El vuelo del cernícalo Capítulo 14EL VERDADERO ROSTRO DEL HOMBRE PÁJARO
63%

Capítulo 14EL VERDADERO ROSTRO DEL HOMBRE PÁJARO

EL VERDADERO ROSTRO DEL HOMbrE PÁJARO

Entró en la casa cuando caía la noche y le sorprendió que todos, incluido su padre, estuvieran esperándolo para cenar en el salón.

Si alguien le hubiera asegurado que llegaría el día en el que Martín no estuviera enfadado por su tardanza y por saltarse la norma más absurda y familiar de todas las que tenía guardadas en la manga —«Se cena a las ocho y media como muy tarde»—, no lo habría creído jamás.

Pero allí estaba, escudriñándolo con sus ojos pardos como un lince que deseaba a toda costa interrogarlo y al mismo tiempo manteniendo ese supuesto talante que deberían mostrar todos los cabezas de familia.

Martín se consumía por dentro, ya que no podía preguntarle sobre cómo había ido la conversación con Diana y si debía prepararse para que Idaira no pisara jamás esa casa.

El viejo no quería admitirlo, pero le había cogido cariño a la muchacha, y no era precisamente porque trabajara casi de sol a sol para ganarse un jornal.

No obstante, era consciente de que no podría decir ni una palabra del asunto delante de Airam y Olivia.

Martín reparó en la carpeta que llevaba en las manos y arrugó el entrecejo con curiosidad.

—¿Todo bien? —fue lo único que se atrevió a preguntarle.

—Sí, sí —le respondió Yeray, sin darle una pista.

—Estábamos esperándote para cenar todos juntos —intervino animada la niña.

—Me lo he imaginado. —Soltó la carpeta en la mesa y aupó a Olivia para estamparle varios besos en la cara—. ¿Y ya has preparado la mesa?

—Todavía no. Pero que sepas que he ayudado al tío Airam a cocinar.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué habéis preparado? —Comenzó a hacerle cosquillas, impidiendo que la niña pudiera responder con fluidez.

—Unas ham-bu-burguesas con papas fritas —señaló su hermano.

—¿Y si hacéis una cosa y vais preparándolo todo en la cocina mientras yo hablo un momento con el abuelo Martín? —les sugirió y la dejó en el suelo.

Ambos asintieron y, sin rechistar, hicieron una carrera para ver quién llegaba primero a la cocina y se ponía manos a la obra.

Ni Martín ni Yeray dijeron una palabra hasta que comenzaron a escuchar el jolgorio en la otra estancia.

Yeray tenía las manos en los bolsillos y miraba con decisión la carpeta que le había entregado Diana, mientras que Martín lo torpedeaba con su mirada incisiva esperando a que pronunciara una frase que no le gustara para iniciar una discusión que había ensayado muchas veces en su cabeza.

Tenía claro que no quería perder la relación que mantenía con Idaira, por mucho que su hijo hubiera aparecido de repente en el Valle y quisiera ser el padre que nunca fue; o por el contrario, desentenderse de la muchacha, lo cual era la peor decisión que podría haber tomado.

Sí, estaba preparado para escuchar cualquier estupidez que saliera de la boca de su hijo.

Sin embargo, observó cómo Yeray se rascaba la coronilla y arrugaba desconcertado el rostro a la vez que escudriñaba con sus ojos del color del chocolate más puro la maldita carpeta.

—No he podido echarles un vistazo en casa de Diana —manifestó Yeray, alzando ligeramente el mentón y apuntando hacia la mesa.

—¿A qué? —le preguntó su padre confuso.

—A los dibujos. ¿A qué va a ser? —Yeray comenzó a abrirla, percibiendo una extraña excitación que lo llevaba a acelerar el proceso—. Diana me los enseñó en el funeral, pero estoy seguro de que pasé por alto algo.

—¿Y a quién le importan los malditos dibujos? —le recriminó, visiblemente exasperado—. Yo quiero saber qué ha ocurrido con mi nieta.

—Idaira no estaba en casa —lo informó, sin darle mucha importancia—. He hablado con Diana y supongo que todo va bien.

—¿Supones?

Yeray elevó la mirada y se topó con los ojos hundidos de su padre que no solo le exigían una aclaración, sino también una promesa de que todo saldría bien.

—Sí, estábamos hablando y... —volvió a posar la vista en la carpeta, pues ya podía atisbar el primer boceto de Mateo— ha sonado el teléfono. Alguien nos ha interrumpido haciéndose pasar por Mateo y, como entenderás, Diana se ha agitado mucho.

—¡¿Qué?! —exclamó su padre, sacudiendo la cabeza.

—Que, como verás, no somos los únicos que estamos recibiendo llamadas extrañas.

Ni los Martínez tampoco. —Desparramó todos los dibujos encima de la mesa del comedor y comenzó a estudiarlos, ignorando la presencia de su padre—.

Tiene que haber algo... Mateo tuvo que averiguar quién era el que estaba disfrazándose de cernícalo.

¿Cuántas veces lo persiguió por el pueblo?

, ¿una docena? Tuvo que intercambiar una palabra con él, descubrir quién era y por eso se suicidó. No pudo soportarlo.

—¿Y en quién demonios estás pensando? Mateo no se colgaría por cualquiera.

Yeray asintió muy rápido, dándole la razón.

—¿Y si fuera su hijo? ¿Y si Ricardo estuviera acosándolo para que el hombre se volviera loco y así poder internarlo? Esa sería una buena manera de llegar hasta la herencia.

—Ricardo vive en Vallehermoso, y no creo que tenga tantas dificultades económicas como para llevar a su padre al suicidio —objetó Martín.

—Pero la persona que ha llamado a Diana le ha dicho que tenía que abandonar la casa. —Con los brazos en jarra, soltó un resoplido—. Diana no quiere venderla porque se lo prometió a su padre, pero Ricardo quiere su parte de la herencia. Le corresponde la mitad de la casa.

Martín se sorbió la nariz, incómodo por lo que Yeray acababa de transmitirle.

Si él moría, no quería que sus hijos vendieran la finca.

De hecho, trabajaba con Airam para que fuera su sustento en el futuro, pero tenía dos hijos más: Yaiza y Yeray.

Y pese a que a ellos tenía pensado dejarles la casa, no esperaba que la vendieran sin más y se repartieran el dinero.

Aunque, una vez muerto, no podría gritarles desde la tumba para que no dejaran a su hermano sin un techo.

Nunca pensó que Yeray regresaría al Valle y pudiera necesitar la casa, aunque él jamás permitiría que Airam se quedara en la calle.

Su hijo podría ser el grano más grande en el culo que había tenido jamás, pero nunca actuaría de forma egoísta con su hermano.

Y mientras Yaiza fuera feliz en San Sebastián, no regresaría al pueblo para exigirles dinero.

De pronto, comenzó a tener dolor de cabeza. Cada día se hacía más viejo, y aunque ya había hecho el testamento, las dudas lo acribillaron hasta que sintió un leve mareo.

Carraspeó con pesar y quiso centrar su atención en cualquier cosa que no fuera su último día en la tierra, así que cogió uno de los diseños y lo observó atentamente.

Estaba sombreado a lápiz con una precisión que jamás habría supuesto de su querido vecino.

No se había esmerado en terminarle los pies, pues se había centrado más en el tronco y en la cara.

Las manos contaban con dedos alargados; demasiado, si tenía en cuenta la proporción del hombre que había querido plasmar.

Sin embargo, su rostro ovalado carente de boca y nariz hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal.

¿Por qué no había querido dotarlo de humanidad?

Solo unos ojos huecos parecían otorgarle cierto aspecto de un ser implacable y con una frialdad que rayaba lo sobrenatural.

Reparó en esas supuestas alas que le cubrían la espalda, pero tampoco halló nada significativo en ellas, exceptuando que no las había dibujado con plumas como las que poseían los cernícalos, sino con una especie de membrana que le recordaba más bien a la de los murciélagos.

—¡Bingo! —le escuchó decir a Yeray.

—¿Qué has visto?

Su hijo le mostró otro dibujo donde el hombre alado tenía la cara perfilada con más detalles, y en ella, lo que primero pudo apreciar fueron los ojos rojos: el único punto de color que Mateo había querido darle a ese diseño.

—Sabía que lo había visto antes —le aclaró Yeray—.

Estos malditos ojos rojos nos confirman que la fotografía de Airam no es un truco óptico.

Al principio pensé que Airam había activado el flas del móvil al hacer la foto y por eso teníamos como resultado el color rojo de los ojos, fruto del reflejo.

Sin embargo, Mateo los coloreó así porque se le presentaba con dos lentillas bien encendidas.

—Ya te había dicho yo que eran lentillas —le recordó Martín.

—Sí, pero ahora sabemos con seguridad que el monstruo de Airam es el hombre pájaro de Mateo.

—Perdona, pensaba que de eso no tenías ninguna duda.

—No la tenía, pero ahora tenemos pruebas.

—En la Guardia Civil van a reírse de nosotros —aseguró con tono resignado.

Yeray continuó indagando en los dibujos que se exponían en la mesa y, de vez en cuando, soltaba un resoplido, para desesperación de Martín, quien continuaba observándolos con cierto reparo.

Yeray se percató de que muchos de ellos estaban firmados por Mateo Chinea, pero solo dos tenían una numeración debajo del nombre: cero, dos, cero, nueve.

¡Las dos y nueve!

Yeray dio un respingo y se apresuró a recoger los dibujos en cuanto escuchó desde el pasillo la voz de Airam llamándolos para ir a cenar.

Su hermano se presentó en el salón con varios cuchillos para cortar la carne en la mano y los miró con estupefacción, pues ambos se habían cuadrado en cuanto irrumpió en la habitación y habían escondido las manos detrás de la espalda, pese a que no tenían nada en ellas.

—¡Santo Dios! —exclamó Martín—. ¿Quieres dejar esos cuchillos en la cocina?

Airam se aproximó a la mesa y soltó los cubiertos para poder tirar mejor de una hoja de papel con los dedos que sobresalía desde el interior de una carpeta mal cerrada.

—¿Qu-qué es esto? —le preguntó, convirtiéndose de pronto en un padre inquisidor.

—No es nada, Airam. Son cosas mías —trató de disuadirlo Yeray mientras se apropiaba de la carpeta—. Vuelve a la cocina, ya vamos.