El vuelo del cernícalo Capítulo 15¿CRIATURA O FARSANTE?
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Capítulo 15¿CRIATURA O FARSANTE?

¿CRIATURA O FARSANTE?

Se despertó otro día más con dolor de cabeza y con el cuerpo molido a palos. Era consciente de que el pájaro carpintero que le martilleaba las sienes sin cesar era fruto de su insomnio voluntario. Había dormido poco y ahora se arrepentía de ello.

Se encerró en el baño unos minutos largos en los que trató de despejarse sumergiendo la cara debajo del grifo del lavabo.

No le importó que el agua mojara también parte de sus cabellos oscuros ni que las gotas le descendieran rabiosas por el cuello.

Se secó con una toalla al tiempo que bostezaba y luego contempló su rostro en el espejo.

Había tenido días mejores; eso era indudable.

Todo su atractivo se había esfumado por el inodoro debido al cansancio que tenía acumulado después de tirar de la cadena del váter.

Ni las ojeras querían disimular su agotamiento, o al menos difuminarse un poco más para que los músculos de la cara no parecieran tan lánguidos y abatidos.

Regresó al dormitorio, se vistió muy rápido con unos pantalones beis cortos y una camiseta verde, se calzó y cogió el móvil. Entonces reparó en las tres llamadas perdidas que tenía de Reyes.

Inspiró fuerte, pues intuyó que la mujer no lo había llamado para tomarse un café.

Algo le había ocurrido, y no tuvo que sumar dos más dos para adivinar de qué se trataba.

Ya le había contado que el acosador se presentaba en su casa noche sí y noche no, y que conseguía hacer saltar la alarma del coche al intentar robarlo.

Dato que le resultó curioso, ya que ese maleante nunca había tratado de llevarse nada de las casas de los vecinos, solo los espiaba.

Pulsó el icono verde para devolverle la llamada mientras se masajeaba la frente. Estaba exhausto y no tenía ni idea de cómo iba a sobrevivir ese día.

—Reyes, ¿todo bien? —le dijo nada más escuchar su saludo angustiado.

—Tienes que ver algo —le respondió con voz temblorosa—. ¿Puedes acercarte a mi casa esta misma mañana?

—Sí, claro. —Hizo una mueca contrariada que pronto se convirtió en un bufido silencioso.

—Te espero.

Colgó, y por unos segundos se quedó anclado en el pavimento dilucidando qué hacer a continuación.

Había pensado visitar a Diana para ver cómo se encontraba y así averiguar si había hecho las paces con Idaira, pero tendría que posponer ese encuentro hasta que cumpliera con el reclamo de Reyes.

Por un momento, pensó en meterse en la cama de nuevo y olvidarse de que existía hasta que los huesos de su cuerpo se recuperaran y no estuvieran tan entumecidos. Pero no podía.

El sol volvía a brillar, aunque en ese maldito pueblo parecía que sus rayos amarillos no lo iluminaban lo suficiente.

Abrió la gaveta, cogió la carpeta y descendió los escalones de dos en dos, pese a no tener las piernas en forma.

Divisó a su padre en la entrada, con la puerta abierta, y a su lado, a Idaira.

No supo por qué frenó la carrera y prefirió continuar bajando los peldaños con un ritmo más sosegado, más adecuado para su edad.

La muchacha lo miró con desaire y, sin saludarlo, se dirigió a la puerta trasera que conducía a la finca. Martín esperó a que terminase de bajar el último escalón para interceptarlo antes de que se le ocurriera hacer alguna locura.

—Hemos llegado a un acuerdo —comenzó el viejo—. Necesita el trabajo y no quiere dejarlo —lo informó con tono autoritario—. Pero mientras esté aquí, no puedes dirigirle la palabra. No quiere tener trato contigo ni que te atrevas a mirarla de la forma en la que sueles hacerlo.

Yeray arqueó las cejas, confuso, y luego sonrió de medio lado.

—¿Y qué forma es esa? Que yo sepa, es ella la que me incomoda, la que intenta desafiarme y se comporta como una presumida egocéntrica. Esa chica necesita terapia.

—Esa chica es tu hija —le recordó.

Yeray lanzó un resoplido cansino y torció el gesto, ya que no tenía ganas de tratar ese tema espinoso a primera hora de la mañana.

—Lo sé. Lo sé —admitió, intentando zanjar el tema—. Ahora necesito que me prestes la furgoneta. Tengo un asunto urgente que resolver.

—¿Más urgente que tu hija?

El viejo lo miraba como si fuera un interesado despreocupado al que no le importaba lo más mínimo el concepto de familia.

—Dime, ¿y qué quieres que haga? Está enfadada conmigo y me has dejado claro que no quiere que me acerque a ella.

—¿Y ya está?, ¿piensas dejarlo así? —insistió Martín.

Yeray dibujó una mueca de desconcierto en su rostro y comenzó a rascarse la barbilla con impaciencia.

—No te entiendo. De verdad que no te entiendo.

Cualquier cosa que haga, para ti, estará mal —aseveró irritado—.

Si ahora mismo voy tras ella, me lo impedirías, pero si salgo por la puerta, me dirías que soy un flojo y un cagueta porque no tengo cojones para enfrentarme a mis problemas.

¿No lo ves? Es lo de siempre. Haga lo que haga, diga lo que diga, a ti no te vendrá bien.

—¡Hay que joderse! Ahora soy yo el que ha ocasionado todo este desastre. Yo no quiero que Idaira deje la finca, quiero que se sienta a gusto trabajando aquí.

—¿Y se lo has dicho? ¡Pues claro que no! Porque, en tu mundo idílico, todos tenemos que suponer tus palabras y tus emociones. Pero ¡por Dios!, ¿sincerarte? ¡Nunca! Que no se diga jamás que Martín Darias es un llorón.

Observó cómo su padre tensaba el mentón y temió que fuera capaz de darle un guantazo.

En lugar de eso, introdujo la mano derecha en uno de los bolsillos de su pantalón y extrajo las llaves de la furgoneta.

Se las entregó sin mirarlo a la cara y después siguió los pasos de Idaira sin tanta determinación, más bien oliendo a derrota, y Yeray se arrepintió de haber sido tan directo con él.

Martín también contaba con sus batallas internas, aunque fuera incapaz de expresarlo con un simple batir de pestañas o con un fruncimiento de labios.

Eran sus ojos los que recibían la totalidad del impacto de sus pesares, pues cada vez parecían más hundidos.

Yeray condujo hasta la casa de Reyes en La Vizcaína, gracias a la ubicación que le había proporcionado por el teléfono.

Era un barrio pequeño y pintoresco con una población que apenas superaba los cien habitantes.

Toda esa zona, en la que también se incluía El Retamal, era conocida por su belleza natural y sus paisajes impresionantes y diversos.

La Vizcaína, al igual que los barrios del lugar, contaba con varias rutas de senderismo que permitían explorar rincones repletos de estampas conmovedoras.

Yeray apenas tenía recuerdos de la joven Reyes. Aun así, la mujer que salió a recibirlo lo hizo con una mueca sincera en la que se reflejaba todo el nerviosismo vivido, y lo arropó en un abrazo sentido que los mantuvo unidos a un metro de la puerta durante unos segundos.

—¿Estás bien? —le preguntó Yeray, a sabiendas de que no lo estaba.

—He instalado cámaras de vigilancia porque la alarma del coche no me dejaba dormir.

Ni a mis hijos ni a mí. No saltaba todas las noches, pero el hecho de esperar a que lo hiciera me creaba una angustia que no me permitía conciliar el sueño —le aclaró—.

La semana pasada bajamos al garaje tres veces, y anoche...

—Se mordió el labio y no quiso continuar con el relato.

Le resultaba difícil desahogarse frente al pequeño Yeray.

Puede que él no la recordara, pero ella sí.

Lo había defendido en el pueblo en varias ocasiones cuando saltó a la luz lo que había sucedido con Dailos.

Muchos dejaron de saludarlo, pero ella no.

Había sufrido las burlas de ese muchacho y su panda de matones por su sobrepeso.

Dailos aprovechaba para insultarla cuando iba sola por la calle.

La llamaba sebosa, vaca, tragabollos, y eso la había llevado a meterse los dedos en la garganta no una, sino demasiadas veces.

—¿Qué ha ocurrido?

Reyes volvió al presente tras escuchar la pregunta de Yeray y lo miró como a ese chico rebelde y justiciero del que estaba orgullosa.

—Creo que las cámaras han grabado por primera vez la cara del acosador.

La mujer se apartó el flequillo de la frente, se dio media vuelta y entró en la casa.

Lo guio hasta una habitación que parecía una biblioteca con estanterías altas repletas de libros de diferentes autores, además de una colección de enciclopedias completa.

Yeray dedujo que se trataba del despacho, pues prestó atención a la enorme mesa de madera gruesa, donde descansaba un ordenador y un bloc de notas con varios bolígrafos.

Sentado frente a la pantalla había un muchacho de unos dieciocho años, con el cabello revuelto y la cara salpicada por unos granos poco apropiados para su edad.

—Este es mi hijo Pablo. —El chico apenas despegó los labios para decir un hola—. Tienes que disculparlo. Lleva toda la noche examinando las imágenes, desde que hemos descubierto lo que ha grabado.

Yeray se acercó al joven y se colocó detrás de él sin ánimo de interferir en su trabajo.

—Entonces, ¿tenemos al culpable? ¿Por qué no has llamado a la policía? —le preguntó desconcertado a Reyes.

—Quería que primero las vieras tú —le respondió turbada.

La mujer le hizo un gesto a Pablo para que pusiera la grabación desde el principio mientras se tapaba la boca con una de las manos y se alejaba del ordenador. Yeray reparó en su incipiente agitación, y luego, muy despacio, posó los ojos en la pantalla.

Observó que la imagen estaba en blanco y negro y que en ella se apreciaba un Nissan Qashqai que bien podría tener una tonalidad gris, pero tampoco podría asegurarlo.

No había mucho en el garaje que llamara su atención, además de unas repisas en el fondo que contenían diversos artículos de jardinería y herramientas de todo tipo y un par de cajas de cartón debajo de estas.

A la derecha, había una puerta estrecha que probablemente conectaría la cochera con la casa.