Capítulo 18MI HIJA #2
Yeray asintió repetidas veces y señaló los folios esparcidos por toda la mesa. Allí estaba todo: artículos, fotos, testimonios... Puede que el hombre polilla fuera una criatura folclórica, pero para muchos de los habitantes de esos pueblos o ciudades había sido real.
—Algo va a ocurrir, algo que se escapa a nuestra comprensión, y necesito que me creas.
Analizó los ojos hundidos de su padre, tan opacos, tan inclinados a abrazar lo tangible que se desesperó mientras aguardaba una respuesta.
—Yo te cre-creo —aseveró Airam con firmeza.
—Y yo —le dijo Olivia al tiempo que alzaba el dedo pulgar en señal de apoyo.
—¿Padre? —Fue su último intento para descubrir lo que en realidad pensaba de todo ese asunto.
Martín cogió una bocanada de aire y la soltó sin hacer ruido. Luego frunció los labios, miró a Airam, a Olivia y por fin se detuvo para contemplarlo a él.
—No me gustan las teorías paranoicas, como tampoco creo en fantasmas o en bichos legendarios —lo informó con tono grave—.
Pero has vuelto. Por primera vez en tu puñetera vida, no te has visto primero el ombligo, sino que has pensado en todos nosotros, y eso me hace suponer que tú crees en todos estos cuentos chinos lo suficiente para perder el dinero que invertiste en el ferry y en el avión.
—Tamborileó sobre la madera un ritmo primitivo con los dedos y esbozó media sonrisa—.
¡Has vuelto! Así que voy a estar contigo, hijo.
Como has dicho, yo también he visto a esa criatura.
No sé qué es o quién es, pero en solo unas semanas ya ha sembrado la desgracia en el Valle.
—Gracias —le dijo Yeray, visiblemente emocionado. Miró hacia el techo y presionó los labios con fuerza—. No sabes lo que significa para mí tu apoyo.
—Ahora vas a tener que decirnos cómo podemos ayudarte —le recomendó el viejo, quitándole hierro al asunto.
Se frotó una sien y asintió con una mueca satisfecha.
—Sí, claro —afirmó, volviendo a la realidad—.
Tenemos que mantener los ojos y los oídos bien abiertos.
Si conocemos a algún vecino que haya sufrido la visita de un intruso, vamos a interrogarlo.
Si escuchamos a alguien decir que ha recibido una llamada extraña, le preguntaremos.
Tenemos que dejar constancia de las propiedades en las que ha irrumpido nuestro hombre pájaro y anotarlas todas.
Puede que encontremos un patrón o alguna pista que nos lleve a descubrir qué trama esa criatura.
Olivia levantó la mano y, ansiosa, esperó el permiso para que la dejaran hablar.
—Dime —la alentó Yeray.
—¿No decías que lo llamaban el hombre polilla o el hombre búho? —le preguntó la niña.
—Para nosotros será el hombre pájaro —afirmó convencido—.
Mateo creyó al principio que perseguía a un cernícalo gigante, hasta que se topó con la criatura.
En honor a él, y a sus dibujos, lo llamaremos hombre pájaro, y cernícalo será nuestra palabra clave.
Si estamos delante de otras personas y tenemos algo importante que comunicar, decid cernícalo. ¿Alguna otra pregunta más?
—Estoy m-m-muy emocionado —intervino Airam—. Tenemos una m-m-misión de verdad.
—Somos el equipo Darias —añadió la pequeña mientras chocaban sus puños—. Ahora vamos a nuestro cuartel general y recuperemos nuestros sombreros de platino.
Los dos se levantaron y se encaminaron a la puerta de atrás. En cambio, Martín permaneció con la cabeza gacha y las manos entrelazadas. Jugaba con los dedos de manera nerviosa. Luego sacó un palillo del bolsillo de su camisa y se lo introdujo en la boca.
—Y ahora vas a contarme la verdad y decirme por qué has vuelto.
—Yeray dio un respingo y observó a su padre, quien lo miraba de soslayo—.
No soy tonto, hijo. Y eso creo que lo sabes.
A este viejo no se le escapa nada. Sé que he dicho lo que he dicho y que agradezco que hayas regresado, pero tenías la oportunidad de poner a salvo a tu hija, largarte de la isla y no volver nunca más.
—Hizo una pausa en la que su memoria viajó al pasado y negó levemente con la cabeza—.
Sé, como padre que soy, que a veces tenemos que hacer cosas por los hijos que contravienen nuestra manera de pensar y de ver la vida.
¿Por qué has vuelto? —le preguntó, mirándolo directamente a los ojos—.
Y no me digas que querías proteger a Airam de lo que se nos viene encima.
Yeray titubeó unos segundos. No podía mentirle a Martín sobre algo tan importante como la vida de Idaira, pues no se lo perdonaría jamás.
No le importaba si se creía toda la historia o le daba crédito únicamente a las partes que más le convenían.
Sin embargo, era consciente del lazo estrecho que existía entre Martín y la joven, y se merecía saberlo.
Avanzó hacia su padre y se sentó en una silla cercana a la de él.
—Claudia no hablaba de Olivia cuando me rogó que la protegiera. —Se tomó unos segundos para coger impulso y poder pronunciar la siguiente frase ante el desconcierto del hombre—: Estaba refiriéndose a Idaira.
El viejo entornó los párpados, envuelto en un aire pesaroso, y apoyó los hombros en el respaldo de la silla.
Se hundió en ella, sin fuerzas para seguir luchando y mantenerse a flote.
Se había mostrado enérgico durante la reunión improvisada que había organizado su hijo en cuestión de minutos.
Pero la vida le pesaba demasiado. E ignoraba si contaba con las fuerzas suficientes para enfrentarse al mal que se avecinaba y del que tan seguro estaba Yeray.
Porque él prefería que todo ese asunto sobre el hombre pájaro fuera una patraña, pero había presenciado hechos extraños y que carecían de lógica.
Y aunque su mente le decía que su hijo estaba exagerando, su corazón le gritaba que lo escuchara.
—Pase lo que pase, saldremos de esta, padre —quiso consolarlo Yeray.
Le dio unas cuantas palmaditas en la espalda y el viejo no tuvo más remedio que asentir, aunque sus ánimos no eran los más optimistas. No era hora del consuelo. Era hora de guerrear. Y su corazón no estaba para sufrir más sobresaltos.
—Ahora tengo que hacer una llamada. —Yeray observó el rostro acongojado de su padre y supo que estaba más afectado de lo que él habría esperado.
Martín siempre había sido una persona fuerte, con carácter, y recordó que únicamente lo había visto abatido en el funeral de su madre—.
¿Crees que estarás bien? ¿Quieres que te traiga un vaso de agua?
—El viejo negó con la cabeza—. De acuerdo, vuelvo en un momento.
Se dirigió a la cocina y desde allí telefoneó a Reyes. Le debía una explicación y una disculpa después de lo ocurrido en su casa. Debió haberle contado que él ya había visto al hombre pájaro, y aunque no tenía la certeza, había encontrado imágenes en la web de alguien similar.
—¿Reyes? No tengo mucho tiempo. Solo quería decirte que Pablo tenía razón: esa criatura no es humana.
No hay nadie debajo de ningún disfraz. —Escuchó el grito ahogado de la mujer y supo que se había tapado la boca para disimularlo—.
Presta atención. Si tienes la posibilidad de irte a algún sitio, coge a tus hijos y vete del Valle.
No importa adónde, solo vete lo más lejos de aquí. No sé qué, pero algo malo va a ocurrir.
Ella no cuestionó sus palabras. Suspiró repetidas veces y Yeray percibió que el miedo se apoderaba de su voz cuando le preguntó temerosa:
—¿Y tú qué vas a hacer?
—No puedo dejar a mi familia aquí —le confesó, con el alma encogida—. Dile a Pablo que lo siento, que debería haber sido más honesto, pero todavía ni yo mismo me lo creo del todo.
—Gracias por contármelo y mucha suerte.
Pulsó el icono rojo del móvil y permaneció unos minutos más en la cocina oteando el horizonte a través de la ventana.
¿Por qué era todo tan complicado? ¿Por qué no podía reunir a todos los habitantes del Valle en un salón y contarles lo que estaba ocurriendo?
Mostró una mueca de consternación. Era evidente: si él fuera uno de los asistentes a esa reunión, no creería ni la mitad de lo que un loco que llevaba años viviendo en Madrid les contara sobre criaturas legendarias y fenómenos paranormales.
Se largaría del salón echando pestes y exigiendo que lo encerraran en un psiquiátrico.
¡Por Dios! Ni él mismo era consciente de lo que estaba haciendo.
Regresó al salón y cayó en la cuenta de que su padre continuaba en la misma silla y con la mirada perdida. Avanzó muy despacio hacia él. Con las manos en los bolsillos, lo miró fijamente, a la espera de una reacción que se demoraba en el tiempo.
Finalmente, tuvo que intervenir él:
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, sí. No te preocupes por mí. —Se retiró el palillo de la boca y jugó con él pasándoselo de un dedo a otro—.
He construido toda mi vida en este valle.
Entregué mi alma a esas plataneras y a esos papayos.
Entiéndeme, no hice un pacto con el demonio, pero le prometí a mi padre que daría mi vida por ellos, por el legado familiar.
Ahora pienso que les dediqué todo mi tiempo, mi dinero y mi salud, sin darme cuenta de que no cuidaba de ustedes lo suficiente.
¡Claro! Estaba tu madre. Y ella estaba más involucrada en la educación, en guiarlos por un camino en el que pudieran convertirse en grandes hombres y mujeres.
Mi misión fue siempre protegerlos, pero siempre estuve más preocupado de que tuvieran un plato de comida en la mesa que de lo que pasaba por tu cabeza o la de Yaiza.
Con Airam fue más fácil. Sabía que se quedaría con nosotros toda su vida y me empeciné en enseñarle los trucos necesarios, como hizo mi padre conmigo, para que supiera llevar las plataneras él solito algún día.
—Has hecho lo que has podido.
Martín resopló, luego se encogió de hombros y estiró una de las comisuras de sus labios.