El vuelo del cernícalo Capítulo 16EL ENCUENTRO
71%

Capítulo 16EL ENCUENTRO

EL ENCUENTRO

Esa noche asaltó el pequeño botiquín de su hermano donde guardaba toda la medicación y le robó unas cuantas pastillas para dormir.

Se las había recetado el médico para que se las tomara en las ocasiones en las que se agitaba mucho, hacía ya un tiempo.

Recordó que su madre corría a buscarlas en cuanto Airam sufría una crisis, le colocaba una debajo de la lengua y lo ayudaba a relajarse acariciándole la mano mientras le susurraba palabras cariñosas.

Por ese motivo, rehuyó el insomnio y cayó dormido segundos después de que lo hiciera Olivia. Ni luchó contra molinos de viento ni su barco naufragó en una isla desierta. Simplemente, descansó.

Soñó que nadaba en las aguas tranquilas de la playa de Vueltas mientras disfrutaba de un sol radiante y cálido.

Se atrevió incluso a bucear con los ojos abiertos y contemplar el fondo marino, limpio, salvaje y con alguna que otra mantelina queriendo imitar su movimiento, para después concentrarse en su cometido y enterrarse en la arena.

Volvió a la superficie y sacó la cabeza.

Extrañado, observó cómo las nubes empañaban un día brillante y cómo poco a poco iba oscureciéndose.

Pronto, las olas se agitaron, se hicieron más grandes, y una de las barcas pesqueras se dirigió hacia él impulsada por la rabieta repentina del mar.

Lo golpeó en la cabeza, y al llevarse una mano a la sien descubrió que un hilo de sangre descendía por su piel y se precipitaba contra el agua.

Entornó los párpados unos segundos, y al abrirlos, se encontró sosteniendo a Claudia entre sus brazos. La sangre de sus manos ya no era la suya, era la de su mujer, quien agonizaba con una leve sonrisa en los labios mientras intentaba por todos los medios no cerrar los ojos.

—Protégela, no permitas que le ocurra nada —le suplicaba, con su mirada verde cansada de permanecer abierta.

—No me dejes, por favor. Yo no puedo con todo esto solo.

—No estás solo —le dijo con una ternura que envolvió su espíritu.

Se despertó sobresaltado y se maldijo por haber tenido otra pesadilla.

Revivir una y otra vez la muerte de Claudia lo torturaba, lo hacía añicos por dentro, lo abocaba a una muerte lenta de su alma.

Sin embargo, tenía que reconocer que muchas de las conversaciones que tenía con ella en sueños no sucedieron jamás y se preguntaba por qué su imaginación tendía a crearlas.

Pensó que tal vez su espíritu necesitaba un consuelo que no encontraba en el día a día, y ella, después de todo, siempre fue su ancla, tanto en los momentos victoriosos, donde le depositaba los pies en la tierra con dulzura, como en otros en los que el tormento lo asediaba.

Allí le proporcionaba el aliento para continuar en el camino, encontrar la manera de levantarse cada mañana y seguir avanzando con sus objetivos bien claros.

—Claudia —musitó.

Miró el reloj y no le sorprendió que marcara las dos y nueve, incluso se rio de ello.

Quiso entornar los párpados de nuevo. Las dos pastillas que se había tomado lo reclamaban para que cediera y regresara al sueño.

Estiró un brazo para acariciar a su pequeña antes de volver a caer frito, pero no la tocó.

Tanteó con la palma de la mano el lugar donde la niña debería estar descansando, y al no intuirla, abrió los ojos de par en par y se giró hacia ella.

Olivia no estaba en la cama.

Sobresaltado, se sentó y trató de tranquilizarse imaginando que se encontraría en el baño, pese a que no distinguía la luz encendida por debajo de la puerta. Hizo ademán de levantarse para ir a buscarla cuando su mirada atravesó la ventana y se dirigió hacia el patio delantero de la casa.

Olivia estaba allí. La veía de espaldas, con su pijama de verano y su peluche de Teddy Bear en una de las manos.

Alzó la cristalera, sacó la cabeza hacia fuera y le gritó con todas sus fuerzas:

—¡Olivia! ¡¿Qué estás haciendo ahí?! ¡Entra en la casa! —Pero ella no se inmutó. Era imposible que no lo escuchara desde esa distancia, y eso lo enfadó. La niña estaba ignorando sus órdenes—. ¡Olivia, vuelve a la casa ya!

La pequeña continuaba inmóvil, con la mirada fija en algún punto que él no lograba individuar, hipnotizada por algo o alguien que se encontraba oculto entre los mangos.

Pensó en Toby, y que tal vez el perro se habría escapado por la puerta de la cocina si Airam no la había cerrado bien, pero pronto desechó esa idea.

Si se tratara del animal, Olivia habría ido tras él y lo habría devuelto a la casa. Además, no escuchaba ningún ladrido.

De improviso, la niña dio un respingo y echó a correr hacia la parte trasera, hacia las plataneras.

Yeray no se lo pensó dos veces y, descalzo, salió del dormitorio, descendió los escalones a toda velocidad, se dirigió a la cocina y allí se detuvo para coger un cuchillo de carnicero.

Distinguió a Toby escondido detrás de la nevera, gimoteando al tiempo que con una de sus patas arañaba la puerta que conducía a la finca.

El pastor alemán estaba aterrado. No quería salir, aunque sabía que Olivia se encontraba fuera.

Pensó en encender la tímida luz del exterior, aunque apenas cubría el lugar donde se encontraba la pequeña.

Si había alguien con ella, podría ahuyentarlo, o tal vez precipitar los acontecimientos de manera desastrosa.

Mientras reflexionaba, atisbó desde la ventana la silueta de Olivia cerca de la primera fila de plataneras.

No obstante, no le pareció ausente, abstraída como cuando la había visto desde la habitación.

Gesticulaba con las manos y a veces asentía con convicción.

Ahora no tenía duda alguna. Olivia estaba hablando con alguien. Y él estaba seguro de que mantenía una charla con el acosador. Lo que no llegaba a comprender era por qué la pequeña no había huido en cuanto lo había visto y lo había avisado.

De pronto, un brazo emergió de la espesura y se estiró hacia la pequeña para agarrarla. Yeray temió que en cualquier momento la arrastrara y terminara secuestrándola. Salió gritando su nombre y rogándole que regresara a la casa, pero en cuanto estuvo a metro y medio de ella prefirió detenerse.

Desde su posición, no lograba ver a su interlocutor, aunque de algo sí estaba seguro: había retirado el brazo.

Quiso avanzar muy despacio hasta la niña al tiempo que inspeccionaba todos los lugares posibles donde el acechador podría ocultarse.

No quería que saltase sobre él como un animal enfurecido o se sacara una pistola de debajo de la manga.

—Yo no te tengo miedo. Sé que no puedes hacerme daño —le escuchó decir a Olivia mientras dirigía sus pisadas cautelosas hacia ella—. Tú no eres tan malo como dicen.

—Olivia, ven aquí —le ordenó en voz baja para que el acosador no pudiera oírlo, aunque era evidente que ya lo habría visto con el cuchillo en la mano.

—Te entiendo. Tiene que ser muy duro ser diferente —continuó la niña—. Mi tío Airam tiene síndrome de Down y hay personas que lo miran como un bicho raro, pero tiene su corazoncito, como todos. Incluso tiene un corazón más grande que muchos de nosotros. ¿Tú tienes corazón?

—¡Maldita sea, Olivia! No hables con él y ven conmigo.

Por fin, la pequeña giró la cabeza y sonrió al verlo llegar. Yeray respiró aliviado al ver que rompía su extraño encantamiento y le ofreció la mano.

—¡Hola, papá! ¿Tampoco podías dormir? —La niña reparó en la hoja afilada que portaba y pronto mudó la expresión de su cara. Una mueca de consternación se dibujó en su rostro—. ¿Por qué llevas un cuchillo en la mano?

Yeray avanzó dos pasos cortos sin bajar la mano, aguardando a que de un momento a otro la niña la sujetara.

—Ven conmigo y te lo explicaré —le suplicó a la vez que sus ojos bailaban de un lado a otro de la finca buscando el escondrijo del perturbado.

Sabía que todavía se encontraba allí. Lo intuía.

Ese sádico estaba disfrutando de la escena que padre e hija estaban ofreciéndole, y eso lo enfureció aún más—.

Ese hombre, sea quien sea, no es tu amigo.

Olivia arrugó la frente y lo miró desconcertada.

—No es un hombre —lo corrigió—. Airam y yo teníamos razón. Viene de otro planeta, pero no tiene malas intenciones. Es bueno, papá.

—¡Joder, Olivia! —exclamó desesperado—. ¡Ven aquí! Esa cosa no es ET.

—¿Quién es ET? —le preguntó con ingenuidad.

—Da igual. Es un bicho horrible que no quiere nada bueno para nosotros. ¿O es que no has visto su cara?

Ella retrocedió un paso y él lamentó haber sido tan duro con sus palabras.

—Siempre me has dicho que a las personas se las tiene que juzgar por su interior, no por su físico.

Desesperado, apretó los labios con impotencia y negó con la cabeza.

—Lo sé, cariño, lo sé. Tienes que perdonarme. Estoy muy asustado y no quiero que te ocurra nada.

En ese momento, las luces del segundo piso fueron encendiéndose una tras otra y pudo distinguir el rostro de su padre detrás de la ventana de su dormitorio. Martín lo habría escuchado vociferar de manera disparatada, incluso correr como un loco escaleras abajo.

Lo miró de reojo y le suplicó ayuda con la mirada.

A continuación, el viejo se retiró del cristal y Yeray intuyó que bajaba a su encuentro.

No pudo reprimir una mueca de alivio y aprovechó ese instante para saltar hacia delante, llegar hasta la niña sin dejar de observar el frente y cogerla en brazos.

—Lo siento, papá. No quería asustarte —le confesó mientras se aferraba a su cuello.