El vuelo del cernícalo Capítulo 18MI HIJA
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Capítulo 18MI HIJA

MI HIJA

Desde el cuarto de aperos, Martín oyó cómo un vehículo se detenía frente a la casa.

Desconcertado, arrugó la frente, pues no esperaba visita.

Les lanzó un silbido a sus trabajadores para llamar su atención y con un gesto de la mano los advirtió de que se ausentaría un minuto y que continuaran con sus labores.

Después, dejó la azada a un lado, se sacudió las manos y se dirigió a la puerta principal.

Aguardaba a que de un momento a otro sonara el timbre.

No tardó en hacerlo. Sin embargo, el viejo no aligeró sus pasos, sino que prefirió continuar con la calma con la que sus piernas se sentían cómodas y, así, que el inesperado visitante contara los segundos antes de que le abrieran.

Cuando lo hizo, dio un respingo y no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

Olivia se abrazó a él como si hubiera transcurrido una eternidad desde la última vez que lo había visto, y ese achuchón sincero consiguió desarmarlo.

Después, miró a su hijo de arriba abajo, quien continuaba con una mueca tonta pegada a la cara.

—¿Qué ha pasado? ¿Han perdido el ferry? —les preguntó Martín con un acento canario más marcado de lo habitual.

—No, papá ha cambiado de opinión —se apresuró a responderle la niña.

El viejo escudriñó en los ojos rasgados de su hijo y no logró descubrir nada relevante que lo pusiera en antecedentes sobre el motivo de su vuelta.

—¿Vas a dejarnos entrar en la casa, o tengo que buscar un hotel?

—Ni de broma permitiré que mi hijo y mi nieta se queden en esas conejeras para guiris mientras yo viva en esta casa —le contestó al tiempo que se retiraba de la puerta y los invitaba a pasar.

Olivia dejó la maleta en mitad del pasillo y corrió hacia la puerta trasera para dirigirse a la finca y saludar a Airam.

Lo llamó a voces y Yeray escuchó los ladridos de felicidad de Toby dándoles la bienvenida.

Imaginó que su hermano dejaría lo que estaba haciendo y recibiría a su sobrina con una alegría desbordante, incluso no descartaría que derramase alguna que otra lagrimilla.

Después de todo, Airam era un sentimental.

—¿Vas a contarme lo que ha ocurrido? —le preguntó su padre preocupado.

—Con pelos y señales.

Yeray forzó una sonrisa amplia. Después de soltar el equipaje al lado del de su hija, se encaminó hacia las plataneras.

No quería perderse la cara de asombro y de regocijo de su hermano en cuanto los viera de nuevo en la casa, pese a que le debía una disculpa y puede que una explicación más honesta.

De momento, ese tema no le preocupaba. Había otros más urgentes que resolver, y estaba convencido de que las paces con Airam casi estaban hechas desde que puso un pie en la finca.

Su hermano estaba feliz de ver a Olivia.

La había cogido en volandas y daba vueltas con ella, perdiendo el eje como en un tiovivo desbocado.

Con las manos en los bolsillos, fue partícipe de su entusiasmo, hasta que su hermano corrió hacia él y quiso repetir la misma hazaña.

Aunque Yeray pesaba más que la niña, Airam logró levantarlo y darle un par de giros.

—Vale, ya, que vamos a caernos.

Su hermano lo depositó en el suelo, le agarró ambos cachetes y le estampó un beso cerca de los labios que él se precipitó a secarse.

—¡Estoy muy co-contento!

Yeray escuchó las risas de Martín desde la puerta, y por primera vez desde hacía meses se sintió parte de algo.

No sabría decir si de una familia, ya que le parecía demasiado pronto para dictaminar si la relación con su padre se había limado del todo, pese a que el recibimiento fue mejor del esperado y eso lo insufló de esperanza.

Poco a poco, Martín le había regalado momentos desprovistos de asperezas y cargados de una complicidad que jamás había gozado con el viejo.

Por eso creyó que era el momento de darle una oportunidad y se llenó de confianza.

Después, su mueca mudó a una más prudente en cuanto divisó a Idaira detrás del rolo de una platanera.

Lo espiaba. La joven le dedicó una mirada recelosa y él quiso saludarla alzando ligeramente la barbilla. Ella no se inmutó. Continuó observándolo con sus ojos desafiantes, para segundos después continuar con el trabajo.

—Dale tiempo. Necesita digerir la información —le escuchó decir a su padre.

Sin embargo, no tenía tiempo, o por lo menos no estaba seguro de los días con los que contaba para llevar a cabo su plan. Tenía que sacar a Idaira del pueblo y alejarla del Valle con una excusa que todavía no había inventado, ya que antes debería ganarse su confianza.

Los reunió a todos en el comedor sobre mediodía, después de que su padre les diera el día libre a sus empleados.

Aunque le habría gustado que Julia, Pedro y la mismísima Idaira hubieran sido partícipes de su charla, debía admitir que en el pueblo no estaban preparados para escuchar lo que tenía que decir.

Incluso dudaba de la reacción de Martín, siempre tan insospechada como tajante.

—Bien, no voy a escatimar en detalles ni condicionaros con mi opinión. Ahora, lo importante son los hechos.

Yeray depositó sobre la mesa la carpeta donde había guardado toda la información que había reunido en internet, además de los dibujos de Mateo.

No comenzó desde el principio, sino narrando la noche en la que fue secuestrado por la criatura y en la que un montón de imágenes desfilaron por su mente.

No entró a valorarlas, solo a describirlas y a transmitirles la sensación de angustia en la que se vio envuelto.

También cómo había pronunciado la palabra «marcados» e insistido en que era demasiado tarde para ellos, aunque seguía sin comprender a lo que se refería.

Les contó cómo había visto a Claudia en una de ellas y les confirmó que no era la primera vez que lo hacía.

No le quitó el ojo de encima a Olivia, quien se entristeció en cuanto nombró a su madre, y por eso quiso reiterarle que Claudia, estuviera donde estuviese, seguía preocupándose por ellos, velando por ellos y que no tenía motivos para sentir miedo.

A continuación, les enumeró las ciudades donde habían avistado al hombre polilla y lo que había sucedido después de los numerosos encuentros con lugareños en la zona.

Nombró Chernóbil, las Torres Gemelas, el terremoto de Chile y la trágica caída de un puente en el estado de Virginia, en Estados Unidos.

Se humedeció los labios y comprobó que tanto Airam como su hija lo miraban con gran expectación sentados en las sillas del comedor.

En cambio, su padre continuaba con los brazos cruzados, apoyado en la pared y mostrando un semblante severo, demasiado rígido para que dictara un veredicto favorable a su juicio.

Porque de eso se trataba: valorar si lo que él estaba contándoles era una realidad que tendrían que asumir o una auténtica patraña.

Procuró no distraerse con la actitud de su padre y luego les entregó uno de los tantos dibujos que había realizado Mateo a cada uno.

Martín lo aceptó con cierto remilgo y ahí fue cuando comenzó a narrar todo lo acontecido en el pueblo en las últimas semanas: la historia de Dulce, la de Reyes, la de Alfredo, a quien Mateo iba a visitar cada vez que tenía un encuentro con ese ente...

No se dejó atrás las luces en el cielo y les mostró el artículo del periódico en el que las mencionaban y se cuestionaban su origen.

—En todas las ciudades que he nombrado antes, aparecieron esas misteriosas luces alumbrando la noche. Además, ocurrieron ciertos fenómenos considerados como paranormales —dijo, añadiendo un tono de intriga en su voz.

—¿Te refieres a las llamadas que el pueblo ha recibido? —Martín lanzó el dibujo sobre la mesa.

—Tú estabas conmigo, padre. Las escuchaste sonar por todo el Valle, como yo. Además, no somos los únicos que hemos sido acosados con esas llamadas. Diana es una de las afectadas, y ya viste que tampoco Dailos se libra de ellas.

Se produjo un silencio que nadie quiso romper. Si esas llamadas no las hacía un ser humano de carne y hueso, ¿quién entonces?, ¿y qué pretendían?

Olivia le dio la mano a su tío, quien parecía el más excitado.

—¿Y quién nos lla-llama? —le preguntó Airam temeroso.

—¿Quién crees tú que lo hace? —le respondió, entrecerrando los ojos y mirándolo fijamente.

Airam se encogió de hombros y observó a su padre para obtener su aprobación antes de escupir su opinión. El viejo asintió con un leve movimiento de barbilla, pese a que su recelo iba en aumento.

—Algunas veces d-d-dice qu-que es Mateo. —Escuchó carraspear a Martín—. Pero yo no-no lo sé. P-p-padre dice qu-que no puede ser po-porque está m-m-muerto.

El viejo soltó un bufido y, atónito, acribilló a Yeray con sus ojos pardos.

—¿Estás sugiriendo que Mateo quiere advertirnos desde la tumba? —El viejo abandonó la pared y se sentó en una de las sillas libres—. ¿Ya no hablamos de un monstruo, sino de fantasmas?

Yeray apoyó ambas manos en la mesa y apuntó con la mirada directamente al rostro de su padre, manteniendo los brazos en tensión.

—Le rogó a Diana que dejara la casa —afirmó, sin que le temblara una ceja—.

Ella pensaba que se trataba de una broma y no comprendía quién estaba gastándosela.

Además de estar enterrado, Mateo jamás le pediría tal cosa.

Y a mí me ha costado entenderlo hasta hace unas horas.

—Hizo una pausa en la que obtuvo la atención de los presentes—. Claudia también me ha hablado.

—¿Mamá te ha hablado? ¿Y qué te ha dicho? —Visiblemente nerviosa, la niña apretó la mano de Airam.

Yeray la observó de reojo, pues su intención no era asustarla, solo hacerla partícipe de los acontecimientos que estaban sucediendo en el pueblo, tal y como ella le había demandado. Además, si algo iba a ocurrir, era mejor que estuviera informada, así tomaría las decisiones más adecuadas.

—Que protegiera a mi hija —soltó por fin, bajando la cabeza.

—Por eso querías irte de la isla —masculló Martín—. Estabas intentando salvarla de esa supuesta catástrofe que está por venir.