Capítulo 16EL ENCUENTRO #3
El ser desplegó sus enormes alas y Yeray, sobrecogido, rompió a llorar.
Eran inmensas, imponentes y, al mismo tiempo, estremecedoras.
Carecían de un plumaje que atenuara el impacto brutal que había experimentado al encogerse los músculos de su cuerpo.
Y reparó en que esas alas tan significativas se asemejaban más a las de las mariposas que a las de un cernícalo, aunque no brillaran por su colorido, sino por su opacidad.
Ahora lo sabía. No estaba ante una persona disfrazada, sino ante la maldita criatura legendaria que muchos habían jurado haber visto pero a quienes la mayoría habían tomado por locos fanáticos de los ovnis o entusiastas de lo sobrenatural.
¿Era un extraterrestre? Lo ignoraba. ¿Era una criatura como el monstruo del Lago Ness?
Podría ser. No obstante, carecía de las pruebas suficientes para inclinarse hacia una postura u otra.
Y, de hecho, le importaba un carajo, pues iba a morir.
Barajó la propuesta del ser de entregarle la mano motu proprio o aguardar a que se la sujetara de forma salvaje y forzarlo a que se pusiera de pie.
Quiso humedecerse los labios por última vez, pero no lo consiguió.
Estaba seco por dentro, y la culpa la tenía el miedo.
Pensó en Olivia y en que no quería que viera su cuerpo destrozado por haberse defendido, luchado hasta el último segundo, así que se levantó sin necesidad de tocar sus dedos huesudos.
El hombre pájaro retiró la mano de acuerdo con su decisión.
Después, lo animó a caminar hasta el árbol, y él, con una mueca absurda en su rostro, asintió.
Caminaron los dos juntos en silencio, tras haber firmado un tratado de camaradería a la antigua usanza: nada de escaramuzas ni violencia gratuita hasta no alcanzar el objetivo.
Se detuvieron cuando tenían la rama fatídica sobre sus cabezas.
Entonces, la criatura se giró hacia él, lo examinó como si fuera una rata de laboratorio mientras Yeray contenía la respiración y, después de alargar el dedo índice, le dio un toque en la frente.
Cayó al suelo.
Sin esperarlo, su cuerpo se fue hacia atrás y escenas de su vida desfilaron por su mente antes de estamparse contra la tierra en cuestión de segundos.
Se vio jugando con sus hermanos al escondite entre las plataneras siendo un niño, nadando en el mar mientras alentaba a Airam a mover los brazos para que no se hundiera, el día que conoció a Diana en el colegio, sus escapadas adolescentes cuando el amor brotó en ellos, las riñas con su padre, los abrazos de su madre, la paliza que le dio a Dailos, el día que decidió marcharse de La Gomera, su vida en Madrid, el primer beso de Claudia, su boda, el nacimiento de Olivia, el funeral de su madre y... la muerte de Claudia.
—Claudia —musitó, ya con el cuerpo en la tierra.
Ella apareció frente a él con un vestido de verano blanco y se arrodilló para rodearlo entre sus brazos y sujetarle la cabeza. Inclinó el rostro hacia delante y acercó la boca a uno de sus oídos. Entonces, le susurró:
—Protege a tu hija.
Una nueva oleada de imágenes lo invadió, pero esta vez nada tenía que ver con su vida.
Había muerte, sangre, violencia, guerra, explosiones, muros que caían y otros que se levantaban, manifestaciones que terminaban con cargas policiales, terremotos, inundaciones, dos jóvenes que se retaban en una carrera improvisada con sus coches en pleno centro de Madrid.
Escuchó las bocinas para alertar a los peatones y el grito de muchos de ellos, incluido el de Claudia.
No tendrían tiempo de detener sus vehículos frente al semáforo en rojo, y después, el impacto.
Luego, todo se volvió negro.
Sintió paz, una paz que lo llevó a contemplar el mismísimo universo, y allí percibió los continuos golpes que estaba recibiendo su cara. Se estremeció, quiso defenderse, patalear, pero una nueva bofetada consiguió que abriera los ojos de forma repentina.
—Bien, hijo, muy bien. Estaba a punto de llamar a una ambulancia —escuchó la voz de su padre, inmerso en un eco lejano—. Parece que te has desmayado.
Él intentó negarlo, pero la cabeza iba a reventarle.
Permitió que su padre lo ayudara a sentarse sobre los hierbajos secos y lo miró sin saber qué decirle.
Estaba tan contento de que Martín lo hubiera encontrado, de que lo hubiera buscado, que lo abrazó sin más al tiempo que un sollozo inesperado le daba voz a su alma:
—Gracias —logró decirle.
—Sea lo que sea que te haya ocurrido, ya pasó. No está aquí —lo consoló como a un niño pequeño—. ¿Te ha hecho daño?
—No —balbuceó.
—Eso está bien. Está muy bien. ¿Crees que podrás caminar? No es por nada, pero ya soy muy viejo para cargarte al hombro, como comprenderás.
Se rio de la ocurrencia de su padre y a continuación lo miró con fijeza a los ojos.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí?
Martín soltó un resoplido y estiró una de las comisuras de los labios con picardía.
—No estaba seguro. Pero al ver la luz encendida de Domingo, recordé que Mateo, antes de venir a nuestra finca persiguiendo a ese ser, pasaba por la de Alfredo y luego por la de su otra vecina, la anciana de la que no recuerdo su nombre.
Hacía el mismo recorrido todas las noches, y supuse que la última parada era el lugar donde lo encontraste muerto.
—Muy bien pensado —lo felicitó—. Ahora, llévame a casa, o volveré a desmayarme en cualquier momento.
Se despertó a media tarde, y cuando lo hizo, se llevó un susto al no ver a Olivia tumbada junto a él.
Creyó que la historia se repetía, así que, agitado, se quitó el pijama, se puso unos pantalones de chándal, una camiseta que encontró en el armario y bajó hasta la primera planta con las zapatillas en las manos.
Martín lo había ayudado a meterse en la cama en cuanto llegaron a casa bajo la agitación de Airam y Olivia, quien estaba muy afectada por verlo sin fuerzas.
La calmó como pudo y le pidió que se recostara con él.
La niña obedeció y se tumbó sobre el colchón en cuanto Martín lo arropó con una sábana fina.
Un extraño sopor lo había envuelto desde que había despertado en la loma, quizá por la increíble aventura que acababa de vivir, puede que porque ese misterioso ser le hubiera suministrado alguna sustancia química.
No podía asegurarlo con certeza. Solo podía afirmar que tenía unas profundas ganas de cerrar los ojos.
Se fue directamente a la cocina, pero al escuchar voces en el salón, se dirigió a esa estancia sin detenerse un segundo para averiguar de quiénes eran.
Irrumpió en ella con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, deseando encontrar a Olivia allí.
Sin embargo, la niña no estaba en el salón, pero sí distinguió a Martín sentado en el sofá bebiendo de una lata de cerveza mientras charlaba animosamente con Diana.
—¿Y Olivia? —preguntó, obviando los saludos de cortesía.
—Está bien —le contestó su padre—. Airam se la ha llevado al bar de Dulce para que se distrajera un poco y jugara con su nieto. Puedes llamarlo al móvil si quieres.
Todavía nervioso, se atusó los cabellos y posó la mirada en el rostro comprensivo de Diana.
—Martín me ha contado la noche movidita que has tenido. ¿Te encuentras mejor?
—Sí, sí, solo me duele todo el cuerpo —respondió, arqueando la espalda y sintiendo un latigazo lacerante que lo hizo marearse un segundo.
—Olivia tuvo que llevarse un gran susto.
—No te creas. —Yeray contuvo una mueca dolorosa cuando quiso sentarse junto a ella—. Parecía que había hecho un amigo nuevo... Quería hablar con ella del tema —afirmó, encañonando con la mirada a su padre—, pero no esperaba que no estuviera en la casa después de lo que ocurrió anoche.
—Creo que es mejor que esté fuera que dentro. Es más seguro —aseveró el viejo de manera contundente y le dio otro sorbo a la cerveza—. Hace un calor de mil demonios.
Yeray ignoró a su padre y quiso disculparse con Diana. Entre lo sucedido en casa de Reyes y su secuestro la noche anterior, no había tenido tiempo de llamarla.
—Perdona si no estoy del todo entero para recibir visitas —se excusó casi de manera formal.
Con Martín delante de ellos, no podía hablarle con total libertad y confesarle que no se había olvidado de ella.
Ni ese maldito hombre pájaro había conseguido sacarla de sus pensamientos—.
Todavía estoy intentando recordar todo lo que ocurrió anoche.
Tengo huecos en blanco que no consigo rellenar.
Diana frunció los labios y alargó la mano para cogerle la suya, sin embargo, la retiró al comprobar la mirada incisiva de Martín.
—¿En serio no te acuerdas de lo que te pasó?
—Bueno, tengo momentos claros y otros... más oscuros —reveló, percibiendo cómo los ojos pardos de su padre se posaban de nuevo sobre él.
El viejo no decía nada. No participaba en la conversación de forma activa, y eso lo incomodaba, ya que, después de lo vivido la noche anterior, esperaba algo más de comprensión por su parte.
—Imagino que lo recordarás cuando tengas que hacerlo —trató de calmarlo Diana—. No tienes por qué preocuparte. Sé que mientras ese acosador siga campando a sus anchas por el Valle, nadie dormirá tranquilo, pero tenemos que confiar en la investigación policial. ¿Qué te dijeron?
Entornó los párpados, confuso, y antes de que pudiera responder a esa cuestión, su padre se le adelantó:
—No los hemos llamado. No fue necesario hacerlo.
El intruso se marchó y nos dejó a todos en paz.
Hizo lo que siempre hace: espiarnos y largarse.
—El viejo se encogió de hombros y continuó—: Ya te he dicho que Yeray tuvo la mala suerte de toparse con él y que en su persecución se tropezó y se cayó.
Nada grave. Lo que ocurre es que Olivia lo presenció todo y está asustada...
Además, los agentes de policía ya saben que tenemos a un mirón.
Lo hemos denunciado un par de veces. Pero, maldita sea, no hacen nada.
—¡Es una vergüenza! —exclamó Diana.