El vuelo del cernícalo Capítulo 18MI HIJA #4
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Capítulo 18MI HIJA #4

—Antes estabas convencido de que se trataba de una persona real que se disfrazaba y asustaba a la gente del pueblo. ¿Cuándo cambiaste de opinión?

Yeray inclinó el torso hacia delante para apreciar mejor la respuesta de sus pupilas antes que la de su boca.

—Lo vi, Diana —aseveró con firmeza—. Con mis propios ojos. Y de verdad necesito que me creas.

Ella lanzó un resoplido cargado de hartazgo.

—No sé por qué te he dejado entrar. ¡Soy una idiota! Creí que querías hablar de la situación de Idaira.

—¡Y quiero!

—¡Pues no lo parece!

Ambos se dejaron envolver por un silencio hiriente en el que ninguno se atrevía a ser sincero con sus sentimientos.

Yeray necesitaba abrazarla, confesarle que estaría a su lado cuando lo necesitara.

Herida, Diana quería sentirse amada, protegida por alguien que la deseara de verdad, pero dudaba de si Yeray podría ser esa persona.

Claudia estaba todavía presente en sus pensamientos y temía convertirse en la sombra de una difunta.

Yeray entornó los párpados y se dejó llevar por los latidos de su corazón.

—Estoy preocupado por ella y por lo que pueda pasarle —musitó con una franqueza aplastante.

—Yo también. Tengo la sensación de que estoy perdiéndola —le confesó Diana—. Ya la había perdido antes, pero desde que sabe que tú eres su padre, la situación ha empeorado.

—Es normal. —Resignado, suspiró—. Está cabreada y siente que los dos la hemos engañado durante mucho tiempo.

Le dijiste que su padre había muerto, y de repente aparezco yo.

¿Cómo crees que se siente? Traicionada. No confía en ningún adulto porque todos le hemos fallado.

Incluso su padrastro resultó ser alguien despreciable.

Diana desvió la mirada hacia la ventana en busca de un rayo de luz que quisiera arroparla.

—Hablaba mucho con Mateo. Su muerte le ha pasado una gran factura —le reveló—. Aunque no lo creas, estaba muy unida a él.

—¿Y quién le queda?

—Tu padre —afirmó con la voz quebrada—. Pero también desconfía de él porque no fue capaz de confesarle que era su abuelo.

Yeray volvió a suspirar, esta vez con una sensación de alivio. Si todavía existía alguien a quien ella podría escuchar, no todo estaba perdido. Aun así, antes de recurrir a Martín, quería intentarlo él, hablarle con la mano en el corazón y expresarle lo que de verdad sentía.

—Déjame que hable con ella. Déjame, por favor —le suplicó.

—Te odia.

—Lo sé, pero tengo que intentarlo. Es mi hija. —Diana asintió y apagó el cigarrillo en el cenicero de la mesita—. Tengo que salvarla. Tienes que confiar en mí.

Diana escudriñó sus ojos del color del cacao más puro y supo que le ocultaba algo.

Sin embargo, no quiso ahondar en esa historia.

Estaba desesperada, hundida en un pozo del que ignoraba cómo salir, y el único que se había ofrecido a lanzarle una cuerda era él.

Su verdadero padre. Asintió con levedad repetidas veces y esbozó una mueca que albergaba optimismo.

Yeray se levantó, se aproximó a ella y le dio un beso sentido en una de las mejillas.

Entonces, Diana le sujetó la cara con una mano y lo atrajo de nuevo hacia ella para que ese beso no se desvaneciera tan rápido.

Guio su boca para que se estrellara contra sus labios y con la otra mano lo rodeó por el cuello.

Lo besó con ansias, con esperanza. Bebió de su optimismo y quiso que todo su cuerpo se impregnara de su aliento. No quería pensar en el después, solo en el ahora. Y ahora deseaba que Yeray fuera únicamente suyo.

Yeray regresó a casa envuelto en una marea de contradicciones, con un regusto a victoria en el paladar y un martilleo incesante en una de las sienes que le repetía que no había conseguido lo que quería.

Pero lo había hecho. De manera sorpresiva, se había acercado a Diana.

Había disfrutado de ella con unas ganas joviales que lo habían hecho olvidar por un momento todos los pesares que soportaba su alma.

Sí, se encontraba más aliviado y, de alguna forma, esperanzado. Diana lo escucharía llegado el momento, sobre todo si la conversación con Idaira no resultaba ser un desastre.

Abrió la puerta principal y se dirigió a la cocina, donde todos ya estaban sentados, e intercambió una mirada de complicidad con Martín.

No sabía muy bien qué decirle al viejo más que su nieta no se encontraba en la casa y que la charla con Diana había ido bien, pese a que no le había desvelado nada que tuviera que ver con el hombre pájaro. No obstante, él se sentía pletórico.

Después de la cena, le pidió a su padre que fuera a acostarse, que se encargaría de la vigilancia de la noche por si esa criatura decidía darse una vuelta por allí.

Martín estaba exhausto, así que no quiso discutir sobre su oferta y, tras darle las buenas noches a Olivia, cogió una manta y se fue al salón.

Allí estuvo viendo la televisión hasta altas horas de la madrugada y hasta que el cansancio lo venció.

Esa noche, el hombre pájaro no apareció. Y, en cierto modo, Yeray se sintió aliviado.