Capítulo 18MI HIJA #3
—Pero no ha sido suficiente. Tendría que haber desobedecido a tu madre y haber hecho esa llamada.
Merecías saber que tenías una hija. —Apretó los labios al tiempo que examinaba su rostro.
No obstante, Yeray permanecía impasible, sin decir una palabra—.
No sé lo que habría conseguido con eso, pero al menos tendría mi alma en paz.
Y puede que ahora Idaira no se encontrara en peligro. Ni ella ni todos nosotros.
Por fin, Yeray soltó un suspiro sonoro y colocó ambas manos a la altura de la cintura.
—Padre, ese ser no es divino. No viene a juzgarnos por nuestros pecados.
—¿Y cómo lo sabes? Es el ángel de la muerte y viene a condenarnos a todos. Por eso nos espía. Sabe que hemos hecho las cosas muy mal. Sabe que te exigí demasiado, que no supe manejar el asunto de Airam.
Yeray se acuclilló frente a él con semblante piadoso.
—Sabe que cuidaste de mamá hasta el final, que casi moriste con ella, que también lograste que Yaiza estudiara lo que quisiera y por eso es feliz con su familia en San Sebastián.
¿Por qué no te vas con ella hasta que todo esto pase?
—le sugirió, sintiéndose responsable de todos los males de su padre.
Martín se enderezó en la silla y entrecerró los ojos.
—¿Por qué no ha venido a verte desde que estás aquí?
—No lo sé. Yo tampoco he ido a San Sebastián —le respondió con una excusa tonta.
—Yo te lo diré. Tu hermana te culpa porque no estuviste con tu madre en los últimos meses.
Preguntaba por ti cada día. Pese a que Yaiza y Airam estaban con ella, solo decía tu nombre.
Te culpa de su sufrimiento porque yo también te culpé —le confesó arrepentido—.
Me escuchaba quejarme, insultarte, y a veces me enfadaba con ella porque era la que estaba. Yaiza pagaba los platos rotos de todos.
Yeray tragó saliva y desvió la mirada hacia el suelo.
—No vale la pena estar removiendo el pasado —le aseguró afectado—. Tenemos que centrarnos en el presente. Estar juntos.
—Lo sé, y lo siento, hijo. Lo siento mucho. —Enterró el rostro entre sus manos y lloró con una angustia que nunca supuso que existiera dentro de su padre.
Yeray lo atrajo hacia su cuerpo y lo abrazó.
No podía hacer nada más sino acompañar su llanto, aunque este le despertara sentimientos contradictorios, sentimientos que ni él mismo estaba preparado para manejar.
No era solo la pena por contemplar a Martín de esa manera, pues esa congoja se mezclaba con la felicidad porque se había sincerado, con la frustración por no haberlo hecho antes y con la rabia por sentirse maltratado muchos años.
Él tampoco lo había hecho bien. No había sido un buen hijo.
Su impulsividad lo había llevado a generar situaciones de las que no pudo salir, como la pelea con Dailos.
Sin embargo, la carga que más soportaba sobre sus hombros era no haber estado con su madre cuando más lo necesitaba, inventarse excusas simplistas, pues en realidad tenía miedo de regresar a casa y no saber a qué se enfrentaba.
—Yo también lo siento, papá.
Tres horas más tarde y después de una comida copiosa, Yeray caminaba meditabundo hacia la casa de Diana.
Su padre había insistido en acompañarlo, pero él había rechazado su oferta, ya que no se encontraba con fuerzas para enfrentarse a otra conversación delicada.
Decía que su presencia suavizaría la ira de Idaira y que él podría ayudarlo a convencerla de que lo mejor era sacarla del pueblo cuanto antes.
Yeray no dudaba de sus intenciones. Probablemente, Martín tenía razón: la joven escucharía más al viejo que a él.
Sin embargo, prefirió que descansara después de su atípico arrebato de honestidad y lo excusó argumentando que tanto Airam como Olivia necesitaban alguien que los cuidara.
No quería que esos dos imprudentes se adentraran en algún barranco en busca de la criatura con sus gorras de platino.
Se dejó llevar por la leve brisa que le azotaba las mejillas e impedía que enrojecieran.
Desvió la mirada a la derecha y posó sus rasgados ojos en el océano Atlántico.
Lo encontró sereno, radiante y cautivador; todo lo contrario al torbellino que borboteaba en su interior.
Estaba descentrado, apático, y no había repasado en su cabeza el discurso de reconciliación con el que tendría que ganarse su confianza.
Para él, era indispensable que ambas lo creyeran, pero tenía que admitir que la excitación que lo había devuelto a casa de su padre se había desinflado.
Demasiados sobresaltos. Demasiadas verdades.
Llegó a la casa y tocó el timbre sin pensárselo dos veces. Diana debió hacer lo mismo, porque le abrió la puerta sin apenas mirarlo, se dio la vuelta y comenzó a desandar el pasillo. Iba descalza y con un vestido ligero abierto por la espalda, donde no se apreciaban las tiras del sujetador.
—Pensaba que a estas alturas ya te encontrarías sobrevolando el Atlántico —le dijo con sorna.
—He cambiado de idea. —Entró en la casa, cerró la puerta y la siguió por el corredor.
Diana se repantingó en uno de los sofás de color crema que decoraban la sala, cogió un cigarro de la cajetilla que tenía sobre la mesa de cristal y lo encendió.
—No me mires así. Ya no tengo que rendirles cuentas ni a mi padre ni a mi hermano. Fumar consigue matar mis nervios.
Yeray tomó asiento frente a ella y se encogió de hombros.
—No creo que sea un buen ejemplo para Idaira.
Ella le dedicó una mueca divertida y luego se echó a reír.
—¿También la has visto fumar? —le preguntó con sarcasmo.
—No. ¿La has visto tú?
Diana depositó los pies descalzos en el suelo e inclinó el torso hacia delante.
—No lo sé. No me habla. Entra, coge lo necesario y vuelve a marcharse.
—¿Y tú no le dices nada?
Volvió a acomodarse en el sillón, recogió las piernas y descansó la cabeza en el sofá mientras le daba una nueva calada al cigarrillo.
—¿Para qué has venido? —le hizo la pregunta con los ojos bien abiertos, esperando una respuesta que pudiera sorprenderla—. No creo que sea para comprobar si hago bien el papel de madre. No tienes derecho a eso.
—Ya me lo has dejado bastante claro.
—¡Por Dios, Yeray! Vas a conseguir que me suba por las paredes. —Soltó el humo por la boca de forma lenta, relajándose al observar la dirección que tomaba sin remordimientos por si ensuciaba la tapicería del sofá.
—Aunque no lo creas, he venido a disculparme. Ayer no me expliqué del todo bien y me puse algo histérico.
—¿Algo? Afirmaste que mi padre estuvo persiguiendo a un monstruo y que se suicidó porque le hizo ver algo que no pudo soportar, que tú fuiste secuestrado por el mismo bicho y que de repente te salvó Claudia —le soltó de carrerilla—.
¿Tú te has escuchado? No creo que estés bien.
Todavía estás intentando superar el duelo por tu mujer.
Lo sé porque vi los mismos síntomas en mi padre.
—Estoy bien. Y no, no fue exactamente lo que dije.