Capítulo 16EL ENCUENTRO #4
Yeray arrugó la frente y miró desconcertado a su padre. No comprendía por qué no le había contado la verdad. Se trataba de Diana. Se merecía saber que una criatura aterradora era la responsable de la muerte de su padre y que continuaba allí fuera, escondida entre la intrincada red de barrancos.
Él no se había caído. Si algo tenía claro, era que ese bicho se lo había llevado en contra de su voluntad, aunque no recordara cómo, y que previamente Olivia se había puesto en peligro al entablar un diálogo con él. ¡Todos se merecían conocer la verdad!
Cualquiera podría ser su próxima víctima.
Él se había salvado de milagro, pero ignoraba cómo reaccionarían los demás al tener a la criatura delante.
—Sí, es increíble que todavía no hayan cogido al idiota —reiteró su padre.
Se hizo un silencio incómodo en el que las miradas hablaban más que las palabras.
Yeray fulminó de nuevo con la suya a Martín, quien continuaba con una mueca disgustada en el rostro, más forzada que sincera, pues el viejo había soltado una sarta de patrañas que lo habían dejado clavado en el sofá.
En cambio, Diana deslizaba sus ojos avellanados del uno al otro con rapidez, sin saber muy bien dónde descansar la vista.
Por fin, ella se atrevió a romper ese mutismo embarazoso:
—Bueno, en realidad, tengo que admitir que he venido a hablar con Martín —reconoció, con una sonrisa tímida y algo avergonzada.
Yeray asintió muy despacio, intentando averiguar cuál sería el motivo de esa conversación distendida antes de que irrumpiera en el salón—.
Es por Idaira. Los dos estamos muy preocupados por ella.
Desde que terminó el curso, apenas habla conmigo.
Pero, ahora, cuando supo que tú... —No fue capaz de mencionar que era su padre, y eso significaba que todavía le escocía.
Yeray se revolvió en el asiento con disimulo y continuó prestándole atención—.
Entra y sale de casa sin decirme nada, casi no me dirige la palabra...
Afortunadamente, tu padre me ha contado que no ha dejado de venir a trabajar, y eso es una buena señal.
—Yo... Mmm... —No sabía qué decir. Ahora mismo estaba inmerso en otra cuestión; una que lo había llevado a estampar la cabeza contra la tierra que rodeaba el árbol en el que se había suicidado Mateo y sufrir una serie de alucinaciones que todavía no había podido digerir y que de alguna manera tenía que recordar—.
Vale..., eh... Ella no quiere hablar conmigo, así que no tengo ni idea de cómo ayudar.
—Sí, lo sabemos —le comunicó, como si los dos hubieran llegado a un acuerdo—.
Martín se ha portado siempre muy bien con ella e Idaira lo estima.
Creo que no le ha desagradado la idea de que sea su abuelo, y quizá podamos aprovechar esa ventaja.
No ha venido a comer a casa después de terminar de trabajar ni me ha llamado para decírmelo.
Él trató de restarle importancia. Ya conocía el carácter indomable y desafiante de la adolescente.
—Estará con su noviete. El zángano ese que va en moto —soltó sin más—. Últimamente, parece que no hace nada sin él.
Diana dio un respingo en el asiento y arrugó el entrecejo, contrariada.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Creía que en el Valle, donde todo el mundo conocía la historia de sus vecinos, ya sabrían de la relación de Idaira con el motero. Se encogió de hombros y se vio obligado a responder:
—La he visto varias veces con él —admitió sin reparos—. ¿Cómo demonios se llama? Ah, sí, César.
—No me habías comentado nada —le reprochó con una dulzura que no le resultó indiferente a Martín.
Yeray se frotó la nuca, incómodo.
—Bueno, no creo que debas preocuparte por ese tal César.
Idaira sabe ingeniárselas solita. —Ella lo miró escandalizada y él no comprendió el motivo de su disgusto.
Era su madre. Tenía que conocerla para saber que era rebelde, manipuladora y que usaba su atractivo para conseguir lo que le viniera en gana—.
Quiero decir que es... bastante madura para su edad...
Lo siento, no estoy teniendo un buen día.
Se frotó las sienes con ambas manos y una imagen repentina invadió su mente: la criatura desplegando sus grandiosas alas cuando todavía estaba en el suelo.
Se sintió pequeñito, demasiado diminuto para ser considerado alguien en un universo tan grande.
Se crujió los dedos y, con los párpados entornados, se masajeó la barbilla con dureza.
Entonces, otra imagen le sobrevino. El ser lo apuntaba con su dedo índice y al rozarle la frente visionó cómo caía al suelo.
Se levantó como impelido por un resorte del sofá mientras escuchaba las voces de Martín y Diana en la lejanía.
No sabía si hablaban entre ellos o se dirigían a él.
Apretó los ojos con fuerza y procuró contar hasta diez mientras trataba de mantener el equilibrio.
No quería desmayarse allí, en medio del salón, pues no quería que lo trataran como a una persona frágil o aquejada de un shock postraumático.
No quería porque no le sucedía nada. Todo era producto de su mente. Nada más.
Otro desfile de escenas horrendas se introdujo en su cabeza y no supo cómo detenerlas.
Empezaba a recordar, y aunque quería hacerlo, no imaginó que fuera tan doloroso.
Se apoyó en el respaldo del sofá y trató de controlar la respiración alargando las inspiraciones y las exhalaciones.
Ese condenado hombre pájaro le había atrofiado la mente, le había incrustado pensamientos que no eran suyos, que le hablaban de guerras y catástrofes.
Consiguió abrir momentáneamente los ojos y distinguió a Diana correr hacia él con un vaso de agua mientras su padre le hacía gestos para que se sentara. Sacudió la cabeza varias veces con brusquedad para deshacerse de esas endiabladas imágenes y, de nuevo, todo se volvió negro.
Entonces, vislumbró la señal en verde de un paso de peatones que lo animaba a ponerse en marcha y distinguió a Claudia al otro lado de la calle con su vestido de tirantes blanco.
Corrió hacia ella al tiempo que escuchaba las bocinas de los coches increparlo sin razón, y cuando logró alcanzarla, Claudia volvió a susurrarle lo de siempre: «Protege a tu hija».
Abrió los ojos como el que se despierta de una terrible pesadilla y contempló a Diana sentada en el borde del sofá donde él permanecía echado.
—Te has mareado, pero estás bien.
—¡No, no estoy bien! —exclamó conforme se levantaba y trataba de mantener el equilibrio, después de un ligero tambaleo—. Algo está ocurriendo en este maldito pueblo y yo tengo que cuidar de Olivia.
—Trata de calmarte —lo aconsejó su padre—. Ahora mismo no estás en tus cabales.
Yeray fulminó a su padre con una mirada profunda, en la que podían apreciarse las distintas tonalidades de ese color chocolate del que presumían sus iris.
—Tú lo viste. Anoche lo viste desde la puerta de la cocina y por eso no viniste a mi encuentro. No hasta que pusiste a Olivia a salvo. Ella cree que es un extraterrestre pacífico y que viene en son de paz, pero no es nada de eso. ¡Lo he visto! Trae el caos, la destrucción.
Martín apoyó la mano derecha sobre su hombro para intentar calmarlo.
—Hijo, estás asustando a Diana. Te has desmayado y eso te ha afectado la cabeza. Tienes que tranquilizarte.
Él apartó la mano de Martín de un guantazo y lo apuntó con el dedo índice.
—¡No estoy loco! Sé de lo que estoy hablando. Fue visto en todas esas ciudades antes de que ocurriera una desgracia. Sí, es eso. Algo gordo va a suceder aquí. No sé cuándo ni el qué, pero va a pasar algo en el Valle.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó Diana alterada.
Se aproximó a ella con ojos suplicantes. Tenía que creerlo. Confiar en él.
—Tu padre lo sabía. Sabía que no era un hombre de carne y hueso y trataba de hablar con él, que le contara qué era lo que iba a ocurrir.
Y cuando lo averiguó, no pudo con la verdad y se quitó la vida.
Sí, eso tuvo que pasar... No hay otra explicación.
—Entrelazó las manos en la nuca y miró al techo mientras sus ojos se humedecían.
Ahora todo cobraba sentido en su cabeza y sintió alivio.
Después, volvió a posar la mirada en ella, confiado de que era su única esperanza.
Si lo escuchaba, si compraba su versión, tal vez existiría una salida para todos—.
Tienes que creerme, Diana. Él creía estar viendo a tu madre como yo veo a Claudia.
Es un mensaje... Un mensaje que a nosotros nos resulta un jeroglífico incomprensible...
Por eso quiere mostrarnos la verdad con imágenes.
—No estás bien, Yeray —le dijo, negando con la cabeza.
Esas palabras lo condenaron. Percibió una profunda herida cerca de su corazón y temió volver a perder los latidos cuando hacía poco que los había recuperado.
—No es verdad. Estoy mejor que nunca. —Rio enajenado—. Tienes que confiar en mí. Soy yo, Diana. Soy yo...
Quiso cogerle las manos, obligarla a mirar dentro de sus ojos para que viera que todo lo que estaba contándole era real. Sin embargo, ella dio un paso atrás.
—¡Basta! —le gritó Martín—. ¡Déjala en paz!
Se acabó esta historia. No quiero que vuelvas a hablar en mi casa de extraterrestres ni criaturas salvajes.
¿Es que no ves lo que estás haciendo? ¡Estás asustándola!
Y esas teorías alocadas sacadas de Internet van a conseguir alterar a medio pueblo.
Y te juro por Dios que este pueblo ya ha sufrido bastante.
La gente de aquí no se lo merece. No nos lo merecemos.
Yeray lo encaró y lo torpedeó con una mirada cargada de inquina.
—Está bien. Si ni mi propio padre es capaz de escucharme, me marcho de aquí. Es lo que has querido desde que llegué —lo informó—. Para tu alegría, Olivia y yo nos largaremos de este pueblo. No voy a permitir que le ocurra nada. A ella no.