El vuelo del cernícalo Capítulo 17LA MARCHA #2
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Capítulo 17LA MARCHA #2

—Ya lo había visto desde la ventana la noche que Mateo murió. Al principio, me dio mucho miedo, pero las otras veces no.

Palideció en ese instante y sujetó a la pequeña por los brazos.

—¿Qué otras veces? —le preguntó sin que el terror contagiara sus palabras—. ¿Qué otras veces, Olivia? ¿Cuántas veces has hablado con él?

—Anoche fue la primera. Pero lo vi alejarse cuando el cernícalo apareció muerto en las plataneras y algunas noches, cuando tú bajabas a la cocina, lo veía desde la ventana. A veces, me sonreía.

—¡Oh, por Dios! —Yeray la abrazó de nuevo y se sintió culpable por haber desplazado a su hija con este asunto—. ¿Por qué no me lo contaste?

—Se lo dije al tío Airam y me dijo que no me preocupara, que él cuidaría de mí. —Olivia le acarició los cabellos mientras él luchaba para que un torrente de lágrimas no empapara las mejillas de su hija—. Creemos que es un extraterrestre con buenas intenciones.

Él ahogó una carcajada y asintió sin mucha convicción. Ahora estaba más seguro que antes, tenía que sacar a su hija de la isla.

Fue otra cena sin mucha conversación y Yeray evocó el día que llegaron a La Gomera. Todos se sentaron alrededor de la mesa sobre las ocho y media, en un ritual que la familia Darias mantenía vivo incluso antes de que él naciera, cuando sus abuelos todavía compartían con ellos sus historias.

Solo Airam se esforzaba en darle conversación a la pequeña, al igual que esa noche.

Ni Martín ni él se sentían con ánimos de hablar, y le extrañó que su hermano se mostrase con el buen humor de siempre.

Ya tendría que saber que al día siguiente los dos se marcharían.

Sin embargo, se desvivió en regalarle a Olivia uno de sus mejores recuerdos en la casa.

Antes de regresar al dormitorio, se despidió de ellos sin decir mucho más que el abrazo esperado y el consiguiente «Que te vaya bien». No hubo más. Tampoco lo necesitaba, pues, a pesar de que esas semanas habían sido caóticas para él, se le hacía duro decir adiós.

No obstante, no se imaginó que se encontraría a Martín y a Airam a la mañana siguiente esperándolos en el salón para despedirse antes de irse.

De alguna manera, se sintió conmovido por esa iniciativa afectuosa que se repetía veinte años después, aunque esta vez su madre no estaba para insuflarle palabras de aliento y cariño.

Olivia soltó la maleta y corrió a abrazarse con su tío, quien pronto rompió a llorar, mientras Martín lo escudriñaba con la severidad de quien juzga un pecado capital.

Ya le extrañaba que su padre no le soltara alguna de sus perlas la noche anterior durante la cena.

Claro que para Martín cualquier decisión que tomara siempre sería motivo para ir al confesionario corriendo, y aquella se llevaba la palma de oro.

—Vuelves a huir con el rabo entre las piernas —le soltó en cuanto se colocó junto a él para contemplar con pena la escena entre Airam y Olivia.

Yeray forzó una sonrisa de oreja a oreja y tragó saliva. Se había prometido no iniciar una discusión con su padre que le dejara un sabor amargo en la boca y un mal recuerdo de su visita.

—Tú también deberías irte de aquí —le aconsejó—. Sé que sabes que no estoy mintiendo. Tú también lo viste.

Martín lo miró de soslayo y luego volvió la vista al frente.

—No voy a dejar la casa ni la finca en la que he invertido tantos años.

—Pues permite que Airam se vaya.

El viejo soltó una risotada.

—¿Contigo?, ¿a Madrid? Sabes que es más testarudo que yo. Tu hermano solo conoce la vida en esta isla. No duraría ni un minuto en una ciudad tan grande y lejos del mar. Le daría un infarto nada más aterrizar.

—No estoy mintiendo, papá.

El viejo se estremeció al escuchar esa palabra demasiado cariñosa para sus oídos. Yeray jamás se había dirigido a él de esa manera. Prefería llamarlo Martín o padre en señal de respeto, tal y como había hecho él con su progenitor y este con el suyo.

Martín posó la mirada en Airam y Olivia y en ese sentido abrazo que se alargaba demasiado en el tiempo.

Escuchaba los gimoteos de ambos, y presionó los labios con fuerza para que nadie viera que tremaban.

No quería despedirse así de su hijo y su nieta.

No era justo. Ahora que creía que estaba recuperando a su hijo pródigo como siempre quiso Ángela, volvían a alejarse de ellos.

—Te v-v-voy a echar m-m-mucho de m-m-menos —le dijo el gigantón al soltarla.

—Yo también. Y por eso pienso llamarte todos los días.

Yeray dio un paso al frente y quiso primero estrecharle la mano a su hermano antes de someterse a su apretón de brazos amorosos, pero este la rechazó. Él lo miró con desconcierto y entonces Airam le giró la cara.

—Estoy enfa-fa-dado contigo —le confesó.

—Vamos, Airam, no te pongas así. Sabes que volveremos a vernos.

—Eso me-me dijiste la úl-última vez y no fu-fue verdad. Te fuiste. No soy estúpido. ¡No v-v-vas a volver! ¡No me trates como a un t-t-tonto!

Yeray se mordió el labio inferior y trató de acercarse de nuevo a él, sin éxito.

—Sé que no eres ningún tonto —le aseguró con ternura—. Las cosas se torcieron un poco, pero esta vez no pasará. Te lo prometo.

—Me lo pr-prometiste la otra vez —le reprochó enojado.

Con los brazos en jarra, Yeray cogió aire al tiempo que buscaba ayuda en el rostro de su padre, a sabiendas de que este no se la daría.

—No sé qué decirte. Lo siento mucho.

Airam se cruzó de brazos como hacían los niños pequeños y frunció el entrecejo, malhumorado.

—Me v-v-vuelves a dejar s-s-solo.

—No estás solo. Martín se queda contigo —intentó contentarlo.

—Está v-v-viejo. ¿Y cuándo s-s-se muera? —insistió Airam.

—Sabes que dicen que mala hierba nunca muere —le dijo riendo—. A padre le quedan batallas que ganar.

Escuchó a Martín carraspear detrás de él y evitó girarse para no enfrentarse a su mirada reprobatoria.

—Eres mal he-hermano.

—Venga, Airam, por favor.

El gigantón lo empujó con el hombro al pasar cerca de él y abandonó el salón sin mirarlo a la cara.

Después, se encaminó hacia las escaleras.

Desde allí escucharon sus pisadas apresuradas subir hasta la segunda planta.

Yeray reparó primero en la mirada de reproche que le dedicaba Olivia, y luego posó los ojos en el rostro acongojado de su padre.

—Ya sabes que tu hermano es muy sensible. Detesta los cambios —le recordó el viejo—. No soportó la idea de que te fueras hace veinte años y le costó un par de semanas superarlo. Ahora le pasará igual. Necesita tiempo.

Yeray soltó de una vez todo el aire que habían contenido sus pulmones para no desmoronarse delante de Airam y negó con la cabeza.

—No pretendía que se sintiera así.

—¿Y qué esperabas? Se ha encariñado con su sobrina y ha vuelto a depositar su confianza en ti. Siempre se sintió culpable de que te fueras. Decía que si no... —Martín midió las palabras delante de la niña— hubiera ocurrido eso con Dailos, nunca te habrías ido.

—Sabes que no fue la única razón de que me marchara. Necesitaba vivir mi vida.

—Y ahora que lo has hecho, ¿te sientes mejor? —Se quedó mudo ante la pregunta de su padre y bajó el mentón—. Ni siquiera te has despedido de Idaira.

Escuchó la bocina del taxi y supuso que Toño llevaba un buen rato esperándolos. No deseaba iniciar otra conversación sobre su hija recién descubierta. Ahora no. Ni le apetecía ni contaba con el tiempo suficiente para que su padre comprendiera su postura. Tenía que salvar a Olivia.

—Tenemos que irnos. —No fue capaz de añadir nada más. Cualquier palabra que utilizara no le serviría para aliviar la presión que estaba sintiendo en el pecho y prefirió zanjarlo así. De lo contrario, jamás dejaría la casa.

Martín le dio un beso a la niña en la mejilla y le pidió que se cuidara mucho.

Luego miró a su hijo y se despidió de él con una leve inclinación de la barbilla.

No era hombre de frases elocuentes ni de achuchones encorsetados, y en ese momento una oleada de impotencia y frustración le impedía abrazarlo.

Volvía a dejarlos tirados, a todos, a sabiendas de que tenía una hija que lo necesitaba.

Yeray no miró atrás al salir por la puerta principal como sí hizo la vez anterior.

En aquel instante quería tener una fotografía mental de su casa y no olvidarse de su familia.

Tanto sus padres como Yaiza y Airam se despedían de él moviendo una de las manos mientras se introducía en el vehículo de uno de sus vecinos que tenía que ir a San Sebastián esa mañana.

Esta vez, en esa estampa, solo estaba su padre, y estaba seguro de que no lo saludaba con el entusiasmo fingido de antaño, porque él nunca quiso que se fuera y era consciente de que su madre lo obligaba a estar allí, en la puerta, como un buen padre.

Tampoco ahora quería que se marchara, pero al menos no disimulaba su mal humor.

Lo imaginó con las manos en los bolsillos y desahogándose con el palillo en la boca.

Subieron al taxi de Toño y este se apresuró a decirles que se abrocharan los cinturones en cuanto se sentaron en el asiento de atrás.

Yeray no quería dejar sola a la pequeña durante el viaje en un momento como ese e ir de copiloto.

Sabía que estaba triste, que una flecha traicionera se le había clavado en su pequeño corazón.

Y lo peor era que él había sido el tirador.

Circularon los primeros dos minutos sin decir una palabra, ni siquiera intercambiar alguna mirada cómplice.

Yeray mantenía a la niña cogida de la mano al tiempo que contemplaba desde la ventanilla las montañas imponentes que los habían custodiado en su visita.

Desafiaban al cielo azul con orgullo y cierta vanidad, sabedoras de que eran indestructibles y que ellas continuarían allí observando cómo los seres humanos iban y venían en busca de una necesidad de autonomía con la que ellas ya contaban: la ansiada libertad.