miró a su padre con preocupación, y este, con un asentimiento leve de la barbilla, le indicó que se marchara.

Cogió la furgoneta con premura y tomó la carretera GM-1, que lo conduciría hasta el mismo centro de la localidad: la plaza de La Constitución.

En unos treinta y cinco minutos se presentó a unos vecinos que mantenían sus miradas fijas en el Roque Cano, el lugar donde uno de ellos había visto el fuego, e incluso intentó acercarse a la zona afectada, pero los accesos estaban cortados.

Necesitaba saber qué dirección tomarían las llamas, si serían capaces de dirigirse hacia la población o cogerían rumbo al parque nacional de Garajonay.

Nadie le respondía, y eso lo desesperó aún más.

No entró en el vehículo hasta que los bomberos lo convencieron de que el fuego estaba controlado, y cargado de una impotencia que palpitaba en cada centímetro de su piel, regresó a casa.

Sin embargo, al pasar cerca del bar de Dulce, decidió hacer una parada improvisada.

No dejaba de sentirse culpable, de pensar en todas las vidas que podría salvar si diera el aviso.

Puede que la mayoría dudara de sus buenas intenciones pero, también, algunas decidieran escucharlo.

Y esa línea tan delgada que él mismo estaba trazando al desafiar al destino podría suponer la diferencia entre la vida y la muerte.

Irrumpió en el local, y antes de que alguien pudiera saludarlo, comenzó un discurso que los dejó a todos patidifusos, incluida a la mismísima Dulce:

—No quiero entreteneros mucho, pero tenéis que saber algo.

—Habló en voz alta y llamó la atención de los siete clientes que tenía Dulce esa tarde—.

Vengo de Vallehermoso, donde, ya sabéis, ha habido un pequeño incendio que en principio está controlado.

Tenemos que estar alerta en estos días porque algo parecido podría ocurrirnos a nosotros, sobre todo el día dos.

—Estalló un murmullo en el que los unos miraban a los otros—.

No podemos ignorar lo que ha estado sucediendo en el Valle.

Esas luces del cielo, esas llamadas extrañas y ese hombre misterioso que se ha presentado en nuestras casas son solo un aviso.

Alguien quiere advertirnos de que algo muy gordo va a ocurrir en el pueblo.

Sé que ahora puedo parecer un loco chiflado y desesperado, pero no es así.

Mateo lo sabía. Así que el que tenga la posibilidad de largarse del Valle, que lo haga. Cuanto más pronto, mejor.

—Pero ¿qué coño estás diciendo? —lo encaró Miguel, con una cerveza en la mano.

—Solo digo que Mateo no estaba loco.

—¡Mateo estaba como una regadera! —le gritó otro—. Y ahora tú has perdido la cabeza.

Yeray posó sus ojos rasgados en Dulce, quien lo observaba asustada.

—No he venido a discutir, pero si queréis contarles a todos que el hijo de Martín Darias ha enloquecido y asegura que el día dos pasará algo terrible, hacedlo. Me quedaré más tranquilo.

Abandonó el local, permitiendo ciertas salidas de tono y algunos insultos directos. No le importó. Ya había encendido la mecha, y no se extinguiría hasta llegar a la última casa del Valle.

Pese a todo, esa noche no durmió. Se quedó en el sofá aguardando a que el mismísimo hombre pájaro se presentara y le pidiera acompañarlo.

Lo había decidido. Si existía la posibilidad de salvar el pueblo, lo escucharía.

Lo seguiría hasta la loma y se pondría la soga al cuello si era necesario.

No tenía intenciones de matarse, solo que ese maldito ángel de la muerte tuviera cojones de mirarlo a la cara y decirle en su idioma qué iba a ocurrir.

Pero no apareció, no volvió a verlo jamás, y esa duda fue un misterio que no pudo resolver.