El vuelo del cernícalo Capítulo 14EL VERDADERO ROSTRO DEL HOMBRE PÁJARO #3
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Capítulo 14EL VERDADERO ROSTRO DEL HOMBRE PÁJARO #3

Le resultó extraordinario, y a la vez espeluznante, que fuera visto en numerosos países y que existieran reportes de sus apariciones.

Lo describían como un humanoide que medía entre el metro ochenta y los dos metros de altura.

Solía vestirse de negro o gris, y poseía dos alas gigantescas que llegaba a cubrirle la espalda y parte de los brazos.

Algunos testigos hacían hincapié en que más que alas, podría tratarse de una capa de dimensiones considerables.

Pero lo que más les llamaba la atención eran sus ojos, tan rojos como sobrecogedores, y a los que se les atribuían facultades hipnóticas.

Además, su cabeza poco definida y unida a un tronco sobresaliente le otorgaba al ser el aspecto de una polilla o un búho enorme.

Yeray se secó el sudor de la frente con el dorso de una mano y se tomó unos segundos para reflexionar.

Aquello no podía ser real. Él no había contemplado a un bicho sacado de un cuento de terror, sino a un hombre disfrazado.

No recordaba su altura con exactitud, aunque sí le resultó alto.

Y en cuanto a las alas... ¡Por Dios, venían con el traje!

¿Es que a nadie se le había ocurrido pensar que unos cuantos desalmados hubieran escogido esa maldita leyenda e intentar burlarse de algunos aldeanos corriendo por los bosques o cerca de las casas con un disfraz?

Sacudió la cabeza y se maldijo por no tener un vaso de agua en la habitación. La boca se le había secado y un sabor parecido al de las almendras amargas llegó a aposentársele en los labios. Aun así, quiso seguir leyendo.

Algunos artículos atribuían su origen al hecho de que se tratara de una criatura extraterrestre venida del espacio y otros hablaban de un ser infernal.

En cambio, otros de corte más científico exponían que en realidad el hombre polilla era una criatura criptozoológica real a la que, debido a las malas interpretaciones de los testigos, la habían dotado de características exageradas y sobrenaturales.

A menudo, sus avistamientos se asociaban con la aparición de luces extrañas en el cielo que recorrían distancias enormes en tan solo unos segundos, lo que alimentaba aún más la leyenda de que ese ser era un alienígena capaz de volar y de emitir chillidos agudos.

—¡Joder! Esto es cosa de locos —se quejó en voz baja mientras de reojo comprobaba que su hija continuaba dormida.

Yeray recordó las luces que no solo él sino algunos vecinos habían identificado en el cielo y que incluso existía un artículo hablando de ellas.

Su corazón comenzó a latirle con más rapidez porque, llegado el momento, podría argumentar que el hombre pájaro o polilla fuera un memo disfrazado, pero no podría encontrarle una explicación lógica al hecho de que las luces se presentaran en las noches en las que el loco de los pájaros decidiera darse un paseo por las fincas de sus vecinos.

Esto no tenía ni pies ni cabeza y comenzaba a impacientarse.

Inspiró hondo, abrió la gaveta del escritorio y de entre un montón de trastos inútiles extrajo una pequeña libreta y un bolígrafo que probó varias veces en la primera hoja.

Estuvo dibujando círculos hasta que por fin el papel blanco se tiñó de azul.

Después comenzó a anotar la descripción general del hombre polilla junto con algunas características que le habían llamado la atención, como las luces en el cielo y los chillidos agudos.

No le había parecido escuchar ningún sonido que saliera de la garganta de ese...

No sabía cómo calificarlo. ¿Ser?, ¿hombre disfrazado? , ¿extraterrestre?

Continuó investigando en la red y entonces llegó a un párrafo que le llamó la atención sobremanera: «Esta criatura legendaria suele aparecerse antes de grandes desastres».

¡Era un maldito pájaro de mal agüero! ¡Una especie de ángel de la muerte!

Prosiguió leyendo: «El lugar más famoso asociado con el hombre polilla es Point Pleasant, en Estados Unidos, pues varias personas informaron a los cuerpos policiales de haber visto a una criatura con alas y ojos rojos en los años 1966 y 1967.

Un año después de los avistamientos, el puente del pueblo se derrumbó, matando a cuarenta y seis personas».

Pero ese informe no era el único.

Existían otros en los que trabajadores de la planta nuclear de Chernóbil, en Ucrania, aseguraban haber visto a ese extraño personaje poco antes del accidente nuclear en 1986, lo que alimentó la teoría de que esa criatura, en realidad, era una advertencia para desastres inminentes.

Había avistamientos en lugares tan dispares —Inglaterra, Chile, México o Escocia— que ya no sabía a qué incidente prestarle atención.

Sin embargo, uno consiguió que de nuevo el pulso se le disparara particularmente: «Algunos testigos afirmaron haber visto al hombre polilla cerca del World Trade Center antes de los atentados de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001».

Incluso existía una fotografía tomada por un tal Steve Moran que mostraba a un ser parecido a un pájaro sobrevolando Greenwich Street.

Inclinó el torso hacia delante y observó con los ojos bien abiertos una especie de ave negra gigante volar entre edificios, pero la fotografía estaba tan difusa que no pudo llegar a ninguna conclusión.

Podría ser el resultado de un efecto óptico o de un pájaro verdadero de dimensiones considerables, pero ¿el hombre polilla?

Negó con la cabeza y soltó un resoplido fastidioso. En ninguna fotografía podía apreciar con exactitud a la criatura como la que tenía Airam. Desenfocada, poco nítida y con poca resolución.

Continuó escribiendo sus observaciones, y después de unos minutos soltó el bolígrafo una vez que anotó el último avistamiento de esa criatura en Chicago en 2019, aunque en esa ocasión no se la había relacionado con ninguna tragedia.

Sí con el terremoto de Chile del 27 de febrero de 2010, que había dejado quinientas veinticinco víctimas y numerosos damnificados: más de dos millones.

Y la epidemia de gripe en México de 2009, que había golpeado el país de forma brutal y ocasionado más de mil trescientas muertes.

Entrelazó las manos en la nuca y no dejó de observar la pantalla del móvil, todavía con cierto escepticismo.

Ellos no estaban inmersos en una película de ciencia ficción ni eran los nuevos protagonistas de las advertencias de un ser poco convencional.

Todas esas historias no podían ser verdaderas.

Probablemente, eran el resultado de muchas mentes creativas y susceptibles de ser manipuladas de alguna manera.

—Histeria colectiva —masculló.

Sin embargo, cayó en la cuenta de que Valle Gran Rey no estaba tan alejado de las paranoias que habían sufrido los habitantes de otras ciudades o pueblos del mundo.

Allí mismo había comenzado a hablarse de luces en el cielo y de seres extraños desde hacía varias semanas.

Lo había escuchado en el bar de Dulce, donde las teorías sobre los visitantes del espacio estaban sobre la mesa.

Incluso Dulce había asegurado que el fantasma de Mateo se le había aparecido en la casa para que no le tuviera en cuenta la deuda que le había ocasionado.

Fuera como fuese, el pueblo ya estaba inmerso en una especie de histeria donde nada parecía tener sentido, y más si tenía en cuenta esos timbrazos colectivos y chirriantes que habían provocado todos los números fijos de la comunidad al sonar al unísono.

Había demasiadas incógnitas todavía por desvelar, misterios que un simple hombre disfrazado de pájaro no podía explicar.

Recogió todos los dibujos de Mateo y los introdujo en la carpeta junto con sus apuntes. Luego los guardó en la gaveta y deseó que nadie rebuscara en ella. No tenía ni idea de si era importante lo que había descubierto o si solo se trataba de un montón de anécdotas que no le servirían en absoluto.

Se levantó, se acercó a Olivia y le dio un beso en la frente.

Por un segundo, creyó que se despertaría, pues la niña se giró hacia el lado contrario.

Después se quitó la ropa, se quedó en calzoncillos, se sentó en el borde de la cama y se dedicó a contemplar la noche por la ventana.

Observó el cielo con recelo, temeroso de que le anunciara la visita de algún visitante extraño, y luego desvió la mirada hacia la palmera que tenía enfrente de su habitación.

Estaba quieta, muda, envuelta en un silencio que se le antojó sobrenatural.

Esa noche no durmió. Aguardó a que el reloj marcara las dos y nueve para presenciar con sus propios ojos la aparición del hombre pájaro.

Quería desenmascararlo, quitarle la careta y demostrarse a sí mismo que no existía ningún ser legendario detrás de ese disfraz, que era un hombre de carne y hueso que había leído los mismos artículos que él, como probablemente había hecho su hermano.

Sin embargo, el acechador no quiso pasarse por su casa, y después de esperarlo unas horas más, el sueño lo venció sobre las cinco de la mañana.