El vuelo del cernícalo Capítulo 16EL ENCUENTRO #2
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Capítulo 16EL ENCUENTRO #2

Fue entonces cuando reparó en una silueta oscura cerca de la segunda hilera de plataneras.

No podía apreciar su rostro, pero sí esos enigmáticos ojos rojos que lo hicieron temblar de arriba abajo.

No lo recordaba tan alto. El acosador tendría que medir casi los dos metros, e imaginó que cuando lo persiguió no pudo calcular bien su estatura.

Tragó saliva varias veces, sin apartar la vista de él.

No le resultó fiero, ni siquiera audaz. Sin embargo, ese vacío profundo que emanaba de su mirada lo aterraba más que la falta de intenciones claras.

Desconfiaba de esa ausencia de emociones, de esa carencia de expresión en un rostro que se le antojaba fantasmagórico, porque lo convertía en un psicópata de manual, incapaz de mostrar compasión, calidez o una brizna de empatía que lo hiciera rectificar sobre sus planes.

Sujetó con fuerza a Olivia con uno de los brazos y con la otra mano lo apuntó con el cuchillo en tensión, por si las pretensiones del monstruo fueran atacarlos en cuanto bajaran la guardia.

Caminó hacia atrás muy despacio mientras buscaba el amparo de la casa a la vez que continuaba desafiando al maldito acechador.

El pulso le temblaba y la hoja vibraba de un lado a otro, sin permitirle que pudiera mantener el objetivo fijo en el pecho de la criatura.

—¿Quién eres?

El ser inclinó la cabeza, como un ave que observa a su presa, analizándolo con meticulosidad y con una curiosidad que rayaba la ingenuidad.

—¿Quién soy? —repitió. Pero su voz no era eco ni palabra, sino un pensamiento que se deslizó en la mente de Yeray, quien dio un paso hacia atrás y apretó a su hija contra su pecho.

—¿Qué quieres de nosotros? —insistió, con la garganta seca.

El ser no respondió, solo se limitó a extender una mano larga y huesuda hacia la niña como si quisiera acariciarla.

Yeray apretó aún más el cuchillo y se lo mostró con rabia.

—No le hagas daño, papá —le rogó Olivia.

Por el rabillo del ojo, observó que su padre estaba en la puerta con Airam, quien mantenía al perro alrededor de sus piernas.

Toby continuaba sin ladrar. Se movía en círculos en torno a su hermano, sin querer mirar hacia el lugar donde se encontraba el intruso.

Martín le hacía señales para que corriera hasta ellos, y se preguntó por qué su padre no iba a su encuentro armado hasta los dientes.

En esa situación, hasta el rastrillo que usaba para arar la tierra podría serles de utilidad.

Ignoraba lo que podrían ver desde su posición, aunque no había que ser muy inteligente para deducir que si él mantenía sujeto un cuchillo y apuntaba hacia las plataneras, era porque el intruso habría regresado. Y él necesitaba una ayuda más activa.

Depositó a la pequeña en el suelo lentamente, sin soltar el cuchillo y sin dejar de examinar el frente.

—Ve con el abuelo. Cuando te diga ya, corre todo lo que puedas y dirígete hacia el abuelo.

Olivia asintió asustada. No comprendía por qué se había armado tal alboroto, pero al ver a su familia tan agitada, tuvo miedo de haberse equivocado, miedo de que ellos tuvieran razón y su extraterrestre fuera maligno, miedo de haberlos puesto en peligro.

Con el cuchillo en alto, Yeray dio tres pasos hacia delante y se situó muy cerca de la primera hilera de plataneras.

El crujido de las hojas secas bajo sus pies descalzos sonó demasiado fuerte en el denso silencio que se había instaurado de nuevo en la finca.

Cada fibra de su cuerpo esperaba que la criatura reaccionara, que atacara, que se desvaneciera. Pero no lo hizo.

El hombre pájaro permaneció inmóvil, como si estuviera esperándolo. Sus ojos ardían en la penumbra, fijos en Yeray, impasibles. Ese quietismo era más aterrador que cualquier movimiento. Era como si todo el peso de la noche se hubiera detenido, aguardando cualquier gesto.

De nuevo, las palabras del ser brotaron dentro de su propio cráneo:

—No soy tu enemigo, Yeray.

Contuvo la respiración y sintió que el filo del cuchillo se humedecía en su mano.

—¿Qué quieres de nosotros? —volvió a escupirle entre dientes.

Los ojos del ser se desviaron apenas hacia la casa y luego hacia las otras del vecindario.

—Ya han sido marcados. Y nada de lo que hagas podrá impedir lo que se acerca.

Yeray sintió que la tierra bajo sus pies se volvía más inestable. Era el eco de todo lo desconocido resquebrajándose con esas palabras. A pesar de ello, inhaló una bocanada de aire, repleto de arrojo, atisbó a la niña por el rabillo del ojo y le gritó:

—¡Ya!

Olivia acortó la distancia que la separaba de su abuelo y su tío en varios segundos.

Corrió con el alma encogida pero con los pies ligeros, sin dudar ni un ápice de la meta, sin mirar atrás.

Llegó hasta Martín, quien la aupó hasta que enroscó las piernas en su cintura y se fundieron en un sentido abrazo.

El viejo la introdujo rápidamente en la casa con la ayuda de Airam y le pidió a este que se encargara de la niña.

Volvió a salir, pero entonces ya no vio a Yeray.

Su hijo había desaparecido.

Recorrió el interior de las plataneras de cabo a rabo, aunque no lo encontró.

No había rastro de él en la finca ni en las inmediaciones de la casa.

Pensó en avisar a la policía, aunque pronto apartó esa idea de la cabeza.

Hasta el momento, no habían sido de gran ayuda, incluso se habían reído de él cuando apareció en el cuartelillo con la foto que Airam le había sacado al supuesto acosador.

Lo habían descrito como una gallina con patas gigantes.

Estuvo a punto de romperle la nariz a uno de esos mocosos recién salidos de la academia, pero se contuvo.

No tenía ganas de pasar una noche en el calabozo cuando en casa le esperaba un buen plato de rancho.

Con los brazos en jarra y después de un largo suspiro, Martín oteó el horizonte con cierto desánimo. En una noche sin luna, el paraje espectacular que amparaba al Valle se transformaba en montañas oscuras repletas de barrancos traicioneros y senderos que conducían al mismísimo infierno.

Carraspeó y escupió muy cerca de sus zapatos. Observó que las luces de la casa del vecino de enfrente se encendían y entonces lo tuvo claro. Sabía hacia dónde dirigirse.

A Yeray le costó una barbaridad abrir de nuevo los ojos.

No supo en qué momento los había cerrado.

Quizá fue en el instante en el que la criatura se abalanzó sobre él, o puede que mientras lo arrastraba camino arriba tirando del cuello de la camiseta de su costoso pijama corto.

No lograba individualizar el segundo exacto.

Le dolía demasiado la cabeza y los oídos le pitaban exaltados, inmersos en una carrera de silbatos que no tenían intenciones de parar.

Supo que estaba tumbado en la tierra porque percibía su trasero enterrado en ella y sus manos no dejaban de palpar malas hierbas o piedras de diversos tamaños. Se sentó y se llevó una mano a la sien. Después, quiso destaponarse uno de los oídos dándole golpecitos a la oreja con la palma de la mano.

Entonces, elevó la barbilla y cayó en la cuenta del lugar al que lo había trasladado el hombre pájaro: el llano en el que Mateo se había suicidado. Y justo enfrente se encontraba el maldito árbol.

Quiso levantarse con presteza y escapar de ese sitio antes de que a ese horrible ser se le ocurriera presentarse de nuevo, pero fue demasiado tarde.

El hombre pájaro salió de detrás del grueso tronco y se aproximó a él con pasos de plomo.

Arrastrándose, Yeray retrocedió un par de metros.

No tuvo tiempo de más. La criatura se plantó frente a él con un rostro que le resultó imposible de interpretar y lo miró con esos ojos rojos que había visionado en casa de Reyes.

—¿Qué quieres de mí? —le preguntó aterrado al tiempo que se atrevía a examinarlo.

Tenía la cara ovalada y sin arrugas que pudieran determinar su edad.

La nariz y la boca le resultaban insignificantes frente al tamaño de sus ojos oscuros, y enseguida reparó, al observarlos mejor, en que ese color escarlata no provenía de sus iris, sino de sus pupilas, las cuales parecían dilatadas.

No quiso examinar sus orejas, sobre todo porque carecía de ellas, e intuyó que ese misterioso ser debía poseer otro órgano auditivo diferente al de los humanos.

«Joder, pero ¿qué estoy pensando? Es un hombre disfrazado con un traje. No es un demonio ni un alienígena».

Sus piernas eran firmes y tersas, largas como sus brazos fibrosos y capaces de estrechar distancias en pocos segundos.

No quiso pensar si su velocidad sobrehumana se debía a ellas o a algo más que hubiera pasado por alto.

No obstante, esa desproporción entre las extremidades y el tronco le hacía parecer un ser enjuto, casi famélico, cuando era todo lo contrario.

Entonces, su mirada se posó en los dos misteriosos bultos que le sobresalían de la espalda, cubriéndola en su totalidad y llegándole hasta la mitad de las piernas. ¡Eran las malditas alas!

—¿Por qué me has traído aquí? —Su voz se rompió en un susurro cargado de rabia y miedo—. ¿Y por qué has dicho que ya es tarde para algunos?

El silencio pesaba. Solo el crujir de las ramas y el murmullo lejano del mar parecían responderle. De pronto, el hombre pájaro se inclinó hacia él y, sin abrir la boca, un eco apagado retumbó en su interior, surgiendo de sus propios huesos:

—Porque hay puertas que solo se abren cuando alguien no puede volver... Y Mateo fue uno de ellos.

El acechador se giró y le señaló el árbol. Yeray ahogó un grito de miedo y tragó una saliva que su boca apenas producía. ¡Iba a colgarlo! Iba a arrastrarlo hasta el árbol, pasarle una soga por el cuello y dejarlo caer como había hecho con Mateo.

La criatura alargó el brazo derecho y pudo contar cómo los cinco dedos huesudos trataban de alcanzarlo.

—No, por favor. Tengo una niña pequeña que acaba de perder a su madre. No puede perderme a mí también.