Capítulo 20DECISIONES PRECIPITADAS
DECISIONES PRECIPITADAS
Esa nueva mañana se despertó en la cama con un sobresalto que lo dejó sin aliento.
Ni siquiera recordaba si había soñado, pero la sensación que se le quedó en el cuerpo logró que pensara que estaba cayendo por un precipicio y que iba a morir.
Tal vez fuera así. Quizá él sería una de las víctimas del hombre pájaro.
Se llevó una mano al pecho, comprobó que Olivia ya no estaba a su lado y se maldijo por ello.
El reloj corría demasiado deprisa y las agujas volvían a deshacerse en sus dedos sin la posibilidad de que fueran arregladas.
No tuvo tiempo de bostezar ni de estirar las piernas antes de levantarse.
La noche anterior apenas había dormido en el sillón, y en cuanto su padre se ofreció para hacer la guardia, ni rechistó.
Por eso había descansado como un bendito, ya que su cuerpo llevaba pidiéndoselo a gritos desde hacía semanas.
Y por fin lo había conseguido, aunque ahora no fuera el mejor momento para disfrutar de los placeres de un buen colchón.
Recordó la cara del viejo cuando le comunicó la fecha supuesta de lo que fuera a ocurrir.
Había palidecido hasta casi convertirse en un cubito de hielo.
Se había quedado gélido y de un blanco espectral que llegó a asustarlo de verdad.
Martín tenía miedo. Un miedo real. Y le afectó contemplar a su padre de esa forma tan vulnerable, tan alejada de los recuerdos que tenía de él: autoritario, osado y siempre determinante.
Corrió escaleras abajo y se encontró de frente con el viejo, quien ya le mostraba una mueca turbada desde primera hora.
Este lo condujo a la parte trasera de la casa y deslizó su mirada de un lado a otro para comprobar que no había moros en la costa antes de comunicarle en voz baja y con aire pesaroso:
—Han encontrado las bicicletas de los turistas muertos.
—¿Dónde? —le preguntó Yeray medio dormido.
—Eso es lo más raro. —Chasqueó la lengua y alzó las cejas, mostrando su sorpresa—. En la playa de La Calera..., flotando en el mar.
—¿Cómo han llegado hasta allí? —Se presionó los párpados al tiempo que se masajeaba la frente con el pulgar e índice.
El viejo se encogió de hombros, pues esperaba que su hijo fuera capaz de darle una respuesta lógica, o al menos convincente.
—Los agentes de la Guardia Civil están investigándolo. Si alguien se deshizo de las bicicletas antes de que los turistas fallecieran, es que existió premeditación. Eso significa que fueron a por ellos. Tal vez se trate de un asesinato.
—No, no, eso no es posible. El hombre pájaro no es un asesino. —Quiso descartar esa opción de inmediato—. Es como dijiste tú: una especie de ángel anunciador, pero feo de cojones. Ni rubio ni alas blancas ni arpa ni mierdas de esas.
—Mató a Lala y a Mateo —aseveró Martín.
—Mateo se suicidó porque no aguantaba más la presión, y probablemente Lala, cuando lo vio en su propiedad, se asustó y bajó demasiado rápido las escaleras.
—¿Y por qué se presentó en casa de esa pobre vieja?
—No lo sé. No es la única vivienda del Valle donde se le ha visto.
No sé si tiene algún significado para él —dijo, mordiéndose el labio inferior—.
Puede que tengamos que señalar en un mapa las propiedades en las que ha estado.
Podrían ser seis o siete, aunque es probable que sean muchas más.
La gente no habla porque tiene miedo de que los tomen por locos.
Con los brazos en jarra, Martín bufó por lo bajo.
—Ese mapa tiene que esperar —le dijo agobiado—. Ahora mismo he dado la orden de reforzar las plataneras. Quiero estar preparado para todo. —Le dio una palmada en el hombro y frunció los labios—. ¿Me echas una mano, hijo?
Yeray apreció su desesperación. No solo estaba presente en sus ojos hundidos o en las arrugas más marcadas de su rostro, sino que también reparó en los músculos de su cuerpo, tensos y alarmados.
—Sí, claro, voy en cuanto me eche algo al estómago y salude a Olivia.
—Está en el salón viendo la tele —le indicó.
Yeray no tardó en entrar en la cocina, servirse un vaso de leche fresca y coger algunas galletas.
Después se dirigió a la sala, donde encontró a su hija sentada en el sofá junto a Toby.
Ambos tenían el maldito cucurucho de platino en la cabeza, y aunque le sacaba de quicio, no quiso discutir con ella sobre su inutilidad.
—Buenos días, papá —le dijo en cuanto escuchó sus pasos.
—¿Airam no está contigo?
—Hoy no. El abuelo está preocupado por las plataneras.
—Sí, lo sé. ¿Cómo va la cosa? —se interesó. Se sentó sobre el brazo del sofá y engulló una de las galletas empapadas en leche.
Olivia cogió la libreta y, con la nariz arrugada, comenzó a señalar los puntos que había subrayado esa mañana.
—Continuamos con el incendio en el puesto número uno.
Ya se ha producido uno en el norte de Tenerife y los bomberos están intentando apagarlo.
—Yeray bufó al escuchar la noticia—. En el puesto número dos tenemos el petrolero al que no consiguen taponarle el boquete cerca de nuestras costas, y en el tres, el huracán Delia, de categoría uno, que rozará las islas, aunque con poca afectación el cinco de septiembre, con rachas de viento que pueden alcanzar los ciento cincuenta kilómetros por hora.
Yeray reparó en que su hija había copiado literalmente lo que había anunciado la presentadora de las noticias y soltó una pequeña risotada. Se empeñaba en hacer bien sus deberes, y eso era bueno. Al menos la mantenía entretenida.
—Ese huracán puedes descartarlo. Lo que tenga que suceder, sucederá el día dos.
—La niña tragó saliva muy despacio y lo miró fijamente—.
Perdona, se lo dije anoche al abuelo. Todo apunta a que será el día dos, pero no tiene que ocurrir nada grave, así que no debemos tener miedo.
Saldremos de esta, cariño. —Abandonó el brazo del sillón y le acarició la mejilla con la mano que tenía libre—.
Estás haciéndolo muy bien, Olivia. Ahora tengo que ayudar al abuelo con las plataneras, ¿vale? Cualquier cosa, me avisas.
Asintió, todavía con el susto en el cuerpo, y fue cuando se percató de la gravedad del asunto.
Estaba tomándoselo como un juego, como un jeroglífico que había que resolver antes de que el cronómetro llegara a cero.
Pero no lo era. Estaban a treinta de agosto, y las posibilidades de salir huyendo antes de que se produjera el evento fatal se desvanecían en el aire como las pompas de jabón que solía hacer con su madre.
Yeray trabajó toda la mañana e incluso después de que se fueran los tres empleados de la finca.
Colaboró reforzando con horcones aquellas plantas que lo necesitaban y con el embolsado de grandes racimos, mientras Martín valoraba el estado de los plátanos con gran interés.
Señalaba los que estaban listos para ser cortados con sumo cuidado.
Después, Julia e Idaira los sumergían en una balsa de agua para eliminar suciedades o residuos, para posteriormente reducirlos en manillas.
Así que tanto Pedro como él se encargaban de cortar el falso tallo en pequeños trozos para facilitar su descomposición después de arrancar el racimo de la platanera.
Dejaban los trozos de tallo en el suelo como abono natural para la siguiente cosecha.
Entretanto, Airam se dedicaba al deshijado de la planta, que consistía en eliminar los retoños débiles o innecesarios para favorecer el crecimiento de los nuevos brotes.
Apenas pudo intercambiar un mísero saludo con Idaira, ya que el tiempo apremiaba y los descansos estaban milimetrados, aunque al menos se percató de que las miradas que le lanzaban no eran tan agresivas como los días anteriores. Incluso se le antojaron más suaves, más cercanas.
Martín no dejaba de mirar el reloj. Aun cuando los trabajadores ya se habían marchado a sus casas, se manoseaba la muñeca como si pudiera controlar el tiempo.
Comprendía su desesperación: quería cortar el máximo posible de racimos antes de que llegara el día dos, pese a que no todas las plantas estaban preparadas para ello.
—Hemos hecho un buen trabajo, hijo —le dijo satisfecho conforme le daba sonoras palmadas en la espalda.
Luego, el viejo se palpó con las yemas de las manos el pequeño enrojecimiento que tenía a la altura del codo y reprimió un gesto de dolor—.
No es nada. Lo he estado moviendo demasiado y ahora escuece.
Casi al final de la tarde, se situaron alrededor de la mesa del comedor y examinaron el caos que tenían en ella con mapas diversos, artículos, fotos y demás.
Olivia los informó de que el incendio de Tenerife estaba descontrolado y que pronto llegarían los hidroaviones de la Península.
Yeray se echó las manos a la cabeza y la inclinó hacia atrás hasta que todo el cuello le crujió.
—¿P-p-podría tratarse de un v-v-volcán? —le preguntó Airam nervioso. Tampoco le había gustado conocer la fecha catastrófica—. ¿Como en La P-p-palma?
—No, no ha habido movimientos sísmicos que puedan alertarnos de algo semejante. Tajogaite estuvo monitorizado desde el principio —le explicó.
Escuchó el sonido del timbre y, tras frotarse los ojos, enfiló sus pasos hacia la puerta. Se encontraba cansado. No, más bien exhausto, molido como una papa, como decían en su tierra. Por ese motivo, al abrir, mostró una mueca de sorpresa más que de alegría.
—¿Puedo pasar? —le soltó Diana al ver que se había quedado pasmado en la entrada.
—¡Oh, sí, claro! —le dijo como si acabara de despertar.
Ella se adelantó y se encaminó hacia el salón, pero al escuchar voces, giró la cabeza y le preguntó:
—¿Interrumpo algo?
—No, estábamos en el comedor haciendo..., ya sabes..., cosas familiares —se excusó con torpeza.
Lo miró con curiosidad y luego sus zancadas comenzaron a dirigirse hacia el comedor. Pero antes de entrar, se detuvo y volvió a posar esos ojos avellanados sobre su rostro.