Capítulo 15¿CRIATURA O FARSANTE? #2
Estudió la perspectiva desde la cual habían colocado la cámara y que le permitía distinguir parte de la puerta del garaje.
Ahí quiso depositar toda su atención. Si el asaltante se disponía a entrar de un momento a otro, lo haría desde allí, desde el lugar por donde accedería más rápido al vehículo.
Sin embargo, antes se fijó en la hora que marcaba la pantalla: las dos y cinco, así que supuso que faltarían cuatro minutos antes de que forzara el coche y saltara la alarma.
Quizá un minuto antes ya podrían individuarlo en la escena.
Durante ese tiempo que restaba, sus ojos bailaban desde la esquina de la pantalla, donde los minutos avanzaban lentamente, hasta la puerta del garaje, aguardando a que se abriera en cualquier momento.
Las dos y seis.
Tiró del cuello de su camiseta y se abanicó con él en un intento infructuoso por refrescarse. El calor iba a matarlo si no lo hacía su corazón antes. Escuchaba sus pulsaciones cerca, demasiado cerca para ignorarlas.
Las dos y siete.
No comprendía por qué Pablo no hacía avanzar las imágenes y lo detenía en el momento en el que el acosador irrumpía en el garaje. El chico debía de conocer la hora exacta, incluidos los segundos, en la que aparecería el visitante nocturno. Aquella espera estaba poniéndolo cardíaco.
De pronto, el muchacho señaló con el índice la pared del fondo de la imagen.
Yeray dio un súbito respingo y entornó los párpados con precisión.
¡Había una sombra! Una maldita sombra caminaba con total libertad por una de las paredes del garaje, y eso solo podía significar una cosa: el acosador ya estaba dentro.
¿Cómo lo había logrado? Ninguna de las puertas, ni la del garaje ni la que conducía hasta la casa, se había movido un ápice.
Se humedeció los labios varias veces y con ambas pupilas trató de individuar a la figura que se había burlado de ellos.
Era la silueta de un hombre normal. Alto, sí, y algo desgarbado, si tenían en cuenta la extraña peta que le sobresalía de los omóplatos.
Carecía de una nariz prominente que se reflejara en la pared, pero tampoco podía deducir mucho más.
Al fin y al cabo, la sombra no dejaba de ser una sombra.
Apretó los dientes hasta que le dolieron y continuó observando la extraña silueta. Caminaba de izquierda a derecha sin ningún objetivo claro, ni siquiera el de interesarse por el Nissan.
—¿Qué es lo que está haciendo? —se cuestionó desesperado.
—No lo sabemos —le respondió Reyes, como si la pregunta fuera para ella—.
Pablo lleva horas analizando el vídeo para ver si consigue arrojar luz a toda esta locura.
¡Ha entrado y no ha sonado la alarma de la casa!
¿Entiendes por qué estamos preocupados? He instalado un complejo sistema de seguridad y lo ha sorteado.
Y luego entra y no hace nada. —Se encogió de hombros, visiblemente afectada, y miró a su hijo, quien continuaba con los ojos pegados a la pantalla.
Las dos y ocho.
—Todo esto es muy extraño —se sinceró Yeray, quien ya comenzaba a dudar hasta de su propia sombra.
—Yo que tú no apartaría la vista del ordenador —le sugirió Pablo—. Si esto te ha dejado descolocado, ya verás lo que viene ahora.
Yeray volvió a centrarse en la imagen y continuó observando cómo la sombra caminaba hacia delante y hacia atrás como si se tratara de un robot, sin comprender a lo que se refería el muchacho, pues el acechador no parecía tener intenciones de detener su bucle de movimientos.
Y, entonces, todo se precipitó.
El reloj de la cámara marcó las dos y nueve y la alarma del coche se disparó. Nadie lo había manipulado, ni siquiera rozado. Comenzó a sonar de forma histriónica, como si alguien la hubiera puesto en marcha con un mando a distancia.
De repente, la sombra se detuvo, pues el sonido discordante y retumbante había roto su concentración.
Y sin esperarlo, el acechador reaccionó a la estridente alarma y corrió hacia delante desgañitándose.
Asustado. Gritaba de manera demencial, emitiendo chillidos guturales que le fueron imposibles de reconocer.
Yeray brincó hacia atrás, temiendo que esa criatura saltara de la pantalla hacia fuera y lo engullera.
Después, la imagen se volvió negra. No grabó nada más.
Los minutos seguían corriendo, pero ya no lograban ver nada ni escuchar la alarma del vehículo.
Cuando reaccionó, se colocó la mano en el pecho e intentó calmarse para controlar su respiración. Se había llevado un buen susto.
—¿Qué era eso?
—¿Ahora entiendes por qué no hemos ido a la policía? —Aunque Reyes se había negado a volver a visionar las imágenes, había pánico en su mirada. Estaba aterrada—. ¿De verdad crees que hay un hombre disfrazado bajo esa piel grisácea?
—Podría ser verde —apuntó Pablo, sin que nadie le pidiera su opinión—. La gama de colores no se aprecia, pero, por lo que he estado averiguando, podría tratarse de un marrón verdoso o de un verde oliváceo.
Yeray se sorbió la nariz y se golpeó con suavidad la boca con uno de los puños.
—Tiene que ser un disfraz. Tiene que haber una persona oculta bajo esas capas de maquillaje —trató de convencerse.
—¿Tú lo has visto bien? —porfió el muchacho.
Yeray sacudió la cabeza, ignoró al joven y posó sus ojos chocolate en el rostro de Reyes.
—En el cine hay grandes maquilladores que te hacen creer que un monstruo es verdadero. Simplemente, lo que hay detrás son muchas horas de trabajo y baños de pintura a una careta magistral.
—¿Crees que en Valle Gran Rey existe alguien con esas facultades? —Reyes titubeó y con la mirada le pidió opinión a su hijo, quien se limitó a encogerse de hombros.
Más calmado, Yeray depositó la punta de su lengua en el último molar de la parte inferior de su boca y tampoco supo qué responderle. Permaneció durante unos largos segundos en silencio y estos se le antojaron minutos.
—Esta es la imagen más nítida que he logrado sacar de su carrera alocada.
—Prestó atención al hijo de Reyes, quien le mostraba el perfil de lo que parecía ser un ser alado.
Avanzó un microsegundo más y pronto obtuvieron el momento en el que la criatura miraba hacia la cámara—.
Es verdad que esos ojos rojos podrían ser lentillas.
No lo niego. Ahora te venden por internet cualquier cosa, incluidos ojos reptilianos de varios colores: amarillos, azules, violetas... Puedes pedir el que te dé la gana.
Yeray se aproximó más a la pantalla, dispuesto a estudiar el rostro del acechador.
Era anguloso, de eso no tenía duda; sin embargo, era imposible distinguirle las cejas, la nariz, las orejas o incluso la boca.
Todos los órganos parecían difuminados bajo una especie de nebulosa fantasmagórica, aunque no se desconcertó por ello, ya que todo eso podría ser perfectamente achacable a la mala calidad de la imagen.
Pablo, en su entusiasmo por examinar cada detalle del acosador, había agrandado la secuencia y ahora resultaba demasiado pixelada.
En cuanto a los hombros, no había nada interesante en ellos, además del hecho de que estaban ligeramente inclinados hacia delante. No obstante, en las escápulas podía apreciarse el nacimiento de lo que parecían dos alas.
Yeray apretó los puños frente a la pantalla.
Parte de él quería apagar el ordenador, fingir que nunca había visto nada, volver a la rutina de la finca y al silencio del Valle.
Otra parte, más profunda, le pedía que se atreviera a mirar de frente, que aceptara que ese ser era real.
¿Estaba perdiendo la cabeza, o acababa de encontrar la prueba de que siempre hubo algo más acechándolos en la oscuridad?
Un escalofrío le recorrió la espalda. La primera punzada fue de miedo; un miedo seco que le subió por la nuca y le secó la garganta. Quiso apartar la vista, cerrar los ojos, convencer a su mente de que era un reflejo. Pero la imagen permanecía, burlándose de toda lógica.
Entonces apareció la rabia, una furia confusa contra sí mismo por dudar de su cordura y contra ese ser que osaba vigilar su casa, su tierra y a su hija. Sintió la sangre arderle en las sienes y un impulso primitivo de salir corriendo y arrancar de raíz esa amenaza.
Y, sin embargo..., algo dentro de él lo detuvo. La figura lo atraía con un magnetismo extraño. Había en ella una calma imposible, un secreto enterrado en las sombras que lo llamaba a descubrirlo.
Sacudió la cabeza para alejar esa fascinación de su mente. Después de un ligero carraspeo, no quiso desvelarles su consternación a madre e hijo, así que afirmó, dejando escapar cierta duda:
—Sigo pensando que debe tratarse de un hombre disfrazado. Si no, ¿qué otra cosa podría ser?
—Pensé que tú podrías aclarárnoslo —afirmó Reyes categórica.
Yeray evitó mencionar al misterioso hombre polilla que le había provocado horas de insomnio la noche anterior.
No había necesidad de asustarlos con leyendas pueblerinas que se extenderían por el Valle antes de que llegara la hora del almuerzo.
Quiso evitarles ese malestar, así que, en lugar de enzarzarse en defender un argumento insistiendo en la teoría del hombre disfrazado contra un mito folclórico y completamente demente, prefirió cambiar de tema:
—¿Y qué opina tu otro hijo?
—Daniel no para de hablar con la compañía de seguridad que nos ha vendido todos estos aparatejos. Está muy cabreado, y con toda la razón del mundo. Les echa en cara que un intruso entrara en la casa anoche, tres días después de que nos hayan instalado todo el sistema de alarmas.
—Deberías solicitar que te revisen toda la instalación. Es evidente que algo ha fallado —le aconsejó.
Reyes se presionó los párpados con fuerza al tiempo que evitaba que una primera lágrima se le derramara.
—Y mientras, ¿qué hacemos? —Soltó un pequeño hipido y de nuevo ocultó la boca detrás del dorso de una mano—. No podemos quedarnos aquí. Esa cosa podría regresar en cualquier momento.