El vuelo del cernícalo Capítulo 19EL DÍA D #2
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Capítulo 19EL DÍA D #2

—No he terminado de hablar contigo —le dijo con tono autoritario, y automáticamente ella se dio la vuelta para abrir la puerta—. Perdona, siéntate, por favor. Te lo ruego.

Idaira se quedó anclada al pavimento un instante y luego se giró lentamente.

—Hasta el otro día estabas flirteando conmigo, y luego me entero de que te acuestas con mi madre. ¿A qué juega, señor Darias?

—Yo no he flirteado contigo —le aseguró, estirando una de las comisuras de los labios—.

Eras tú la que tonteabas conmigo descaradamente para llamar mi atención.

Necesitas que la gente se fije en ti. Y no es malo, pero te equivocaste de persona.

Viste a alguien que llevaba viviendo en Madrid mucho tiempo y que había prosperado.

Tus ganas de salir de aquí te cegaron y quisiste jugar al gato y al ratón.

Pero este ratón es demasiado viejo y astuto para caer en tu trampa.

—Ella frunció los labios y movió los ojos de un lado a otro buscando un punto que le sirviera de apoyo—. ¿Qué pretendías?, ¿desplumarme?

—¿Tan poco te valoras? ¿No puedes creer que simplemente te encontraba atractivo?

Yeray arrugó la nariz y luego soltó una carcajada.

—Nooo —le respondió con voz burlona.

Idaira inspiró hondo, se sentó de nuevo y golpeó con sus puños la madera de forma acompasada.

—No pretendía nada —le confesó—. Quizá divertirme un rato, salir de la monotonía del pueblo. Esto a veces se me hace pequeño.

—Pero te da miedo lanzarte a buscar algo mejor, por eso no te decides sobre lo que quieres estudiar o hacer —continuó él.

—Sé que no quiero trabajar toda la vida en las plataneras —le aseguró riendo—. Me gustaría estudiar algo que me hiciera mejorar como persona, que me hiciera sentir bien.

Yeray inclinó el torso hacia delante y le susurró:

—En eso te pareces a mí. Odio los plátanos.

—Idaira sonrió con timidez—. Sé que a mí no me debes nada, pero tu madre te quiere, te ha protegido como ha podido durante toda su vida.

Para ella, eres su todo, como para mí lo es Olivia.

—Entrecerró los ojos con pesar al recordar a Claudia—.

Y ahora siente una soledad que le perfora el alma.

Tienes que comprender que ella también está pasando por un duelo terrible.

Ha perdido a sus padres en tres meses, y después de su divorcio tremendo, ellos se convirtieron de nuevo en su anclaje, en su luz en el túnel, en la única salida que tenía para construir un hogar contigo.

Te necesita. Por eso te pido que no la hagas sufrir más...

Si quieres hacer sufrir a alguien, házmelo a mí. Soy un capullo integral.

La joven terminó de beberse el vaso de agua, se levantó y abrió la puerta con un semblante más relajado.

Yeray bajó la barbilla y contempló el medio bocadillo que le restaba, ya sin apetito.

Se masajeó la frente y quiso creer que había dado el primer paso para comenzar a entablar una relación normal con su nueva hija adolescente.

Pensarlo le daba escalofríos, muchísimos más que enfrentarse a las advertencias del hombre pájaro sobre lo que estaba por venir.

Después, fue en busca de su móvil, el cual había dejado en el dormitorio, y le envió un mensaje de buenos días a Diana.

A continuación, pensativo, se echó sobre el colchón.

No tenía sueño.

Ni hambre.

Ni ganas de correr bajo ese endemoniado sol para sentirse en forma.

Prefirió darse una ducha y dejar que el agua sanara las continuas heridas que brotaban como la mala hierba en su corazón.

Tenía que centrarse, idear un plan, pese a que no tenía ni idea de si debía ser uno de evacuación o uno en el que tendrían que atrincherarse en la casa. Puede que tuviera que realizar los dos.

Después de fingir que almorzaba, desplegó un mapa de la isla en la mesa del comedor, y mientras examinaba con Martín las carreteras, Airam y su hija seguían con las anotaciones en su libreta.

La probabilidad de que se produjera un incendio aumentaba por segundos, ya que parte de la isla de La Gomera se encontraba en alerta naranja por las temperaturas.

También otro hecho había entrado en la ecuación: un petrolero a la deriva estaba situado cerca de las costas canarias, lo que supondría un impacto medioambiental para el litoral de las islas, las cuales podrían verse afectadas.

De momento, estaban conteniendo la pequeña fuga como podían, pero muchos vigilaban con cautela la primera mancha negra en el profundo azul del océano Atlántico.

—Si apostamos por un fuego, y considerando que el viento está soplando en el sureste estos días, el conato tendría que iniciarse en la zona de Arure y de Las Hayas.

Desde aquí, el fuego podría bajar hasta el fondo del barranco —afirmó Martín convencido—.

Aunque la vegetación es húmeda con el verano que estamos teniendo, podríamos encontrarnos con material muy inflamable.

—Si tienes razón, podríamos escapar por la GM-1 hacia el norte. Esto nos conduciría fuera del barranco hacia zonas más elevadas donde el incendio aún no habría llegado —asintió Yeray trazando una línea en el mapa—. Podríamos llegar así hasta San Sebastián. ¿Qué otra zona consideras vulnerable?

Con los brazos en jarra, Martín resopló y volvió a examinar el mapa.

—Está la zona de Igualero o La Mérica, un poco más al este del barranco central, pero con capacidad para que el fuego cruce hacia Valle Gran Rey si tenemos el viento adecuado.

—Si empieza en La Mérica, el fuego descendería con rapidez hasta La Vizcaína y El Retamal, y llegaría también a La Calera y a la playa de Vueltas en cuestión de un suspiro.

—En cualquier caso, deberíamos hacer la evacuación por la GM-1 hacia arriba, en contra de la dirección del fuego. Refugiarse en la playa no es una opción. Pronto se convertiría en un embudo de humo y llamas.

Martín tenía razón. La vía de escape más segura sería la ruta del norte, pero incluso esta podría ser peligrosa si se diera un cambio de viento repentino.

Podrían verse atrapados en la carretera con fuego a ambos lados.

Era un riesgo que tendrían que asumir si la opción del incendio seguía en el primer puesto de desastres que considerar.

Por el rabillo del ojo observó que tanto Airam como Olivia lo miraban con rostros preocupados, y quiso relajar el ambiente:

—Esto no tiene por qué ocurrir, ¿recordáis, chicos? Estamos contemplando posibles escenarios, nada más. Pero ¿sabéis qué? Que toda esa comida y agua que habéis reunido en el cuarto de aperos puede ayudarnos.

—¿También las m-m-medicinas? —le preguntó Airam, orgulloso de sí mismo.

—También —le respondió con una media sonrisa. Después miró a Martín y le dijo—: Será mejor que descansemos un rato. Seguiremos con esto más tarde.

El viejo asintió y les comunicó que iba a darse una ducha, por lo que Airam y Olivia aprovecharon y corrieron hacia el cuarto de aperos para hacer inventario de todo lo que habían reunido.

Era ya media tarde cuando Yeray se sentó en el escalón de la entrada para despejarse, embelesándose con la nitidez del cielo.

Las montañas relucían rabiosas bajo ese azul fulgurante, y se dejó mimar por los rayos de un sol menguante.

No quedaba mucho para que comenzara el atardecer y que, así, la vegetación acogiera el resplandor anaranjado de un día que llegaba a su fin.

Otro día más se despedía.

Otro día más sin saber lo que le deparaba el destino.

Bajó el mentón al observar que alguien se dirigía a la casa, y no tardó en reconocer los pasos de Alfredo.

El hombre caminaba torcido, apoyando el peso del cuerpo más sobre la pierna derecha que sobre la izquierda.

Tenía un sombrero como el que solía llevar su abuelo en la cabeza: gris y anticuado, y que en gran parte le ocultaba la mirada.

Aun así, imaginó por su actitud que no se trataba de una visita de cortesía. Parecía afectado y algo pensativo.

—Si buscas a mi padre, acaba de meterse en la ducha —lo informó en cuanto llegó al escalón.

Sin embargo, el hombre, con una mueca de dolor, se sentó a su lado.

—Venía a hablar contigo. Ya sabes que el bar está lleno de marujas. Alguien dijo que te había visto salir con las maletas de tu casa ayer, pero que a la hora de comer ya estabas de vuelta. Un viaje rápido, ¿no?

Yeray abrió los ojos de par en par y luego se echó a reír.

—No entiendo por qué sigo maravillándome por estas cosas.

—Estamos en La Gomera —le recordó.

Inhaló todo el aire que pudo hasta llenar los pulmones y lo soltó de una vez.

—No creo que hayas venido para satisfacer tu curiosidad y preguntarme el motivo de mi vuelta repentina.

—No, no he venido por eso. —Soltó una carcajada y apoyó los codos en el escalón—. Quería hablarte de Mateo —le confesó en un tono más serio.

Yeray se enderezó y lo observó, desconcertado.

—¿Ha ocurrido algo?

—No, el viejo sigue bien enterrado y no creo que vaya a resucitar —le dijo con sarcasmo—.

No consigo quitarme de encima ese sentimiento de culpa.

Tendría que haberlo escuchado, haberle ofrecido un vaso de vino cada vez que se presentaba en mi casa y me preguntaba por ese bicho.

Pude haberlo ayudado, contarle a Diana que su padre había empeorado, pero no hice nada de eso y ahora está muerto.

—No es culpa tuya, Alfredo. Nadie lo vio venir.

El hombre lanzó la mirada hacia las montañas y buscó en ellas un sosiego que hacía semanas que lo había abandonado, desde que se había enterado del suicidio de su amigo.

—Aquel día, en el bar, muchos contaron historias que parecían sacadas de una serie para no dormir.

Dulce está convencida de que el espíritu de Mateo se le presentó varias veces para pedirle perdón, muchos han visto las luces del cielo, y sé de buena tinta que algunos vecinos han experimentado sucesos increíbles después de que Mateo muriera.

Yeray asintió con levedad.

—¿Lo has visto?