El vuelo del cernícalo Capítulo 19EL DÍA D #3
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Capítulo 19EL DÍA D #3

—¿Al bicho? No, creo que no. —Se quitó el sombrero y lo agitó para que le suministrara algo de fresco—.

Vi una sombra extraña recorrer mis papayos una noche desde la ventana de mi cuarto y a los cinco minutos Mateo tocó a la puerta de casa.

Alejandrina, mi mujer, se ponía nerviosa cada vez que aparecía, y por eso le rogué que no lo hiciera, pero continuaba viniendo.

—Hizo una pausa en la que Yeray le ofreció un café o una cerveza, pero él rechazó la oferta con un gesto de la mano.

Necesitaba continuar con su historia—: Hace dos noches, mientras veía la televisión, comenzaron a parpadear las luces de la casa y pensé que tendría un problema con los plomos.

Pero entonces la televisión se volvió loca.

Los canales se cambiaban solos sin que nadie tocara el mando a distancia.

Alejandrina se puso histérica, y mientras trataba de apagarla, me di cuenta de que los canales no cambiaban de manera aleatoria. Estaban siguiendo un patrón.

—¿A qué te refieres? —le preguntó con el ceño fruncido.

—Estaban formando una frase con diálogos de películas, dibujos animados y lo que contaban varios periodistas de los informativos. ¡Joder! ¡Alguien estaba hablándome usando mi tele!

Yeray dio un respingo y lo miró con gran expectación.

—¿Y qué te decía?

—Habla con el chico madrileño. Mateo. Mateo... Repetía su nombre sin parar. —Alfredo percibió unas gotas de sudor en su frente y se las limpió nervioso con el dorso de una mano—. Por eso... estoy aquí.

Yeray se levantó de un brinco y comenzó a caminar de un lado a otro sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.

—¿El chico madrileño? —le preguntó, todavía atónito, sobre todo porque él había nacido en La Gomera. Era gomero, pese a que tenía que admitir que se había contagiado del acento peninsular—. ¿Mateo te pidió que acudieras a mí?

—Sí..., eso creo... ¿Sabes por qué?

Se encogió de hombros, maravillado.

—El hecho de que su espíritu esté tratando de contactar con nosotros es algo asombroso —le dijo, con una mueca de estupefacción que pronto borró de su boca, pues Alfredo continuaba suplicándole una respuesta creíble con sus ojos pequeños—.

Pero... está avisándonos de algo, aunque no tengo ni idea de qué.

Esa criatura a la que perseguía le dijo algo importante, algo que no pudo soportar, y por eso se quitó la vida.

—No, no fue por eso. —Alfredo extrajo un papel doblado del bolsillo derecho de su pantalón y poco a poco fue extendiéndolo—. Fue por esto.

Yeray contempló el dibujo con extrañeza.

Sin duda, estaba pintado por Mateo, pero no seguía la pauta de sus modelos anteriores.

En ese no estaba presente la criatura ni existía alusión alguna a ella.

Arrugó la frente y se lo arrebató de las manos.

Era el boceto de una explosión enorme. Una columna de humo, densa y oscura, se elevaba desde el punto de impacto, generando la figura de un hongo.

—¿Qué significa? —quiso saber Yeray.

—Mateo creía que el Valle estaba en peligro, que una bomba nuclear se detonaría muy cerca de aquí y que la isla sería devastada a causa de ello.

—No, no, eso no es posible. —Yeray continuaba examinando el dibujo.

—Ya se lo dije yo, pero insistía en que el bicho se lo había contado y que ahora lo perseguía para que se lo aclarase mejor.

No estaba en sus cabales. Esa noche debí llamar a Diana —se lamentó el hombre—.

No paraba de repetir que esto sucedería a finales de julio.

Esos días estaba más nervioso, inquieto, se escapaba más de la casa y me hablaba de las guerras que había en el mundo y de que todo iría a peor.

—¿Dices que se lo contó la criatura? —le preguntó con interés.

—Eso me dijo. Y cuando no ocurrió nada, se suicidó. —Alfredo bajó la cabeza, arrepentido por no haberlo detenido—. Creo que en ese momento se dio cuenta de que se había vuelto loco de verdad, cuando la bomba no explotó.

Yeray negó con la cabeza al tiempo que su mente trabajaba a gran velocidad.

—No, Mateo no estaba loco. Esto podría ser la columna de humo de un incendio —afirmó, temiéndose lo peor.

El fuego lo arrasaría todo, incluyendo fincas y pueblos enteros.

Sin embargo, pronto cayó en la cuenta de que esa imagen le recordaba a otra que ya había visto en internet—.

Este dibujo no representa una imagen futura, sino una pasada.

Mateo interpretó mal las señales que estaba dándole el hombre pájaro.

Esto es una imagen gráfica de lo que sucedió en Chernóbil en 1986 —le aseguró, señalándole la forma de hongo del carboncillo con el dedo índice.

El hombre se llevó las manos a la cara, horrorizado. Después de presionarse los ojos con intensidad, extendió un brazo para que Yeray lo ayudara a levantarse.

—Entonces, ¿tú también crees que ese bicho trata de decirnos algo?

—¿Tú no lo crees? Ese ser misterioso ha estado presentándose en muchas propiedades, pero únicamente Mateo quiso escucharlo... Y ahora él te ha traído a mi casa.

—Ya no sé qué creer.

Yeray se compadeció del hombre. Llevaba semanas sintiéndose culpable por la muerte de Mateo; aunque, conociendo el estado de este, nadie habría detenido su obsesión, por mucho que Diana hubiera intervenido.

Mateo estaba convencido de estar comprometido con una causa grande; una que se le escapaba de las manos, como ahora se le estaba escapando a él.

Se rascó la coronilla y de nuevo prestó atención al dibujo. Como en los otros, además de su firma, existía una numeración debajo de esta.

—Dos, cinco, cero, siete —leyó en voz alta—. Es diferente al resto. No es la hora que estuvimos comentando en el bar. ¿Sabes a qué hacen referencia estos números?

—Sí, al supuesto día en el que la bomba tendría que haber explosionado: el veinticinco de julio.

Yeray palideció. Se había equivocado desde el principio, errado en sus conclusiones de manera categórica. Las dos cero nueve no indicaban una hora, sino una fecha muy concreta: el dos de septiembre.

—Entonces, en los dibujos que tengo yo, Mateo hace alusión al dos de septiembre.

Cambió la fecha a propósito —musitó, sin caer en la cuenta de que Alfredo lo escuchaba—.

Él lo sabía. En algún momento, supo darse cuenta de su error y tal vez comenzó a creer que la explosión se produciría en septiembre.

El hombre le mostró una mueca cargada de incertidumbre.

—Entonces, ¿no se suicidó porque se equivocó en la fecha?

—Lo dudo mucho, Alfredo. Creo que lo hizo porque se vio impotente, solo y porque no podía detener lo que se avecinaba.

—¡Joder! ¿Y qué es peor que una bomba nuclear?

—No lo sé. Estoy a ciegas. Estaba valorando la posibilidad de un incendio como el ocurrido en 1984, pero no estoy seguro.

—Nervioso, se dio golpecitos en el muslo con el puño izquierdo.

Tenía que buscar una solución en la que todas las personas del Valle se tomaran en serio la advertencia de la criatura—.

¿Tu hija no trabaja como concejal en el ayuntamiento?

—Sí, en Cultura y Fiestas.

Se mordió el labio inferior con suavidad.

—¿Podría hablar con el alcalde y lanzar una alerta para ese día?

—¡La tomarían por loca! —Alfredo negó varias veces con la cabeza—. No quiero meterla en un lío, ¿o no recuerdas la que se armó en el bar cuando hablaron de luces alienígenas?

—Tienes razón —afirmó mientras se dejaba caer de nuevo sobre el escalón—. Nadie estará dispuesto a creernos.

—¿De qué otra manera puedo ayudarte? —le preguntó desesperado.

—Lárgate de Valle Gran Rey. —Lo miró fijamente a los ojos—. No estés aquí el dos de septiembre.

El hombre lanzó un resoplido sonoro.

—No puedo hacer eso. Tengo dos hijas y cuatro nietos. Ellos no vendrían conmigo, pensarían que me he vuelto loco como Mateo y yo no puedo dejarlos solos.

Yeray pensó en Diana e Idaira, quienes estaban en la misma situación, así que tendría que sacarlas a rastras del Valle si no quería que les ocurriera nada.

También estaba el testarudo de su padre, que pese a que estaba colaborando, no se movería ni un ápice hasta saber con absoluta seguridad a qué estaban enfrentándose, ya que si existía la más remota posibilidad de salvar su medio de vida, lo haría sin dudarlo. Airam tampoco lo dejaría atrás.

¿Y él?

Ya estaba condenado. Había escrito su condena desde el momento en que decidió regresar.