El vuelo del cernícalo Capítulo 14EL VERDADERO ROSTRO DEL HOMBRE PÁJARO #2
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Capítulo 14EL VERDADERO ROSTRO DEL HOMBRE PÁJARO #2

Sin embargo, su hermano, quien no había soltado el papel, tiró más de él y logró sacarlo del todo. Lo sostuvo entre sus manos unos segundos en los que no dijo nada. Se limitó a escudriñarlo con sus ojos grandes e inocentes. Lo estudiaba con determinación pero con miedo.

—Es él —afirmó sin apartar la vista de la hoja—. ¿Lo d-d-dibujó Mateo?

—Sí —admitió Yeray en cuanto se vio sin escapatoria.

—¿Y por qu-qué lo t-t-tienes tú?

Yeray se paseó la lengua por toda la dentadura mientras inventaba una excusa plausible que no asustara a su hermano.

—Diana me los ha entregado. No quería tenerlos en casa. —Se sintió algo estúpido por no idear algo más ocurrente—. Y padre y yo estábamos estudiándolos para ver si Mateo había pintado algo que nos llevara al acosador real.

—Es real —aseveró Airam sin mover un músculo de su cuerpo—. Esto es r-r-real.

—Airam, no existen los bichos así. —Martín bufó—. Tú quieres creer que se trata de un extraterrestre, pero no es más que un hombre loco disfrazado de pájaro.

—¿Lo has b-b-buscado en internet? ¡Existe! —insistió.

Yeray se sorprendió de los recursos que podía utilizar su hermano para que su historia cobrara sentido. No se lo imaginaba sentado delante de un ordenador y alardeando de una paciencia de la que carecía.

—¿Tú lo has buscado? —Aun así, no quiso perder la oportunidad de conocer cuánto conocía Airam del tema o cómo demonios había elaborado esa teoría tan absurda—. ¿Has estado en alguna página que anuncie una invasión extraterrestre inminente?

Airam miró hacia otro lado y frunció los labios con aire de ofendido.

No iba a responderle. Volvió a cerrarse en banda, sin permitir que una mirada piadosa derribara sus escudos.

Entonces Yeray temió que sus teorías conspiratorias fueran algo más que un juego y le espantó la idea de que terminara siendo más peligroso de lo que había llegado a imaginar.

Pensó en Olivia y en la confianza que su hermano había depositado en ella durante las últimas semanas y prefirió zanjar el tema para que Airam no sufriera una crisis histérica.

Llegados a ese punto, no podría soportar los gritos ni los llantos de su hermano al tiempo que le pedía un abrazo.

Ese día no. Ese día no podía recoger más lágrimas.

Así que, si debía interrogar a alguien, era a su propia hija. Olivia no le mentiría.

No pensó lo mismo Martín, quien estaba más preocupado por hacerlo entrar en razón y que no cometiera una estupidez persiguiendo él solo al hombre pájaro cuando todavía no sabían quién se ocultaba tras la máscara.

—No todo lo que dicen esos descerebrados es verdad —comenzó el viejo—.

Te he educado para que utilizaras tu inteligencia y supieras decirme quién te miente y quién no.

—Dio tres pasos al frente y quiso acercarse a él—.

Hijo, sé que a veces soy un cabezota y que te digo las cosas de forma brusca.

No lo hago para fastidiarte, es que soy así.

Es mi carácter. Y no quiero que la gente te engañe ni que pienses que los monstruos son reales, porque no lo son.

A lo único a lo que deberías tenerle miedo es a las personas de carne y hueso, como tú y yo.

Airam los miró de reojo mientras tragaba saliva repetidas veces.

—La comida se enfría —fue lo único que dijo antes de internarse en el pasillo y dirigirse hacia la cocina.

Yeray nunca creyó que una cena amenizada con el mutismo de Airam pudiera ser peor que una acompañada por el mal humor de Martín.

Sin embargo, lo fue. Ni un concierto de piano habría distendido el ambiente, ni siquiera una lluvia fresca habría enfriado el corazón de Airam y lo habría devuelto a su estado emocional habitual.

Estaba dolido; lo certificaban las decenas de arrugas que se le acumulaban en la frente y lo demostraba el sonido del cuchillo y del tenedor cuando cortaba la carne sin tener en cuenta que debajo de ella había un plato que estaba sufriendo su enojo.

Olivia los miraba a todos sin comprender qué había ocurrido y aceptando sin protestar el silencio tan mordaz que los amparaba esa noche.

Su padre no tuvo que pedírselo dos veces para que fuera a la habitación en cuanto terminó, pues ella entendió que tenían que tratar asuntos de mayores y, aunque le desagradaba no participar, era consciente de que en ese preciso momento era mejor no estar.

No obstante, quince minutos después se llevó una sorpresa al atisbar por el rabillo del ojo a su padre mientras entraba en el dormitorio e imaginó que no se habían disculpado con su tío o que las excusas que le habían dado no habían sido suficientes para calmar la inquietud de Airam.

Se hizo la dormida y observó que se sentaba en la silla del escritorio de adolescente con la carpeta que había traído a casa bajo el brazo.

Se preguntó si esa habría sido la causa por la que Airam se había molestado tanto y cuál era su contenido para que su tío se convirtiera en un oso grande y herido.

Aunque se moría de ganas por descubrirlo, no quiso interrumpirlo ni empeorar la situación, así que prefirió darse la vuelta y entornar los párpados.

Yeray miró a su hija, quien parecía dormir plácidamente, y tuvo envidia de ella, de su ingenuidad y de su manera de continuar sonriéndole a la vida, pese a todo lo que la había hecho sufrir.

Él tenía tantos problemas que solucionar que nunca creyó que a estos se les sumaría la rabieta de su hermano.

Había cometido el mismo error que Martín al no considerarlo una persona adulta y escucharlo como se merecía, y esto hizo que se sintiera aún más despreciable.

Toda una vida gritándole a su padre que la opinión de Airam valía como la de cualquier otro, y él se había tragado sus propias palabras en dos ocasiones.

La primera, cuando actuó a sus espaldas y le dio una paliza a Dailos.

Su hermano nunca llegó a perdonárselo del todo, pues siempre quiso solucionarlo a su manera y que le dieran una oportunidad, un voto de confianza.

La realidad fue que Yeray se hartó de esperar, se cansó de las burlas y patadas, pero sobre todo de los lloriqueos cada vez que llegaba a casa, y decidió actuar.

Y la segunda había ocurrido esa misma noche, cuando no había considerado ni por un segundo la opción de Airam. Se había negado a valorar sus hallazgos, pues le parecían disparatados y propios de una mente infantil.

Se masajeó la barbilla con dureza a la vez que contemplaba los dibujos que había colocado con sumo cuidado sobre el escritorio.

Soltó una exhalación, apesadumbrado, y cogió el móvil en un arrebato más propio del Yeray adolescente que del adulto e introdujo las palabras «Hombre pájaro» en Google.

No encontró nada relevante en su primera búsqueda, pero no le sorprendió en absoluto.

Continuaba pensando que los desvaríos de su hermano eran causados por su mente fantasiosa e ingenua.

Halló un artículo que hablaba de un preso llamado Robert Franklin Stroud y que contaba que durante su estancia en Alcatraz encontró consuelo en su aislamiento criando pájaros para luego venderlos.

Los carceleros le permitían mantener jaulas de pájaros en la celda, donde el hombre estudiaba su comportamiento.

Incluso llegó a escribir dos libros: Enfermedades de los canarios y Stroud’s Digest on the Diseases of Birds .

Y otra entrada donde resumían el wingfly , un deporte extremo en el cual los participantes saltaban desde una altura considerable y conseguían planear gracias a un traje especial confeccionado con membranas sintéticas y que eran capaces de imitar el vuelo de los pájaros.

No había encontrado nada relevante, así que no tenía ni idea de a lo que podía referirse su hermano.

Hundió el rostro entre las manos unos segundos y después se dio varias palmaditas en los cachetes para poder despejarse.

Volvió a concentrarse en los dibujos, y entonces se le ocurrió una idea que no le resultó tan descabellada.

Una vez, mientras estaba en el campo disfrutando de un día de pícnic con su familia, Claudia quiso averiguar el nombre de un árbol con flores grandes y fragantes salpicadas de un lila sugerente, así que le sacó una foto con el móvil y la introdujo en Google Lens.

Pronto aparecieron imágenes similares al árbol que tenían enfrente, con una larga explicación sobre su floración y su cultivo. Se trataba de una Magnolia Grandiflora.

Quiso repetir la hazaña de ese día, y ni corto ni perezoso le sacó una foto al dibujo que le resultaba más significativo y en el que podía apreciarse la figura completa del acosador.

Imitó el procedimiento que Claudia había utilizado años atrás y estiró una de las comisuras de los labios al constatar que su extraño arrebato había tenido éxito.

Existía una cincuentena de dibujos parecidos a los que había pintado Mateo en la web.

Eufórico, se echó hacia atrás, presionando los talones contra el suelo y elevando los brazos hacia arriba, pero la silla se desestabilizó y casi se cayó de ella.

La arrastró con cuidado para acercarse más al escritorio y comenzar a comparar los varios diseños que le mostraba el móvil con los que tenía en la mesa.

No cabía duda alguna. Eran iguales. Reflejaban al mismo ser.

Reparó primero en las distintas nomenclaturas con las que lo citaban en la web. Muchos se referían a él como el hombre polilla, no pájaro; otros lo llamaban hombre búho, y en los países anglosajones lo denominaban Mothman.