El vuelo del cernícalo Capítulo 19EL DÍA D
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Capítulo 19EL DÍA D

EL DÍA D

Se despertó en cuanto oyó voces en la casa, y supo que era demasiado temprano para que su cuerpo reaccionara y se pusiera en marcha. Levantó la cabeza y, después de corroborar que provenían de la cocina, se cubrió de nuevo con la manta.

Le duró poco el descanso, pues Airam irrumpió en el salón con una taza de leche en la mano y, en la otra, una libreta pequeña y un bolígrafo. No tardó en unirse a la fiesta Olivia, quien además portaba un paquete de galletas de chocolate.

Yeray retiró los pies para que la pequeña se sentara y pronto terminó encogido y con la manta enrollada entre los muslos.

—¿Qué vais a hacer?

—Padre me ha dado el día li-libre —le anunció Airam pletórico.

—Vamos a ver las noticias y a elaborar una lista con las posibles desgracias que puedan ocurrir en las islas Canarias —comenzó a explicarle la niña—. Buscaremos señales, alertas... Cuanto más extrañas, mejor.

Yeray reparó en que ambos llevaban puestos unos nuevos gorros de platino en forma de cucurucho y arrugó la nariz, extrañado.

—Me das miedo cuando hablas así. Pareces una detective experta —le dijo—. Pero me parece una idea excelente.

—¿Tú qu-qué vas a hacer?

—Voy a intentar dormir un poquito más. —Recogió la manta, se levantó y enfiló sus pasos hacia las escaleras, no sin antes robarle un par de galletas a su hija—. Y Olivia, baja el volumen de la tele, o me estallarán los oídos.

Llegó al dormitorio arrastrando la manta y se esforzó en colocar bien las cortinas para que la claridad del día no impactara contra sus párpados. Le costaba mucho conciliar el sueño si no se encontraba inmerso en una oscuridad absoluta, y esa mañana no fue diferente al resto.

Se revolvió en la cama la primera hora, pues no conseguía la postura adecuada para que sus ojos se cerraran del todo.

En la segunda, se dedicó a contar ovejas y a pintarlas de colores para intentar que su imaginación se cansara.

Vencido, en la tercera, bostezó un par de veces, se desperezó y fue directo al armario para vestirse con ropa cómoda y ligera mientras pensaba que un buen brunch lo devolvería a la rutina cotidiana, pese a que una amenaza seria se cernía sobre sus cabezas.

Bajó las escaleras, pero antes de internarse en la cocina regresó al salón, donde atisbó los dos cucuruchos platinos asomar desde el sofá sospechosamente inmóviles.

Se aproximó a ellos por detrás y descubrió que estaban ensimismados, atendiendo a cualquier noticia importante que diera el Canal 24 horas, incluso se percató de que había algunas anotaciones en la libreta.

—¿Cómo va por aquí la investigación? —les preguntó con semblante serio.

—Bien. Entre todo lo que hemos recogido, podemos destacar los siguientes puntos —le respondió Olivia, señalando con el bolígrafo los apuntes—. La guerra de Israel se extiende...

—Demasiado lejos —la interrumpió él.

—Una fábrica ha explosionado en Inglaterra y hay una nube tóxica —continuó, poniendo énfasis en la palabra «tóxica».

—Demasiado lejos.

—También han declarado la alerta por altas temperaturas en las islas y no podemos ir a los montes. Y hay un cinco por ciento de posibilidades de que un huracán de categoría uno impacte en las islas. Aunque también han dicho que por la trayectoria puede que pase de nosotros y se vaya a las Azores.

Yeray meditó sobre eso último unos segundos.

—Un cinco por ciento es muy bajo. Probablemente, soplará algo el viento pero nada más. Aunque un posible incendio... Eso no sería tan descabellado.

Recordó entonces el incendio que asoló la isla de La Gomera en el año 1984.

Él no había nacido, pero todavía se escuchaban los ecos de aquella tragedia.

Pese a que solo ardieron novecientas hectáreas, se convirtió en la mayor tragedia humana en un incendio forestal en el país, ya que perdieron la vida veinte personas.

El fuego se inició en la Dehesa del Manco, en el caserío de La Laja, en San Sebastián de La Gomera.

Aquel pequeño conato ni siquiera despertó a los vecinos, aunque se extendió dos horas después a la cumbre y saltó hacia el otro lado de la carretera.

Se organizaron grupos de voluntarios al día siguiente, y cuando se creía que estaba dominado, un cambio del viento levantó las llamas desde el fondo del barranco y una bola de fuego emergió con tal virulencia que arrasó el asfalto donde se encontraban varios vehículos.

Entre los fallecidos encontraron a Paco Afonso, quien había llegado a la isla para supervisar las labores de extinción.

Tenía treinta y seis años y había ocupado su cargo de gobernador civil hacía solo cuarenta y cuatro días.

Varios días después, murió el presidente del Cabildo tras no superar las cruentas quemaduras de su cuerpo.

—Luego queremos ir a la c-c-casa de algunos v-v-vecinos y preguntar si han visto algo extraño —lo informó Airam, como un buen soldado.

—Me parece bien.

Los dejó continuar con su misión. Prefería que se mantuvieran entretenidos de esa manera y no que se dedicaran a perseguir al hombre pájaro. La idea de imaginarse a Olivia de nuevo frente a aquel ser lo horrorizaba.

Suspiró para sus adentros y se internó en la cocina, valorando la idea de un posible incendio forestal.

No podía descartarlo, ya que en los años posteriores a ese suceso fatal la isla había sido amenazada por demasiados conatos y otros incendios de magnitud considerada.

Además, los inviernos estaban siendo cada vez más secos y cada verano se registraba un récord de temperatura en algunas de las islas.

Bufó pesaroso, ya que, cada vez que se producía un conato, el recuerdo de aquel episodio trágico se introducía en las mentes frágiles de todos los isleños.

Decidió prepararse un bocadillo, pues el estómago le rugía, y mientras lo hacía, distinguió a Julia en la finca.

Llevaba un sombrero de paja tan grande como el de un mariachi, probablemente para huir del sol; sin embargo, no pudo evitar esbozar una sonrisa al imaginarla tocar las maracas mientras daba una serenata.

Se sirvió un vaso de zumo de naranja y se sentó en una de las sillas de la cocina para saborear el bocadillo mejor.

Estaba riéndose de su pensamiento ridículo cuando Idaira irrumpió en la cocina por la puerta que llevaba a la finca.

Tenía el pelo recogido en una coleta alta, la cual impedía que sus cabellos le cubrieran la nuca.

Sus pantalones cortos le parecieron más pequeños que nunca, y le había hecho un nudo a una camiseta morada desvaída.

La joven lo acribilló con su mirada intensa antes de abrir la nevera y servirse un vaso de agua. Comenzó a bebérselo de espaldas a él y eso lo incomodó.

—No hace falta que te lo bebas de pie —le sugirió en un tono conciliador—.

Puedes sentarte y descansar un rato. Martín no te dirá nada.

—Ella se dio la vuelta y lo examinó de arriba abajo con recelo.

Después de titubear unos segundos, aceptó la oferta con semblante desafiante—.

¿Cómo estás? —le preguntó, sin saber muy bien cómo iniciar una conversación con ella.

—Bien —le respondió cortante.

Él se tomó un sorbo más de jugo y se mordió el labio inferior al depositar el vaso en la mesa.

—Ya que estás aquí, quería aprovechar y hablar contigo un momento, si te parece bien. —Esperó un gesto de la joven que lo animara a continuar, pero no se produjo—. Tu madre está muy preocupada por ti y no se merece cómo estás tratándola. Es buena persona.

Idaira se puso en guardia y lo miró con rabia.

—Es una mentirosa.

—No, no es verdad. Ella... quería protegerte, nada más.

—¿De quién?, ¿de ti?

Yeray emitió un largo resoplido.

—Sé que también estás enfadada conmigo, y lo entiendo. Pero tienes que comprender que yo no sabía nada. Nadie me contó que Diana estaba embarazada. ¡Nadie!... Ella no quiso que lo supiera.

Idaira se cruzó de brazos de mala gana y le mostró una mueca repleta de desprecio.

—¿Quieres hacerte la víctima conmigo ahora?

—lo desafió, estirando el cuello—. No tienes ni idea del infierno por el que he pasado.

No tienes derecho a juzgarme, y menos a consolarme.

Nunca has formado parte de mi vida y no vas a hacerlo ahora, por mucho que mi madre me mande recaditos a través de ti.

Yeray apretó el mentón y valoró la rebeldía de la adolescente. «Muy propia de su edad y demasiado parecida a la mía», pensó, creyendo que si el karma existía, estaba cobrándoselas todas juntas con ella.

—Tu madre no me ha pedido que hablara contigo —le recalcó—.

Estoy haciéndolo porque quiero. Y sé que, por mucho que quiera imaginarme la pesadilla que ha sido tu vida, puede que ni me acerque a ello.

Pero tienes que saber que la gente no lleva la vida idílica que aparenta.

Todos tenemos nuestros problemas y debemos vivir con la carga que nos ha tocado.

—Y ahora me vas a hablar de tu muj... —comenzó a decirle con desdén.

—No voy a hablarte de ella porque no te conozco lo suficiente para compartir contigo mis momentos de felicidad con Claudia —la interrumpió, sin darle tiempo para que replicase—. Son míos. Y yo decido quién es digno de ellos.

Idaira desvió la mirada al techo y se revolvió en el asiento, incómoda. No le había gustado que le hablara en ese tono tan seco.

—Yo tampoco sé quién eres. Pero, por mucho que te lo repitas a ti mismo, no vas a ser mi padre. Mi padre murió, ¿lo entiendes?

—No pretendo convertirme en tu padre de la noche a la mañana.

Primero, porque no tengo ni idea de cómo hacerlo ni si me apetece enderezar a una chiquilla egoísta, narcisista y demasiado orgullosa para ver el daño que le hace a los demás.

No sé si estoy preparado para eso —le confesó, vaciando su corazón—.

Solo estoy pidiéndote una tregua, una relación cordial.

—¡Joder, tío! Pues estás empezando fatal. —Arrastró la silla hacia atrás y se levantó molesta.