Capítulo 17LA MARCHA
LA MARCHA
No tardó ni media hora en hacer las maletas y recoger la habitación.
Lo más difícil fue encontrar billetes de avión para dos personas en plena temporada alta.
Incluso valoró la opción de quedarse en el Valle unos cuantos días más y esperar a que llegara septiembre.
Los precios para finales de agosto eran prohibitivos, ya que muchos aguardaban hasta el último momento para regresar a casa y aprovechar al máximo las vacaciones en la isla.
Se sentó en el borde de la cama un instante y reflexionó sobre ello.
No quería quedarse ni un minuto más en la casa, ya que esa criatura podría presentarse en cualquier momento y, esta vez, optar por llevarse a Olivia.
No podía permitirlo. Además, tenía claro que algo iba a suceder en el pueblo, aunque desconociera el qué y el cuándo, y este último interrogante estaba matándolo.
Podría ser mañana, pasado mañana o la semana siguiente.
Demasiado poco tiempo para reunir pruebas y tratar de convencer a Diana de que no le mentía, de que tenía que coger a Idaira e irse de allí. Quizá a Tenerife, o incluso más lejos.
¿Por qué no lo había creído? ¿Por qué no le había dado un voto de confianza? «Porque nunca estuve cuando más me necesitó —se lamentó, llevándose las manos a la cabeza—. Y ahora no me he comportado bien con Idaira».
—¡Maldita sea! —Le dio un puntapié a la maleta y se levantó. Comenzó a deambular por la estancia mientras la frente le hervía.
No podía hacer nada más por ellas sino pasarles una pensión si sobrevivían a lo que estaba por venir. Tampoco por su hermano ni por su padre, aunque le habría gustado sacar a rastras a Airam de allí, pese a que Martín nunca se lo permitiría.
Después, no entendió por qué un sinfín de pensamientos sobre el futuro más cercano comenzó a agobiarlo.
Pensó en la matrícula para el nuevo curso de Olivia, en que había puesto en venta la casa de Madrid y en que tendría que hacer unas cuantas llamadas para ver si los padres de Claudia o su hermana podrían acogerlos varios días hasta que él solucionara todo aquello.
Luego estaba el tema del trabajo. Tendría que pedirles unos cuantos favores a sus amigos para que intentaran recomendarlo en algunas empresas conocidas.
Y resopló.
Se tumbó en la cama con los brazos en cruz y tomó aire muy despacio. Nunca creyó encontrarse de nuevo en la misma situación: una mudanza, búsqueda de trabajo y rogándole a un familiar para que les permitiera dormir en su casa. Y todo eso cuando apenas había transcurrido un mes y pocos días.
«Bravo, eres un crac. Un padre excelente», ironizó.
Escuchó el sonido de la puerta principal y supo que Olivia había regresado.
No tardaría en enfrentarse a esos ojos transparentes y repletos de esa nueva vitalidad que había conseguido en el Valle.
Por fin, su hija se sentía cómoda entre plataneras y su inusual familia, y él se lo arrebataría todo de nuevo.
Volvió a resoplar.
Pronto, la niña entró en la habitación, le saltó sobre la panza y comenzó a narrarle lo bien que se lo había pasado en el bar de Dulce, que había probado la leche asada y que también Airam se había sumado a jugar al escondite con ellos.
—¡Ha sido una pasada! —Rio—. Después, cuando Dulce cerró el bar, fue al patio y nos regó a todos con la manguera. Antes de que te enfades, me dijo primero que me quitara el vestido, me bañó con el agua fría y luego me dio una toalla.
Yeray esbozó una media sonrisa.
—Sí, Martín también nos mojaba de esa manera cuando éramos más pequeños en los días de más calor —recordó con nostalgia.
Impulsó a la niña hacia delante y así la obligó a sentarse sobre sus rodillas.
—Tenemos que hablar, peque —le dijo con una mueca que probablemente hizo que ella temiera lo peor—. No podemos quedarnos más tiempo aquí. Tenemos que regresar a Madrid.
—¿Por qué? —Olivia abrió los ojos de par en par, sin comprender.
—Es muy difícil de explicar, pero le prometí a mamá que cuidaría de ti y puede que la isla no sea buena para una niña como tú.
—No lo entiendo —le dijo, arrugando la frente.
Yeray apretó los párpados e inspiró levemente para que ella no percibiera su desazón. También le había resultado muy difícil tomar esa decisión.
—Sé que te había prometido que pasaríamos el verano aquí y que si todo te iba bien en el colegio nos quedaríamos el curso entero, y si encontraba trabajo...
—No has buscado trabajo, ¿verdad? —lo interrumpió apenada.
—Han sucedido muchas cosas y apenas he tenido tiempo de hacerlo —se excusó tontamente.
Cabizbaja, Olivia abandonó las piernas de su padre y se retiró de él medio metro; la distancia justa para que comprendiera que no estaba nada de acuerdo con ese dictamen.
—Siempre podrías trabajar con el abuelo Martín en las plataneras —le sugirió sin maldad.
Él no supo qué responderle. Desde luego, no era lo que tenía pensado cuando llegó a la isla.
Se había prometido a sí mismo que jamás volvería a cargar con un racimo de plátanos, pero no quería decepcionar a la pequeña—.
No quiero irme, papá —le confesó al tiempo que un primer gimoteo se le escapaba de la garganta—. No quiero volver a mudarme.
Trató de mantener la calma y de hablarle con la misma suavidad con la que solía hacerlo Claudia:
—Pero si tú no querías venir aquí —le recordó—. Me dijiste que la isla apenas se veía en el mapa y que tú no sobrevivirías en el fin del mundo sin el Vips ni el Starbucks, que ibas a echar de menos tu frappuccino de crema sin cafeína.
Ella contuvo las lágrimas y lo miró con labios temblorosos.
—Eso era antes. Pero ahora están el abuelo, Airam, Jonay, Dulce y también Idaira.
Yeray bufó al escuchar el último nombre. Algún día tendría que contarle que esa chica era su medio hermana. En ese momento, prefirió desviar el tema:
—¿Quién es Jonay?
—El nieto de Dulce, papá —le explicó como si fuera tonto—. Vamos a ir juntos al colegio, ¿te acuerdas? —Hizo una pausa en la que frunció los labios y desvió la mirada al suelo—. Quiero decir íbamos.
Entornó los párpados y meditó mucho las frases que debía utilizar para no asustarla más.
Ya tenía que lidiar con una nueva mudanza, probablemente a la casa de la hermana de Claudia, quien vivía en Mejorada del Campo, a las afueras de Madrid, y eso suponía otro colegio distinto, al menos hasta que se asentara.
—Aquí ya no estamos a salvo y por eso no podemos quedarnos. ¿Lo entiendes?
La niña arrugó el rostro y permitió que de sus labios se escapara un hilo de aire cargado de arrepentimiento.
—¿Es por mi culpa?
—No, cariño, claro que no. ¿Por qué dices eso? —se apresuró a responderle.
—Porque estuve hablando con el extraterrestre y te dije que era bueno.
Pero después te llevó y... —Los continuos hipidos impidieron que terminara la frase y luego rompió a llorar—.
¿Te hizo daño? El abuelo dice que no. Pero yo no sé si creerlo porque cuando apareciste casi no caminabas.
El tío Airam y el abuelo te subieron hasta el cuarto y yo me preocupé mucho porque no decías nada.
No parecías tú. Pasé mucho miedo y pensé que te ibas a morir.
—No, no voy a morirme. No me hizo nada. Quería charlar conmigo, eso es todo.
—Le acarició la mejilla con dulzura mientras el corazón se le encogía.
No imaginó que la niña se hubiera asustado al verlo pálido y descompuesto—.
Pero no quiero que vuelva a esta casa y se dedique a corretear por las plataneras.
No sabemos qué es exactamente ni si viene en son de paz, por eso no quiero que estés en peligro.
—No le gustó mentirle, pero tampoco podía contarle que a esa criatura extraña la apodaban el hombre polilla y que solía ser un pájaro de mal agüero.
Le secó con el pulgar las lágrimas que se le habían detenido en las mejillas y no habían caído—.
No quiero que te tropieces con él otra vez, por eso he decidido que lo mejor es marcharnos, lejos de estas plataneras.
—¿Y qué hay del abuelo y del tío Airam?
Desvió la mirada hacia la ventana y observó cómo poco a poco el atardecer colorido dejaba paso a otra noche sin luna, repleta de sombras oscuras entre las que caminaba ese ser. Titubeó antes de responder:
—Estoy seguro de que estarán bien. El abuelo Martín no se achica ante nada y conseguirá sacarlo a escobazos de la finca si es necesario —afirmó, con una mueca divertida.
Luego depositó una mano sobre su hombro y la miró fijamente—.
Ahora necesito que te comportes como una niña mayor, que seas fuerte, que bajes a cenar y te despidas del abuelo y del tío. Mañana nos iremos temprano.
Olivia se fundió con su padre en un largo abrazo y después se secó todas las lágrimas de la cara con el dorso de ambas manos. Tenía que hacerse la valiente, aunque su rostro enrojecido la delatara antes de llegar a sentarse a la mesa para comer.
—Otra cosa, mi niña —continuó él—. ¿Ese ser te dijo algo? Antes de que yo bajara, parecía que tenías una conversación entretenida con él. ¿Qué te dijo?
—Le pregunté por mamá y me dijo que estaba bien —le confesó de manera natural, sin apreciar una pizca de miedo en sus palabras—.
Que los accidentes sucedían a diario y que eran inevitables.
Y para que existiera la belleza, tenía que existir el horror.
No entendí muy bien qué quería decirme. Pero creo que mamá está bien dondequiera que esté.
Olivia lo miró con sus enormes ojos verdes aguardando una confirmación que diera sentido a lo que acababa de decir.
—¡Claro! Mamá está en paz. De eso no tengo ninguna duda —consiguió decir con un nudo en la garganta—. Y cuida de ti desde arriba.
—¿Entonces por qué piensas que ese ser es malo? —La niña arrugó el rostro y Yeray chasqueó la lengua sin saber muy bien cómo proseguir—. Si no te hizo daño cuando te llevó, ¿por qué sigues pensando que es un monstruo?
—No lo sé..., Olivia. ¿Tú llegaste a verlo bien? —La niña asintió muy tranquila—. ¿Y no te pareció extraño?