El vuelo del cernícalo Capítulo 17LA MARCHA #3
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Capítulo 17LA MARCHA #3

—Así que el famoso Yeray Darias no ha conseguido aguantar el verano con su padre.

—Toño rompió un silencio sagrado que él aprovechaba para despedirse de la isla a su manera—.

Yo había apostado por ti. Dije en el bar que siempre habías tenido un buen par de co...

Ya me entiendes —rectificó al observar a la niña desde el espejo retrovisor—.

Y que cuando te subiste a mi taxi te vi decidido y con ganas de comerte la isla como esos tiburones financieros que se pasean en sus cochazos por la costa.

—Yo no soy ningún tiburón ni he estudiado Economía —le aclaró—. Soy ingeniero.

—¿Y pensaste que aquí encontrarías un trabajo a tu altura?

—No pensé nada. Vinimos a relajarnos, eso es todo —le contestó de mala gana.

Toño lanzó un resoplido de disconformidad, pero no quiso entrar en el tema.

Se concentró en la carretera y fingió masticar un chicle que no tenía.

Luego cogió un caramelo del portavasos, le quitó el papel y se lo introdujo en la boca mientras sostenía el volante con la otra mano. A continuación, volvió a la carga:

—¿Te has enterado de la noticia? —Yeray negó con la cabeza—. Han encontrado a los dos alemanes muertos esta madrugada, cerca de la pista de Yorima. Ya sabes, la antigua carretera de Valle Gran Rey.

Frunció el ceño, extrañado.

—Eso está a apenas dos kilómetros de aquí. ¿Adónde iban?

Toño disfrutó al ver que ese tema despertaba el interés de su cliente. Odiaba las carreras donde apenas podía intercambiar un par de saludos con los viajeros. Por eso, cuando atisbaba en la parada de taxi a unos cuantos extranjeros, arrugaba la nariz, desanimado.

—Supongo que al mirador de La Curva del Queso —le explicó, haciéndose el interesante—. Hay muchos extranjeros que van parando sus coches de mirador en mirador. Tienen que verlo todo.

—Sí, pero ellos alquilaron unas bicicletas, si no estoy mal informado —objetó Yeray.

Toño asintió mientras chupaba el caramelo haciendo un ruidito desagradable.

—Tienes que saber pedalear muy bien si no quieres despeñarte por algún precipicio —apuntó—. ¡Es una locura!

—Bueno, imagino que las habrán dejado en algún lugar y que su intención era recogerlas en cuanto terminaran la caminata.

—Sí, es todo muy extraño.

A Yeray no se le escapó ese tono misterioso con el que había enfatizado la última intervención. Y aunque era consciente de que el taxista lo había hecho adrede, había algo que no le había contado.

—¿Por qué lo dices? —le preguntó, inclinando el torso hacia delante para examinar mejor su rostro.

—Mi primo, que está en la Policía Local, me contó que la mujer había escrito en la tierra la palabra vogel antes de morir.

Es una palabra alemana —susurró, temiendo que alguien más pudiera escucharlo.

Una tontería, pues en el vehículo solo estaban ellos tres, y Olivia se había enchufado los auriculares para escuchar música casi desde la salida de la casa—.

Significa «pájaro». ¿Por qué habrá perdido el tiempo en escribir esa palabra tan estúpida?

A Yeray se le erizó el vello de la nuca. Se echó hacia atrás y enterró la espalda en el asiento. Quería evitar que Toño advirtiera que había palidecido.

—Puede que para ella tuviera algún sentido —afirmó, tragando saliva.

—Pues yo no se lo encuentro, a no ser que tuviera un pájaro en Alemania y, al darse cuenta de que no saldría viva de allí, quisiera que alguien fuera a su casa y se hiciera cargo de él.

En cualquier caso, y a la espera de la autopsia, creen que fue un accidente.

Si hubiera sido un asesinato, yo habría escrito el nombre del asesino antes de morir. ¿Tú qué piensas?

Creyó que la cabeza iba a estallarle. ¡Pájaro! Había escrito la palabra pájaro antes de morir. ¿Qué posibilidades habría de que la pareja se hubiera tropezado con el hombre polilla?

—Sí, sí, es lo más lógico —afirmó al tiempo que parpadeaba sin parar y se llevaba una de las manos a la frente—. Si tuviera la posibilidad de señalar al culpable, haría todo lo posible para comunicárselo a alguien.

—¡Exacto! —exclamó eufórico Toño. Por fin estaban de acuerdo en algo—.

Y como tienen varios huesos rotos, lo más probable es que se hubieran caído mientras practicaban senderismo.

Seguro que uno de ellos tropezó primero y, al intentar rescatarlo, cayó el otro también.

¡Es una lástima! Venir de vacaciones y encontrarte con la muerte de esa manera.

Yeray entrecerró los ojos al percibir que los latidos de su corazón volvían a disparársele.

—Encontrarte con la muerte... —repitió inquieto—. Es una pena.

Agachó la cabeza y de reojo observó a Olivia.

Después de todo, eran unos afortunados. Ellos se habían topado con el hombre pájaro o ese hombre polilla, como quisieran llamarlo, y habían salido indemnes de la situación.

Sin embargo, Mateo, la madre de Toño y ahora muy probablemente esos dos turistas habían muerto después de haberlo visto.

¿Cuántos damnificados más tendría que haber para que esa criatura se fuera del Valle?

Pensó en Mateo y en que tal vez podría considerársele una víctima indirecta de la criatura, ya que durante su investigación terminó perdiendo la cordura, y tras no asimilar lo que había averiguado, había decidido quitarse la vida.

Quizá, el hombre pájaro lo había llevado hasta la lomada, como hizo con él, para que descubriera con sus propios ojos quién era y la razón por la que se encontraba en el Valle. Y Mateo no pudo soportarlo.

Puede que viera con más claridad las escenas que le mostró la criatura, puede que descubriera qué era lo que iba a ocurrir en Valle Gran Rey.

Pero, entonces, ¿por qué prefirió colgarse de un árbol en lugar de avisar a la población?

Porque lo tomarían por loco. No había otra respuesta.

Incluso existía la posibilidad de que hubiera intentado explicarse como había hecho él.

No obstante, ¿quién iba a creerlo? Sufría una depresión profunda después de la muerte de su mujer y aseguraba verla cada noche.

¿Quién demonios iba a darle crédito a su verborrea?

Mateo prefirió reunirse con su difunta mujer, y ahora él estaba huyendo del pueblo como un cobarde.

Se humedeció los labios y desvió la mirada hacia las palmeras que serpenteaban con su belleza por todo el Valle.

Tan elegantes, tan clementes al regalarles su sombra en los veranos tórridos.

Fue despidiéndose una a una de ellas al tiempo que le arrebataban un pedacito de su alma, porque parte de su vida, por mucho que quisiera negarlo, pertenecía a ese lugar.

De pronto, entre las palmeras surgieron edificios demasiado altos para contemplarlos en su totalidad desde la ventanilla del taxi.

Eran demoledores, lóbregos y arrancaban las plantas sin piedad, desterrándolas de un paisaje donde ellos eran los nuevos dueños.

El asfalto se convirtió en su nutriente, y las calles, en sus venas y arterias.

Estaba acorralado en la gran ciudad, anclado a sus vías, y había olvidado cómo moverse en ellas.

Entonces vislumbró a Claudia al otro lado de la calle.

Estaba esperándolo. Ella ladeó la cabeza para mostrarle una mueca de complacencia y él cruzó sin aguardar a que el semáforo se pusiera en verde.

Sorteó los vehículos, aguantó las bocinas y se resistió a los insultos de los conductores.

Todo porque necesitaba verla de nuevo, porque necesitaba sentirla de nuevo.

Cuando llegó hasta ella, lo miró con ojos entristecidos y sin previo aviso lo devolvió a la vía con un empujón.

—Protege a tu hija —le dijo muy seria.

Confuso, abrió los ojos y cayó en la cuenta de que continuaba en el taxi.

Se aferró con las manos al sillón delantero y quiso mirar por la ventana.

No había edificios grises ni tráfico ni...

Claudia. Había sufrido otra visión o una ensoñación de esas que consiguen alterar todos tus sentidos.

No tenía ni idea de cómo referirse a ellas, pero tenía que evitar que aquello volviera a repetirse mientras estuviera despierto.

Podría ser peligroso para él, para los demás, y consideró de forma urgente pedir cita con un psicólogo.

La muerte de su mujer estaba afectándolo sobremanera y no podía permitirse un descuido como, por ejemplo, si se encontraba al volante o cruzando un paso de peatones con la niña al lado.

Se despejó la mente sacudiendo la cabeza con levedad y atendió a Toño, quien ya buscaba aparcamiento en la zona de taxis del muelle de Las Vueltas.

—Antes de que te vayas, quiero agradecerte otra vez que intentaras salvar a mi madre —le escuchó decir.