Capítulo 17LA MARCHA #4
—No tienes que darme las gracias. Tú habrías hecho lo mismo por mi familia —le dijo, restándole importancia mientras avisaba a Olivia para que guardara los auriculares en su bolsito y le devolviera el móvil.
—Mi hija no deja de consolarme repitiéndome que al menos llegué a tiempo para despedirme de ella —le contó con la voz quebrada—.
Sé que he vuelto demasiado rápido al trabajo, pero no soportaba el hecho de estar las veinticuatro horas en la casa y preferí coger el taxi.
Es duro de admitir. Sin embargo, no encuentro consuelo en las palabras de mi hija.
No paro de machacarme pensando que si yo hubiera estado en casa, la habría salvado. La habría protegido, ¿me entiendes?
Yeray se revolvió incómodo en el asiento.
—Sí, claro que te comprendo.
Pensó en su mujer y en las veces en las que había imaginado que si él la hubiera acompañado esa mañana, ahora no estaría muerta. Claro que no podría asegurarlo con una certeza absoluta, pero al menos habría intentado salvarla, detenerla antes de que aquel coche la arrollara.
—Todavía me pregunto a quién demonios habría visto para bajar las escaleras sin mirar y... —Calló. No pudo continuar.
Yeray dio un respingo y, atónito, abrió los ojos.
—¿Por qué estás tan seguro de que vio algo?
Toño soltó un suspiro que parecía haber estado atascado en su alma desde hacía semanas.
—Porque esa misma mañana me envió un audio para contarme que había un intruso en la propiedad.
Parecía alterada. —Bufó y luego maldijo por lo bajo—.
No escuché el mensaje hasta dos horas después de su muerte.
No suelo abrir los wasaps hasta que hago una pausa, y ese día me llamó Kiko para que fuera corriendo antes del almuerzo.
Te juro que pisé el acelerador tanto como pude...
Había alguien allí... Estoy seguro... ¿Tú viste algo cuando llegaste?
Yeray negó con la cabeza muy despacio.
—No, no vi nada extraño.
—¿Te dijo algo más aparte de ese mensaje que te dejó para mí? ¿No te mencionó que había visto a alguien merodear por los alrededores?
Fingió recordar ese momento y luego miró a Olivia, quien lo observaba con sumo interés.
—No, te lo habría dicho, y también a la policía.
Toño detuvo el taxi y lo miró por el espejo retrovisor.
—Perdona si te he molestado con mis preguntas, tío.
Necesito dejar el pasado atrás, o acabaré volviéndome loco.
Ya tengo suficiente con las historias que se cuentan en el bar y eso de que hay un alienígena suelto por el pueblo.
¡Chorradas! —Asintió una vez al tiempo que le mostraba una mueca cómplice—. Gracias, me quedo más tranquilo.
Toño se bajó del vehículo y fue directo al maletero para entregarles el equipaje. En cambio, Yeray permaneció unos segundos más en su interior acribillado por la intensa mirada de su hija.
—¿No le vas a decir que se vaya lejos del pueblo? También tiene una hija.
—Olivia, es muy complicado.
De nuevo, en su mente resonó la frase que Claudia no paraba de repetirle: «Protege a tu hija».
Y aunque quiso alejarla de sus pensamientos, esa vez no pudo.
Miró a Olivia fijamente y recordó todos los momentos en los que Claudia se refería a ella.
Jamás usó el término hija para mencionarla, siempre utilizaba expresiones como «La niña ya está durmiendo», «Hoy llevo yo a la niña al colegio», «¿La niña te ha dicho qué quiere hacer en la fiesta de cumpleaños?
». Además, solo la llamaba Olivia cuando se enfadaba con ella.
Aunque le disgustaba rememorarlo, evocó el instante en el que sus brazos la sujetaban tendida en el asfalto. No deseaba hacerlo, sin embargo, tenía que hacerlo. Tenía que recordar.
La sangre cubría su rostro y él trataba de apartársela antes de que alcanzara sus ojos verdes y ella no pudiera ver la claridad del día.
Quería evitar que se sumergiera en una oscuridad de la que no lograra salir, desde la que no podría ayudarla.
Sus labios temblorosos se movían buscando la posición adecuada en la que poder hablar sin sufrir demasiado.
Él le aconsejó que no dijera nada, que ahorrara energías, pero ella insistió.
Hizo un último esfuerzo y entonces le susurró:
—Cuida de la niña.
Se llevó la mano al pecho, conmovido por ese recuerdo tan ingrato, y entreabrió los ojos con alivio pero también con otro pesar.
Claudia nunca pronunció la frase «Protege a tu hija» porque ella jamás diría algo así para referirse a su pequeña.
Jamás. Una ola de pánico lo invadió y comprendió que ese mensaje, proviniera de donde proviniese, no estaba relacionado con Olivia, sino con Idaira.
De alguna manera imposible de descifrar, su difunta mujer conocía la existencia de la joven y le repetía una y otra vez que tenía que salvarla.
En ese momento, no iba a cuestionarse la existencia del más allá, porque lo único que le importaba era que Idaira se encontraba en peligro.
Estremecido por la forma en la que había recibido el mensaje, tragó saliva con lágrimas en los ojos y se dirigió a la niña:
—Olivia, dile a Toño que vuelva a meter las maletas. No nos vamos. Regresamos a casa.